La tía Milce y el coronavirus (el fuego purificador)

La tía Milce

La tía Milce

Es 10 de Marzo de 2020, víspera de que los hospitales de Madrid dejen de atender en consultas y operar todo lo que no sea urgente o grave por la amenaza del coronavirus, ese bichito que vino de Asia y lo ha trastocado todo. Todo parece normal aparte de alguna gente con mascarilla. Deambulando por el hospital, uno de los lugares que frecuento, me sorprendo pulsando los botones del ascensor con el dedo doblado o abriendo la manilla del aseo con el mango de la muleta o con el codo. Inevitablemente me acordé de tía Milce.

Himilce de la Calzada González, familiarmente tía Milce, era la segunda de los diez hijos que tuvieron mis abuelos maternos y desde que recuerdo siempre vivió con ellos, aunque recientemente he visto una foto con una indumentaria que no se correspondía con la habitual de Sosas del Cumbral y he sabido que hizo unos cursos de primeros auxilios y que trabajó en el hospital del Niño Jesús en Madrid, antecedentes que me cuadran con que fuera ella quien ponía las inyecciones en casa de los abuelos. No sé si fue durante esta época cuando comenzó su obsesión por la limpieza extrema, por la asepsia, o fue una reacción provocada por el contacto continuo con animales domésticos que eran auténticas fábricas de excrementos: boñigas inmensas de vaca, oblongas caballunas que se recogían para complementar la comida de los cerdos (ver Síndrome de Diógenes) y que ellos devolvían en forma de abundante estiércol que no recuerdo si tenía una denominación específica, las gallinazas de las aves de corral, cagalitas de cabras y ovejas, etc, etc. Unos daban leche, otros huevos, otros jamones, otros lana, otros….. y todos sin excepción producían mierda de todos los tamaños, colores y texturas con la que había que convivir, que a diario había que limpiar y almacenar en el estercolero pues sin tales sustancias las tierras de solano darían espigas de centeno muy magras, según el dicho “boñigas hacen espigas”. Es lógico pensar que tanta porquería con la que estaba obligada a convivir a todas horas, pudiera haber provocado un rechazo tan extremo.

Tía Milce era la encargada del ordeño y acudía cada mañana y cada noche a la cuadra llena de aprehensión, con un caldero, un paño blanco y una cañada para aliviar las ubres de las cuatro o cinco vacas del abuelo, a la luz vacilante de un precario farol de aceite. Calzaba madreñas que evitaban el contacto directo con el estiércol y un pañuelo negro en la cabeza que le cubría ambos mofletes para protegerse de los rabotazos, inevitablemente manchados de restos de boñiga y orín, que prodigaban las vacas incomodadas por los tirones acompasados con que tía Milce les exprimía los tetos. Cada vez que llenaba la cañada vertía la leche en el caldero tamizándola a través del paño blanco y que luego en la cocina volvería a colar de forma más minuciosa. Hiciera frío o calor, terminaba de ordeñar con prisa por acercarse a la cancilla de la huerta donde confluían los ríos Baltaín y Omaña para limpiarse a fondo de tanta inmundicia.

De tanto frotarse tenía el cutis brillante como un espejo y las manos hinchadas y agrietadas por los sabañones, inevitables de tanto lavarse en el agua helada del río hasta no sentirlas y que después de las abluciones intentaba reanimar acercándolas a la chapa de la cocina de leña. Era la misma agua helada donde lavaba la ropa de la casa incluso en invierno, con aquel jabón áspero que la abuela fabricaba con todo tipo de desperdicio graso, huesos y sosa cáustica, muy eficaz con la colada pero que agravaba aún más su ya maltratada piel.

El jabón no era suficiente para sentirse limpia. No lo presencié nunca pero parece que, con gran alarma de la abuela porque se quemase o provocase un incendio, a veces encendía papeles y pasaba las manos y los antebrazos por las llamas en un rito extremo de purificación. No sé si además de esterilizarse la piel, al modo en que la abuela desinfectaba las agujas con que extraía los pinchos de cardo o gatiña de las curtidas manos del abuelo, era una especie de entrenamiento para los rigores del Infierno del que toda la vida intentó huir a base de rezos. Con la duda permanente de si las oraciones serían suficiente para ganarse el salvoconducto hacia el Cielo o si tendría que comparecer ante Pedro Botero, amo de las calderas infernales, más valía estar entrenada en eso de la chamusquina. Cada vez que oí el chiste de un infierno donde los pecadores vivían en una piscina llena hasta al cuello de mierda y que cada poco un diablo pasaba una inmensa guadaña al ras por encima de las cabezas, me acordaba de tía Milce. Nunca se lo pregunté, pero probablemente a ella le hubiera aterrorizado más la piscina con mierda y la guadaña que obligaba a sumergir las cabezas, que las llamas con que nos pintaban el infierno como summum de los martirios.

Siempre la recuerdo trabajando, tejiendo, rezando o lavándose. Esas manos maltratadas por excesiva higiene y la esterilización a fuego, tenían que empuñar con fuerza el escavín para quitar las malas yerbas de los pies de la patata o la hoz para segar el centeno o sujetar el cepillo de raíces con el que blanqueaba las maderas de pisos y escaleras ayudándose de agua y lejía que le quemaban la piel indefensa pues los guantes de goma aún no se habían inventado.

Salvo en verano cuando los sobrinos la sustituíamos, también era la encargada de llevar a pastar a las vacas mañana y tarde, incluso sábados y domingos, ir a la fuente a por agua y todo tipo de recados más propios de niños. Además ayudaba al abuelo en las tareas del campo y era la encargada de subirse al carro para organizar las forcadas de yerba seca que nosotros le aupábamos hasta conseguir darle un volumen similar al autobús de línea. Entretenía las largas horas de pastoreo tejiendo a ganchillo cantidades ingentes de hexágonos o cuadrados con los que formaban primorosas colchas, tapetes y fundas de cojines o metros y metros de puntilla para ribetear servilletas y manteles o tejía artísticos paños para colocar en el respaldo de sillas y brazos de sillones o debajo de jarrones y candelabros de la iglesia.

Cuando llegaba a casa después de estar con las vacas o ayudando en otras tareas del campo, mientras los demás se daban un respiro, ella sucumbía a su necesidad de limpiar y de estar limpia. Se la veía atravesando a la carrera el corral y la huerta camino del río a lavarse o lavar algo. Cuando volvía evitaba mancharse abriendo las puertas con la mano usando el antebrazo o el codo (como hago yo ahora en el hospital por miedo al coronavirus), pero antes de llegar a casa ya había tocado algo con las manos y vuelta a lavarse al río, en un trajín interminable. Para ella tener las manos limpias era vital y se la podía ver de pie apoyando en las caderas la doblez de la mano y el antebrazo, una postura forzada que solo adoptamos los “normales” con las manos sucias de pintura o algo así.

En verano, cuando las tareas eran más intensas y el calor apretaba la necesidad de higiene se incrementaba y la sorprendíamos de vez en cuando en un rincón apartado del río bañándose en enaguas, el traje de baño habitual de las lugareñas que también vi usar a Mari la de Carola y alguna prima, con el consiguiente enfado por su parte al sentirse descubierta.

Esta obsesión por la limpieza provocaba que a veces la riñeran con una cierta severidad, lo que se traducía en un enfurruñamiento por su parte, pero no por ello desistía de la obsesión que no podía controlar. La limpieza extrema era una obligación más, una pesada tarea añadida a toda una vida dedicada a ayudar a sus padres, no sé si por decisión propia o por la obediencia debida a los progenitores, tan vigente entonces. Progenitores tirando a severos, a los que se trataba de usted y se profesaba un respeto y obediencia extremos, casi bíblicos. Mientras el resto de hermanos estudiaban, creaban familias y tenían trabajos más llevaderos, ella dedicó casi toda su vida a acompañar a los abuelos. El sacrificio de un hijo permaneciendo al lado de los padres y renunciando a su propia vida en beneficio de los demás hermanos, era algo habitual en las familias y seguramente no siempre reconocido y agradecido. Nunca la oí quejarse por ello, ni disputar o meterse con los demás. Trabajaba de forma incansable y solo necesitaba algo de tiempo para el aseo y para sus rezos.

Porque, siguiendo la tónica familiar, su otra obsesión era ser buena cristiana de misa diaria y rosario y estoy seguro que mientras tejía y vigilaba de reojo a las vacas, rezaba y meditaba sobre cómo ser mejor. Cuando por la noche, cansada de trajinar, se ponía a rezar o leer, tardaba horas en pasar una página o rezar un misterio pues se dormía y tenía que volver a comenzar. La recuerdo con mucho recogimiento, los ojos entrecerrados y musitando las oraciones con los labios como haciendo un puchero, en aquellos rosarios en penumbra en los que participábamos toda la familia. A la primera cabezada de tía Milce los sobrinos estábamos pendientes de cómo entraba en sucesivos trances de los que salía como con estupor y algo asustada por semejante flaqueza de espíritu y cómo recuperaba el aire de recogimiento mientras avanzaba las cuentas del rosario por las avemarías que calculaba se había saltado en la ensoñación. Los sobrinos malandrines intercambiábamos sonrisas maliciosas sin reparar en lo cansada que estaría del trabajo diario y seguro que alguna vez fuimos un poco injustos con nuestras bromas o tomaduras de pelo inmerecidas. Disculpa, tía.

Muerto el abuelo, la abuela y tía Milce fueron a vivir a León con las otras tres hermanas solteras y allí trabajó en una fábrica hasta la jubilación. Entre que tenía mucho tiempo ocupado, que el río no estaba tan a mano y que los excrementos se habían quedado en Vegarienza, parece que la manía por la limpieza remitió.

Los últimos diez o quince años los vivió en un ensimismamiento que no la impidió enterarse de todo lo que sucedía a su alrededor. Dedicaba buena parte del día a leer de manera repetitiva un libro de El hermano Rafael, monje trapense, que de tan releído se había desencuadernado y era un manojo de hojas sueltas. Si le dabas la entrada a una frase escogida al azar, ella la completaba de memoria. No sé si trataba de exprimir al límite las enseñanzas del fraile trapense o un método para mantener la cabeza ágil. No parecía consciente de lo mayor que era pues con noventa y muchos años cada vez que sus hermanas Pili y Tere, bastante más jóvenes que ella, salían de casa les preguntaba preocupada por si ellas no volvían, “¿Creéis que os volveré a ver?” Murió con 99 años como había vivido, mansamente, sin dar la mínima lata.

Si el malhadado coronavirus se hubiera encontrado de frente con la tía Milce, no creo que hubiera sido capaz de llevársela por delante, de tan limpia, bruñida y desinfectada como estaba siempre. Ciertamente el cuerpo de tía Milce era el espejo de su alma, obsesionada por su salvación pero limpia, sin dobleces, sin rencor. Si acaso algún resquemor con la vaca Garbosa por sus certeros rabotazos que la ponían perdida de boñiga cuando la ordeñaba. Tía, espero que al otro lado de la vida hayas encontrado por fin el reposo necesario en un sitio sin polvo ni manchas y por si acaso un río cerca, transparente como el Omaña y con aguas más templadas a poder ser, quizá lo más parecido al Cielo que pudiste desear en vida.

Mujer ordeñando.

Mujer ordeñando.

Imagen tomada de: botanical-online

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Emilio (un hombre ensimismado)

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

El tío Emilio fue el sexto de los diez hermanos de la Calzada y, como todos, nació en Sosas del Cumbral, en la casa-escuela donde su padre era el maestro. Él fue el primero en ponernos un mote a los sobrinos: yo era Carcoma en alusión a mi apetito desmedido, Fernando era Tiriti sin que recuerde el por qué y Eduardo, el más pequeño, era Fardel porque llevaba los pañales siempre cargaditos. Loli era Lirila, pero no sé si el mote se lo puso tío Emilio o lo hicimos los hermanos para que no se fuera de rositas.

Él y mi madre, que le precedía, fueron los primeros hermanos que los abuelos mandaron a León con la finalidad expresa de estudiar. Como aún no disponían de lo que luego sería la cabeza de puente para el desembarco del resto de los hermanos, el piso de Ramiro Valbuena, tuvieron que estar de alquiler en casa de unos conocidos compartiendo una habitación de dos camas con dos hijos de JoaquínEl Tremoriego” de Sosas, chico y chica, una cama para las chicas y otra para los chicos, al puro estilo omañés: una cabeza en cada extremo de la cama. Al año siguiente Emilio cambió aquella precaria pensión por los rigores de un colegio de frailes.

Cuando llegó la hora de la universidad se fue a Madrid y no sé si que sus tíos Paco y Bernardino fueran médicos pudo tener alguna influencia en que cursara Medicina. Siempre he escuchado que era muy inteligente. Quizá el estar sobrado de aptitudes para el estudio le hizo entretenerse con algún tema ajeno a la carrera, incluido una cierta dedicación a la poesía. Estas distracciones alarmaron a tía María, era la encargada por los abuelos de mantener el orden y la autoridad sobre los sucesivos hermanos que salían del pueblo para estudiar, que viajó a Madrid a restablecer el sano orden de las cosas que parece ya no volvieron a descabalarse nunca más.

Recuerdo que al término de las prácticas de milicias universitarias que hizo en alguna plaza africana con el grado de alférez, nos visitó en Roa de Duero y le trajo como regaló a mi madre, con la que creo estaba muy unido, una bolsa moruna de cuero y base redonda que se cerraba con unos cordones también de cuero y que nos acompañó en nuestras compras durante muchos años, incluidas las incursiones veraniegas a la búsqueda de huevos en los pueblos próximos a Vegarienza (ver Guardianes del camino). También le regaló, posiblemente con los primeros dineros que ganó como médico, una máquina de coser Alfa con la que mi madre consiguió vestir a once hijos a lo largo de muchos años sin que sufriera percance mecánico alguno. Aún hoy sigue en perfecto uso, silenciosa eso sí, a la espera que alguna de mis hermanas la herede. Una maravilla técnica ajena a la obsolescencia programada y, sin duda, la pieza más importante del ajuar familiar.

Cuando acababa el curso el tío Emilio regresaba a Sosas, se despojaba de su pátina de universitario y participaba como uno más en los quehaceres de aquella familia de labradores, no exentos de riesgo como cuando estuvo a punto de que se lo comieran los lobos camino de Manzaneda (ver El lobo), y en los ritos y costumbres de aquella sociedad tan tradicional y adaptada al entorno rural, donde las trastadas (ver A nateras y quesos) eran una forma de incorporar alguna diversión a la rutina diaria, aunque fuera a costa del escarnio de algún convecino.

Creo que fue el primer miembro de la familia en disponer de cierta holgura económica y cuando venía por Vegarienza siempre traía algún artilugio que nos asombraba, lo que no era muy difícil en aquel entorno tan tradicional donde cualquier elemento del ajuar o las herramientas habían sido inventados siglos antes. Podía ser una maquinilla de afeitar eléctrica (que no solía funcionar por lo escasos voltios que producía el generador de la Sierra), o una de reserva y manual a rodillos con la que se desollaba la cara. También fue el primero que trajo un transistor a pilas con el que intentaba inutilmente oír, debido a las montañas que nos rodeaban, lo que decían Radio Pirenaica y Radio España Independiente del régimen de Franco y su inminente caída.

Yo creo que aquel empeño por oír la radio era porque si Franco moría él no quería demorarse en saberlo. Y es que creo que era un poco rojo y descreído, una auténtica oveja negra en una familia tan de orden y cristiana, que no desperdiciaba ocasión de tomar el pelo a sus hermanas cuando las veía tan dedicadas a rezos y visitas a la iglesia, empeñadas en ganarse la otra vida en la que seguramente él, tan conocedor del aspecto puramente físico del cuerpo humano, no creía. No es de extrañar que su paso por la universidad de finales de los años cincuenta del siglo veinte donde ya existía un fuerte movimiento de oposición, basicamente promovido por el partido comunista, al régimen franquista y al sindicato universitario oficial, el SEU, le hubiera impregnado de ideas anti franquistas. Yo viví en ese ambiente estudiantil unos cuantos años más tarde y lo entiendo perfectamente. Creo que ninguno de sus hermanos estuvo en contacto con un entorno tan politizado, de ahí que se mantuvieran hasta el final como creyentes y políticamente conservadores. No sé cómo valoraba la familia el distanciamiento del tío Emilio de los asuntos religiosos y sus ideas políticas, pero no recuerdo haber presenciado ni discusiones al respecto ni reproches.

También fue el primero de la familia en tener coche. Era un seiscientos en el que todos los que nos montamos pasamos mucho miedo porque teníamos conciencia de lo que significaba la velocidad (algunos habíamos experimentado lo peligroso que era afrontar en bicicleta las curvas demasiado deprisa y terminar en las zarzas) pero que al tío Emilio parecía traerle sin cuidado. Durante la carrera de Medicina tuvo que familiarizarse con conceptos físicos tales como la presión, la gravedad, la temperatura, etc. Nadie debió hablarle de la inercia que tiende a sacarte de las curvas o él por su cuenta había decidido prescindir de tan importante parámetro. Así que mientras los pasajeros apretábamos el culo en las frenadas viendo como nos echábamos encima de camiones y autobuses o nos mirábamos asustados sin atrevernos a rechistar en las curvas de Omaña o de la carretera de Ponferrada, el tío Emilio tiraba impasible del volante para mantener al bólido en la trayectoria, se ayudaba inclinando un poco el cuerpo como si fuera un motorista, y ajeno al canguelo de sus acompañantes. Pudiera ser que nosotros fuéramos unos miedosos inexpertos en la materia, acostumbrados como estábamos a la pachorra del manso autobús de Beltrán y al bicicleteo, y que él hubiera evolucionado a técnicas de conducción desconocidas para nosotros. Esto añadía a la atracción que en aquella época suponía subirse a un automóvil, el morbo de las sensaciones de una montaña rusa. O nosotros los autobuseros enjuiciábamos demasiado severamente su manera de conducir o tuvo mucha suerte, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno en aquellas carreteras salvo un encontronazo leve con una vaca.

Recuerdo, como si fuera hoy, el día que llegó en el rápido de Beltrán con la que sería nuestra tía Quinita para presentarla en familia. Era una morena guapa, alta y delgada, labios pintados de rojo intenso, sombra de ojos y rímel en pestañas, falda blanca finamente tableada, un niqui de punto a rayas azules y blancas bastante ajustado y zapatos de tacón tan alto que no sé cómo pudo llegar desde casa de Selima hasta la de los abuelos sin torcerse un tobillo entre las desiguales piedras de la carretera. Tuve la sensación de que nunca habíamos visto por allí una mujer como ella, pues me pareció una reina. Yo estaba tan deslumbrado por mi nueva tía que no percibí o reparé en las reacciones de mis abuelos y tías, tan discretos en su atuendo y sobrios en sus manifestaciones, ante aquella mujer que parecía llegada de otro mundo en el que lucir bella y atractiva era lo normal. Pero presumo que, al menos, debieron quedar muy sorprendidos por aquel exceso de espontaneidad. Tuvieron tres hijos que casi nunca aparecieron por Vegarienza en aquellos veranos omañeses tan superpoblados de nietos. Vivieron en un chalecito en Ponferrada donde el tío ejerció de cirujano y fue director del hospital-residencia de la Seguridad Social.

Hoy día todo cirujano debe especializarse durante años en una porción mínima del cuerpo humano ya sea el hombro, la mano, columna, etc. Entonces un cirujano era un médico todoterreno que había superado la aprensión a la sangre y que no le temblaba el pulso ante escenarios quirúrgicos más propios de un matadero o de una guerra. Su campo de acción abarcaba todo el cuerpo, desde la coronilla a los dedos de los pies. Sin más ayuda que acaso una radiografía, todo empezaba cogiendo el bisturí para dejar al descubierto el órgano a reparar, decidir sobre la marcha que hacer ante lo que veía, cortar y unir para terminar recolocándolo todo y cosiendo lo mejor y más rápido posible aquel batiburrillo de vísceras y músculos, confiando en que su ojo clínico y sus manos hubieran resuelto la dolencia. Y a esperar que el paciente no se muriera. A mí me operó de la uña gorda de los dos pies, algo que seguro no venía en sus libros de Medicina pero que él supo cómo afrontar para que dejara de ser un problema para mí.

Salvo cuando estaba de broma o tomando el pelo a alguien, era frecuente verle pensativo y ensimismado, como ausente y poco participativo en las conversaciones, ejecutando algunos tics como estirar el cuello o tocarse la mandíbula con el hombro y moviendo las manos sin finalidad aparente. A veces he pensado que él ensimismamiento pudiera deberse a un proceso mental de elaboración de estrategias para la próxima cirugía complicada que tendría que afrontar; que con el gesto del hombro reproducía cómo detener una gota de sudor que descendía por la barbilla mientras operaba y que el estiramiento del cuello era una forma de aliviar la tensión que se vivía en el quirófano por el esfuerzo físico y la responsabilidad de tener en sus manos la vida del paciente. Sus movimientos de manos podían corresponder con el ritual de lavado estricto de manos y puesta de guantes quirúrgicos ayudado por una enfermera. Gestos repetidos en el quirófano miles de veces, que se habían convertido en tics en su día a día fuera de la sala de operaciones. Obviamente se trata de una especulación, pero encajaría con un entendimiento obsesivo de su trabajo de cirujano, que tengo entendido que le llevó alguna vez a coserse a sí mismo alguna herida que se produjo, con toda sangre fría.

Siguiendo en el terreno especulativo, otra posible explicación a esa actitud ausente y poco participativa, pudiera ser haber asumido que su posicionamiento en lo político y religioso era tan incompatible con el ideario familiar, que debía evitar a toda costa que afectase al buen clima reinante. Conozco estas situaciones familiares en las que discutir acerca de lo que cada uno cree solo produce, en el mejor de los casos, melancolía.

Con mis otros tíos yo tenía mucha familiaridad y seguro que a veces debí resultar un poco cargante intentando que me prestasen atención. Con el tío Emilio a veces tuve la incómoda sensación de que mis preguntas o comentarios de imberbe estaban de más, pues él estaba a lo suyo, dándole vueltas en el caletre a cosas que le preocupaban. Era la ecuación perfecta, un tío ensimismado y un sobrino tímido y apocado que hacía que a veces los silencios fueran casi dolorosos.

Su conocida tendencia política, tan poco saludable en aquella época, y que no disimulaba lo más mínimo, le trajo algún problema judicial. Por esas ironías del Destino, luego fue médico militar y tuvo un papel destacado como cirujano en un hospital militar de Madrid. Cuando Franco murió, algo que durante tantos años esperó impaciente que anunciara Radio Pirenaica, no sé cómo lo celebró o si cuando sucedió ya sus inquietudes políticas se habían sosegado.

Cuando murió, su cadáver fue velado en su hospital militar. El Destino está siempre ahí dispuesto a ponernos en evidencia y, en una última pirueta, hizo que el tío Emilio fuera despedido por familiares y amigos en una institución militar, algo que nunca debió imaginar en sus años de disidencia y rojería. Así somos, muy vehementes en ocasiones sin reparar en que quizá la vida nos ajustará cuentas y contradecirá a la primera ocasión. Como nos ha pasado a casi todos, que coqueteamos con el progresismo en la universidad y de mayores viramos hacia posiciones menos comprometidas. De lo que no tengo duda, a pesar de la relativa distancia que imponía su actitud introspectiva, es que el tío Emilio, al igual que sus otros hermanos varones, fue para mí alguien a quien quise, admiré y deseé parecerme de mayor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La derritaina (patatas, patatolas, patatas solas)

Chamuscando el gocho.

Chamuscando el gocho.

La gastronomía de Sosas del Cumbral, última aldea del curso del rio Baltaín (ver El fin del mundo), no se distinguía por su diversidad. Más bien al contrario como sintetizaba en su respuesta, creo que era el tío Josepín, cuando le preguntaban lo que comía “por la mañana patatas, a mediodía patatolas y por la noche patatas solas”. Esas patatas casi transparentes que cuando de tarde en tarde nos las topamos ahora en el plato de algún restaurante modesto, adornadas con un poco de chorizo o unas costillas o trozos de pimientos verdes en un alarde de simplicidad, nos saben a gloria. La frase del tío Josepín enfatizaba lo repetitivo de las comidas a partir de lo poco que se tenía a mano. Doy fe que se podría resumir con desayuno de leche con pan migado, comida a base de patatas con otras hortalizas (las patatolas) y si acaso algo de carne, y para cenar sopas de ajo, algún huevo y más leche con migote de pan o, como decía Josepin, patatas solas.

Porque lo que se tenía a mano era poco. El clima con fríos excesivos, la escasez de tierra de regadío y las horas del día que no daban más de sí, solo permitían cosechar en las linares próximas al río patatas, cebollas, berzas, lechugas, nabos, frejoles y garbanzos y guisantes en los eiros de secano y más arriba, en las tierras robadas al monte, el centeno, único cereal que aguantaba las heladas y conseguía medrar a pesar de la pobreza de aquellos suelos. Del centeno se obtenía un pan recio, casi negro, que se amasaba cada dos o tres semanas en grandes hogazas que ponían a prueba nuestra dentadura, sobre todo las piezas del final de la amasada. En verano los cerezos, guindales y ciruelos y los manzanos, perales y nogales en otoño añadían algo de color y vitaminas a la dieta. Algunas manzanas conservadas entre paja llegaban arrugaditas a Navidad, mientras las nueces podían durar años y constituir el regalo de Reyes como me sucedió a mí junto con mis primeros pantalones largos (ver La vida con los abuelos en Vegarienza).

Para ponerle algo de gracia a aquella monotonía alimentaria vegetal, estaban las proteínas animales obtenidas de diez o doce gallinas viejas al año, alguna perdiz o paloma torcaz apiolada cerca de la cabaña de Pico Pelao, quizá conejo si en la casa había conejera y el gocho, sin duda la estrella de aquel páramo alimentario. Salvo la pelambre del cerdo, que se eliminaba quemándola con antorchas de paja (diga lo que diga el Papa de turno sobre el Infierno, antes de convertirse en pitanza todos los gochos de Omaña pasaban un rato por ese sitio abrasador) y raspando con cuchillos la piel una vez escaldada con agua hirviendo, los cascos de las pezuñas que se desprendían con un hábil giro en medio de tanta chamusquina y el contenido de los intestinos (que en tan aciago amanecer para el cochino, no había tenido tiempo de convertirse en grasa o proteínas), todo se aprovechaba. Incluso del pene se podía obtener un vergajo para avivar el paso de las monturas y la vejiga inflada podía servir como flotador para aprender a nadar en el río. Tras un minucioso trabajo de de-construcción, clasificación y sabia administración de sal y adobo de pimentón, todo ello capitaneado por el ama de casa, aquella redondez con patas que había sido el cerdo tan sólo unas horas antes, terminaba convertido en sartas de chorizos y morcillas, botillos, lomos, planchas de tocino, paletillas y jamones y también el unto de cerdo que estaba siempre a mano de las cocineras. Esta parafernalia prudentemente dosificada a lo largo del año serviría para alegrar cualquier plato.

Por la gran diversidad de productos que de él se obtenían, el gocho de Omaña podía asemejarse a una mina con múltiples frentes y galerías donde extraer carbón, metales preciosos y minerales de todo tipo y utilidad. En la minería cerdil había vetas proteicas, filones grasos y otros entreverados que propiciaban una dieta cerdo-céntrica que podía resumirse en que se comía cualquier cosa con una pizca de cerdo. Tantas pizcas de cerdo como días tiene el año, sin olvidar la importancia que tenía en la dieta los derivados de vaca y los huevos de gallina. Para ser justos, un blasón representativo de Omaña debería contener alguna alusión a cerdos, vacas y gallinas.

Creo que podría considerarse al unto o manteca de cerdo como condimento, al mismo nivel que el pimentón, la sal, el laurel o el tomillo. Si el pimentón daba colorido a los guisos de patatas o los huevos fritos, el unto era responsable de que el más espartano de los guisos pareciera que tenía sustancia, cuando solo era un poco de grasa en forma de ojos flotando sobre las sopas de ajo o un guiso de berzas.

Alguna trucha muy de tarde en tarde y el bacalao en salazón que permitía cumplir con la prohibición de comer carne en los viernes de cuaresma, completaban la dieta en aquellos tiempos difíciles.

Todo aburrido y repetitivo. Mis tías recuerdan que alguien apareció un día con un invento que pudo suponer una innovación en la rutina de las patatas, patatolas, patatas solas. Era una máquina de hacer fideos que una vez elaborados se colgaban de los varales de la matanza para que secaran. Habría que ver aquellos fideos pardos de harina de centeno y renegridos del humo que subía de las trébedes. Nunca vi semejante invento por la casa. Probablemente tras los duros años de posguerra incluso hasta Sosas llegarían los fideos de harina de trigo y aquel engendro caería en desuso.

La anterior reflexión sobre la dieta omañesa surge al hilo de una reciente conversación en casa de mis tías Tere y Pili (que nacieron y vivieron en Sosas), sobre la cantidad y diversidad de alimentos que desfilan por las mesas navideñas de hoy día y que solo de pensarlo nos hace sentir empachados mucho antes del día de Nochebuena. Fue la primera vez que oí hablar de la derritaina que comían en Nochebuena y que ellas recordaban como algo delicioso y destacable en aquella dieta espartana y repetitiva. Y, faltaba más, la derritaina también tenía que ver con el gocho. Con el unto, en concreto. Se calentaba en una sartén manteca de cerdo y cuando estaba derretida, de ahí lo de derritaina, se echaban manzanas y cebollas enteras que se dejaban hacer a fuego lento hasta que casi se deshacían. Se servía caliente espolvoreando algo de azúcar por encima y lo recuerdan como manjar de dioses en aquellas míseras navidades posteriores a la guerra civil.

A primera vista parece una bomba alimentaria, pero comparándola con el carrusel de mariscos, asados, pescados al horno, embutidos, quesos, dulces y turrones que trasegamos hoy día, quizá fuese preferible para la cena de Navidad un guisote de patatas o unas sopas de ajo con ojos de unto y, para cerrar , una rica derritaina omañesa. De hecho, no recuerdo un solo gordo en Sosas del Cumbral y por aquí los hay a patadas. Seguramente el problema será encontrar, entre tanta abundancia de alimentos provenientes de todo el mundo que hoy ponen delante de nuestras narices los supermercados, el humilde unto de cerdo. Créanme, me está apeteciendo una derritaina.

Imagen tomada de: caminandoporparedes.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La fuente del Valle (el último que apague la luz)

Acarreando agua en África.

Acarreando agua en África.

Dicen los que saben, que para 2050 el desierto habrá colonizado media península ibérica llegando hasta las estribaciones del Sistema Central, con lo que el túnel de Guadarrama será un pasillo para entrar en la zona aún algo verde. Al lado arenoso habrán llegado gentes con turbante y camellos para ocupar el territorio abandonado y en el otro estarán apelotonados los españolitos peleando por la poca agua disponible al estilo apocalíptico de la película Mad Max. Habrán regresado los curas con sotana que sacan a los santos en procesión implorando lluvia (ver Sacar el agua del río) y la ducha diaria estará reservada a los muy ricos que habrán añadido el agua a la lista de bienes acaparables y objeto de especulación. Castilla y León, Aragón, La Rioja, etc habrán dejado de formar parte de la España vaciada pues solo existirá la región de la España colmatada. Por fin se habrá resuelto el problema del abandono de las áreas rurales. No sé si sucederá así, pero nos lo habremos merecido por manirrotos. Seguramente no estaré aquí para verlo, pero quizá sea el escenario que les toque vivir a mis nietos.

Cada vez que veo en las noticias o en un reportaje las largas caminatas de mujeres africanas acarreando agua con la espalda doblada, me acuerdo de que también en Omaña el agua era un bien preciado que había que transportar a las casas para cocinar y asearse. Aunque el río Omaña solía traer agua abundante, en las casas no se desperdiciaba ni una pizca porque costaba traerla desde el río con calderos o el jarrón aguamanil y porque, como en todo, regía la norma general de aquella sociedad rural que era no despilfarrar. Había dos actividades que por sí mismas hubieran requerido disponer de gran cantidad de agua en las casas y que se desarrollaban allí donde el agua estaba. Una de ellas era la colada que las mujeres hacían directamente en el río, arrodilladas en un cajón de madera, con las manos agrietadas de sabañones si era invierno y con miedo a las culebras que se resguardaban bajo las piedras de la orilla si era verano. La otra era que las vacas, que siempre llegaban a casa bebidas, cuando en invierno estaban encerradas en la cuadra había que llevarlas a diario a beber al río.

Incluso el agua de boca se consumía con tino. No es que se pasase sed, pero un botijo de menos de tres litros solía durar todo un día para una familia de cuatro o cinco personas, lo que parece poco pues ahora se recomienda una tasa de dos litros diarios. No habíamos oído aún el término pero seguramente vivíamos algo deshidratados, desde luego que peor que los urbanitas de hoy atados a su inseparable botellita de agua. Quizá la explicación de tanto miramiento por el agua esté en que la de beber había que traerla de la fuente, que en el caso de Vegarienza estaba menos a mano que el río. Si en casa había chiquillos ellos eran los encargados de ir a la fuente, como me sucedió a mí cuando viví con mis abuelos en Vegarienza. No sé cuántas veces habré ido a la fuente del Valle con el botijo golpeándome la pantorrilla y cuidándome de las ortigas y zarzas que bordeaban el camino que arrancaba de casa de Corsino y por la ladera del campanario llegaba, río Baltaín arriba, hasta enfrente de la casa del Asturiano donde estaba la fuente entre helechos y zarzas. A través de un tubo de hierro manaba un chorrito de agua que salpicaba en una piedra plana hasta que asentábamos el botijo bajo el chorro. El eco del agua dentro del botijo nos iba indicando lo que faltaba para estar lleno y recuerdo que en verano nos impacientábamos porque el chorro era un hilito de agua.

Había que ir a la fuente a diario, incluso en invierno cuando no se veían las escobas de tanta nieve, y el miedo al lobo se me hacía muy patente cuando intentaba autoconvencerme de que aquellas pisadas recientes sobre la nieve helada en realidad eran de perro. Casi siempre solía buscar la compañía de alguno de los primos de casa de tía Blanca para que el camino se hiciera más ameno y ahuyentar miedos, a pesar de los riesgos que entrañaba la compañía. Podían entrechocar los botijos o romperlos por la prisas en ser el primero en llenarlo en la fuente o rodar por la ladera si se asentaba mal en el suelo mientras intentabas coger una flor de estallete o una mora o que el botijo llegara a casa medio vacío por las peleas entrecruzadas de buches de agua o los concursos de ver quién hablaba mejor mientras bebía agua a chorro o las peleas de chorros que producíamos impulsando el agua por el pitorro fino soplando con fuerza por el gordo. Había un extenso repertorio de formas de poner en peligro el botijo y romperlo era grave, no solo por la responsabilidad que se exigía hasta a los más pequeños en el desempeño de las labores que se les encomendaban sino porque en cada casa solo había un botijo y habría que esperar a que llegase el cacharrero para comprar otro que tardaría varios días en poder usarse pues había que someterlo al cuidadoso proceso de la cura del botijo. La abuela Honorina llenaba el botijo por primera vez con mucho cuidado para que ni una sola gota mojase la superficie exterior, porque se creía que entonces el botijo no enfriaría bien, y le añadía un poquito de anís para quitar el sabor a barro, dejándolo así durante varios días. Junto con el vino, el agua de beber era cosa muy seria y recuerdo que la abuela confeccionaba un caperuzón de hilo que se colocaba en el pitorro ancho para que no entraran impurezas al rozar con las escobas y arbustos camino de la fuente. Otra regla ineludible que nos recordaban a menudo era que antes de llenar el botijo había que enjuagarlo energicamente con un poco de agua.

Estaba claro que había que mirar por cada gota de agua que se acarreaba hasta casa. En la de mis abuelos era muy fácil acceder a uno de los dos ríos que se juntaban precisamente a la bajera de la huerta donde, además, teníamos un pozo con bomba manual que servía tanto para proveer de agua a la casa como para regar lo que había sembrado mi abuela con la ayuda de una canaleta de madera que se colocaba a la salida de la bomba y llevaba el agua hasta los surcos de las hortalizas. En alguna casa, creo que fue en Cirujales en casa de Arcadio el albañil, vi como grado máximo de sofisticación que tenían un pozo dentro de la misma casa y la bomba de mano estaba situada al lado del fregadero. Supongo que la dueña de la casa sería la envidia de todas sus vecinas al tener resuelto de forma tan sencilla una de las tareas diarias más esclavas, traer agua a la casa.

No puedo precisar si fue por los años sesenta cuando en casa de mis abuelos se puso agua corriente elevándola desde el pozo con una bomba eléctrica sumergible hasta un depósito en el desván que surtía a un cuarto de baño y al calderín de la cocina de leña. Lo que si recuerdo es que no supuso dar paso al despilfarro ya que el pozo manaba lo justo y un uso descuidado del agua habría excedido la capacidad de la fosa séptica. Aunque el agua estaba a golpe de grifo, continuamos haciendo un uso moderado del agua.

Con ayuda económica de la Diputación para la compra de materiales, años más tarde se comenzó a traer el agua corriente a los pueblos captándola de fuentes y arroyos, mediante obras en las que los vecinos participaban como mano de obra gratuita. Supongo que fue un alivio tener el agua a tiro de grifo, pero por lo que algunos veranos he oído en Vegarienza no todos conservan el antiguo sentido de la moderación en el uso del agua y la gastan regando el césped, que suena un poco cursi porque toda la vida por allí se había dicho yerba o simplemente verde, comprometiendo el abastecimiento a todo el pueblo en la época de verano. A menudo no se aprecia lo que no cuesta esfuerzo conseguir. Simultáneamente hubo que solucionar el problema de la evacuación de las aguas residuales ya que en los planes de la Diputación solo se contemplaba traer el agua a las casas y no cómo reintegrarla al medio natural. Se echó mano de las fosas sépticas y, como pude comprobar, de la picaresca.

Cuando mi madre se compró la última casa de Villaverde descubrimos adosado a una de las fachadas un pequeño recinto que debió utilizarse como retrete rudimentario, pero suficiente como para no tener que hacer esa actividad corporal al aire libre o en las cuadras como era habitual, detalle que junto a algunas fotografías y postales que encontramos en los arcones de la casa nos hizo pensar que los anteriores dueños podían haber sido algo más que simples campesinos y con hábitos quizá más refinados que el común. La casa no tenía agua corriente pero era relativamente fácil obtener agua para todo uso, excepto el de beber, pues por debajo de la cocina corría una presa de riego con agua del río. Al poco se empezó con la traída de agua desde el monte hasta un depósito que la distribuía a todo el pueblo.

Aquel verano coincidí en Villaverde con las obras de conducción de las aguas residuales hasta la fosa séptica en la bajera del pueblo, ya cerca del río del Valle Gordo, en las que participábamos gente de todas las casas, sin más dirección y conocimientos en el asunto que lo que a cada uno se nos podía ocurrir. Yo participé activamente en los trabajos, llevaba la cuenta de las horas con que contribuían las personas de cada casa, transporté algún material desde el almacén de Ferreras en Soto y Amío y discutí con los demás si hacer las cosas de tal o cual forma. La operativa no era complicada pues consistía en hacer una zanja poco profunda siguiendo la pendiente del terreno, donde se tendían los tubos de cemento prefabricados que se iban empalmando uno con otro sellando la junta con mortero de cemento. Recuerdo que yo me esmeraba mucho en la elaboración de la junta buscando que no se escapara nada de agua. Cuando me vio nuestro vecino Ángel, que participaba en la obra con mucho entusiasmo y que debía temer que reventara la fosa séptica como en casa de mis abuelos, medio me abroncó y me dijo que lo que había que hacer era dejar un poco separados los tubos como había visto hacer en otras obras similares de por allí. Estaba claro que donde no llegaba la capacidad de la fosa séptica y la ausente dirección técnica de la obra, se suplía con la buena voluntad de los vecinos y la picaresca.

Se me acabaron las vacaciones y no sé muy bien cómo se remató la obra hasta llegar con el alcantarillado a la fosa séptica, pero casi seguro que los tubos dejarían por el camino una parte de nuestros excedentes corporales a lo que se añadió que algunas cuadras empezaran a limpiarse a manguerazos en lugar del procedimiento clásico de amontonar el estiércol en los esterqueros para luego abonar tierras y prados (¿qué tierras y qué prados? se me dirá, con razón). Y probablemente (agradecería que alguien me asegurara que no fue así) cuando la fosa séptica se llenó, por algún sitio empezaría a salir un chorrito hediondo que impepinablemente acabaría en el río.

Volviendo al comienzo, entre todos la matamos y ella sola, la que llamamos madre Naturaleza, se murió o se está muriendo, muy deprisa. Empezamos llenando el vaso en el grifo en vez de tirar de botijo y duchándonos todos los días en lugar de una vez a la semana (no sé de nadie que se haya muerto por hacerlo así) y ahora estamos hablando de que igual nuestros tataranietos no tendrán donde llenar sus botijos. Claro que, ¿quién es el guapo que se resiste a las comodidades? Hubiéramos necesitado una mirada más larga y mucho más espíritu crítico para ser capaces de acompasar el abandono de condiciones de vida, que a veces hay que reconocer que eran realmente miserables y esclavas, y el progreso. Progreso sí, pero no a cualquier precio. Tendríamos que habernos cortado las manos antes que dejar que los tubos del alcantarillado de Villaverde fugasen a propósito y alguien con más conocimiento debió de supervisar nuestro trabajo, voluntarioso pero poco entendido, y haber tenido estudiado qué hacer cuando las fosas sépticas se colmatasen para evitar emponzoñar los ríos. Si de los ríos de aguas limpias de Omaña que yo conocí enviamos porquería aguas abajo, ¿cómo puede extrañarnos que dentro de treinta años las dunas hayan cubierto media península?

Si no se da un recio golpe de timón y nos lo tomamos en serio (Estados Unidos acaba de abandonar los acuerdos para luchar contra el cambio climático), algún día en las paredes de la España colmatada se empezará a ver pintadas que recordarán aquel genial graffiti de un aeropuerto uruguayo que advertía El último que apague la luz. Otro día de fuerte viento alguien dirá que ha visto flotar unos granos de arena en la boca norte del túnel de Guadarrama y se desatará la histeria colectiva. Compactas filas de gente avanzarán por los arcenes cargados con la cantimplora y lo más indispensable pues habrá comenzado la segunda migración hacia el norte para ganar unos pocos años al desierto. Los más avisados saben que el viaje será largo y entre sus bártulos llevan unos garfios para saltar la valla que Europa ha levantado a lo largo de los Pirineos. ¿Les suena? Los más débiles y los más sabios decidirán quedarse, unos porque están seguros que morirán por el camino o que no podrán traspasar la valla y los otros porque saben que el éxodo no terminará tras la valla pirenaica, que poco tiempo después habrá que volver a coger el hatillo de migrante, una y otra vez en dirección norte y que encontrarán nuevas vallas hasta llegar al Ártico, donde no quedará otra que tirarse al agua. Salada. Mejor leer algún libro sobre cómo los nómadas sobreviven en las dunas que ya remontan el Alto de los Leones.

Botijos usuales en Omaña.

Botijos usuales en Omaña.

Imágenes tomadas de: Ancorpiu/JavierAcebal, ferreterialospedros.com, artesaniasanjose, pinterest

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

En primera línea (la obsolescencia de los cuerpos)

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza. 2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

Hace dos días recogí de casa de mi madre los recuerdos personales que me habían correspondido: un original mecanografiado de La sonrisa de la fortuna novela con correcciones a mano de mi padre, su muestrario de anzuelos y secretos para la pesca de la trucha, una foto de mis padres y algunas más del álbum familiar donde aparezco yo o alguien de mi propia familia, dos tomos de Historia de las cruzadas de J.F. Michaud con bonitas ilustraciones de Gustavo Doré y un bolsito bandolera de ganchillo que había sido de mi madre. Era la última vez que estaba en la casa de mis padres en Madrid donde había vivido solo unos cuantos meses allá por 1968 y visitado bastante a menudo a mi madre durante sus últimos años de vida.

Mi madre había muerto dos años y medio antes, pero ahí estaba todavía la casa como un nexo que me unía materialmente a mis padres, como si aún no se hubiera producido el adiós definitivo. Ahora sí, ya solo quedan sus recuerdos y las pocas cosas suyas que mencioné. Los hilos materiales que me unían con la historia de mis orígenes se han cortado definitivamente con esta última visita a la casa paterna. Solo recuerdos y sus cenizas en sendas urnas en Vegarienza, en el cementerio de Castriello, en la ladera de Santa Colomba que ni es solano ni avesedo, pegadito al arroyo que huele a menta por cuyo cauce escurren las aguas que manan de las tierras ferruginosas de las llamas donde tantas tardes pastoreé las vacas de mis abuelos (ver las Llamas de Castriello y La estampa). Ahora sí fui mucho más consciente que cuando mi madre murió de que yo ocupaba la primerísima fila de los que, inexorablemente, seremos llamados al ajuste final de este tránsito corpóreo (valle de lágrimas decía mi abuela Honorina) que es la vida.

En Castriello descansan también, en la tierra al estilo tradicional, mis abuelos y bisabuelos maternos y seguramente algún antepasado más de la rama González y García. Cuando a mi madre le dio por pensar dónde quería estar cuando se le acabase el tiempo, ya no había espacio en el suelo de aquel modesto cementerio omañés colmatado de cristianos más o menos rezadores. Modesto pero tan antiguo como la misma Omaña. La falta de espacio para tanto muerto se resolvió al modo en que lo solían hacer los invasores romanos del valle del Omaña, añadiendo un columbario con unos cuantos nichos (palabra horrorosa donde las haya) mortuorios que destacan sobre el yerbazal de las tumbas. Mirando al cementerio y más concretamente al columbario donde ya estaban las cenizas de mi padre, en el verano de 2016 y tras rezar un padrenuestro mi madre musitó emocionada “Que nos reunamos todos en una vida mejor” en lo que me pareció la expresión de un deseo intenso, anhelado, cinco meses antes de dejar esta vida que ya se le estaba haciendo demasiado larga.

Entre lo que nos dejó había unos papeles manuscritos que decían que mi madre era propietaria de uno de estos nichos y un notario de Madrid ha anotado en sus protocolos que yo soy dueño junto a mis hermanas de semejante aposento para la eternidad. No conozco a nadie capaz de llevar la contraria a un notario. Yo desde luego no lo haré, así que allí me llevarán cuando llegue el momento si los que me sobrevivan atienden mis deseos.

No sé a qué edad comenzó mi madre a preocuparse por estas cosas que a los de la siguiente generación nos hacía sonreír condescendientemente, pero el tiempo pasa para todos y forzosamente tengo que agradecerle que pensara con tiempo suficiente en algo tan obvio como dónde acomodarse para los restos, dónde estar sin molestar a los vivos. Porque hace tiempo que siento los efectos de la obsolescencia escrita en los defectuosos genes que me han tocado en suerte, de los que sin duda son responsables involuntarios unos cuantos de mis antepasados con los que un día compartiré espacio en el cementerio de Castriello. He sido, soy todavía, el trasunto de lo que ellos fueron, de lo que llevaban escrito de forma indeleble en su ADN fruto de tantas vidas entrecruzadas durante siglos y que ha cristalizado con mejor o peor fortuna en individualidades concretas como yo mismo.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello. Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Ha hecho fortuna la expresión obsolescencia programada aplicada a los electrodomésticos y otras máquinas que usamos a diario, pero a fuerza de percances de salud, aparentemente sin relación alguna con mi estilo de vida, cada vez estoy más convencido de que somos nosotros los que tenemos bien escrito en los genes, con tinta invisible a simple vista, la fecha de caducidad de nuestros cuerpos. Los cirujanos van extendiéndonos prórrogas a esta fecha de caducidad, pero finalmente la obsolescencia nos alcanza de forma inexorable. Da igual que hayas sido alto o bajo, ocurrente o aburrido, valiente o cobardón.

Por eso mismo le estoy agradecido a mi madre por ocuparse sabiamente de dónde dejar su propia obsolescencia y, de paso, la mía. Y qué mejor sitio que el cementerio de Castriello, donde aún cantan las ranas en el arroyo y los saltamontes despliegan sus esplendorosos élitros del mismo azul que el ala de los grajos que se oyen entre los chopos del cercano río Omaña; donde por las tardes se siente el alivio de la sombra que proyecta Santa Colomba cuando ya se hace inaguantable la solanera con que el sol aprieta desde bien temprano en las mañanas de verano o dónde en invierno se agradece el solecito mañanero que atempera la tiritona de la helada nocturna, porque habrá que ver cómo se siente el frío y el calor cuando en vez de huesos y carne se sea solo polvo o ceniza.

Polvo o ceniza. Hasta la época de mis abuelos era cierto lo que decía el sacerdote cada Miércoles de Ceniza mientras nos ponía una pizca de ceniza en la frente, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás), frasecita que nos helaba el alma y que a mí me sugería con desagrado el roer de los gusanos reciclando la carne en tierra vegetal, en polvo. Ahora que ya salimos reducidos a ceniza desde la capilla mortuoria, sin gusanos de por medio, no sé si habrán tenido que cambiar este recordatorio que nos decía a las claras que éramos muy poca cosa. Y así es, hay que admitirlo.

A medida que te haces mayor hay que ser consciente de que las leyes de la probabilidad van dejando de ser neutrales, que la cara y la cruz de la moneda no pesan estadísticamente lo mismo. En los próximos días se lanzará de nuevo mi moneda, que tantas veces ha salido cara, y veremos qué sucede.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho. Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Si sale cruz, mi familia tendrá que encargar una plaquita con mi nombre y pegarla en la losa de mármol negro que cubre el nicho de la familia García de la Calzada, tan pulido que en él se reflejan los robles y escobas de la ladera de enfrente que recuerdo servían de refugio a las vacas que moscaban en las tardes de verano cuando yo las llevaba a las llamas de Castriello, el paraje donde fui feliz de chaval.

No se me ocurre un sitio mejor para esperar que se desperecen los cuerpos cuando suenen las trompetas del Juicio Final en que creían muchos de los residentes del cementerio de Castriello. Y para los descreídos sólo quedará sentir como nuestras cenizas se esponchan o acurrucan según haga calor o hiele, mientras se oye el manso discurrir del arroyo de Castriello entre juncos y matas de menta. El mundo seguirá dando vueltas y en unos cuantos años los hoy jóvenes de mi familia serán candidatos también a residir en Castriello o, si lo prefieren, a la sombra de las hortensias familiares.

17 de Junio de 2019, en vísperas.

La moneda salió cara, otra vez. Aunque algo desvaída por una maldita e inesperada FA.

22 de Junio de 2019.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Sensación de atontamiento (los sonidos de Omaña)

El chopo de la llama de tío Baldomino.

Mi suegro era muy aficionado a la fotografía y a viajar. Como su vida transcurrió antes de la explosión digital, nos dejó sus buenos cíen quilos de álbumes repletos de fotografías y postales que daban fe de los sitios que había visitado y un mapamundi plagado de chinchetas de colores que resumía el contenido de los álbumes. Ya en la época de las redes sociales he visto en algún perfil un mapamundi con los lugares visitados, a modo de selfie viajero no sé si para poner de relieve el carácter de trotamundos o simplemente para fardar, con tal amontonamiento de chinchetas que me ha hecho pensar en el trajín laboral de un comandante de Iberia.

Por perezoso y circunstancias varias yo he sido poco viajero y en mi inexistente mapamundi de esparcimientos foráneos faltarían chinchetas tan emblemáticas como la del París de La France y muchas otras. Cierto que los viajes que he hecho los he disfrutado y a punto estuve de sucumbir al síndrome de Stendhal en ciudades como Florencia, Pisa o Siena, aunque pude sobreponerme creo que gracias al poso pueblerino de omañés que me permite relativizar cuando de cuestiones de belleza se trata. Seguro que se me tildará de ignorante, pero si me dan a escoger entre una mañana intensa en el Louvre gozando de tanta belleza como atesora o un rato de atontamiento en Omaña, no dudaré ni un segundo en entregarme a este síndrome omañés que suele acometerme cada vez que aparezco por allí.

El tránsito del consciente al atontamiento sucede de manera sutil y atrapadora. Basta con estar sentado a la sombra de un manzano en la huerta de mi hermana Julia sin ningún plan concreto y que el murmullo del río próximo se entrelace con algún leve pensamiento, para entrar en un estado ausente controlado por el ruido del agua entre los cantos rodados que puede parecer monótono y uniforme pero que presenta matices y fluctuaciones producidos por cambios en la intensidad de la corriente o en la dirección de la brisa que lo trae hasta mis oídos. El ánimo queda en suspenso y entro en un estado en que todo son percepciones a nivel físico de sonidos y sensaciones de todo lo que está pasando a mi alrededor: sobre un silencio casi absoluto, el ruido leve del agua envuelto en un frescor reconfortante y el aleteo de las hojas de los árboles en la brisa se mezclan con otros también relajantes pero indicativos de que en aquel ambiente tranquilo se libra una pelea continua por la subsistencia, como el zumbido de una avispa hambrienta o el canto asustado de mierlas y grajos, muy atenuado por la distancia. Ningún sonido parece predominar sobre el resto, todo suena muy acompasado

Este nirvana físico y mental desencadenado por el rumor ambiente deja un resquicio de conciencia que se da cuenta de que en aquel espacio faltan sonidos asociados a la actividad de otros tiempos, como el vocerío de los niños chapuzando en la orilla, el golpeo de la ropa en las piedras del lavadero, el ladrido de algún perro avisando al caminante que él es el dueño de aquel trozo de camino, el mugido impaciente de alguna res o las voces lejanas de los que trabajan en prados y huertos, el golpe de hacha que hiende un roble en el monte, el entrechocar de cacharros en una cocina, la campana que anticipa la Misa, el cacareo alocado de una gallina que anuncia su huevo diario, la esquila de una oveja en el Vallado, el suave traqueteo de un carro que pasa por la carretera, ….. Esta fase del atontamiento actúa como una máquina del tiempo que me retrotrae a los sonidos de la Omaña que yo viví y que el subconsciente trae al presente.

Este recuento de sonidos que me faltan, se interrumpe cuando algún conductor con demasiada prisa o poca cabeza pasa por la carretera arruinando con su ruido la armonía del entorno. Las estridencias de los ingenios mecánicos son ahora la muestra casi única de actividad humana en estos pueblos donde antes todo era vida, pausada pero constante y armónica.

La sensación de atontamiento producida por el rumor ambiente que rodea al manzano, también puede surgir a la vista de un paraje solitario como una camperita de yerba corta, como recién pastada por las ovejas, con alguna margarita o quitameriendas u otras florecillas corrientes, a veces atravesada por un afloramiento de roca musgosa y, si el agua está cerca, también habrá una mata de juncos o de menta o algún helecho. La contemplación de esta muestra de simplicidad y armonía me induce la misma sensación de anulación de la voluntad y bienestar asociados a los sonidos de mi infancia omañesa. Nada que ver con el malestar físico que sintió Sthendal al contemplar la belleza que atesoraban los museos e iglesias de Florencia. Lo mío es la felicidad de Simplicio, del que pierde el control en presencia de las cosas sencillas.

Para fotografiar algún paraje como el descrito que ilustrase este post, el verano de 2017 subí arroyo de Castriello arriba, el paraje donde pasé tantas tardes pastoreando las vacas de mis abuelos (ver Las llamas de Castriello). Caminé rodera adelante y a unos cien metros del cementerio vi que alguna máquina había allanado y ensanchado el camino, justo en el lugar más peligroso para el paso de los carros cargados de yerba hasta el punto que teníamos que tirar de las sogas hacia el monte para que el carro no volcase arroyo abajo, mientras oíamos como las llantas de hierro resbalaban peligrosamente por la peña. En cada punto del camino por donde pasaba el agua de lluvia y que todos los años necesitaba ser reparado, se había colocado a modo de alcantarilla un grueso tubo ondulado rematado con cemento por ambos extremos. Tanto esmero en un camino que yo daba por abandonado y unas pisadas frescas de ovejas o cabras me hizo pensar por un instante si se habrían puesto en producción los pastos de las llamas y vuelto a sembrar las tierras de centeno.

Enseguida llegué a la primera llama, la de tía Concha, que tenía el aspecto desolado de las cosas que no se cuidan. La portillera por donde entraban las vacas, cuyas talanqueras asegurábamos para impedir que las vacas las quitaran con los cuernos y se marcharan para casa mientras nosotros zanganeábamos con los otros pastores, solo era un hueco en la pared que cerraba la llama. El cierro que separaba esta llama de la siguiente y que yo había ayudado a hacer a mi abuelo con estacones verdes, se había convertido en un bosquecillo de paleros. Mi abuelo extremaba sus esfuerzos para que todas las fincas estuvieran bien cerradas y ahora las llamas pertenecientes a los seis hermanos podían recorrerse de punta a punta sin ningún obstáculo, como si fueran parte del común.

Hueco en la pared donde estaba la portillera de la llama de tía Concha. En el centro, bosquecillo de paleros nacidos del cierro que dividía esta llama de la de los abuelos del autor.

Por primera vez caí en la cuenta que el bisabuelo Bernardino había sido dueño de casi todos los pastos del arroyo de Castriello. En la llama de tío Baldomino vi el chopo que tantas veces nos cobijó del sol y cuya sombra vigilábamos impacientes para saber la hora de arrear las vacas para casa, erguido como los valientes pero desmochado quizá por el rayo que siempre temimos que nos mataría en los días de tormenta si nos resguardábamos de la lluvia bajo sus ramas. Más adelante, en la bajera de la llama de Pedro, vi que la charca de las ranas estaba totalmente seca y que la ladera, donde nos deslizábamos sobre la yerba seca sentados sobre una tabla, estaba surcada por una cicatriz en forma de camino que debía dirigirse a lo alto de el Vallado.

Poza de las ranas totalmente seca. Arriba, arranque del camino que atraviesa la campera donde se “surfeaba” sobre la hierba seca sobre una tabla de chopo.

Me pregunté cuál podía ser la utilidad de un camino tan remozado en mitad de un paraje totalmente abandonado y confieso que mal pensé que sería cosa de los cazadores para llegar cómodamente en sus todoterrenos al territorio de las perdices, pero mi prima Estela me aclaró que se había arreglado para poder sacar con los tractores la leña de roble que aún sigue calentando las cocinas en invierno. Me alegró saber que aquel paraje, otrora fundamental como área de pastoreo y recolección del centeno, tuviera alguna utilidad.

El Agosto abrasador que había vuelto todo el valle de color pajizo menos la mancha verde de robles y escobales, me imposibilitó fotografiar nada parecido a las verdes camperitas que alguna vez me inducen el trance de atontamiento, pero disfruté del paseo por donde hacía sesenta o más años que no transitaba. Aquel territorio tan frecuentado entonces me pareció una metáfora del transcurrir de la vida, vital y eufórica durante unos cuantos años y reseca y escasamente útil en su tramo final. A la vuelta me detuve frente al chopo de tío Baldomino que yo recordaba alto, frondoso y tan flexible que sabía amoldarse el empuje del viento con una leve inclinación y que ahora estaba desmochado y parcialmente reseco, se me antojó una buena imagen de mí mismo: corriendo de chaval por aquellos andurriales todo el día sin atisbo de cansancio y ahora vigilante para conseguir mantenerme tan tieso como el chopo y a resguardo del frío y del calor, no me vaya a pasar algo. El tiempo no pasa en vano, ni para las personas ni para los parajes abandonados.

Ni siquiera las creencias más acendradas perduran. Recuerdo que siempre nos mantuvimos alejados del vinoso fruto del saúco que los mayores nos repetían que era venenoso y ahora la prima Estela elabora con sus bayas un jarabe cura catarros muy apreciado. A ver si le da por experimentar pronto con las uvas de perro, otro tentador fruto del que nos mantuvimos alejados en nuestra infancia por su fama de ponzoñoso, y logra sintetizar un elixir para los achaques de la edad tardía o solo nos quedará la residencia de Castriello, al borde de la carretera, donde el atontamiento es severo y permanente.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Pepe (en un rincón de tu memoria)

El Jay observa atento el más mínimo ademán de tío Pepe, impaciente por obedecer sus órdenes.

Esta foto me encanta pues creo transmite de forma genuina cómo éramos entonces en Omaña. El tío Pepe con un atuendo que un cursi podría calificar de informal, en realidad representa la forma en que se vestía por allí, ropa que resguardaba del frío y apropiada para caminar por el monte, siempre a riesgo de sufrir algún desgarrón que rápidamente repasaría la abuela, la boina muy usada y bien calada y el bolso de la chaqueta repleto de cartuchos que él mismo habría recargado una y cien veces. Se apoya en la escopeta calibre 12 de la familia, que siempre estuvo colgada del perchero de la entrada principal de la casa y que de vez en cuando acariciábamos los chicos imaginando cuando seríamos lo suficientemente mayores para que nos dejaran utilizarla. Recuerdo que nunca percibí como algo peligroso que la escopeta estuviera al alcance de los niños. Era un elemento más del ajuar de la casa, tan útil e inofensivo como la máquina de coser o el molinillo de café. Aunque no se ve en la foto, debajo de la chaqueta y bien sujeto al cinto, el tío Pepe llevaba un manojo de tiras de cuero rematadas con una anilla que servían para colgar por el cuello las perdices abatidas al vuelo o las tórtolas cazadas al acecho. Las piezas cobradas colgaban a lo largo del muslo bamboleándose al ritmo de la marcha, punteando de sangre el pantalón y hubo veces que algunas eran tan pesadas que se le perdieron al tronchase el cuello. El escenario podría ser el alto que hay entre las Llamas de Castriello de Vegarienza y Garueña. El perro Jay era de Paco el de tío Baldomino y hasta muy viejo siempre estuvo dispuesto a acompañar a cualquiera de mis tíos en sus cacerías.

En todas las casas solía haber una escopeta y la caza era consustancial con la vida en el campo. Era útil para las batidas al lobo cada vez que había una matanza de ovejas (ver El lobo) o cuando se le intentaba cazar al acecho en invierno ya que el número de aquel implacable depredador y protagonista de casi todos los cuentos infantiles debía mantenerse a raya, aunque también servía para algo más lúdico como la caza de perdices, codornices y palomas torcaces. Cuando el tío Pepe había juntado unos cuantos cartucho vacíos, bajaba a la cocina la lata de galletas maría con la pólvora, los perdigones, los tacos separadores y la rebordeadora que fijaba a la mesa con un tornillo cuidando no estropear el hule a cuadros que hacía las veces de mantel. Una vez relleno cada cartucho con las dosis adecuadas de pólvora y perdigones y debidamente señalado el calibre de los mismos, recuerdo eran del 10 para las codornices del 6 para perdices y torcaces y postas para el lobo, me lo pasaba a mí para colocarlo en la rebordeadora que los dejaba tan bien cerrados como los que se compraban en las armerías de León. Aquellos preparativos se desarrollaban con toda normalidad en la cocina, mientras la abuela trajinaba con las nateras junto al fregadero o repasaba unos calcetines cerca de la ventana y el abuelo releía un periódico atrasado o pensaba en que había que bajar los piértigos del desván porque el centeno ya estaba granado y la maja era inminente. Quizá esta normalidad explicara por qué no se consideraba peligroso que la escopeta colgara de una percha a la vista de todos.

Claro que el sentido común de los mayores pudo pasar por alto que la atracción o curiosidad por las armas de alguno de los chavales que veíamos a diario aquella preciosa escopeta de dos cañones y perrillos a la vista podría provocar alguna travesura más o menos peligrosa (ver Asustando grajos) que tuvo en vilo a todo el pueblo durante días al escuchar disparos a deshora y por doquier. También recuerdo que cuando tío Pepe vino de permiso de las prácticas de milicias, en la mesa de su habitación, que como todas estaba siempre con la puerta abierta y que periódicamente yo visitaba ya fuera para realizar el encargo de recoger algo o por mera “curiosidad“, me sorprendió ver una pistola Luger sobre el libraco Los cipreses creen en Dios, dos objetos que miraba con respeto. La pistola por precaución, pues no conocía su mecanismo ni sabía si estaba cargada y el libro porque su tamaño sugería indigestión segura. Hay una foto mía con catorce o quince años en que se me ve simulando encañonar con la escopeta a un grupo de gitanos mayores y niños que pasaban por la carretera que, para colmo, parecen divertidos con la broma que fue consentida, lo cual no es óbice para que me avergüence cada vez que la veo pues refleja la consideración que entonces teníamos de los gitanos y lo poco gracioso de la broma. Si, las armas me atraían, pero tras los primeros tiros con la escopeta familiar en el monte al filo de los diecisiete o dieciocho años, jamás he vuelto a participar en ninguna cacería.

Cada vez que veo la foto de tío Pepe cazando no puedo por menos que reparar en el contraste entre su indumentaria de cazador omañés y el elegante terno con que se casó con tía Vilma en Perú, otra foto familiar que constituyó por mucho tiempo el disparador de las añoranzas sobre el tío al que de pronto dejamos de ver siendo unos críos, pero del que ya atesorábamos buenos recuerdos. Como era usual en aquella época, Sudamérica era tierra de emigración para muchos españoles y en la familia de mi madre hubo al menos cuatro miembros que formaron parte de ella. El primero fue el tío Federico, fraile agustino hermano de mi abuelo, que emigró a Perú donde murió (ver El tío fraile) y le siguió la tía María que trabajó durante muchos años en Brasil como enfermera. El tío Pepe debió irse hacia 1956 y tras una estancia de meses en Brasil sin encontrar trabajo, siguiendo las indicaciones de tío Federico recaló en Perú donde se estableció y formó su familia, regresando en contadas ocasiones en viaje de visita familiar. Desde hace unos años esta corriente migratoria ha cambiado de sentido y algunas de sus hijas se han establecido con sus familias en España. Es el vaivén de la historia y de las familias. Aunque quizá no pueda considerarse en sentido estricto como emigrante, la cuarta persona de la familia que se fue a Sudamérica fue la tía Tere que vivió unos cuantos años en Ecuador.

Como sus otros nueve hermanos, tío Pepe nació en Sosas del Cumbral y allí sucedió la primera historia que me llega de él. Parece que los hermanos habían estado tirando un nido de pájaro ayudándose de un varal (palo largo) de los que se usaban para colgar los chorizos y morcillas al humo en la cocina vieja. Estos varales, si se utilizaban para remover las brasas del horno donde se cocían las hogazas de centeno y las empanadas, a fuerza de quemarse tenían el extremo aguzado como una lanza. El caso es que después de tirar el nido mandaron a Pepe, como era el menor de los varones tenía que hacer todos los recados, que devolviera el varal a su sitio y parece que iba tan a prisa para volver rápido y no perderse lo que hacían sus hermanos con los pajarillos, que la mala fortuna hizo que pinchara con el varal el pellejo en el que el abuelo guardaba el vino que se sacaba a diario para las comidas y rellenar la bota que llevaba al campo. Empezó a manar vino como si fuera una fuente y la abuela y las hermanas no daban abasto a poner cacharros para evitar que se desperdiciara aquel preciado líquido (de primera necesidad podría decirse) mientras se devanaban los sesos sobre cómo decírselo al abuelo para dejar a salvo a Pepe, sin incurrir en mentira.

Creo que hasta que me casé he pasado todos los veranos en Omaña, los primeros en Sosas donde debí encariñarme con todos los tíos pero especialmente con Pepe. En uno de sus viajes a España me contó que en una de sus vacaciones de estudiante, yo tendría unos dos años y él quince o dieciséis, cuando yo me despertaba y no le encontraba por casa me ponía a gritar a todo pulmón, “Pepeee, Pepeee, ….“. Debía ser muy niñero y los sobrinos siempre andábamos a su alrededor pues nos dejaba acompañarle incluso cuando podíamos ser un estorbo, como en la perpetración de “delitos” tan serios por aquellas latitudes como quitar el agua a un vecino para regar los prados propios. Lo he contado en El fin del mundo y no me resisto a transcribirlo:

“En una ocasión el tío Pepe nos llevó a los pequeños con él para que le avisáramos si aparecía el Tremoriego, porque él iba a quitarle el agua que le correspondía y así regar el prado de La Tablada, que era del abuelo. Nos quedamos jugando en el camino, pero vigilando. Yo no era consciente de ser cómplice de un ‘delito’ y que, por tanto, era exigible una cierta discreción. Cuando vi venir al Tremoriego, siguiendo las órdenes recibidas dije a grandes voces ‘Pepeeee…, ¡que viene el Tremorieeeego!’. El Tremoriego me oyó y, cuando estuvo a nuestro lado, me dijo muy enfadado ‘Oye chaval, yo me llamo Joaquín. ¿Es esa la educación que te están dando en tu casa?’ y con toda la intención pues, no en vano, yo era nieto del señor maestro. Yo me quedé todo corrido y, a partir de entonces, daba grandes rodeos para no cruzarme con él.”

Hasta hace poco que vi una foto con la leyenda San Miguel de Escalada donde se ve a Pepe y otros dos compañeros con sotana, no supe que estuvo en el seminario bastantes años, no sé si con la intención de ser cura lo que hubiera sido todo un acontecimiento en una familia tan pía o simplemente para estudiar a expensas de la Iglesia. Estudió veterinaria en León y estudioso e inteligente como era acabó número uno de su promoción y fue alumno interno del decano Ovejero, que venía a ser como ayudante de cátedra. Terminada la carrera, las milicias y no encontrar trabajo, algo incomprensible con su expediente académico en una provincia con ganadería tan abundante, estuvo una temporada en Vega ayudando a los abuelos y haciendo sus primeros pinitos como veterinario. Creo que cobraba una pequeña cantidad (iguala le decían a aquella modalidad de contraprestación) a los que tenían ganado, lo que les daba derecho a que atendiera a sus animales ya fuera para un parto o cuando las vacas entelaban (el vientre hinchado por los gases a consecuencia de una ingesta abundante de hierba tierna o alfalfa) o cualquier otro percance de salud. Parece que tenía la vista puesta en una plaza de veterinario en la Diputación que se iba a convocar de forma inminente, pero la impaciencia, el ímpetu juvenil y quizá el sentimiento que entonces se tenía de Sudamérica cómo tierra de oportunidades con extensas haciendas ganaderas le hizo tomar la decisión de emigrar. Paradójicamente, al poco tiempo de irse a América salió convocada la plaza de la diputación que probablemente hubiera obtenido y su vida habría sido radicalmente distinta.

Su oficio de veterinario autónomo en Vegarienza, antes sus tíos los doctores Paco y Bernardino González habían hecho lo propio con las dolencias de los paisanos de la comarca, fue el causante involuntario de que por primera vez yo tomara consciencia de que hasta los más valientes tienen sus momentos malos. La Montañesa era una magüeta (vaca joven) del abuelo a la que le había salido un bulto enorme en el anca derecha y después de un tiempo tratándola con antibióticos sin que la hinchazón bajara, Pepe decidió sajarle el absceso. Era un día de bastante calor cuando llevamos a la Montañesa al potro que usaba el herrero para herrar vacas y caballos, donde una vez inmovilizada le hizo una raja con el bisturí en la hinchazón por donde empezó a salir a presión un chorro purulento como si fuera un surtidor. Se me aflojaron la piernas al instante y, aunque me senté, empecé a sentir un vacío en el estómago mientras observaba aquel surtidor infecto que no cesaba. A punto de perder la conciencia y a pesar de lo interesante del momento, me tuve que alejar despacito del chorro amarillento y, como flotando, me llegue hasta casa para intentar recuperarme a la sombra reparadora del nogal. El mismo fenómeno de flojera me ha ocurrido luego en alguna visita al hospital cuando veo tubos saliendo y entrando en bolsas vertiendo líquidos extraños.

Creo que el desempeño como veterinario le ocupaba tan poco tiempo que le permitía ayudar en las tareas del campo y los cuidados ordinarios de los animales de casa. En una ocasión en que el tío Pepe estaba limpiando la cuadra de las vacas y sacando el estiércol al corral, al pisar el garabato (pala de pinchos curvos) se hizo un agujero en el pie y recuerdo como gritaba del dolor mientras se limpiaba y vendaba la herida él mismo. También había tiempo de sobra para la caza y la pesca que practicaba de forma muy original con un arco hecho con ballenas de paraguas y usando como flecha una ballena afilada en el asperón y atada al arco con un bramante. Se le podía ver a menudo pescando bajo los salgueros de la huerta donde las truchas acostumbraban a posarse a mediodía a la sombra de palos y piedras, acompañado de su amigo Genarín de Santibáñez, el médico.

En Perú se casó con la tía Vilma y trabajó en una hacienda ganadera. Creo que luego tuvo su propia ganadería, pero los vaivenes económicos y la inestabilidad del país debió hacerla inviable. Desde su marcha ha venido tres o cuatro veces a España y siempre tiene la amabilidad de vernos, o cuando menos llamarnos, a los sobrinos que dejamos de convivir con él cuando yo debía tener doce años. Por teléfono su forma de hablar me recuerda a Vargas Llosa, pues el deje peruano ha vencido al del castellano de Omaña. Siempre me ha parecido juicioso y cuando habla tengo la sensación de que tiene las ideas y las opiniones bastante bien elaboradas. Revisando documentos de mi madre he sabido que su nombre completo era José Joaquín, el segundo nombre supongo que por su abuelo paterno de Posada.

En plena canícula madrileña de 2017 le he visto por última vez en casa de sus hermanas Pili y Tere donde nos juntamos varios sobrinos con algunos hijos y, a la vieja usanza, compartimos una tarta, pastas y algún refresco bajo conversaciones entrecruzadas que hacían difícil entenderse. El tiempo que a ninguno perdona ha hecho de aquel mocetón de las fotos bien parecido, abundante pelo negro muy peinado hacia atrás, sonrisa franca y contagiosa, cuya fortaleza física contrastaba con mi endeblez de crio hasta el punto que me tenía doblando mis brazos cada poco intentando adivinar si mis bíceps podrían parecerse alguna vez a los suyos, se ha convertido en un viejecito de 87 años, no muchos más que yo que también voy para viejito, que se ayuda de un bastón para caminar y con algunas vacilaciones de memoria que requieren de la ayuda de tía Vilma. Aquellos brazos que amenazaban romper las costuras de las recias camisas verde caqui que trajo del servicio militar, y que durante décadas formaron parte de nuestra indumentaria para las labores del campo, hoy parecían los de un niño de pura delgadez. Apenas pudimos hablar en aquella concurrida reunión sobrinesca y mi familia fue la primera en despedirse. Cuando estábamos esperando el ascensor acompañados por tía Tere, vi que se acercaba a nosotros despacio y muy erguido por el pasillo de la casa y me dijo, creo que algo emocionado, “Yo te llevé a Sosas” refiriéndose al viaje que hacíamos desde Vegarienza hasta Sosas cuando llegábamos de León para pasar el verano, subidos en el carro de las vacas que rebosaba de equipaje, padres y gente menuda con la emoción desbordada por la añoranza de colores, olores, sabores y cariños ausentes. Las vacas con su insufrible parsimonia ponían a prueba nuestra paciencia y nos hacían dudar si alguna vez llegaríamos a aquel pueblecito cerca del fin del mundo, donde nos esperaban abuelos y tíos sonrientes y con los brazos extendidos, el perro que nos cubriría de lametones, la mantequilla untada en pan de centeno, los renacuajos en la presa de al lado del camino y el permanente olor a boñiga que hacía tiempo había dejado de ser incómodo y era más bien como un aroma que nos confirmaba que estábamos en Omaña, el paraíso de nuestra infancia. Yo fui el primer sobrino que hubo en la familia y el tío Pepe, a pesar de su memoria menguante, aún recordaba aquel episodio de setenta y tantos años atrás. Para mí fue una muestra impagable de ese cariño que la distancia impide que sea cotidiano, que casi no se ha desgastado y que permanece ahí agazapado esperando la ocasión de manifestarse aunque sea muy de tarde en tarde con motivo de una visita, alguna noticia o una foto que llega en el correo. Reviviendo luego la escena, yo también me he emocionado. Gracias, tío Pepe, por mantenerme en ese rinconcito de tu memoria y larga vida. Seguramente, lo que se olvida es porque realmente no fue tan importante y uno puede desprenderse de ello para ir más ligero a medida que pasan los años.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada