Jirones XX. Garabatos mentales

Autor: FEDE GARCÍA 12 de Mayo de 2019

Villablino 2018. Lavadero de carbón cerca del río Sil.

Tras un cierto tiempo, desde el 9 de abril del pasado año 2018, se abre la puerta del interés personal a fin de continuar, esta especie de: monográfico a la intemperie de los hilvanes que dieron cuerpo a la niñez y adolescencia de un niño rubio – hoy adulto avanzado – al que le apodaban en “Las Colominas” FedeEl Rubiajo”. Se han olvidado en el calendario – 398 oportunidades de dar continuidad a esta especie de ¿revalida de la memoria…? que, puede incluir, algún garabato mental, producto de las neblinas que la lejanía del tiempo añade al repaso voluntario de septiembre-otoñal. Razones involuntarias y acontecimientos sobrevenidos, lograron silenciar de modo temporal la pluma, el palillero y la tinta “Waterman” de Fede – (sistema analógico de escritura en vías de extinción radical) –  a manos de las nuevas tecnologías, que no manchan los dedos de tinta, ni emborronan las cuartillas amarillas con restos de paja.

Estas visitas – recordatorio – a la memoria escondida, se volvieron a reactivar, tras una visita relámpago a Villablino con la familia, hace escaso tiempo. Apenas, unas semanas, nada más. Tiempo suficiente para re-andar unos caminos, unas veredas, y unas circunstancias que encajaron pieza a pieza el puzle de la imaginación, salvo algún imponderable irreparable que la realidad del devenir impone.

Pude comprobar el asesinato de las vegas y los prados, camino del puente de Hierro, para ir a las pozas de baño: “El Largo”… “La Concha”… etc, a  manos de un monstruo enorme de hierro y hormigón que había impuesto sus cimientos sobre unos prados, siempre verdes, con amapolas y margaritas sembradas a voleo. Habían sido esos prados el sustento de un ganado específico, y también, el tablero de juegos tras las siegas de verano, de unos niños y niñas – casi todos de “Las Colominas”, que se aventuraban a colonizar de modo temporal los mismos.

Ese monstruo colosal – hoy, en silencio – es una especie de esfinge frustrada en honor al horror del progreso al minuto. Sus desechos, por miles de toneladas – habían sido depositados a pie de ribera del siempre altivo Río Sil. Habían rellenado las graveras que la paciencia del rio en millones de años había construido, sin quejarse. El paso por la “Concha”, seguía siendo el mismo: estrecho, ondulado, peligroso, y la playa-rocosa a la altura de “El Molinón”, era una especie de espacio natural – sin proteger – adornado por las hierbas y flores, que habían hecho fortuna entre las rendijas y las entretelas de las rocas. El silencio dominante – ningún lacianiego, ni guaje, ni adulto, con caña o sin ella, perturbaba la melodía de fondo de las aguas – casi bravas – en su camino hacia el abrevadero reventón de la presa de “Las Rozas”.

Esa vereda – casi clandestina – porque, para ser paseada, es necesario hacerlo con cayado de boj, o vara de avellano verde, dispone de un pequeño y casi oculto acceso a la altura del hoy – extinto – puente colgante de las aguas potables de hace unas décadas, en la bajada del camino de “La Muela”. Camino, casi motorizado, aunque, aún se mantiene, el acceso natural a “La Muela”, por el sendero de cabras, que cruza el robledal, hasta el Castro, paralelo al arroyo que desciende desde el Nevadin.

Allí, se puede comprobar, como los artilugios mecánicos de traslado, de la reposición de los residuos impertinentes del “Carbón-negro antracita”, han sido depositados – capa a capa – como si de un rascacielos inverso se tratara, por decenas de miles de toneladas, y sin, por otra parte, disponer de Plan-B alguno de emergencia ambiental, ni presente ni futuro, por si Don Gildo, levantara la cabeza. Una pena. Pero, a la vez, una desgracia más, que ha pasado factura sin derecho a devolución, en cuanto al resarcimiento efectivo y la correspondiente reposición de los prados en su esplendor  milenario ya desaparecido.

Los sopletes ya habían desmontado, alguna parte del espinazo del ascensor de residuos industriales contaminantes. Allá estaban, volteados, oxidados, quizá a la espera, de que algún responsable, o empresa, o vaya usted a saber quién, los facture a la Fundición Auxiliar más próxima, sin explicaciones, por el momento.

Villablino 2018. Antiguas escuelas graduadas.

En otros momentos, en los paseos hacia el abismo de la memoria, alcancé y alcanzamos, por dos vías, las escaleras de piedra de acceso bilateral a las antiguas Escuelas Graduadas, en la carretera a San Miguel y Villager, y por la ronda/calle, hoy asfaltada, desde la Plaza de Villablino al Extinto- Cine Muxiven y a las Escuelas. En ambas vías, la “Suerte estaba echada”. Los patios de juego y expansión de las Escuelas Siamesas (Niños y Niñas) juntos, pero no revueltos, habían sido ajardinados sin demasiado esmero. Por tanto, se había acabado el griterío de tumulto imparable en las salidas al recreo y al finalizar las clases mañana y tarde. Un silencio catastrófico era el rey del tiempo.

Ni resbalones, ni empujones, ni meriendas volando, ni juegos naturales, ni tablet, ni smartphone inoportunos y alienantes. Se acabó, el yo soy el primero, porque me da la gana y además te puedo… recurso inapelable del más broncas de la clase, que siempre se arrugaba, ante otros de menor edad, que podían hacerle frente, y además, no le chivaban los deberes o las preguntas del So-Maestro.

Los colores de las Escuelas – su pintura – las paredes, habían sido restañadas en alguna ocasión. No demasiadas. El interior de las aulas estaba arrasado, como si hubiera pasado un ciclón natural. Algún pupitre volcado, y algún mapa desvencijado. Ruina, en definitiva. Abandono programado y desidia municipal en estado de insolvencia mental.

Villablino 2018. Antiguo cine Muxivén.

Respecto del Extinto-Cine Muxiven, había pasado de ser el centro de culto del paisanaje de Villablino, los sábados/noche, los domingos sesiones primera tarde/menores y tarde/noche, adultos, con películas muy al día del momento: Reestrenos, casi siempre, habiendo pasado previamente, por el Visto/Bueno, de Don Gildo. Cine – ruinas de cine – sellado a cal y canto, como un simple sarcófago, tal y como confirmó la vecina de enfrente. El cine Muxiven, había sido sacrificado para siempre, en su versión previa. Quedaban los ojos ovalados de respiración interior –siempre abiertos – como espantados de que su fin era irreversible – Dan la impresión de que no aceptan el veredicto de un sacrificio cultural ya añejo y olvidado. Quizá, alguna promotora, o entidad pública, se atreva a rehabilitar una ruina que enriquezca la memoria colectiva. A saber…

Autor fotografías: Fede García González