En primera línea (la obsolescencia de los cuerpos)

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

Hace dos días recogí de casa de mi madre los recuerdos personales que me habían correspondido: un original mecanografiado de La sonrisa de la fortuna novela con correcciones a mano de mi padre, su muestrario de anzuelos y secretos para la pesca de la trucha, una foto de mis padres y algunas más del álbum familiar donde aparezco yo o alguien de mi propia familia, dos tomos de Historia de las cruzadas de J.F. Michaud con bonitas ilustraciones de Gustavo Doré y un bolsito bandolera de ganchillo que había sido de mi madre. Era la última vez que estaba en la casa de mis padres en Madrid donde había vivido solo unos cuantos meses allá por 1968 y visitado bastante a menudo a mi madre durante sus últimos años de vida.

Mi madre había muerto dos años y medio antes, pero ahí estaba todavía la casa como un nexo que me unía materialmente a mis padres, como si aún no se hubiera producido el adiós definitivo. Ahora sí, ya solo quedan sus recuerdos y las pocas cosas suyas que mencioné. Los hilos materiales que me unían con la historia de mis orígenes se han cortado definitivamente con esta última visita a la casa paterna. Solo recuerdos y sus cenizas en sendas urnas en Vegarienza, en el cementerio de Castriello, en la ladera de Santa Colomba que ni es solano ni avesedo, pegadito al arroyo que huele a menta por cuyo cauce escurren las aguas que manan de las tierras ferruginosas de las llamas donde tantas tardes pastoreé las vacas de mis abuelos (ver las Llamas de Castriello y La estampa). Ahora sí fui mucho más consciente que cuando mi madre murió de que yo ocupaba la primerísima fila de los que, inexorablemente, seremos llamados al ajuste final de este tránsito corpóreo (valle de lágrimas decía mi abuela Honorina) que es la vida.

En Castriello descansan también, en la tierra al estilo tradicional, mis abuelos y bisabuelos maternos y seguramente algún antepasado más de la rama González y García. Cuando a mi madre le dio por pensar dónde quería estar cuando se le acabase el tiempo, ya no había espacio en el suelo de aquel modesto cementerio omañés colmatado de cristianos más o menos rezadores. Modesto pero tan antiguo como la misma Omaña. La falta de espacio para tanto muerto se resolvió al modo en que lo solían hacer los invasores romanos del valle del Omaña, añadiendo un columbario con unos cuantos nichos (palabra horrorosa donde las haya) mortuorios que destacan sobre el yerbazal de las tumbas. Mirando al cementerio y más concretamente al columbario donde ya estaban las cenizas de mi padre, en el verano de 2016 y tras rezar un padrenuestro mi madre musitó emocionada “Que nos reunamos todos en una vida mejor” en lo que me pareció la expresión de un deseo intenso, anhelado, cinco meses antes de dejar esta vida que ya se le estaba haciendo demasiado larga.

Entre lo que nos dejó había unos papeles manuscritos que decían que mi madre era propietaria de uno de estos nichos y un notario de Madrid ha anotado en sus protocolos que yo soy dueño junto a mis hermanas de semejante aposento para la eternidad. No conozco a nadie capaz de llevar la contraria a un notario. Yo desde luego no lo haré, así que allí me llevarán cuando llegue el momento si los que me sobrevivan atienden mis deseos.

No sé a qué edad comenzó mi madre a preocuparse por estas cosas que a los de la siguiente generación nos hacía sonreír condescendientemente, pero el tiempo pasa para todos y forzosamente tengo que agradecerle que pensara con tiempo suficiente en algo tan obvio como dónde acomodarse para los restos, dónde estar sin molestar a los vivos. Porque hace tiempo que siento los efectos de la obsolescencia escrita en los defectuosos genes que me han tocado en suerte, de los que sin duda son responsables involuntarios unos cuantos de mis antepasados con los que un día compartiré espacio en el cementerio de Castriello. He sido, soy todavía, el trasunto de lo que ellos fueron, de lo que llevaban escrito de forma indeleble en su ADN fruto de tantas vidas entrecruzadas durante siglos y que ha cristalizado con mejor o peor fortuna en individualidades concretas como yo mismo.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Ha hecho fortuna la expresión obsolescencia programada aplicada a los electrodomésticos y otras máquinas que usamos a diario, pero a fuerza de percances de salud, aparentemente sin relación alguna con mi estilo de vida, cada vez estoy más convencido de que somos nosotros los que tenemos bien escrito en los genes, con tinta invisible a simple vista, la fecha de caducidad de nuestros cuerpos. Los cirujanos van extendiéndonos prórrogas a esta fecha de caducidad, pero finalmente la obsolescencia nos alcanza de forma inexorable. Da igual que hayas sido alto o bajo, ocurrente o aburrido, valiente o cobardón.

Por eso mismo le estoy agradecido a mi madre por ocuparse sabiamente de dónde dejar su propia obsolescencia y, de paso, la mía. Y qué mejor sitio que el cementerio de Castriello, donde aún cantan las ranas en el arroyo y los saltamontes despliegan sus esplendorosos élitros del mismo azul que el ala de los grajos que se oyen entre los chopos del cercano río Omaña; donde por las tardes se siente el alivio de la sombra que proyecta Santa Colomba cuando ya se hace inaguantable la solanera con que el sol aprieta desde bien temprano en las mañanas de verano o dónde en invierno se agradece el solecito mañanero que atempera la tiritona de la helada nocturna, porque habrá que ver cómo se siente el frío y el calor cuando en vez de huesos y carne se sea solo polvo o ceniza.

Polvo o ceniza. Hasta la época de mis abuelos era cierto lo que decía el sacerdote cada Miércoles de Ceniza mientras nos ponía una pizca de ceniza en la frente, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás), frasecita que nos helaba el alma y que a mí me sugería con desagrado el roer de los gusanos reciclando la carne en tierra vegetal, en polvo. Ahora que ya salimos reducidos a ceniza desde la capilla mortuoria, sin gusanos de por medio, no sé si habrán tenido que cambiar este recordatorio que nos decía a las claras que éramos muy poca cosa. Y así es, hay que admitirlo.

A medida que te haces mayor hay que ser consciente de que las leyes de la probabilidad van dejando de ser neutrales, que la cara y la cruz de la moneda no pesan estadísticamente lo mismo. En los próximos días se lanzará de nuevo mi moneda, que tantas veces ha salido cara, y veremos qué sucede.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Si sale cruz, mi familia tendrá que encargar una plaquita con mi nombre y pegarla en la losa de mármol negro que cubre el nicho de la familia García de la Calzada, tan pulido que en él se reflejan los robles y escobas de la ladera de enfrente que recuerdo servían de refugio a las vacas que moscaban en las tardes de verano cuando yo las llevaba a las llamas de Castriello, el paraje donde fui feliz de chaval.

No se me ocurre un sitio mejor para esperar que se desperecen los cuerpos cuando suenen las trompetas del Juicio Final en que creían muchos de los residentes del cementerio de Castriello. Y para los descreídos sólo quedará sentir como nuestras cenizas se esponchan o acurrucan según haga calor o hiele, mientras se oye el manso discurrir del arroyo de Castriello entre juncos y matas de menta. El mundo seguirá dando vueltas y en unos cuantos años los hoy jóvenes de mi familia serán candidatos también a residir en Castriello o, si lo prefieren, a la sombra de las hortensias familiares.

17 de Junio de 2017, en vísperas.

La moneda salió cara, otra vez. Aunque algo desvaída por una maldita e inesperada FA.

22 de Junio de 2017.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Anuncios

Sensación de atontamiento (los sonidos de Omaña)

El chopo de la llama de tío Baldomino.

Mi suegro era muy aficionado a la fotografía y a viajar. Como su vida transcurrió antes de la explosión digital, nos dejó sus buenos cíen quilos de álbumes repletos de fotografías y postales que daban fe de los sitios que había visitado y un mapamundi plagado de chinchetas de colores que resumía el contenido de los álbumes. Ya en la época de las redes sociales he visto en algún perfil un mapamundi con los lugares visitados, a modo de selfie viajero no sé si para poner de relieve el carácter de trotamundos o simplemente para fardar, con tal amontonamiento de chinchetas que me ha hecho pensar en el trajín laboral de un comandante de Iberia.

Por perezoso y circunstancias varias yo he sido poco viajero y en mi inexistente mapamundi de esparcimientos foráneos faltarían chinchetas tan emblemáticas como la del París de La France y muchas otras. Cierto que los viajes que he hecho los he disfrutado y a punto estuve de sucumbir al síndrome de Stendhal en ciudades como Florencia, Pisa o Siena, aunque pude sobreponerme creo que gracias al poso pueblerino de omañés que me permite relativizar cuando de cuestiones de belleza se trata. Seguro que se me tildará de ignorante, pero si me dan a escoger entre una mañana intensa en el Louvre gozando de tanta belleza como atesora o un rato de atontamiento en Omaña, no dudaré ni un segundo en entregarme a este síndrome omañés que suele acometerme cada vez que aparezco por allí.

El tránsito del consciente al atontamiento sucede de manera sutil y atrapadora. Basta con estar sentado a la sombra de un manzano en la huerta de mi hermana Julia sin ningún plan concreto y que el murmullo del río próximo se entrelace con algún leve pensamiento, para entrar en un estado ausente controlado por el ruido del agua entre los cantos rodados que puede parecer monótono y uniforme pero que presenta matices y fluctuaciones producidos por cambios en la intensidad de la corriente o en la dirección de la brisa que lo trae hasta mis oídos. El ánimo queda en suspenso y entro en un estado en que todo son percepciones a nivel físico de sonidos y sensaciones de todo lo que está pasando a mi alrededor: sobre un silencio casi absoluto, el ruido leve del agua envuelto en un frescor reconfortante y el aleteo de las hojas de los árboles en la brisa se mezclan con otros también relajantes pero indicativos de que en aquel ambiente tranquilo se libra una pelea continua por la subsistencia, como el zumbido de una avispa hambrienta o el canto asustado de mierlas y grajos, muy atenuado por la distancia. Ningún sonido parece predominar sobre el resto, todo suena muy acompasado

Este nirvana físico y mental desencadenado por el rumor ambiente deja un resquicio de conciencia que se da cuenta de que en aquel espacio faltan sonidos asociados a la actividad de otros tiempos, como el vocerío de los niños chapuzando en la orilla, el golpeo de la ropa en las piedras del lavadero, el ladrido de algún perro avisando al caminante que él es el dueño de aquel trozo de camino, el mugido impaciente de alguna res o las voces lejanas de los que trabajan en prados y huertos, el golpe de hacha que hiende un roble en el monte, el entrechocar de cacharros en una cocina, la campana que anticipa la Misa, el cacareo alocado de una gallina que anuncia su huevo diario, la esquila de una oveja en el Vallado, el suave traqueteo de un carro que pasa por la carretera, ….. Esta fase del atontamiento actúa como una máquina del tiempo que me retrotrae a los sonidos de la Omaña que yo viví y que el subconsciente trae al presente.

Este recuento de sonidos que me faltan, se interrumpe cuando algún conductor con demasiada prisa o poca cabeza pasa por la carretera arruinando con su ruido la armonía del entorno. Las estridencias de los ingenios mecánicos son ahora la muestra casi única de actividad humana en estos pueblos donde antes todo era vida, pausada pero constante y armónica.

La sensación de atontamiento producida por el rumor ambiente que rodea al manzano, también puede surgir a la vista de un paraje solitario como una camperita de yerba corta, como recién pastada por las ovejas, con alguna margarita o quitameriendas u otras florecillas corrientes, a veces atravesada por un afloramiento de roca musgosa y, si el agua está cerca, también habrá una mata de juncos o de menta o algún helecho. La contemplación de esta muestra de simplicidad y armonía me induce la misma sensación de anulación de la voluntad y bienestar asociados a los sonidos de mi infancia omañesa. Nada que ver con el malestar físico que sintió Sthendal al contemplar la belleza que atesoraban los museos e iglesias de Florencia. Lo mío es la felicidad de Simplicio, del que pierde el control en presencia de las cosas sencillas.

Para fotografiar algún paraje como el descrito que ilustrase este post, el verano de 2017 subí arroyo de Castriello arriba, el paraje donde pasé tantas tardes pastoreando las vacas de mis abuelos (ver Las llamas de Castriello). Caminé rodera adelante y a unos cien metros del cementerio vi que alguna máquina había allanado y ensanchado el camino, justo en el lugar más peligroso para el paso de los carros cargados de yerba hasta el punto que teníamos que tirar de las sogas hacia el monte para que el carro no volcase arroyo abajo, mientras oíamos como las llantas de hierro resbalaban peligrosamente por la peña. En cada punto del camino por donde pasaba el agua de lluvia y que todos los años necesitaba ser reparado, se había colocado a modo de alcantarilla un grueso tubo ondulado rematado con cemento por ambos extremos. Tanto esmero en un camino que yo daba por abandonado y unas pisadas frescas de ovejas o cabras me hizo pensar por un instante si se habrían puesto en producción los pastos de las llamas y vuelto a sembrar las tierras de centeno.

Enseguida llegué a la primera llama, la de tía Concha, que tenía el aspecto desolado de las cosas que no se cuidan. La portillera por donde entraban las vacas, cuyas talanqueras asegurábamos para impedir que las vacas las quitaran con los cuernos y se marcharan para casa mientras nosotros zanganeábamos con los otros pastores, solo era un hueco en la pared que cerraba la llama. El cierro que separaba esta llama de la siguiente y que yo había ayudado a hacer a mi abuelo con estacones verdes, se había convertido en un bosquecillo de paleros. Mi abuelo extremaba sus esfuerzos para que todas las fincas estuvieran bien cerradas y ahora las llamas pertenecientes a los seis hermanos podían recorrerse de punta a punta sin ningún obstáculo, como si fueran parte del común.

Hueco en la pared donde estaba la portillera de la llama de tía Concha. En el centro, bosquecillo de paleros nacidos del cierro que dividía esta llama de la de los abuelos del autor.

Por primera vez caí en la cuenta que el bisabuelo Bernardino había sido dueño de casi todos los pastos del arroyo de Castriello. En la llama de tío Baldomino vi el chopo que tantas veces nos cobijó del sol y cuya sombra vigilábamos impacientes para saber la hora de arrear las vacas para casa, erguido como los valientes pero desmochado quizá por el rayo que siempre temimos que nos mataría en los días de tormenta si nos resguardábamos de la lluvia bajo sus ramas. Más adelante, en la bajera de la llama de Pedro, vi que la charca de las ranas estaba totalmente seca y que la ladera, donde nos deslizábamos sobre la yerba seca sentados sobre una tabla, estaba surcada por una cicatriz en forma de camino que debía dirigirse a lo alto de el Vallado.

Poza de las ranas totalmente seca. Arriba, arranque del camino que atraviesa la campera donde se “surfeaba” sobre la hierba seca sobre una tabla de chopo.

Me pregunté cuál podía ser la utilidad de un camino tan remozado en mitad de un paraje totalmente abandonado y confieso que mal pensé que sería cosa de los cazadores para llegar cómodamente en sus todoterrenos al territorio de las perdices, pero mi prima Estela me aclaró que se había arreglado para poder sacar con los tractores la leña de roble que aún sigue calentando las cocinas en invierno. Me alegró saber que aquel paraje, otrora fundamental como área de pastoreo y recolección del centeno, tuviera alguna utilidad.

El Agosto abrasador que había vuelto todo el valle de color pajizo menos la mancha verde de robles y escobales, me imposibilitó fotografiar nada parecido a las verdes camperitas que alguna vez me inducen el trance de atontamiento, pero disfruté del paseo por donde hacía sesenta o más años que no transitaba. Aquel territorio tan frecuentado entonces me pareció una metáfora del transcurrir de la vida, vital y eufórica durante unos cuantos años y reseca y escasamente útil en su tramo final. A la vuelta me detuve frente al chopo de tío Baldomino que yo recordaba alto, frondoso y tan flexible que sabía amoldarse el empuje del viento con una leve inclinación y que ahora estaba desmochado y parcialmente reseco, se me antojó una buena imagen de mí mismo: corriendo de chaval por aquellos andurriales todo el día sin atisbo de cansancio y ahora vigilante para conseguir mantenerme tan tieso como el chopo y a resguardo del frío y del calor, no me vaya a pasar algo. El tiempo no pasa en vano, ni para las personas ni para los parajes abandonados.

Ni siquiera las creencias más acendradas perduran. Recuerdo que siempre nos mantuvimos alejados del vinoso fruto del saúco que los mayores nos repetían que era venenoso y ahora la prima Estela elabora con sus bayas un jarabe cura catarros muy apreciado. A ver si le da por experimentar pronto con las uvas de perro, otro tentador fruto del que nos mantuvimos alejados en nuestra infancia por su fama de ponzoñoso, y logra sintetizar un elixir para los achaques de la edad tardía o solo nos quedará la residencia de Castriello, al borde de la carretera, donde el atontamiento es severo y permanente.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Pepe (en un rincón de tu memoria)

El Jay observa atento el más mínimo ademán de tío Pepe, impaciente por obedecer sus órdenes.

Esta foto me encanta pues creo transmite de forma genuina cómo éramos entonces en Omaña. El tío Pepe con un atuendo que un cursi podría calificar de informal, en realidad representa la forma en que se vestía por allí, ropa que resguardaba del frío y apropiada para caminar por el monte, siempre a riesgo de sufrir algún desgarrón que rápidamente repasaría la abuela, la boina muy usada y bien calada y el bolso de la chaqueta repleto de cartuchos que él mismo habría recargado una y cien veces. Se apoya en la escopeta calibre 12 de la familia, que siempre estuvo colgada del perchero de la entrada principal de la casa y que de vez en cuando acariciábamos los chicos imaginando cuando seríamos lo suficientemente mayores para que nos dejaran utilizarla. Recuerdo que nunca percibí como algo peligroso que la escopeta estuviera al alcance de los niños. Era un elemento más del ajuar de la casa, tan útil e inofensivo como la máquina de coser o el molinillo de café. Aunque no se ve en la foto, debajo de la chaqueta y bien sujeto al cinto, el tío Pepe llevaba un manojo de tiras de cuero rematadas con una anilla que servían para colgar por el cuello las perdices abatidas al vuelo o las tórtolas cazadas al acecho. Las piezas cobradas colgaban a lo largo del muslo bamboleándose al ritmo de la marcha, punteando de sangre el pantalón y hubo veces que algunas eran tan pesadas que se le perdieron al tronchase el cuello. El escenario podría ser el alto que hay entre las Llamas de Castriello de Vegarienza y Garueña. El perro Jay era de Paco el de tío Baldomino y hasta muy viejo siempre estuvo dispuesto a acompañar a cualquiera de mis tíos en sus cacerías.

En todas las casas solía haber una escopeta y la caza era consustancial con la vida en el campo. Era útil para las batidas al lobo cada vez que había una matanza de ovejas (ver El lobo) o cuando se le intentaba cazar al acecho en invierno ya que el número de aquel implacable depredador y protagonista de casi todos los cuentos infantiles debía mantenerse a raya, aunque también servía para algo más lúdico como la caza de perdices, codornices y palomas torcaces. Cuando el tío Pepe había juntado unos cuantos cartucho vacíos, bajaba a la cocina la lata de galletas maría con la pólvora, los perdigones, los tacos separadores y la rebordeadora que fijaba a la mesa con un tornillo cuidando no estropear el hule a cuadros que hacía las veces de mantel. Una vez relleno cada cartucho con las dosis adecuadas de pólvora y perdigones y debidamente señalado el calibre de los mismos, recuerdo eran del 10 para las codornices del 6 para perdices y torcaces y postas para el lobo, me lo pasaba a mí para colocarlo en la rebordeadora que los dejaba tan bien cerrados como los que se compraban en las armerías de León. Aquellos preparativos se desarrollaban con toda normalidad en la cocina, mientras la abuela trajinaba con las nateras junto al fregadero o repasaba unos calcetines cerca de la ventana y el abuelo releía un periódico atrasado o pensaba en que había que bajar los piértigos del desván porque el centeno ya estaba granado y la maja era inminente. Quizá esta normalidad explicara por qué no se consideraba peligroso que la escopeta colgara de una percha a la vista de todos.

Claro que el sentido común de los mayores pudo pasar por alto que la atracción o curiosidad por las armas de alguno de los chavales que veíamos a diario aquella preciosa escopeta de dos cañones y perrillos a la vista podría provocar alguna travesura más o menos peligrosa (ver Asustando grajos) que tuvo en vilo a todo el pueblo durante días al escuchar disparos a deshora y por doquier. También recuerdo que cuando tío Pepe vino de permiso de las prácticas de milicias, en la mesa de su habitación, que como todas estaba siempre con la puerta abierta y que periódicamente yo visitaba ya fuera para realizar el encargo de recoger algo o por mera “curiosidad“, me sorprendió ver una pistola Luger sobre el libraco Los cipreses creen en Dios, dos objetos que miraba con respeto. La pistola por precaución, pues no conocía su mecanismo ni sabía si estaba cargada y el libro porque su tamaño sugería indigestión segura. Hay una foto mía con catorce o quince años en que se me ve simulando encañonar con la escopeta a un grupo de gitanos mayores y niños que pasaban por la carretera que, para colmo, parecen divertidos con la broma que fue consentida, lo cual no es óbice para que me avergüence cada vez que la veo pues refleja la consideración que entonces teníamos de los gitanos y lo poco gracioso de la broma. Si, las armas me atraían, pero tras los primeros tiros con la escopeta familiar en el monte al filo de los diecisiete o dieciocho años, jamás he vuelto a participar en ninguna cacería.

Cada vez que veo la foto de tío Pepe cazando no puedo por menos que reparar en el contraste entre su indumentaria de cazador omañés y el elegante terno con que se casó con tía Vilma en Perú, otra foto familiar que constituyó por mucho tiempo el disparador de las añoranzas sobre el tío al que de pronto dejamos de ver siendo unos críos, pero del que ya atesorábamos buenos recuerdos. Como era usual en aquella época, Sudamérica era tierra de emigración para muchos españoles y en la familia de mi madre hubo al menos cuatro miembros que formaron parte de ella. El primero fue el tío Federico, fraile agustino hermano de mi abuelo, que emigró a Perú donde murió (ver El tío fraile) y le siguió la tía María que trabajó durante muchos años en Brasil como enfermera. El tío Pepe debió irse hacia 1956 y tras una estancia de meses en Brasil sin encontrar trabajo, siguiendo las indicaciones de tío Federico recaló en Perú donde se estableció y formó su familia, regresando en contadas ocasiones en viaje de visita familiar. Desde hace unos años esta corriente migratoria ha cambiado de sentido y algunas de sus hijas se han establecido con sus familias en España. Es el vaivén de la historia y de las familias. Aunque quizá no pueda considerarse en sentido estricto como emigrante, la cuarta persona de la familia que se fue a Sudamérica fue la tía Tere que vivió unos cuantos años en Ecuador.

Como sus otros nueve hermanos, tío Pepe nació en Sosas del Cumbral y allí sucedió la primera historia que me llega de él. Parece que los hermanos habían estado tirando un nido de pájaro ayudándose de un varal (palo largo) de los que se usaban para colgar los chorizos y morcillas al humo en la cocina vieja. Estos varales, si se utilizaban para remover las brasas del horno donde se cocían las hogazas de centeno y las empanadas, a fuerza de quemarse tenían el extremo aguzado como una lanza. El caso es que después de tirar el nido mandaron a Pepe, como era el menor de los varones tenía que hacer todos los recados, que devolviera el varal a su sitio y parece que iba tan a prisa para volver rápido y no perderse lo que hacían sus hermanos con los pajarillos, que la mala fortuna hizo que pinchara con el varal el pellejo en el que el abuelo guardaba el vino que se sacaba a diario para las comidas y rellenar la bota que llevaba al campo. Empezó a manar vino como si fuera una fuente y la abuela y las hermanas no daban abasto a poner cacharros para evitar que se desperdiciara aquel preciado líquido (de primera necesidad podría decirse) mientras se devanaban los sesos sobre cómo decírselo al abuelo para dejar a salvo a Pepe, sin incurrir en mentira.

Creo que hasta que me casé he pasado todos los veranos en Omaña, los primeros en Sosas donde debí encariñarme con todos los tíos pero especialmente con Pepe. En uno de sus viajes a España me contó que en una de sus vacaciones de estudiante, yo tendría unos dos años y él quince o dieciséis, cuando yo me despertaba y no le encontraba por casa me ponía a gritar a todo pulmón, “Pepeee, Pepeee, ….“. Debía ser muy niñero y los sobrinos siempre andábamos a su alrededor pues nos dejaba acompañarle incluso cuando podíamos ser un estorbo, como en la perpetración de “delitos” tan serios por aquellas latitudes como quitar el agua a un vecino para regar los prados propios. Lo he contado en El fin del mundo y no me resisto a transcribirlo:

“En una ocasión el tío Pepe nos llevó a los pequeños con él para que le avisáramos si aparecía el Tremoriego, porque él iba a quitarle el agua que le correspondía y así regar el prado de La Tablada, que era del abuelo. Nos quedamos jugando en el camino, pero vigilando. Yo no era consciente de ser cómplice de un ‘delito’ y que, por tanto, era exigible una cierta discreción. Cuando vi venir al Tremoriego, siguiendo las órdenes recibidas dije a grandes voces ‘Pepeeee…, ¡que viene el Tremorieeeego!’. El Tremoriego me oyó y, cuando estuvo a nuestro lado, me dijo muy enfadado ‘Oye chaval, yo me llamo Joaquín. ¿Es esa la educación que te están dando en tu casa?’ y con toda la intención pues, no en vano, yo era nieto del señor maestro. Yo me quedé todo corrido y, a partir de entonces, daba grandes rodeos para no cruzarme con él.”

Hasta hace poco que vi una foto con la leyenda San Miguel de Escalada donde se ve a Pepe y otros dos compañeros con sotana, no supe que estuvo en el seminario bastantes años, no sé si con la intención de ser cura lo que hubiera sido todo un acontecimiento en una familia tan pía o simplemente para estudiar a expensas de la Iglesia. Estudió veterinaria en León y estudioso e inteligente como era acabó número uno de su promoción y fue alumno interno del decano Ovejero, que venía a ser como ayudante de cátedra. Terminada la carrera, las milicias y no encontrar trabajo, algo incomprensible con su expediente académico en una provincia con ganadería tan abundante, estuvo una temporada en Vega ayudando a los abuelos y haciendo sus primeros pinitos como veterinario. Creo que cobraba una pequeña cantidad (iguala le decían a aquella modalidad de contraprestación) a los que tenían ganado, lo que les daba derecho a que atendiera a sus animales ya fuera para un parto o cuando las vacas entelaban (el vientre hinchado por los gases a consecuencia de una ingesta abundante de hierba tierna o alfalfa) o cualquier otro percance de salud. Parece que tenía la vista puesta en una plaza de veterinario en la Diputación que se iba a convocar de forma inminente, pero la impaciencia, el ímpetu juvenil y quizá el sentimiento que entonces se tenía de Sudamérica cómo tierra de oportunidades con extensas haciendas ganaderas le hizo tomar la decisión de emigrar. Paradójicamente, al poco tiempo de irse a América salió convocada la plaza de la diputación que probablemente hubiera obtenido y su vida habría sido radicalmente distinta.

Su oficio de veterinario autónomo en Vegarienza, antes sus tíos los doctores Paco y Bernardino González habían hecho lo propio con las dolencias de los paisanos de la comarca, fue el causante involuntario de que por primera vez yo tomara consciencia de que hasta los más valientes tienen sus momentos malos. La Montañesa era una magüeta (vaca joven) del abuelo a la que le había salido un bulto enorme en el anca derecha y después de un tiempo tratándola con antibióticos sin que la hinchazón bajara, Pepe decidió sajarle el absceso. Era un día de bastante calor cuando llevamos a la Montañesa al potro que usaba el herrero para herrar vacas y caballos, donde una vez inmovilizada le hizo una raja con el bisturí en la hinchazón por donde empezó a salir a presión un chorro purulento como si fuera un surtidor. Se me aflojaron la piernas al instante y, aunque me senté, empecé a sentir un vacío en el estómago mientras observaba aquel surtidor infecto que no cesaba. A punto de perder la conciencia y a pesar de lo interesante del momento, me tuve que alejar despacito del chorro amarillento y, como flotando, me llegue hasta casa para intentar recuperarme a la sombra reparadora del nogal. El mismo fenómeno de flojera me ha ocurrido luego en alguna visita al hospital cuando veo tubos saliendo y entrando en bolsas vertiendo líquidos extraños.

Creo que el desempeño como veterinario le ocupaba tan poco tiempo que le permitía ayudar en las tareas del campo y los cuidados ordinarios de los animales de casa. En una ocasión en que el tío Pepe estaba limpiando la cuadra de las vacas y sacando el estiércol al corral, al pisar el garabato (pala de pinchos curvos) se hizo un agujero en el pie y recuerdo como gritaba del dolor mientras se limpiaba y vendaba la herida él mismo. También había tiempo de sobra para la caza y la pesca que practicaba de forma muy original con un arco hecho con ballenas de paraguas y usando como flecha una ballena afilada en el asperón y atada al arco con un bramante. Se le podía ver a menudo pescando bajo los salgueros de la huerta donde las truchas acostumbraban a posarse a mediodía a la sombra de palos y piedras, acompañado de su amigo Genarín de Santibáñez, el médico.

En Perú se casó con la tía Vilma y trabajó en una hacienda ganadera. Creo que luego tuvo su propia ganadería, pero los vaivenes económicos y la inestabilidad del país debió hacerla inviable. Desde su marcha ha venido tres o cuatro veces a España y siempre tiene la amabilidad de vernos, o cuando menos llamarnos, a los sobrinos que dejamos de convivir con él cuando yo debía tener doce años. Por teléfono su forma de hablar me recuerda a Vargas Llosa, pues el deje peruano ha vencido al del castellano de Omaña. Siempre me ha parecido juicioso y cuando habla tengo la sensación de que tiene las ideas y las opiniones bastante bien elaboradas. Revisando documentos de mi madre he sabido que su nombre completo era José Joaquín, el segundo nombre supongo que por su abuelo paterno de Posada.

En plena canícula madrileña de 2017 le he visto por última vez en casa de sus hermanas Pili y Tere donde nos juntamos varios sobrinos con algunos hijos y, a la vieja usanza, compartimos una tarta, pastas y algún refresco bajo conversaciones entrecruzadas que hacían difícil entenderse. El tiempo que a ninguno perdona ha hecho de aquel mocetón de las fotos bien parecido, abundante pelo negro muy peinado hacia atrás, sonrisa franca y contagiosa, cuya fortaleza física contrastaba con mi endeblez de crio hasta el punto que me tenía doblando mis brazos cada poco intentando adivinar si mis bíceps podrían parecerse alguna vez a los suyos, se ha convertido en un viejecito de 87 años, no muchos más que yo que también voy para viejito, que se ayuda de un bastón para caminar y con algunas vacilaciones de memoria que requieren de la ayuda de tía Vilma. Aquellos brazos que amenazaban romper las costuras de las recias camisas verde caqui que trajo del servicio militar, y que durante décadas formaron parte de nuestra indumentaria para las labores del campo, hoy parecían los de un niño de pura delgadez. Apenas pudimos hablar en aquella concurrida reunión sobrinesca y mi familia fue la primera en despedirse. Cuando estábamos esperando el ascensor acompañados por tía Tere, vi que se acercaba a nosotros despacio y muy erguido por el pasillo de la casa y me dijo, creo que algo emocionado, “Yo te llevé a Sosas” refiriéndose al viaje que hacíamos desde Vegarienza hasta Sosas cuando llegábamos de León para pasar el verano, subidos en el carro de las vacas que rebosaba de equipaje, padres y gente menuda con la emoción desbordada por la añoranza de colores, olores, sabores y cariños ausentes. Las vacas con su insufrible parsimonia ponían a prueba nuestra paciencia y nos hacían dudar si alguna vez llegaríamos a aquel pueblecito cerca del fin del mundo, donde nos esperaban abuelos y tíos sonrientes y con los brazos extendidos, el perro que nos cubriría de lametones, la mantequilla untada en pan de centeno, los renacuajos en la presa de al lado del camino y el permanente olor a boñiga que hacía tiempo había dejado de ser incómodo y era más bien como un aroma que nos confirmaba que estábamos en Omaña, el paraíso de nuestra infancia. Yo fui el primer sobrino que hubo en la familia y el tío Pepe, a pesar de su memoria menguante, aún recordaba aquel episodio de setenta y tantos años atrás. Para mí fue una muestra impagable de ese cariño que la distancia impide que sea cotidiano, que casi no se ha desgastado y que permanece ahí agazapado esperando la ocasión de manifestarse aunque sea muy de tarde en tarde con motivo de una visita, alguna noticia o una foto que llega en el correo. Reviviendo luego la escena, yo también me he emocionado. Gracias, tío Pepe, por mantenerme en ese rinconcito de tu memoria y larga vida. Seguramente, lo que se olvida es porque realmente no fue tan importante y uno puede desprenderse de ello para ir más ligero a medida que pasan los años.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Crueldad innecesaria (perros fornicadores)

Pelea de gallos.

Cuando nos hacemos mayores son inevitables las comparaciones entre lo que sucede hoy y las cosas que pasaban “en nuestros tiempos“. En el telediario han dicho que un hombre se ha encontrado con su ex pareja, la ha invitado a una tónica para romper el hielo y a renglón seguido la ha matado con un cuchillo que llevaba en una bolsa, casualmente. Satisfecho con semejante acto supremo de autoridad con su ex mujer, se ha clavado él mismo el cuchillo y se ha pasaportado al otro mundo, quizá con la idea de reunirse con ella en la otra vida, eso sí, una vez escarmentada. Me he preguntado si antes éramos así de violentos y la respuesta, por demás complaciente, ha sido que no, que no con las personas que frecuentábamos. Pero se ha colado por un resquicio de mi mente el maltrato que a veces ejercíamos con los animales domésticos, en Omaña el contacto con ellos era permanente, unas veces para procurarnos el sustento y otras gratuitamente y he recordado muchos episodios.

Hoy se compran los pollos muertos y descuartizados de forma que solo hay que echarlos a la cazuela o, si tenemos prisa, los compramos ya asados y solo falta comérselos. En Vegarienza criábamos los pollos en casa para comérnoslos y antes de comerlos había que guisarlos y, como no era caso de echarlos vivos y con plumas a la cazuela, primero había que matarlos y desplumarlos. Recuerdo a la abuela o a mi madre con que técnica tan depurada convertían aquel revoltijo de plumas y cacareos en un manjar digno de la mesa de un marqués, con el que nos chupeteábamos los dedos después de haber mojado abundante pan en aquella sabrosa salsa que acompañaba a los muslos y alones del interfecto. Sujetaban el plumífero bajo el sobaco y, si era de armas tomar, alguien tenía que ayudar sujetándolo por las patas tal como me tocó a mí en muchas ocasiones. Con la mano izquierda le doblaban la cabeza hacia adelante y le pelaban las plumas de detrás de la cresta para poder trabajar con limpieza mientras el justiciable protestaba de manera ostensible. Con el cuchillo daban un tajo entre dos vértebras, sin que les temblara el pulso para que el chorro de sangre no se saliera del cacharro en que se recogía para luego hacerla encebollada. Los pataleos del pollo se iban apagando al mismo tiempo que el chorro de sangre se hacía más y más débil. Ya solo quedaba desplumarlo, chamuscarlo, descuartizarlo y a la cazuela. Todo un tratado de anatomía gallinesca. La mayor parte de los que se chupaban los dedos con el guiso, ignoraban el largo proceso que había sufrido el pollo hasta convertirse en aquel manjar. Al día siguiente cualquiera de los comensales llamaríamos a las inconscientes gallinas, con un tono de voz inocente que no denotaba en absoluto nuestras aficiones gastronómicas que tanto les incumbían, para que se acercaran a comer el grano que les echábamos mientras las observábamos con atención intentando adivinar cuál sería la próxima en convertirse en guiso.

No había el más mínimo cuidado para evitar que los pequeños presenciáramos estos episodios, más bien parecía que se quería que aprendiéramos bien temprano que aquella violencia era necesaria. Así se explica que asistiéramos a la encarnizada matanza del cochino sin que a nadie le entrara la duda de si aquel espectáculo era apto para menores. Veíamos cómo se le convencía al cerdo para que saliera de la cochiquera enganchándole con un garfio por la papada y se le clavaba un cuchillo enorme en el cuello, manteniéndole vivo lo más posible para que sangrara bien y las morcillas fueran abundantes. Luego se le quemaba la piel con antorchas de paja para eliminar las cerdas, aunque aquí se puede esgrimir el atenuante de que el cerdo ya estaba bien muerto. Todo ello entre bromas y chascarrillos, bajo la mirada curiosa de la gente menuda de la casa. Afortunadamente aquí yo no tenía que participar sujetando patas o desollando cuerpos. Solo mirar con ojos asombrados aquel ritual sangriento y casi tribal, pues allí se juntaban para ayudar unos cuantos vecinos.

Sin duda la peor parte se la llevaban los pobres animalejos que tenían alguna utilidad gastronómica, que sufrían eso que eufemísticamente se puede llamar violencia útil o utilitaria o práctica o necesaria, buscando el bien de la especie dominante. Pero también la sufrían aquellos animales con menos utilidad o que no formaban parte de nuestros hábitos alimenticios. Era el caso de los perros y gatos, presentes en todas las casas del pueblo, que ayudaban al pastor a cuidar de vacas y ovejas o a tener a raya a las ratas para que no se comieran los granos de centeno. De las camadas de perros alguno se salvaba si un conocido había manifestado su interés por un perrito. En el caso de los gatos, como gato había en todas las casas, no se salvaba ni uno salvo que el gato que estaba en nómina fuera viejo y hubiera que asignarle un compañero más joven antes de jubilarle. Todas las demás crías hubieran sido bocas a alimentar y no estaba la cosa para despilfarrar. Cuando más encariñados estábamos con los gatitos o perritos recién nacidos, un buen día por la mañana al ir a jugar con ellos habían desaparecido. Mientras la gata o la perra recién parida buscaba inquieta por la casa, olisqueando por todos los rincones para encontrar a su prole, nosotros nos dirigíamos a la orilla del río angustiados, imaginándonos como habrían hecho glu-glu-glu mientras se hundían en el agua pataleando, con la esperanza de encontrar a alguno que hubiera tenido la suerte de acercarse a la orilla. Y es que ya sabíamos que alguna persona mayor habría hecho lo que había que hacer: tirarlos al río para así mantener en su justo término el equilibrio de los animales de la casa. El desconsuelo nos duraba unas cuantas horas, hasta que nos rendíamos a la evidencia de lo irremediable y jurábamos no volver a encariñarnos nunca más con aquellos pequeñines, condenados de antemano. Poco a poco nos endurecíamos y dábamos por sentado que así tenían que ser las cosas. Si hubiéramos sido chinos, en vez de tirarlos al río nos los habríamos comido.

Las ovejas y las cabras ocupaban un escalón intermedio dentro del conglomerado de animales que convivían con nosotros. Eran demasiado pequeñas para realizar ningún trabajo físico y gracias a ello llevaban una vida relativamente muelle, todo el día en el monte comiendo y sesteando. Solo tenían que soportar algún que otro mordisco del perro que ayudaba al pastor a tenerlas a raya y algún que otro susto o dentellada del lobo. Su justificación era la lana, indispensable en aquellos tiempos, la leche para hacer quesos y los corderines y cabritines que tenían cada año. Se las podría haber dejado en paz, pero no. Así como cada vaca o la burra tenían características fisonómicas que las distinguían de las demás, todas las ovejas y cabras del pueblo se parecían salvo que tuvieran alguna mancha o rareza singular. Era necesario distinguir de forma inequívoca las que eran de cada casa para separarlas cuando el rebaño retornaba del monte a última hora de la tarde. Seguro que se podría haber encontrado procedimientos más o menos indelebles y mucho menos agresivos, pero se utilizaba uno que, desde luego, era permanente y barato. Se les cortaba a tijera un trozo de oreja con la marca característica de cada casa y problema resuelto. Sin gastar un duro y para siempre. A los borregos se les castraba por el procedimiento de estrangularles con un alambre los testículos, que al cabo de unos días se desprendían espontaneamente. Económico y eficaz.

Los chavales contemplábamos, de tarde en tarde, como los mayores manifestaban su ira y enfado dando tremendos pinchazos con la ijada a las vacas para sacar el carro de un atolladero o para subir una cuesta, cuando debería haberse cargado menos el carro o arreglado bien el camino y dejar tranquilas a las vacas que hacían lo que podían. Esto lo aprendíamos de los mayores y lo incorporábamos a nuestro comportamiento con los animales que estaban a nuestro cargo. Como cuando moscaban las vacas por efecto de las moscas rocineras, pobrecillas vacas que se volvían locas sin manos para quitarse la mosca donde no les llegaba el rabo, y que pagaban nuestras carreras detrás de ellas con algún bastonazo tan pronto las teníamos al alcance.

Y qué decir de nuestro celo persiguiendo a los perros fornicadores, tan imbuidos como estábamos de la doctrina imperante sobre el sexto mandamiento. Los pobrecillos no habían asistido nunca a la catequesis del cura don Abundio y no sabían que no estaba bien visto el ayuntamiento si no eras casado y aún menos en lugares públicos. Eran tan poco leídos que en vez de hacer “la bestia de dos espaldas” con que Shakespeare aludía el acto sexual, solo alcanzaban a formar un triste ciempiés de ocho patas y dos cabezas tirando obstinadamente cada una por su lado para deshacer aquel incomprensible nudo que les mantenía unidos e inermes. Tan pronto veíamos a dos perros haciendo simplemente lo que su instinto les ordenaba, la emprendíamos a palos y patadas exigiéndoles cumplir con la doctrina y la moral con que don Abundio nos gobernaba a nosotros. Creo que había una cierta envidia por nuestra parte, por la naturalidad con que ellos se comportaban y que a nosotros nos estaba vedado. ¿Dónde estaba aquí la utilidad de la violencia? ¿Qué componente atávico nos conducía a este comportamiento? ¿Solo imitábamos lo que habíamos visto hacer a los chavales un poco mayores? Lo dicho, envidia cruel.

También nos divertíamos cuando algún murciélago se metía en casa o lo cazábamos al vuelo con el procedimiento de lanzar una boina al aire a su paso. No había un solo murciélago capturado que se librase de fumar un cigarrillo de Ideales entre el jolgorio y la excitación de todos nosotros. Y suerte si no acababa pinchado en una tabla con dos chinchetas por las alas. Era un animalito que surgía de la oscuridad y que tenía la mala suerte de parecerse al diablo, todo negro, con garras, orejas puntiagudas y ojos brillantes, y sobre el que ejercíamos una violencia que dejaba traslucir el susto que nos producía lo desconocido, lo diferente. Alguna vez que yo ayudé a sujetarlo mientras le arrimaban el cigarrillo al morro, recuerdo el estremecimiento que me producía el tacto cálido y suave de sus alas membranosas, tan parecido al de la piel humana, pues al fin y al cabo era un mamífero como nosotros. Pero era diferente y tenía que pagar por serlo.

A veces, la diversión a costa de los animales alcanzaba extremos de ensañamiento injustificables. Lo más canalla que recuerdo lo vi en las fiestas de Riello, a media tarde, lo que me autoriza a pensar que a aquella hora la gente todavía no estaba borracha y ya se debía haber disipado la cogorza del día anterior. No cabe, por tanto, atribuirlo a un estado de conciencia disminuido. A juzgar por el jolgorio, se trataba de diversión pura y dura. En mitad de la plaza, donde los días de mercado las vacas esperaban a que algún tratante de ganado se fijase en ellas, habían hecho un hoyo con la profundidad suficiente para que cupiera el gallo acuclillado y lo tapaban con una tabla que tenía un agujero en el centro por el que el pobre bicho sacaba la cabeza para ver la luz. Los mozos tiraban pedradas por turno intentando descabezar al pollo, que metía la cabeza debajo de la tabla cuando veía acercarse una piedra. Sabido es que las gallinas y sus consortes no se distinguen por su inteligencia (junto con “Eres un Pánfilo”, el mayor insulto que nos podía dirigir mi padre era “Tienes menos seso que una gallina”). El caso es que el gallo en vez de quedarse debajo de la tabla a buen recaudo en vista de la que estaba cayendo, ya fuera por curiosidad o por no estar a oscuras, volvía a sacar la cabeza cuando las piedras dejaban de golpear la tabla. De nuevo algún gañan hacía demostraciones de puntería, de fuerza y de saña arrojando una andanada de piedras que hacían que la cresta roja del volátil desapareciera por el agujero, salvándose milagrosamente de aquel diluvio y burlando al asesino en ciernes. Hasta que la mala pata del gallo hacía que sacara la cabeza por el agujero en el momento en que una piedra anticipada volaba por encima del agujero y le cortaba en seco el último cacareo. Mientras el tirador exhibía en alto el cuerpo desmadejado del gallo ignorante como si se tratara de una pieza de caza mayor, los aplausos y felicitaciones celebraban su puntería y se pedía a gritos que pusieran otro gallo debajo de la tabla. Eran muchos los ansiosos por demostrar la puntería que habían adquirido tras muchos años de pedradas a las ovejas y a las jícaras de la luz. Y a nadie nos daba vergüenza esto. De hecho, el tiro al gallo figuraba en el programa de festejos como un acto (¿cultural?) más. Extraño mejunje entre tradición y crueldad.

El repaso detenido sobre cómo nos comportábamos con los animales, me ha dejado un regusto incómodo. Ejercíamos violencia con los animalitos que teníamos alrededor, unas veces para convertirlos en alimento y otras de forma gratuita o por pura diversión. Quizá sea excesivo hablar de violencia, pero cuando menos éramos crueles con los animales que nos ayudaban a sobrevivir. Nos regalaban su esfuerzo, su leche, su lana y sus crías para alimentarnos o para venderlas y obtener así otras cosas necesarias. En vez de estarles agradecidos, a la menor ocasión ejercíamos con ellos una crueldad innecesaria e injusta. ¿Se puede ser más desagradecido?

No puedo por menos que pedir disculpas a todos los animales sobre los que tenía jurisdicción: la burra, la Garbosa y demás vacas moscantes, el Jay y el Pol y cualquier otro perro al que haya perseguido con saña por no cumplir con el sexto mandamiento. Era la costumbre y no fui capaz de discernir sobre la irracionalidad de aquellos comportamientos. Debí ser más cuidadoso y crítico en mi trato con los animales.

Como la tele ha sido la culpable de estas reflexiones tan poco amables, me impongo el castigo de no ver el telediario en toda la semana. Me ahorraré ver como tratamos ahora a los inmigrantes y refugiados o la penúltima incursión de los judíos en la franja de Gaza. Esta sí que es violencia de la buena, de la bíblica. A falta de animales, maltratemos a los más débiles.

Imagen tomada de: cartagena-indias.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Moros y cristianos (me dicen que en Vegarienza hubo conventos ….. )

Arco de casa Santos en Vegarienza

Arco de casa Santos en Vegarienza

Aparte de los cuentos del lobo y la raposina o las historias del sacauntos y el tío del saco con que los mayores nos metían el miedo en el cuerpo en Sosas del Cumbral y Vegarienza, la única historia realmente fantástica que escuché siendo mozalbete en Omaña se refería a los moros que se decía habían señoreado el castillo, casi en ruina total, de El Castillo de Omaña y que ahora es territorio de zarzas y únicamente habitado por tres o cuatro parejas de cigüeñas, creo que las cigüeñas más al noroeste de todo el valle del Omaña. Se decía que entre las murallas del castillo habían escondido los moros antes de abandonarlo una olla llena de monedas de oro, para cuando pudieran regresar. Los chavales hablábamos de ello y creo que alguna tarde de domingo, que entonces era obligatorio pasarla en El Castillo, hicimos intención de buscar el tesoro entrando por alguna de las brechas de la muralla, ya impracticables de tanto espino, zarzas y ortigas. Probablemente aquella fantasía se complementaba con otra leyenda que decía que los moros eran los causantes de la especial orografía del llano de La Puebla, formada por pequeños montículos y valles a modo de terreno de dunas de morrillos, por el continuo remover de cantos rodados y arena que el río Omaña había depositado allí durante siglos, a la búsqueda de las pepitas de oro arrastradas por el río desde el Valle Gordo y Murias. Dos especulaciones que encajaban a la perfección y que hacían creíbles la una a la otra.

Más tarde he leído que el castillo se denomina Castillo de Benal y que nunca hubo moros allí, que fue edificado sobre un castro romano y sus dueños fueron los Quiñones, señores de Luna. Los romanos ya buscaron oro en La Puebla trayendo agua desde Peña Cefera, pasando por Las Fornias y que los montículos de La Puebla los produjo una compañía aurífera a principios de siglo. Pero hasta entonces, la falta de información fue suplida por aquella sugerente historia. Tirso López agustino nacido en Cornombre,  defendió que la ciudad romana de Urbicua mencionada por Tito Livio debió estar ubicada en la zona de la Puebla. Lo que yo puedo asegurar al cien por cien es que en la parte de La Puebla más próxima al monte y a Vegarienza, mi abuelo cosechaba unas patatas cuya exquisitez probablemente, otra vez especulando, tendría algo que ver con las pepitas de oro del subsuelo que los romanos no encontraron (ver Guerra al escarabajo).

En Santa Colomba, el teso que hay entre El Vallado y el cementerio de Castriello de Vegarienza, los pastores que llevábamos en becera las vacas allí veíamos un montón de piedras entre brotes de roble que se decía era lo que quedaba de una ermita, pero por el pequeño tamaño de las piedras a mí me parecía que más bien podía ser lo que quedaba de la pared de una cabaña o un chozo. Para los pastores aquello no eran más que piedras y no le prestábamos la menor importancia. Según he leído en alguna parte, parece que inicialmente hubo un castro y que una vez cristianizados sus habitantes se construyó la ermita. La hondonada que hay a media ladera derecha de El Vallado se cree que debió tener carácter defensivo. Nosotros al no asignarle valor alguno a aquel pedregal, no lo teníamos catalogado como algo de lo que el pueblo debiera estar orgulloso.

Este verano, tras más de sesenta años veraneando por allí sin noticia alguna de ello, he oído por primera vez que en Vega había habido una abadía de monjas y un cenobio de frailes. La denominación como “Fincas de la Abadía” de unas tierras saliendo del pueblo hacía Garueña, enfrente de los prados de El Valle, parece sustentar la existencia de la abadía ya que si no fuera así ¿qué sentido tendría esta denominación si no hubiera habido una abadía a la que habrían pertenecido las fincas? En la casa derrumbada que hay frente a la entrada de la iglesia, que yo conocí como casa de Maruja, vivió la familia de mis tíos segundos Baldomino y Blanca hasta que se construyó su nueva casa al lado de la de Fuencisla. En lo que denominaban “cuarto bajo” que estaba al nivel del camino y que por su frescura y oscuridad utilizaban como patatera y panera, había un arco de herradura de piedra labrada que hoy está derruido casi en su totalidad. Mari recuerda que bajaban a por patatas con bastante aprehensión pues en otro lugar del pueblo de semejante lobreguez había aparecido una culebra que consiguieron matar y que al poco apareció alguna más, lo que justificaba sus miedos para entrar en aquel cuarto totalmente oscuro y semienterrado. Estela asegura que en la casa vivió un abad y que la casa gozaba del privilegio de usar el agua que regaba la huerta de la iglesia. Aún hoy se puede ver una entrada desde el camino hasta la presa que transcurre al pie de la pared de la huerta y que era donde se solía ver a tía Blanca lavando y donde recogían agua para la casa. Cuando don Eloy el cura quiso cerrar aquel paso a la finca, que era propiedad de la iglesia, no pudo hacerlo en virtud del privilegio que asistía a la casa.

También hay quien decía que entre la casa-abadía y la iglesia había un túnel secreto. No sé si era el interés por mantener en secreto la entrada subterránea a la iglesia, lo que movía a don Abundio el cura a alejar de las obras de reconstrucción de la iglesia a todo curioso y a espantar a los chavales tan pronto aparecían por allí. Baldomino recuerda que don Abundio, que no le quiso bautizar como Baldomino argumentando que el nombre no estaba en el santoral y finalmente obligó a ponerle Baldomino José, cada vez que le veía cerca de la obra le asustaba diciendo “Josepín vamos pa Lariego” y cómo él salía pitando a esconderse del señor cura.

El cenobio me dicen que estuvo situado en la casa de Tomasín que yo visitaba de vez en cuando de chaval, aún vivía su abuela doña Cándida y su tía María, para leer con avidez su abundante colección de tebeos y comer alguna de las enormes ciruelas moradas de la huerta. Por su fachada y el alto muro que sujeta las tierras de la huerta, creo que era la casa con más empaque del pueblo. Me dicen que un escudo que lucía en la fachada se lo quitó de en medio Humberto, el maestro constructor de Vegarienza para el que un escudo nobiliario no dejaba de ser más que una piedra con forma rara, cuando le encargaron arreglar el tejado. Durante años todos los que teníamos que coger el autobús a media mañana en dirección a Villablino, esperábamos al renqueante autobús sentados en el poyete de la casa sin sospechar que aquel lugar había sido tan sagrado. Creo que solo Indalecio, tío de Tomás y molinero tardío al que yo le llevaba de vez en cuando centeno para moler, estaba en el secreto de lo que había sido aquella casa y sabía aprovechar la placidez que emanaba de sus piedras pues solía vérsele durmiendo la siesta en el poyete, ancho suficiente para contener su exigua figura, con el caletre bien protegido por su inseparable boina. Coincidí con Tomás en la procesión de San Salvador y me confirmó que al hacer una reforma aparecieron unos arcos que habían estado ocultos bajo una capa de cal, con inscripciones en griego y fechados en mil setecientos y pico y que el escudo está, como siempre lo recuerda, desmontado dentro del patio sin que Humberto haya intervenido para nada.

Siempre me había llamado la atención el elegante arco de piedra tallada de la fachada de la casa de Santos. Era lo primero que veíamos desde casa de mis abuelos cuando mirábamos carretera arriba, enmarcado entre los dos negrillos que hubo al final del desaparecido puente de piedra de la carretera sobre el río Baltaín. Cuando pregunté en casa de Estela si sabían a que obedecía aquella sutileza arquitectónica en una casa campesina, Vicente se apresuró a contestar que había oído que fue un palacio donde vivió un príncipe que estaba muy enfermo y ciego, que acostumbraba a asolearse en las peñas de enfrente. Casi al unísono, los presentes le preguntamos cómo siendo ciego era capaz de subirse por las peñas sin descalabrarse y Vicente, tras una pausa reflexiva, aventuró que quizá el príncipe solo fuera tuerto. Ya se sabe que los dichos no hay que tomárselos muy al pie de la letra. Por la tarde, saludando a Pili la de Santos al pie del arco, la pregunté acerca del arco y me dijo sin la menor sombra de duda que había sido un convento y que dentro de la casa había más arcos, que amablemente accedió a enseñarnos. Efectivamente, en el interior hay otro arco de medio punto algo más tosco, de pizarra, y otro más pequeño con su parte superior truncada y que en alguna reforma había sido rematado con una viga que sostenía a modo de cargadero la pared que había sobre el arco. Salvo que su abuelo Santos fue el que compró la casa, para entonces el refectorio y la capilla ya debían haber sido convertidos en cuadras, no le constaba documento alguno relativo al convento. Enfrente a la casa de Santos, al otro lado de la carretera, aún se conserva contra las peñas un murete que dicen que fue una ermita o capilla que supongo, por el poco espacio entre la carretera y las peñas, debió ser del estilo de la que hay a la entrada de Marzán en el Valle Gordo que solo contiene una imagen.

En varios documentos de Internet se habla de un “documento de Leodegundia” que dice, “Y después de pasar por Guisatecha y de rezar en la ermita de Sta Colomba y junto a Benal, que son de D. Guisvado, descansamos en el monasterio de Vegarienza”. Juntando las abundantes piedras, que parecen sugerir pertenecieron a edificaciones distintas a una casa campesina, con estas desinteresadas referencias y a la espera de posteriores confirmaciones, podría empezarse a considerar que en Vegarienza hubo algún tipo de congregación religiosa.

Quizá tanto lugar de culto haya dejado flotando en el aire un cierto ambiente de misticismo que sería el que indujo a la frutera de Vega a recorrer una Semana Santa las peñas que van desde su casa (yendo pueblo arriba la siguiente a la de Isaac) hasta la Peña del Garabato, cerca del El Castillo, realizando un viacrucis paralelo al oficial que don Abundio oficiaba en la iglesia. La recuerdo con una corona de zarzas colgada del cuello que de vez en cuando acariciaba con las manos, y con todos sus hijos pequeños detrás de ella colocando cruces por las peñas con las que iba marcando las catorce estaciones. Uno de los hijos, con las entendederas más en su sitio que su pobre madre, la acompañaba con manifiesta mala gana lo que provocaba que la frutera le recriminara así (esto me lo recuerda Ana) “Maldito Cirineo que no quiere ayudarme a llevar las cruces“.

La especial colocación del campanario quizá tenga que ver con la necesidad de avisar a las tres comunidades religiosas de los actos litúrgicos que se desarrollaban en la iglesia. Sin ánimo de contribuir a esta fantasía se puede ver que los tres conventos forman un triángulo en el que el campanario pudiera ocupar un punto singular de los que acostumbran a tener los triángulos, pues ya se sabe que la ubicación de ermitas, cenobios, catedrales, conventos y otros lugares de culto no es caprichosa y siempre hay detrás alguna explicación mágica o más trascendente. Propongo a los tertulianos en casa Selima, donde por cierto comimos una cecina que a mí me pareció la más en su punto que he comido nunca, entre trago y trago y las reflexivas pausas a que obliga engullir cada viruta de cecina, y auxiliándose del Googlemaps de sus smartphons que ya son artilugio corriente, intenten dilucidar si el campanario ocupa el baricentro, el circuncentro, el incentro o el ortocentro del triángulo formado por la casa de Tomasín, la casa de Santos y la casa de Maruja. Raro sería que no coincida con alguno de ellos. Yo a simple vista me inclinaría por el baricentro.

Me marcho de Vega con la sensación de que tres conventos para un pueblecito que nunca tuvo más de cuarenta casas quizá sean demasiados. Pero no creo que lo que he oído estos días tenga menos enjundia y fundamento que las cosas que nos cuentan cuando vamos de excursión a cualquier otro rincón del país. Lo que si sucede es que quizá el carácter omañés es menos dado a presumir de lo suyo que otros pueblos y que estas elegantes piedras han quedado subsumidas en el olvido hasta que un derrumbe o una reforma las ha sacado a la luz. Paradigma de lo poco que importan en estas tierras sus ilustres piedras y monumentos, es que parte de las piedras del castillo de Benal fueron utilizadas a finales del siglo XIX como piedra machacada cuando se construyó la carretera que pasa al pie de sus maltrechas murallas.

Me han dicho que ahora intentan promocionar un viejo camino de Santiago, que fue muy transitado por los peregrinos hasta que quedó en desuso a medida que los moros fueron empujados hacia el sur de la Península, que entraba en Omaña por la Magdalena pasaba por los pueblos de la carretera hasta Aguasmestas para enfilar el Valle Gordo hasta Fasgar y, atravesando el Campo de Santiago, entroncaba en Astorga con el Camino Francés. Me han comentado que en Vega se piensa abrir un albergue en la parte de arriba de la casa del médico. Cualquiera que haya hecho el Camino de Santiago sabe que es una ruta sembrada de iglesias, albergues y leyendas, muchas leyendas. Ya sabemos que no es seguro que hubiera moros en El Castillo, pero se habló de ello. Tampoco tenemos constancia absoluta de los cenobios, conventos y abadías cristianos en Vegarienza, pero se habla de ellos, incluida la mención de Leodegundia. ¿Qué más mimbres se necesita para dar lustre al Camino Omañés?  Se me ocurre que en los dos kilómetros que van de El Castillo a la cimera de Vega hay material suficiente como para que esta parte del camino no desmerezca en nada de los clásicos. Voy a relacionar los que se me ocurren, pero seguro que habrá más.

Los peregrinos llegados a El Castillo podrían comenzar visitando el castillo de Benal explicándoles la leyenda de la tinaja con monedas de oro de los moros y se podría cobrar algo a los peregrinos que quisieran hacer una incursión en las murallas, armados de una hoz para abrirse camino entre las zarzas, a la búsqueda de la tinaja; visita a la Ermita del Cristo con meritorias tallas de los siglos XIII y XV y su colección de antiguos exvotos con los que los fieles solicitaban el milagro sanador; visita al bien conservado aserradero de El Castillo y a la cercana Peña del Garabato donde algunas vacas, atraídas por una fuerza misteriosa, se despeñaban cayendo hasta la carretera y donde la grillada frutera de Vega terminó su alucinado viacrucis. Saliendo de El Castillo para coger el camino del monte que les llevará a Vegarienza, los caminantes tienen que atravesar La Puebla donde se explicaría cómo los romanos traían el agua desde las Fornias para cribar la arena; un poco más adelante, cartelón en la fuente de Riospino avisando de que el agua debe tomarse en pequeños sorbos para evitar quedarse afónicos.

Al llegar a Vega desde Candanedo, podría haber un cartelón indicando a los peregrinos cómo encontrar fresas en el camino del prado de Las Huertas y nada más entrar en el pueblo por el puente sobre el Omaña lo primero que verían sería el arco de la Abadía reconstruido, según le ha sugerido mi primo Guillermo al alcalde Pepe Kenyde, y posterior visita a las ruinas donde estuvo originalmente ubicado el arco contándoles la historia del túnel hasta la iglesia, pudiendo animar a los peregrinos para que remuevan las piedras de la casa de Maruja a la búsqueda de la entrada del túnel; visita a la iglesia y sus tallas de gran valor y, aprovechando la proximidad de la casa de Celesto, contar la historia de su burro que siempre rebuznaba cuando el cura levantaba la Sagrada Hostia, cosa que algunos interpretaban que era debido a que el rucio tenía alma comunista, pero puede insinuarse que podría ser una inclinación mística auspiciada por la cercanía de las santas piedras de la abadía; visita a los arcos conventuales de casa Santos y ruinas de la ermita, donde Vicente podría explicar la leyenda del príncipe tuerto que habitó allí; visita al cenobio de la casa de Tomasín y molino de Indalecio que debería mantenerse en perfecto estado de funcionamiento. Como ya estaría bien de piedras santas, algunas posiblemente apócrifas, bueno sería darle reposo al cuerpo degustando la cecina de casa Selima mientras Maxi, actuando como maestro de ceremonias, cuenta con mucha prosopopeya la visita de Serrat a su tienda. Los que aún se mantengan sobrios podrían subir al campanario por las peñas, donde se les ilustraría sobre la diferencia entre el toque a misa, a fuego, a concejo y otros toques de campana y se les explicaría cómo el campanario, la abadía, el convento y el cenobio no están ubicados al azar sino siguiendo estrictos principios geométricos. A los que aún tengan ánimo se les puede subir a Santa Colomba para que tomen conciencia de que mucho antes que campesinos, en Vegarienza hubo otros pobladores Como cierre se les invitaría a una genuina partida de bolos leoneses en casa de Mariví y, si aún queda alguna panderetera, podía deleitarles con aquel canto que recuerdo haber oído, no sé si fue a la tía Blanca, la mejor panderetera de Vega,

Este pandeiru que toco,
ye del pellejo una ogüecha,
que ayer balaba no monte,
y hoy toca que repandiechaaaaaaa …..

Si todo este recorrido fuera poco podría incluirse la historia del primer peregrino de que se tiene noticia, Marcelo Fraga Iribarne hermanísimo del ministro Fraga que seguía el camino viejo a caballo a finales del siglo pasado, que hace años conté en El Camino Omañés y a la que mi primo Jose puede añadir la anécdota del encontronazo que tuvo su padre con don Marcelo, hombre airado que no dudó en tirar de pistola para que fueran atendidas sus impertinentes exigencias, y visitar el salón de mis tías que entonces era cuadra en la que pernoctó el rocín de Marcelo Fraga. ¿Se puede pedir algo más para solo un par de kilómetros del Camino Omañés? Bien harían los encargados de su promoción en leer estas sugerencias a las que seguro que otros convecinos podrán añadir unas cuantas más.

Un poco mareado de tanto dislate, me vuelvo por donde he venido con la melancolía inevitable que me invade cada vez que abandono estas entrañables tierras. Y más ahora, que he descubierto su entraña mistérica a través de tanta piedra culta, que han permanecido ocultas para mí hasta este verano de 2015. ¡Viva Omaña y el Camino Omañés!

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El primo Manolo (los recuerdos perdidos)

Manolo González

Manolo González

A estas alturas pocos recordarán que al lado de la casa de mis abuelos en Vegarienza estaba el mayor conjunto de casas tipicamente omañesas del pueblo, aún techadas con paja, pues la mayor parte del resto de tejados habían ido sustituyéndose por teja o losa seguramente a golpe de incendio. Enfrente, al otro lado de la carretera, estaba el pajar de Urbano, cuya parte baja servía de corte de las ovejas y de tiempo en tiempo veíamos como un techador reponía la paja en las partes más necesitadas, del que hoy solo se han librado un par de esquinas de la remodelación de la carretera; ya en el arranque del camino de Sosas estaba la casa de Nela con techo de teja en la vivienda y de paja en cuadra y pajar anexos, que vi arder en una de las majas y ayudé a apagar participando en la cadena humana que pasaba de mano en mano los cubos de agua que se llenaban en el río; a continuación y separada del Baltaín por un estrecho camino estaba la casa de Urbano, toda ella con techo de paja; separada de la casa de Urbano por un estrecho cañal que subía hacía las peñas, estaba la Casa Vieja donde tío Baldomino guardaba las cabras, ovejas y vacas. Tras las portonas había una amplia zona techada con paja donde se guardaba el carro, el arado y otros aperos de labranza, había una cuadra para las vacas y el resto era un corral descubierto y en declive, siguiendo la pendiente de la cuesta, y donde afloraban algunas peñas medio enterradas por las cagalitas de ovejas y cabras que campaban a sus anchas por todo el corral. En el lugar que ocupaba la Casa Vieja se construyó años más tarde la casa de tío Baldomino y tía Blanca.

Cuando llegaba con mi familia en el autobús de la tarde para iniciar el largo veraneo omañés, tras los saludos apresurados a tíos, primos y abuelos y la visita de rigor al río para verificar que todo seguía en orden y que mantenía el buen pulso necesario para hacer que las piedras planas rebotaran sobre el agua hasta saltar por encima de la presa del molino, salía zumbando hacía la Casa Vieja donde estaba seguro que encontraría al primo Manolo recontando las ovejas y cabras por si le faltaba alguna. Tras muchos meses sin vernos, Manolo era la persona que más me apetecía ver pues para mí era lo más parecido al primo de Zumosol.

Creo que Manolo era el anterior a Estela por lo que debía ser unos tres o cuatro años mayor que yo, lo que desde la perspectiva de mis ocho o nueve años me hacía verle como muy mayor, ágil, fuerte y experto en todo lo que había que saber en el pueblo sobre animales y tareas campesinas. Ya se habían marchado a trabajar fuera sus hermanos Paco, Aurora y Mari. Julio y Palmira llevaban el peso de las tareas de la casa y las fincas y a Manolo, que acababa de iniciar la adolescencia, ya se le encomendaban tareas casi de hombre pues tenía la experiencia y la fuerza necesarias. Era un tío avispado, con el rostro afilado como su padre, el tío Baldomino, moreno y fibroso, impaciente, de genio muy vivo y risa franca.

La ascendencia de Manolo sobre mí provenía no solo porque era algo mayor que yo y lo veía como el líder natural, sino que era de una generación anterior. En realidad era primo de mi madre y de vez en cuando salía en las conversaciones con Manolo y sus hermanas algo menores, quizá para establecer el grado de importancia de cada cual, que ellos eran tíos segundos míos. Y así era en realidad. Su padre Baldomino era el hermano menor de los González, la familia de mi abuela, Manolo, Estela, Inés y Anita tenían una edad muy próxima a la mía, yo era el nieto mayor de mi abuela, y además las dos familias convivimos durante años en la casa de mis abuelos con la familiaridad y complicidad típica entre primos.

Coincidíamos como pastores de nuestras respectivas vacas en las llamas de Castriello con largas horas para el compadreo y compartir peripecias. Manolo me enseñó a afilar la navaja y el machado en una piedra asperón; a buscar las mejores varas de fresno y cómo calentarlas en la hoguera para que domasen bien a la hora de hacer una cachaba; a asar patatas allá por el otoño; a hacer chiflos y berrones con la monda del palero; a saber cuándo era la hora de volver con las vacas para casa según la longitud de la sombra del chopo de su llama de Castriello; a deslizar por una pendiente de yerba agostada con una tabla como si se tratara de un trineo en la nieve; a matar el hambre con las hojas de acedera y tallos tiernos de espino o los frutos del tapaculos y del espino mayolar; me enseñó a distinguir las ranas de los sapos y a sacar a los grillos de su agujero hurgándoles con una paja en la retaguardia; me amedrentaba diciéndome que los sapos podían dejarte ciego si te alcanzaban con su chorro de orina o que los dientes de los lagartos se cerraban como mordazas una vez que te habían mordido y que ni siquiera metiéndoles la cola en una hoguera te soltaban. Me tomaba el pelo haciéndome creer que le podía ganar en un pulso o echándole un balto, para finalmente burlarse de mí torciéndome el brazo o tirándome al suelo con una repentina voltereta como si yo fuera una pluma. Era mi preceptor en asuntos pueblerinos y descubrimientos propios de la edad, pero no desperdiciaba ocasión para dejar patente que era él quien controlaba la situación, lo que se traducía en un empeño por mi parte en emularle en fuerza y habilidad con el ferviente deseo de ganarle algún día en algo.

Yo me sentía muy identificado con todo lo que veía hacer a los mayores y deseaba tener la destreza y fuerza necesarias para dejar de ser considerado un niño, por lo que era frecuente quedarme mirando a Manolo cuando partía la leña de roble asombrado de su destreza para golpear con el filo del machado (hacha) en el mismo punto de la trampa (planta de roble que troceada servía para atizar la cocina de leña) y cómo el bíceps surcado de venillas se le abultaba en cada hachazo. Solo necesitaba dos o tres golpes para cortar cada trozo de madera con un corte limpio. Cuando yo me ponía a partir leña, cada hachazo producía un corte insignificante, distanciado un centímetro o más del golpe anterior, y tal parecía que en vez de machado estaba golpeando la trampa con un martillo y en vez de profundizar en el corte lo que conseguía era obtener pequeñas porciones de roble (sorollos) que se desprendían entre los cortes sucesivos. Creo que yo era el mayor productor de sorollos de la zona, que eran muy apreciados por mi abuela cuando quería avivar la lumbre para los fisuelos o calentar la plancha en la chapa de la cocina, pero que merecían la desaprobación del abuelo que veía como buena parte de la leña que había traído del monte quedaba molida al pie del leñero, donde a las gallinas les encantaba acurrucarse al sol del atardecer. Por más horas que dedicaba a partir leña, no conseguía que mis bíceps se parecieran ni por asomo a los de Manolo y mi destreza como leñador seguía siendo penosa.

Manolo era muy veloz corriendo y con su vara en la mano era capaz de atajar a las vacas cuando moscaban y las hacía sentir con sus voces airadas y unos buenos varazos en el lomo que era mejor obedecer. Cuando moscaban mis vacas y yo intentaba hacerles sentir mi autoridad como había visto hacer a Manolo, me debían ver tan insignificante que su única consideración hacia mi persona era intentar no arrollarme en su galope desenfrenado a la búsqueda de una sombra que les aliviara del mordisco de las moscas rocineras. Manolo era veloz incluso con madreñas. Cuando yo me ponía las bonitas madreñas pintadas que me había regalado mi abuelo, me convertía en un patoso preocupado de que no se me saliera el pie de la zapatilla y de no torcerme un tobillo. Las madreñas de Manolo, que inicialmente habrían sido del color blanco del abedul con que estaban hechas, tenían el color impreciso de las madreñas veteranas acostumbradas a navegar en los orines y boñigas de vaca, inevitables al limpiar la cuadra, pero yo le veía correr detrás de las vacas o en el recreo de la escuela jugando al tus apoyándose en la puntera de la madreña y los dos tacos delanteros, con la misma facilidad que yo lo hacía con alpargatas. Jugando al tus con o sin madreñas, Manolo era el mejor, igual que a la bigarda y a otro juego cuyo nombre no recuerdo consistente en ahondar el hoyo que cada uno de los rivales había hecho en el pasto, habitual cuando nos juntábamos varios pastores con las vacas en El Vallado.

Me dejaba acompañarle al río a echar el naso, que él mismo había construido con malla de alambre y un par de aros de palero, en los ribazos del Pradico, sujeto con una cuerda para poder sacarlo sin meterse en el agua. Siempre me advertía que no me acercase por allí para que las truchas no se espantasen, cosa que yo prometía solemnemente cumplir aún sabiendo que sería incapaz. Cada poco me acercaba con cuidado y atisbaba por si ya había truchas en el naso y tenía que aguantarme las ganas de ir a decírselo a Manolo porque sabía que me reñiría. Si veía que dentro del naso había alguna trucha grande revolviéndose de un lado para otro, era tal la desazón que me reconcomía pensando que la trucha acertaría a encontrar el embudo de entrada y se escaparía, que aún sabiendo la bronca que me iba a ganar corría a decírselo.

En el verano casi todos los días echaba un rato a su afición preferida, pescar truchas a mano en la zona del río que seguía a la puerta de la huerta de mis abuelos, una zona en sombra de chopos y paleros que parecía muy propicia para que las truchas buscarán cobijo debajo de las piedras, no sé si para descansar del esfuerzo continuo de mantenerse vigilantes y nadando estáticas contracorriente a la espera de los mosquitos que traía el río Omaña o para refugiarse del bullicio que armábamos la chiquillería de la casa junto al lavadero. Me gustaba verle como iba de piedra en piedra tentando los agujeros que dejaban con el fondo del río y sabía que cuando se detenía en una de ellas, con el agua llegándole al pecho y la cara ladeada para que el agua no le impidiera respirar, era porque había tentado la barriga de una trucha. Se iniciaba entonces un suspense que podía durar varios minutos que me ponía muy nervioso, que solo terminaba cuando conseguía que la trucha cambiara su posición en la guarida y él podía cogerla por las agallas para sacarla del agua. Le daba un mordisco para matarla y me la lanzaba para que yo la escondiera entre las hierbas de la orilla, por si se presentaba Marcos el guarda ríos de El Castillo. En alguna ocasión le vi sacar dos truchas de la misma piedra. Era un fenómeno.

Le gustaba enseñarme cosas nuevas y probablemente de forma inconsciente buscaba deslumbrarme. Y ciertamente que lo conseguía con frecuencia. Recuerdo un año en que la misma tarde que llegamos a Vega fui a buscarle a la Casa Vieja, que me dejó pasmado con algo que posiblemente había aprendido de otros pastores mayores desde que nos habíamos visto por última vez el verano anterior. Terminado el recuento de cabras y ovejas que acababan de llegar al corral, vi que tras algunas carreras por el corral consiguió coger un cabrito joven que se mostraba algo inquieto y supuse que le frotaba la barriga para calmarle mientras me miraba con cara maliciosa. Mientras yo intentaba descubrir el por qué de aquellas maniobras y el significado de la mirada cómplice de Manolo, contemplé estupefacto como al cabrito le salía de la barriga un pirulí rosado como el que yo había visto esgrimir a carneros y cabritos adultos cuando montaban a ovejas y cabras mientras caminaban por la carretera conducidos por el pastor. Manolo soltó al cabrito y yo me fui todo corrido para casa sin darle lugar a más explicaciones. Seguramente Manolo no supo valorar que aún era pronto para transmitirme según qué conocimientos. Pero así suele suceder con las cuestiones más turbadoras, que surgen de improviso y nos descolocan.

Yo estaba dispuesto a creerme a pies juntillas todo lo que Manolo me decía, pues era mayor que yo y lugareño lo que a mis ojos le confería una gran autoridad, pero recuerdo que a pesar de esta predisposición crédula por mi parte en una ocasión tuve serias dudas. Yo estaba convencido que Manolo podría haber sido guía indio como los de las películas del Oeste, pues observaba detalles que a cualquiera nos pasaban desapercibidos. Al ver una quijada de animal calcinada por el sol durante años, por delante de la que yo había pasado infinidad de veces sin pensar otra cosa que el animal había tenido un mal encuentro con el lobo, si iba con Manolo él me preguntaba si sabía de qué animal se trataba. Ante mi encogida de hombros, él me decía si era de vaca, burro o caballo. Un día me dijo que las cagadas de las personas podían dar mucha información y, a renglón seguido, me preguntó si yo era capaz distinguir cuáles eran de hombre y cuales de mujer. Como siempre me dio un cierto tiempo para que yo hiciera mis cábalas, aunque creo que como muchas otras veces era para poner más en evidencia mi ignorancia en el asunto. Cuando en señal de rendición me encogí de hombros, Manolo sentenció “las de las mujeres son más gordas“. No supe que contestar a afirmación tan rotunda y tampoco se me alcanzaba la utilidad de semejante conocimiento, pero me inquietó su respuesta.

Los dos párrafos que siguen describen mis elucubraciones al respecto y el lector hará bien en saltárselos por su carácter escatológico, aunque muestran el interés que a veces ponemos en resolver cosas tan nimias, sobre todo si tienen algún componente morboso.

Estuve varios días rumiando lo que Manolo me había dicho sobre el grosor de los zurullos, intentando disipar unas dudas más que razonables pues yo pensaba que tendría que ver más con el tamaño de la persona obrante que con el género de la misma. Yo razonaba que si los gordos tenían las manos más grandes y los culos inmensos, los ojetes también deberían ser mayores, y a mayor diámetro debían corresponder chorizos más gordos. Aunque a mí no se me ocultaba algunas diferencias obvias entre hombres y mujeres, me decía que si las mujeres no tenían las narices más grandes que los hombres, ¿por qué los ojos del culo iban a ser una excepción?. Fue un tema que me preocupó durante bastante tiempo ya que no sabía cómo salir de dudas y, además, me reprochaba dudar de lo dicho por Manolo.

En un pueblo de gente tan atareada no abundaban los gordos. Los dos únicos gordos del pueblo eran doña Ángeles y Manolón que vivían en frente de nuestra casa al otro lado de la carretera juntamente con su hermana Nela. Yo no había visto a Manolón nunca rondar por El Salgueral, que era donde los de aquel barrio solíamos tener nuestro rincón para hacer de vientre. Doña Ángeles no salía nunca de casa por lo que llegué a la conclusión de que todos los habitantes de la casa hacían sus necesidades siempre en casa. Era una época en la que las mesillas de noche tenían como finalidad principal alojar el orinal o bacinilla, que se volcaba en un cubo de porcelana con tapa que todos los días Nela portaba hasta el río, al pie de nuestra huerta, para vaciar la cosecha diaria de pises y cacas. Yo entonces ya empezaba a saber de quebrados y un día me puse a elucubrar con lápiz y papel como averiguar si la teoría cierta era la del primo Manolo o la mía. Si la teoría de Manolo era cierta, en el cubo de Nela debía haber dos tercios de zurullos gordos correspondientes a las dos mujeres de la casa, Nela y doña Ángeles. Claro que si yo tenía razón, los dos tercios de chorizos gruesos podían corresponder a Manolón y doña Ángeles que eran gordos. Y también podría ser que los tres tercios fueran gruesos, dos tercios por mujeres y el otro por gordo, con lo que las dos teorías serían igualmente ciertas. Desanimado por unos resultados teóricos tan confusos decidí hacer una observación directa por si me aclaraba un poco las cosas, porque perfectamente me podría encontrar solo con chorizos más bien delgados con lo que ninguna de las teorías sería cierta. Al día siguiente me aposté al lado de los salgueros del final de la huerta y esperé impaciente a que llegara Nela para ver sin ser visto. Llegó puntual, se puso en cuclillas y vació en el río el contenido del cubo en el que no pude distinguir piezas enteras que me sacaran de dudas pues, con el bamboleo que imprimían sus enormes caderas al cubo y lo desigual del cauce pedregoso y seco del río Baltaín por donde transitaba, todo era una mezcolanza de orines y zurullos desmembrados que rápidamente fueron arrastrados por el agua y no pude llegar a conclusiones válidas. Mientras Nela arrancaba un terrón arenoso de la orilla para fregotear el interior del cubo me volví en silencio hacía la casa, intentando fijar en mi memoria de forma indeleble que jamás debía de darle a Nela la mano que empleaba a diario en aquellos menesteres. Ante la falta de pruebas concluyentes, decidí dar por buena la teoría de mi primo Manolo e incorporar a mi acervo aquel conocimiento que me permitía con un simple vistazo saber si el autor de una defecación había sido hombre o mujer. Con conocimientos como este se va uno preparando para bandearse en la vida.

Siguiendo el ejemplo de alguno de sus hermanos mayores, con catorce años se fue a Barcelona a ganarse la vida. Da miedo pensar en un chico de catorce años, que probablemente no había salido nunca de Omaña, ir a la ventura en busca de trabajo con la convicción de que las cosas le irían mejor que siguiendo la rutina de siglos como campesino omañés. No recuerdo haber comentado con él si se habían cumplido sus expectativas. Yo me quedé sin mentor que me guiase en los conocimientos precisos para estar a la altura de los lugareños y en los secretos de la vida que empiezan a desasosegarnos a edad temprana. A partir de entonces Manolo volvía por Vega de forma fugaz y de tarde en tarde, ocasiones en las que yo me ponía como antaño en la posición de primo pequeño, aunque con algo más de fuerza física y experimentado. Recuerdo que en una de estas ocasiones le acompañé hasta Aguasmestas en bicicleta, no sé si para ver las truchas del pozo del comienzo de la Fontanina o para qué. A la vuelta íbamos en fila por la orillita de la carretera donde había menos piedras sueltas, Manolo delante como correspondía a su grado. En un descuido mío, rocé con mi rueda delantera la suya de atrás y los dos nos fuimos al suelo. Yo no recuerdo haberme hecho casi nada, pero cuando Manolo tuvo que regresar a Barcelona aún no se le habían caído las postillas de las heridas que se hizo en las manos. Creo que no le volví a ver más por Vega, aunque confío que no tuviera nada que ver con el incidente ciclista.

A su marcha ocuparon su tarea de pastoreo las hermanas que le seguían, Estela, Inés y Anita, que fueron compañeras de largas tardes cuidando que las vacas no se fueran de las llamas de Castriello, con tiempo infinito para hablar, contar mentiras, leer lo que encontrábamos en las casas y en la parroquia, disfrutar del arriesgado deporte de despendolarse cuesta abajo entre gatiñas (planta con duras espinas que crecía en las camperas) montados en una tabla repleta de gente, y donde también había lugar para el aburrimiento. Fueron bastantes los años en que la convivencia con Manolo y las hermanas que le seguían fue diaria e intensa.

Pasados unos años a Manolo le siguieron en esta búsqueda de futuro fuera de la tradición familiar de siglos Estela, Anita y Baldomino, los tres a Madrid el otro polo de atracción de los omañeses que dejaban la región. Siete de doce hermanos González prefirieron cambiar de vida, contribuyendo al repentino e irreversible despoblamiento de la región (ver El vaciamiento de Omaña).

A su jubilación sé que vivió con sus hermanas Estela y Ana en Madrid, ya con la desmemoria que alcanza a algunos y que les priva de recordar donde nacieron, lo que fueron de niños y de mayores. ¿Qué es lo que se nos rompe por dentro que desconecta la cabeza de los recuerdos y nos deja a la deriva como barco sin timonel, justo cuando ya nos hemos resignado a no ser lo que toda la vida planeábamos que íbamos a ser y es tan gratificante recordar edulcoradamente lo que fuimos? Los que aún tenemos conexión con nuestra memoria debemos recordar por ellos. En mi caso lo hago con cariño y agradecimiento a lo que me enseñó y viví con él, aunque a veces yo no estuviera aún capacitado para comprender los misterios de la vida que Manolo se empeñaba en desvelarme. Hasta siempre, maestro.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Cangrejos en el río Omaña (crueles sibaritas)

Cangrejos dentro del retel.

Cangrejos dentro del retel.

En varios escritos he hecho referencia a las truchas del río Omaña, esos seres acuáticos tan esquivos como hermosos a los que nuestro sentido de propiedad les costaba muy caro pues terminaban pasadas por la sartén. Pero pocos sabrán que además de truchas, algún barbo, renacuajos, culebras, ratas de agua (así llamábamos al desmán ibérico), nutrias y otros especímenes, alguna vez hubo cangrejos.

Desde joven mi padre estuvo familiarizado con la técnica de la pesca del cangrejo de río, en el Valderaduey de su tierra natal. Mientras vivimos en Roa de Duero, recuerdo que algún domingo íbamos a pescar cangrejos en los ribazos del Duero. Ya en Villablino el cartero de Mora de Luna, pueblo siguiente a Los Barrios de Luna aguas abajo del pantano, le había dicho a mi padre que en el río Luna había cangrejos. Fue una sorpresa pues nunca habíamos oído hablar de ello ni podíamos imaginar que en un río de montaña hubiera este preciado crustáceo. El pantano que regulaba el cauce había amansado sus aguas y templado los fríos que arrastraban de las cumbres babianas. No sé en base a qué, pero algunos decían que al pasar por las turbinas de la central el agua se calentaba. Todo ello parece que facilitó que el río se llenara de cangrejos, que suelen habitar aguas más mansas y templadas.

La noticia despertó el antiguo interés de mi padre por esta especie, de forma que un buen día nos fuimos los dos en el autobús de Babia hasta Mora. Aún recuerdo que dormimos en casa del cartero, los dos en calzoncillos en una cama de matrimonio, en una situación de familiaridad con mi padre poco usual. Madrugamos y el cartero nos fue indicando los mejores echaderos donde asentar los reteles, casi siempre en zonas del río fuera del curso principal donde el agua estaba más detenida. La pesca se nos dio tan bien y los cangrejos eran tan hermosos que decidimos que habría que repetir la experiencia a menudo.

Cada año aprovechábamos el concurrido veraneo en Vegarienza para la excursión cangrejera a Mora, adonde nos íbamos grandes y pequeños armados de ocho o diez reteles, dos o tres palos terminados en forqueta para echarlos en el río y recogerlos y una buena merienda con la que reponer fuerzas a lo largo del día. Todos participábamos en vigilar los reteles para ver si había cangrejos y era necesario calmar a los más impacientes, que casi siempre eran los que participaban por primera vez, para que dieran tiempo a los cangrejos a subirse en los reteles a comer el cebo.

Y es que a los cangrejos había que ponerles en los reteles algún cebo verosímil y que estuvieran acostumbrados a comer. Nada mejor que las ranas y los pájaros que, pobrecillos, participaban en la cadena depredadora que se ponía en marcha cada vez que decidíamos darnos una panzada de cangrejos. La cosa era más complicada que llenar un bote de morucas escarbando en la huerta o coger marabayos y gusarapas levantando piedras del río para cebo de las truchas, pues los gorriones volaban y las ranas se ocultaban tan pronto te oían acercarte a su charca. Algo tan placentero y simple como disfrutar de un plato de cangrejos con patatas, tenía unos prolegómenos que conocían pocos de los que se sentaban a la mesa a degustarlos. Prolegómenos cruentos y final no más amable.

Los días anteriores a la excursión salíamos los chavales mayores a por ranas y pardales. Escondidos entre los árboles de la huerta con la escopeta de aire comprimido, era relativamente sencillo sorprender a los gorriones mientras andaban por el tejado del pajar a la hora de la siesta, cuando parecían estar medio tontos, y siempre conseguíamos matar tres o cuatro que rodaban como pelotas blandas por las tejas y caían a plomo al suelo. Para redondear el número con alguna rana, nos íbamos al arroyo de Castriello armados de una caña enteriza con unos metros de tanza (nylon) y un trocito de paño rojo atado.

Nos acercábamos cautelosamente a los pozos en que sabíamos que había ranas, acabando siempre en la charca que había entre la llama de Pedro y las de tío Baldomino pues sabíamos que era la más poblada de batracios. A cincuenta metros las oíamos croar sin cesar y, por muy sigilosos que fuéramos, nos recibían dando un salto y metiéndose en el agua tan pronto nos oían llegar. Nos sentábamos a la distancia que nos permitía llegar con la caña hasta el agua y estábamos en silencio hasta que las ranas volvían a salir a la orilla, momento en que empezábamos a pasarles el trapo por delante de sus narices. Cuando alguna mordía la extraña mosca roja, el pescador de turno tiraba de la caña con tanta violencia que solo conseguía elevar a la rana medio metro que enseguida se soltaba del trapo para caer de nuevo al agua. No recuerdo haber pescado más de dos o tres ranas por este procedimiento que exigía más temple que el que nuestra impaciencia nos permitía. Al final era necesario arremangarse y vencer la repugnancia a los innumerables bichos que había en aquellas aguas, y también el miedo a las culebras y salamanquesas que habíamos visto tantas veces en la charca, para intentar cazar a las ranas bajo el fango ferruginoso donde se habían enterrado. Nos costaba trabajo completar con ranas el número de cebos necesarios, uno por retel, pero sabiendo que era el cebo al que los cangrejos no se resistirían aguantábamos lo desagradable de su pesca y el reparo que nos producían aquellas charcas en que había que meterse hasta medio muslo rodeados de bichejos desagradables y hasta peligrosos.

Así como el asunto de los pardales terminaba con un disparo expeditivo, lo de las ranas tenía su trago final. Al igual que en la televisión avisan de la emisión de imágenes crudas, recomiendo al lector sensible saltarse el resto del párrafo. Manteníamos las ranas vivas hasta llegar al río Luna y, antes de colocarlas en el retel, había que despellejarlas para que su olor llegase intenso a los cangrejos. Y como no íbamos a despellejarlas vivas, primero había que matarlas según aprendimos de mi padre. Las cogíamos por las ancas y les golpeábamos la cabeza contra una piedra, hasta que sacaban la lengua por un lado de la boca. Entonces empezábamos a desollarlas con las uñas desde las ancas, tirando de la piel con cuidado. Dábamos la vuelta a la piel sobre el cuerpo de la rana como si fuera un calcetín, para que acabara tapándoles la cabeza, pues se decía que si los cangrejos les veían los ojos no se subían al retel. Creo que era una leyenda, pues las ranas que morían en el río supongo que lo harían con los ojos puestos y los cangrejos terminaban comiéndoselas igual. Pero eso decía la tradición y era un trago pelar las ranitas, pero es que eran tremendamente eficaces atrayendo a los cangrejos que se subían a los reteles para mordisquear el cebo sin pensárselo. A la hora de comer la merienda que nos había preparado mi madre, recuerdo cierta aprensión por el olor que los restos de piel de las ranas me habían dejado entre las uñas. Pero, como los verdugos profesionales, sabíamos sobreponernos a lo rudo de la faena realizada y no recuerdo haber dejado de comerme la merienda ni una sola vez. Los cangrejos comiéndose las ranas del retel y nosotros la merienda que nos habíamos traído, que seguro incluía alguna porción de cualquier animalito asociado a nuestra cadena alimenticia.

Hubo años que llegamos a pescar catorce o quince docenas de cangrejos, algunos de ellos grandes como carabineros, llenando dos cestas de pesca y un saquito de tela azul que humedecíamos para mantenerlos frescos. Bien agrandados con patatas daba suficiente para toda la patulea de gente que nos juntábamos en Vegarienza. En más de una ocasión comentamos lo bueno que sería no tener que desplazarse a Mora de Luna si en el río Omaña hubiera cangrejos. Varias veces hicimos una suelta de cangrejos pensando que podrían encontrar cobijo en los raizones de alisos y chopos del ribazo de la huerta, un tramo de agua algo remansada por la presa del molino. Escogíamos los más gordos y los dejábamos caer al agua que les arrastraba hasta que llegaban al suelo y les veíamos caminar con dificultad contra corriente y orillándose, buscando el refugio de los raizones. Los días siguientes escudriñábamos incesantemente la orilla de la huerta, esperando ver a los nuevos vecinos que habíamos sembrado en el río como quien siembra patatas. No recuerdo haber visto en los días siguientes un solo cangrejo de los liberados, pero no perdíamos la esperanza de verlos al año siguiente cuando se hubieran reproducido, aunque nadie estaba seguro de haber incluido en la suelta machos y hembras, esperando que la casualidad hubiera suplido nuestra ignorancia como sexadores de cangrejos. Nos confabulábamos para no contárselo a nadie, aunque mejor hubiera sido comentarlo por si a alguien con más juicio se le hubiera ocurrido aconsejarnos que antes de tirarlos al río deberíamos cubrirles con algo de abrigo para aguantar la hipotermia que les mataría si alguna nutria glotona no los encontraba primero. Año tras año repetíamos la repoblación del río Omaña con cangrejos del Luna, sin que hubiera mediado ninguna conclusión o análisis sobre las posibles causas de aquel desinterés de los cangrejos babianos por arraigar en el Omaña.

A los cangrejos que se habían salvado de morir de frio, les esperaba un destino que también tenía que ver con la temperatura y serían sometidos a algunas perrerías consustanciales a la necesidad de la especie humana por alimentarse de otras especies y que aconsejo saltarse a los lectores de espíritu sensible. Antes de echarlos a la cazuela, había que lavarlos bien por fuera y asearlos también por dentro. Como todo bicho viviente, los cangrejos tenían el intestino lleno del subproducto de su atracón de ranas y pardales y como no era cuestión de esperar a que lo evacuasen por la vía natural pues la familia esperaba impaciente para darse el atracón, era necesario “caparlos”. Consistía en quitarles el lóbulo central de su aleta caudal con la que se extraía todo el intestino en forma de hilillo oscuro repleto de mierda de cangrejo. También esto tenía su trago y había que pensar en cosas más agradables mientras repetíamos de forma mecánica aquella operación casi doscientas veces. Y como colofón, de eso se encargaba mi madre, se echaban vivos a una cazuela con agua hirviendo para que no perdieran ni un ápice de su sabor. Enrojecían de inmediato por efecto del calor, aunque hubiera estado justificado que lo hicieran por el odio hacía sus maltratadores.

Tanto los ignorantes del largo proceso necesario para degustar aquel manjar como los que estábamos en el ajo, terminábamos chupándonos los dedos y con los labios escocidos de tanto re chupetear las patas y los caparazones de aquellos maravillosos cangrejos del río Luna. Desgraciadamente para nuestras papilas gustativas y estómagos de sibarita, hubo un momento en que los cangrejos empezaron a aparecer muertos en el río Luna y ya no volvimos a pescarlos. Afortunadamente, dejamos de cometer aquellas “pequeñas tropelías” consustanciales al guiso de cangrejos con patatas. Una cosa por otra.

Algún aficionado a degustar este manjar en la mesa de los restaurantes, pensará que este relato es innecesariamente crudo. Pero los cangrejos que está comiendo seguro tienen detrás un penoso proceso de obtención y elaboración similar al que describo. Podría habérmelo ahorrado al contar la anécdota de que una vez hubo cangrejos en el río Omaña, si, pero no he podido pasar por alto todo lo que llevaba aparejado. Un relato de atrocidades que hacíamos con toda naturalidad, basados en su utilidad y en la costumbre de ser depredadores desde siempre. En cualquier caso, disculpar la aspereza del tema.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: elcorreo.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada