Jirones XXIII. 1964/65 Sexto Curso – Bachiller Laboral Superior. Segunda parte. Los gochos de Colominas

Autor: FEDE GARCÍA 30 de Abril de 2020

Libros de texto y cuadernos del autor.

Libros de texto y cuadernos del autor.

…Diciembre 1964/Junio 1965: De nuevo el más puro invierno. De nuevo, otro invierno vestido de blanco, entre el frío agudo de las tardes/noches en Las Colominas. Los tejados de pizarra almohadillados, todos, de espuma blanca, con largos hilachones colgando de los aleros en forma de estalactitas que amenazaban con desprenderse en cuanto la mañana espabilaba…

Los cristales de las ventanas de la vivienda, siempre amanecían escarchados por el interior. En ocasiones, hasta una tercera parte de los mismos, y también, con parte de las cortinas interiores cosidas a los cristales con la escarcha. Al menos, los testigos mudos del momento, Fede, Isa, Luli y Monchi, es lo que podíamos certificar con las más absoluta convicción, en un ambiente caldeado a medias por la chapa de la cocina de carbón en la cocina-comedor, del número 42, piso 2º-derecha, de Las Colominas.

Isabel, nuestra madre, siempre nos reñía, porque no quería que se rompieran las cortinas al intentar despegarlas. Había que esperar a que la escarcha se desprendiera de modo natural.

La norma de siempre era el frío. La excepción: algún día que otro despejado y con Sol a la baja. Amanecía, poco a poco, sobre las ocho de la mañana y para las cinco o las seis de la tarde, oscurecía.

Fede, y alguna de sus hermanas habían subido hasta la carretera de Rioscuro, a comprar, algún mandado de última hora, a la tienda de hilos, corchetes, agujas de coser, aceite de engrase de la máquina “ALFA”, botones, ovillos de lanas de cualquier color. Sus dueñas – dos hermanas – que vivían en el primer piso del edificio, nos parecían muy mayores. Siempre iban peinadas con el pelo canoso hacia atrás, muy recogido. Eran muy amables, y casi siempre nos regalaban algún caramelo, de los de sabor a naranja, o limón.

En el escaparate, había postales relucientes, y adornos brillantes – era Navidad – Nunca pudimos comprar una postal de las que brillaban con la luz. Volvíamos un poco frustrados, diciéndonos, que otra vez será. Volvíamos marrullando, poco a poco, ¿cómo podríamos juntar…? perrona a perrona – de las de a 10 céntimos-, más algún real de los de agujero en el centro, la cantidad necesaria para poder hacernos la próxima vez con, al menos, una postal de las que relucían. Nunca lo pudimos conseguir…

La vuelta a casa bajando por la Cuesta del Chigre, era un ejercicio especial para deporte de invierno: se trataba de ir resbalando por la senda helada y brillante iluminada con las primeras y escasas luces del camino. Había que lanzarse a la carrera, para así deslizarnos a pié-fijo, sin perder el equilibrio, unos pocos metros cada tramo, sin malograr, ni estropear por supuesto – el mandado encomendado, casi siempre envuelto en papel de estraza y asegurado con hilo-bramante fino, más algún adorno de estrellitas pegadas al envoltorio, gentileza de la Tienda de las señoras mayores.

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1982 Samartino en Olabezar. Dolores Unanue con la sangre y la chamusquina del gocho.

1982 Samartino en Olabezar. Dolores Unanue con la sangre y la chamusquina del gocho.

…en todo caso, había pasado, a su vez el 11 de noviembre – Día de San Martín – más conocido, por el día de “Hacer el Sanmartino”. Día, especialísimo en Las Colominas, porque se llevaba a cabo la “Matanza del Gocho”, que en la mayoría de los casos era propiedad de aquellos vecinos que disponían de Chabola propia al lado del Barrio, camino del Molinón, donde los habían criado día tras día durante todo el año, siempre alimentados con las sobras de la comida común del día, más un revoltijo de mondas de patata y restos vegetales varios, hervidos – como era la costumbre – más un par de puñados de “salvao” añadido, en concepto de postre flotando en el cubo de zinc, que las mujeres casi siempre se encargaban de llevar a las mañanas a las cochineras particulares.

Los vecinos-mineros, sí visitaban las chabolas del gocho, los domingos y festivos, a fin de llevar a cabo la limpieza semanal entre bromas, y cigarros de tabaco “Cuarterón”, “Ideales”, o en los casos más exquisitos, “Celtas”, siempre con el Chisquero de piedra y mecha amarilla enrollada como una culebra, en el bolsillo de la camisa remangada, por si acaso.

En el caso de la familia de Pedrosa “El Barrenista”, era distinto. No poseía chabola, ni tan siquiera alquilada. Pero, la obligación de garantizar que la familia, no pasáramos necesidades durante todo el año, desde el segundo año de permanencia en el Barrio, la Familia “Pedrosa”, también hacía su “Sanmartino”, durante varios años. El “gocho”, era adquirido a crédito, al Carnicero de la Carretera a Rioscuro, que estaba al lado de la Academia y, naturalmente era pagado en 12 cuotas exactas y siempre en metálico. En general, salvo excepciones, era “Fede” el encargado de llevar a la carnicería el sobre cerrado con el dinero, que sólo debía de entregar al Sr. Carnicero en persona, y devolver a casa el recibo del dinero que debía corresponder a cada mes vencido y firmado – al recibí – por supuesto.

Una operación de cierto riesgo, dado que, algún o algunos guajes, podían jugar al: “Te lo quito y te lo damos… cuando queramos”, durante el recorrido del camino a la Carnicería, que generalmente correspondía a los sábados por la tarde. Algún disgusto sí hubo. Tuvo que ser “Pedrosa” el que me acompañara a casa de los Padres de los guajes del ¿Juego…? a fin de conseguir, que de manera voluntaria, devolvieran el botín incautado completo, pero… con el ¡sobre abierto…!

La sanción paterna de uno de los padres de los dos guajes por la broma, fue inmediata: el castigo consistió en ortigar las piernas por las corvas, previa sujeción por el brazo, a uno de ellos, entre otras razones, por haber sido descubiertos con el sobre en el bolsillo…,y como no, también, por la travesura llevada a cabo, porque sí, porque era un juego – Fede, siempre pensó- que sí, era un juego… nada más.

El día de la “Matanza”, siempre era un día de los que no se olvidan, y menos, si se ha vivido de niños, aunque en este caso, “Fede…” ya, con quince años y pantalón largo, y a punto de sobrevivir a una adolescencia convulsa y explosiva – sin acné – se sentía el dueño del futuro.

Los preparativos previos: Banco de apoyo, de pieza única de madera, de unos dos metros de largo y medio metro de ancho, más cuatro pies de roble encajados en ángulo, que para esta ocasión era aportado por un convecino/compañero de trabajo. Otro vecino, aportaba los felechos -bien secos, por manojos, atados por cuerda bruta de pita. Otros aportaban las rasquetas – generalmente trozos de guadaña vieja rota – para afeitar a la víctima una vez sacrificada y escaldada con agua caliente-hirviendo procedente de una caldera, que se disponía previamente a hervir en la calle.

Las cuerdas de sujeción, más el Gancho de hierro, que el Matarife utilizaba, a los efectos de sujetar al “Gocho”, una vez volteado en el banco y sujetado a fuerza bruta, por “Pedrosa” y tres o cuatro colaboradores voluntarios de musculatura probada, con colilla en la boca y boina calada.

El Matarife, solo sacaba su “cuchillo-carnicero” de una funda de cuero que llevaba a la cintura, en el momento oportuno. Sin dudar, sacrificaba al animal en apenas unos segundos, para que a la vez, un par de vecinas de las más animosas, recogieran en sendos baldes de zinc, la sangre en caliente del animal – previamente remangadas hasta el sobaco – removiendo continuamente la misma, para que no se cuajara debido al frío…

Una vez desangrado el animal se le depositaba en una cama de paja hecha en el suelo, previamente limpia de nieve o hielo, más unos haces de felechos secos, dándole fuego a todo ello, el Sr. Matarife, con el “chiscazo de honor”, que por derecho y tradición le correspondía.

La depilación de la víctima se llevaba a cabo, reponiendo al animal sobre el banco de madera curtida por mil sacrificios. Poco a poco, se iba frotando a mano la piel, derramando jarro a jarro agua hirviendo, mientras otras manos armadas con rasquetas, iban afeitando todo el cuerpo del gocho, desde el cuello hasta la cola.

Antes de esta operación, había que descalzarlo” retirándole las cuatro pezuñas de un solo estrujón. Operación que se llevaba a cabo en caliente. Lo hacía el propio Matarife: un solo estrujón hacia la derecha o izquierda y pezuña fuera.

Era costumbre dejar la última para el invitado de honor: en este caso, correspondió a Fede, que con nula destreza y una dosis de vergüenza añadida, producto de no haber logrado descalzar de un solo tirón la pezuña asignada, más una quemadura leve en la mano derecha, tuvo que ceder el honor a su padre: Pedrosa “El Barrenista”, que sí cumplió con dicho honor sin más trámite. Una mirada complaciente de amparo filial de apoyo, ratificó el apoyo. Mirada que nunca he olvidado.

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Cuadernos del autor.

Cuadernos del autor.… pasaba ya el mes de enero, la Navidad y el día de Reyes: día grande para unos niños agobiados por el sentido de culpa propia, por supuestamente, haberse portado mal durante el año anterior… siempre pensabas, que tus balances de desobediencias, travesuras y supuestas malas notas en el Cole, o en el “Insti”, iban a pasar factura, sin ninguna duda, este año.

La noche anterior: actividad frenética de Fede y sus tres hermanas. Había que dejar impecables las botas o los zapatos de domingo, a fin de ponerlos en el alféizar de la ventana por la parte exterior, en la habitación de dormir, dejando la misma un poco abierta para que ¿Alguien? depositara los regalos… en una noche, que conjuntamente habíamos decidido pasar en vela por turnos…

Las cartas de solicitud a los esperados Reyes Magos eran escritas a mano – con plumín de tinta – o, con lápiz de los de afilar a la saliva – tenían que ser depositadas hechas un rollo, o dobladas en el interior de cada zapato o bota… a fin de que no se mojaran. No servían ni sandalias, ni zapatillas, pero sí servían las madreñas, que también, debían estar limpias y enceradas, para tan especial fin.

El problema era el de siempre: que las botas de “Fede” eran de cuero. Tenía que secarlas y limpiarlas de barro, y untarlas con sebo de caballo, o tocino viejo. Los cordones, casi siempre deshilachados y desgastados, tenía que lavarlos y secarlos en los alambres de secar de la cocina, bajo el calderín del agua caliente. Las hermanas intentaban al mismo tiempo hacer milagros, para blanquear los zapatos de los domingos, con un líquido blanqueador de tubo de la marca Nugget, que casi siempre, por cierto, se agotaba a la primera pasada.

La inventiva natural de mis hermanas, ante el fracaso del Tubo-blanqueador – a fin de lograr que los zapatos de domingo estuvieran “blancos-blancos” siempre, me parecía, que eran los razonables para conseguir que quedaran presentables. La alternativa era simple: hacer discretamente un mejunje de harina y leche – porque todo era blanco-, en una lata pequeña y embadurnar los zapatos con un líquido blanquecino que al helarse en la ventana quedaba cuarteado como la piel de un cocodrilo.

Sorprendentemente al amanecer del día siguiente, aparecía la ventana cerrada con los zapatos dentro, las cartas abiertas, y unos regalos que casi nunca coincidían con lo pedido y solicitado. Ninguno pedimos jamás explicaciones. Simplemente nos limitábamos a empezar a jugar y a entretenernos con los juguetes que habían amanecido en la ventana. Por cierto, la dejábamos abierta, y amanecía siempre cerrada…

Había pasado ya el 6 de enero. Se aproximaba la vuelta al “Insti”, tras el fin de las vacaciones de Navidad. Dependía la fecha de vuelta, de si el lunes siguiente al 6 de enero caía en viernes. Por el contrario, si el 6 de enero caía en lunes, al martes vuelta al “Insti”.

Reincorporado al “Insti”, tras haber superado el Trimestre anterior con notas medianamente aceptables: algún sobresaliente en Dibujo Técnico, varios notables, en Geografía e Historia, y con un aprobado raspado en Matemáticas… correspondía enfrentarse a la rutina habitual : Madrugar, ir a por la leche a casa de la Señora Lucila, volver, hervirla y preparar el desayuno para las hermanas…

Acompañar a las mismas al Colegio, por el camino del Transversal y con la cartera de cuero con los libros de las asignaturas del día, llegar la Instituto a la hora.

Los horarios y días de clase, en el segundo tramo de Sexto Curso, en el Instituto, por ejemplo: en las asignaturas de Física y Química, eran los siguientes:

FISICA: lunes, miércoles de 10m a 11m. Jueves de 16 a 17 horas.
QUIMICA: Martes, de 16 a 17 horas. Miércoles y viernes de 11m a 13m.

El profesor de Física, era el Director del Instituto, Sr. José Antonio y la de Química, una profesora, cuyo nombre se ha desdibujado.

Los temas a abordar por los profesores, en estas materias, siempre en forma de ¿ponencias abiertas… en relación con el programa…? no daban demasiado de sí, porque, debíamos de tomar apuntes a mano en un cuaderno de un solo uso por curso. El resultado, en general, era indescifrable. Dichos apuntes tomados al vuelo, se transcribían con buen ánimo, pero con escasa fortuna. Deberíamos de haber dominado los signos de la escritura taquigráfica, para poder, obtener una transcripción más o menos acertada de la clase de turno. En cualquier caso, lo importante era aprobar, trimestre a trimestre.

Lo cierto es que en Sexto, Fede tenía asignado el número 14, cuando en el curso anterior y su reválida le correspondió el número 17, lo cual se traducía en que, tras seis años en el Instituto “Obispo Arguelles” de Villablino, los compas se habían ido reduciendo, de los ¿cuarenta iniciales…? en el Primer curso, hasta, los ¿24…?

Otras asignaturas, entre ellas, Dibujo, Matemáticas, Geografía, Cultura Industrial, etc. Religión, Educación Física, etc. sus horarios eran intensivos, como lo habían sido en el curso anterior. Como ejemplo:

Martes: 9/10 h. Cultura Industrial. 10/11h. Dibujo Industrial. 12/13h. Matemáticas. Tarde: 16 a 17h. Geografía.
Jueves: 9/10hs: Cultura Industrial. 10/11hs. Dibujo. Tarde: 15/16hs: Matemáticas; 16/17hs. Geografía

Había, además, que tener en cuenta, que las prácticas de Taller: Mecánica, Electricidad y Carpintería, era por Trimestres, y que las mismas se llevaban a cabo por las mañanas en días alternos: lunes, miércoles y viernes. La ventaja, consistía, en el hecho de que los profesores, en cada una de estas materias, eran siempre respetados, dado que en los Talleres, ellos también se ponían el buzo, y, se manchaban las manos de grasa, explicando y aclarando a pie de obra, las dudas de la clase. Las profesoras, solo lo eran en parte de las materias ordinarias que no tenían que ver con las de Talleres. Recuerdo de modo especial a la Profesora de Geografía e Historia: Juana Vega, que me revisaba los apuntes en limpio, el primero.

En Mecánica, por ejemplo, los problemas de roscas, engranajes, pasos, roscas trapezoidales, su teoría y puesta en práctica con Maquinaria Herramienta y útiles, que, en ocasiones, como práctica grupal, había que construirlos bajo plano, a partir de barras de hierro dulce, cumpliendo todo el proceso completo, para ser evaluado el resultado, con un aprobado. Los trabajos de este tipo – los mejores – se conservaban apara ser expuestos a fin de curso.

Día a día, mes a mes, llagaba de nuevo la primavera: La nieve se iba retirando hacia el Cueto Nidio y más arriba. Se acercaba la primavera… en los “praos”, muy verdes, entre el río, y las vías de tren de carbón a los cargues de Villaseca, aparecían las abubillas: unos pájaros de color blanco y negro, con cola amplia y una especie de coronilla en la cabeza. Nunca supe, si eran de la zona, o eran viajeros de temporada, que iban hacia el Norte. Aquellos pájaros eran muy buena señal.

Los meses, marzo, abril, y mayo, pasaban a buena marcha con la rutina habitual, alterada a finales de cada mes y trimestre por las notas parciales, que iban a determinar en parte, las finales de junio.

Llegaron las pruebas de finales de Mayo, y, primera quincena de Junio, y, los resultados finales, para “FEDE”, no fueron desalentadores. Buena parte de las asignaturas resultaron aprobadas por los exámenes parciales trimestrales, por que la media de las notas superaban el “CINCO”. Alguna asignatura, fue objeto de examen total – todo el año – . Recuerdo “Matemáticas” de Sexto: límites, derivadas, integrales, problemas de cierta complejidad, que eran difícilmente entendidos, y en consecuencia, resultaban mal resueltos. Resumiendo: Un único suspenso: “MATES”, para septiembre. Resto asignaturas: Dibujo Industrial: sobresaliente; Geografía e Historia: notable; el esto: Física y Química – asignaturas separadas – Lengua y Literatura, más Educación Física y de Formación del Espíritu Nacional, Religión, habían sido aprobadas, sin sobresaltos destacables.

En cualquier caso, merece la pena destacar, la larga sombra del profesor de Religión – “Don Gildo” -que en una hora, o ¿dos…? a la semana, era capaz de mantener en situación de tensión permanente a unos alumnos en proceso de emancipación juvenil biológica: edades entre 16 a 18 años, con su presencia rocosa, de voz rotunda, sin opción alguna a contradecir sus sermones de breviario ante un alumnado que era escrutado como material en riesgo permanente de apostasías mentales… Aun así, hubo que superar – sin arneses de seguridad mental – la asignatura, que se encuadraba entre las asignaturas de segundo nivel, apellidadas: “LAS MARÍAS”

Nota UNO. Nota especial dedicada al “Compa” Octavio, en relación con el “JIRON XXII”. Octavio, el de Sosas de Laciana, compañero de curso, hasta Quinto de Bachiller, ha tenido el buen detalle, de resituar, un Viaje de Estudios de Fin de Curso, que, de modo, involuntario, he situado en el espacio temporal de “Fin de Curso Bachiller Elemental”. Este viaje correspondió al que se hizo en Un Autobús-Alsa, a Léon, Logroño, Zaragoza, Barcelona – más una vuelta a Valencia – y, retroceso a Barcelona.
El Viaje de Estudios, que había citado, corresponde al realizado los alumnos de Séptimo Curso, a Santiago de Compostela, dos años más tarde.
Agradezco a “Octavio” la notación de carácter temporal que ha tenido a bien ajustar sobre un viaje de Fin de Estudios. Gracias de un compañero que no olvida: Fede, el hijo de “Pedrosa El Barrenista”.
Agradezco de nuevo a Octavio, hoy residente en Ponferrada, al cual tuve la suerte de poder visitar recientemente, a fin de rememorar una antigua amistad, que ha dejado un poso indeleble en la memoria, a la vez, que otros: como Ismael, Robus, Nieto, Rafael Álvarez Rubio, y demás, cuyos nombres se van diluyendo en las nieblas de la memoria.

Fede García González
Autor: Fede García González

Hermano mayor (¿quijada de asno o plato de lentejas?)

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

A estas alturas de la película y con el coronavirus rondando, me resulta evidente que ser el hermano mayor solo tiene desventajas. Eres el primero de los hermanos al que los huesos le avisan de que están ahí cada vez que cambia el tiempo y el primero en dejar de ser una persona “normal” para convertirte socialmente en viejo y que, si se diera el caso de estar muy malito, algún burócrata podría apuntarte en la lista de los que no valen un respirador porque ya has vivido bastante y no pasaría nada si se te llevan los gusanos. También serás el primero en confundir las historias que te contaron porque están hechas un revoltijo en tu memoria desgastada. Al final tendrá razón el burócrata del respirador, porque….. ¿para qué sirve un tío que ni siquiera recuerda las cosas a derechas? Buena prueba de mi cacao mental es cómo recuerdo el derecho de primogenitura vigente en tiempos pasados, quizá la única ventaja de ser el hermano mayor.

Creo que la primera vez que oí hablar del derecho de primogenitura fue en la clase de Religión de la Academia Carrasconte de Villablino cuando don Urbano, el mejor contador de historias bíblicas que recuerdo (ver Mane, Tecel, Fares) introdujo en nuestro imaginario infantil historias fantásticas de las que la Biblia está repleta (probablemente es el compendio más completo de grandezas, debilidades, traiciones y miserias humanas del que han sacado buen partido pintores, escritores y profesionales de religiones varias) y que por entonces yo era capaz de mantener bien clasificadas y separadas unas de otras en mi cabeza. He comenzado esta historia sobre hermanos mayores convencido de que Caín y Abel eran los hermanos del plato de lentejas y la quijada de asno. Pero no, craso error. Al buscar imágenes para acompañar al texto me he asombrado por mi batiburrillo mental: Caín, Abel y la quijada de asno asesina eran una cosa y otra que para hablar del derecho de primogenitura, es decir el plato de lentejas, tenía que echar mano de Esaú y Jacob dos hermanos gemelos hijos de Isaac, a su vez hijo de Abraham y ambos grandes patriarcas de Israel con los que Jehová hablaba a la mínima de cambio porque estaba muy interesado por influir en el curso de los acontecimientos que Él había desencadenado cuando creó a Adán y Eva.

Volviendo a Esaú y Jacob, parece que ya se las tenían tiesas en el vientre de su madre Rebeca. Esaú nació el primero a pesar de que Jacob le sujetaba por el calcañar porque no quería que su hermano se le adelantase. Esaú fue el primogénito lo que significaba que en su momento heredaría tierras y ganados de su padre. Pero un día que volvía de cazar muy cansado vio a Jacob comiendo un suculento plato de lentejas y le propuso cambiar su derecho de primogenitura (que intuía tardaría mucho en disfrutar pues su padre Isaac iba para centenario y de echo llegó a los 180 años) por la inmediatez del humeante plato cuyo aroma interpelaba a su apetito e impaciencia. Jacob, que además de taimado seguramente tenía más lentejas en el puchero, no lo dudó un momento y le entregó las lentejas, situándose en primera línea hereditaria que consolidaría posteriormente cuando recibió la bendición de su padre engañándole con malas artes ayudado por su madre Rebeca, de quien era favorito, y él mismo porque se vistió con las ropas de su hermano para hacer creer a Isaac, ya casi ciego, que estaba dando la bendición a Esaú. Una historia de envidia entre hermanos como tantas que se narran en la Biblia.

En mi familia de once hermanos no hubo gemelos por lo que las disputas nunca fueron tan prematuras como las de Esaú y Jacob, pues él Génesis afirma que ya reñían en el seno materno, ni nos sacudíamos con quijadas de asno como Caín a Abel pero tampoco éramos unos angelitos. Con mis siguientes hermanos varones, tercero y cuarto, me llevaba dos y cinco años por lo que teníamos amigos diferentes y como parábamos tan poco en casa no recuerdo que hiciéramos muchas cosas juntos ni que hubiera conflictos permanentes. Otra cosa era cuando teníamos que permanecer en casa, algo que sucedía en Villablino en las grandes nevadas que aislaban varios días a todo el Valle de Laciana del resto del mundo. Y claro, siete u ocho hermanos abandonados a los Juegos Reunidos y a su propia inventiva, forzosamente provocaban algún momento conflictivo. Algo debió ayudar que había una cierta rivalidad con mi hermano Fernando, seguramente porque nos llevábamos solo un par de años y él no debía aceptar fácilmente mis aires de hermano mayor. Hubo un par de ocasiones en que queriendo demostrar que yo era más valiente y listo que él, resulté trasquilado y quedó en evidencia lo insensato e ignorante que yo podía ser.

No recuerdo bien cómo empezó la cosa pero en uno de estos confinamientos en que me creí en la obligación de dejar claro que yo era el mayor, reté a Fernando a meter la mano en el tanque del agua caliente de la cocina de carbón que podía estar a 70 grados, suficiente para quedar escaldado para toda la vida. Cuando Fernando dijo “tú primero”, me forré la mano y el brazo con una buena capa de papel de periódico atado con hilo de bramante y lo metí sin pensarlo dos veces en el depósito del agua mientras miraba desafiante a la nutrida concurrencia de hermanos, pues ya se sabe que no hay momento suficientemente dramático sin espectadores. Durante los primeros instantes todo parecía ir tal como yo había planeado porque la envoltura de papel me protegía del calor y, tan henchido como estaba por mi triunfo sobre los novatos, permanecí con el brazo en el agua hasta que empecé a sentir algo de calorcillo y creí prudente sacar el brazo del depósito que chorreaba agua porque el papel actuó de esponja. El calorcillo solo era el aviso de que el agua estaba caliente y enseguida la piel empezó a arderme porque lo que realmente estaba muy caliente era el papel de periódico atado a mi brazo. Las pasé canutas hasta conseguir soltar el bramante con que había atado el envoltorio de papel, mientras los hermanos se partían el culo viendo mi cara de susto y los aspavientos que hacía. Gracias a que metí el brazo bajo el grifo fue un milagro que no me quedara la piel escaldada. ¿Más tonto que el que asó la manteca? Si, seguro.

Tardé en recuperarme de aquel episodio vergonzoso del que fueron testigos todos los hermanos y en vez de meditar sobre lo descabellado y peligroso de aquel alarde de superioridad, cual Caín o Jacob busqué con ahínco la forma de desquitarme. En casa yo era el encargado de cambiar los fusibles y las bombillas cuando se fundían y se me ocurrió que mis conocimientos de electricidad servirían para este propósito. Reté a Fernando a meter un alambre en forma de U en un enchufe esperando que le diera un calambrazo que le pusiera en su correspondiente sitio del escalafón, sin que se me pasara por la cabeza que podría electrocutarse. El ansia de desquite y la ignorancia no tenían límites. Fernando, que siempre ha sido más astuto que yo, me volvió a responder “tu primero”. Convencido de mi superioridad y más ufano que el cuervo de la fábula al que el zorro adulador intenta robarle su queso, metí el alambre en el enchufe cogido con un simple papel. Además de vengativo, tonto, porque ignoraba lo qué harían los amperios: el enchufé pegó un petardazo y me dio tal calambre en el brazo que pegué un brinco con el rostro desencajado sin terminar de comprender qué había pasado. Menos mal que se fundieron los plomos evitando mi electrocución y tras el sobresalto inicial que también alcanzó a mis hermanos todos arrancaron a reírse de mí torpeza sin ningún disimulo y no dejaron de señalarme de forma humillante durante el rato que tardé en cambiar el hilito de cobre en la caja de fusibles. Otro tiro por la culata en mi intento de reafirmar mi superioridad y la verdad es que no sé cómo he llegado a tan mayor habiendo sido tan insensato de chaval.

Tardé en recuperarme de aquellos incidentes afrentosos basados en fenómenos físicos en los que me estaba jugando el tipo por mi desconocimiento y como el confinamiento continuaba y mi descrédito era insufrible, eché mano de mis habilidades de equilibrista intentando asombrar al respetable con el rollo de las empanadillas y una tabla a la que superponía taburetes y otros trastos que a mi entender evidenciaban lo arriesgado del asunto y que el artista estaba jugándose la vida. Por mucho empeño que puse no conseguí reivindicarme porque mis hermanos ya me habían perdido definitivamente el respeto. Fue un alivio cuando algún vecino voluntarioso comenzó a abrir camino en la nieve para poder salir de las casas, terminó el confinamiento y todos nos reintegramos a la vida extra familiar donde era más fácil disimular que no eras el mejor. Fueron episodios frustrantes en los que, además, ni siquiera estaba en juego el ya inexistente derecho de primogenitura. Solo eran ganas de destacar y en mi ignorancia empleé medios tan contundentes como la quijada de asno de Caín, de las que vi unas cuantas por el campo en mi época de pastor por Omaña.

Estaban totalmente blanqueadas por el sol y siempre me parecieron inofensivos despojos hasta que oí a don Urbano contar el uso tan poco compasivo que convirtió a Caín en el primer fratricida, en el prototipo de hermano abusón. Aunque quizá seamos un poco injustos con Caín pues a ver quién es el guapo que aguanta sin soliviantarse que, un día y otro también, Jehová le ponga ojitos a las ofrendas de tu hermano y mala cara a las tuyas con el mal rollo que esto acarrea. Hasta dónde estaría Caín de tanto desdén divino que, disponiendo de toda la Tierra para sus padres y ellos dos, llegara a la conclusión de que no había sitio suficiente para Abel. No quiero justificarme, pero los líos con mi hermano eran una minucia.

Que me perdone don Urbano por haberme metido en su terreno, pero es que en la Biblia está escrito todo lo que somos.

Abril 2020, cuando el coronavirus.

Caín discutiendo con Abel.

Caín discutiendo con Abel.

Imágenes tomadas de: blogs.timeofisrael, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XXII. 1964/65 Sexto Curso – Bachiller Laboral Superior. Primera parte

Autor: FEDE GARCÍA 31 de Diciembre de 2019

Libramiento de la MSP de Pedrosa “El Barrenista”.

Libramiento de la MSP de Pedrosa “El Barrenista”.

¿LIBRAMIENTOS AL NATURAL?

… ya, a finales del mes de septiembre de 1964, empezaban a amarillear las faldas del Cueto Nidio y la Devesa en La Muela. Alguna avisada tormenta de fin de verano, de las que por sorpresa, causaba la espantada general del personal – familias, casi siempre – que habían ido a pasar el domingo bajo el frescor de las aguas del Río con los bártulos de cocinar, asar y despabilar el estómago sin reparos ni protocolo alguno. Era una epopeya, ver como grupo tras grupo, se desperdigaban mayores y menores, por las veredas para converger en el Puente de Hierro. Puente, que como una gran garrapata, se aferraba con ambas manos y pies a las orillas del Río Sil. Era, – y, es – la única vía de enlace segura entre ambas márgenes, que salvaba a los paisanos y guajes de una mojadura digna del mejor de los resfriados, o incluso, de un catarro de difícil arreglo. Bajo el puente, el cauce estaba remansado con una presa de temporada de no más de un metro de altura, toda ella levantada con redondos de rio de respetable volumen, sellada con pedazos de pellas de barro y restos de maleza por la parte interior, que eran recolectados azadón en mano en las orillas del mismo.

La Represa era de las de temporada de verano, cuyas aguas se remansaban hasta la poza de baño común, aguas arriba, nombrada: El Largo. Poza situada a los pies de los ruinas del Molinón. La represa temporal se dedicada a la pesca de truchas, que, de vez en cuando, se podían ver nadando desde el Puente en determinados momentos, en los que el Sol, en su caída de retirada, iluminaba la represa desde las cumbres de los montes, a modo de despedida.

La tormenta ilustrada de relámpagos y acompañada de sus posteriores truenos de ruido contundente, más la lluvia que a cántaros, se despeñaba sin remisión, obligaba a intentar guarecerse lo más rápido posible al personal. El cubrirse era una necesidad resuelta de las mil formas que el personal pueda llegar a imaginar, utilizando, en cada caso, los medios de que cada cual disponía: un saco al envés en forma de capa-capucha; un jersey revuelto como pasamontañas temporal; algunas ramas verdes, de pasada; el bicornio de cartón, o papel… ambas manos, también, como último recurso de defensa y cobertura extrema…¿La dirección de la desbandada…?: ¡Única! Todos encaminados en dirección nor-oeste, hacia las Colominas, para poder guarecerse cuanto antes y esperar a que la tormenta escampase, en el mejor de los casos.

La familia de Pedrosa “El Barrenista”, era una más, en las Colominas que casi como norma obligada, acudía los domingos muy de mañana, a las faldas de la Devesa en La Muela, con los medios necesarios, a fin de pasar factura a los duros días, que los mineros habían de superar encerrados en los fondos de las galerías. Esas escapadas familiares, estaban más que justificadas, sin ejercer derecho alguno de oposición a los niños. Suponía convivir en plena naturaleza, con cuatro menores a cargo, en los primeros tiempos – más tarde – en los últimos momentos, fueron, ya, seis.

A saber: Fede, Isabel, Luzdivina, Ramona, José Jacinto y Juana de, respectivamente: 15, 14, 13, 12, 8 y 6 años de edad. Fede, nacido en Jaén. Isabel, Luzdivina y Ramona, en el Valle de “Les Cubes”, en Ciaño de Santa Ana- Asturias; José Jacinto y Juana, nacidos en Villablino-Laciana.

Todo fue, una experiencia muy singular que se pudo superar sin ánimo alguno de recriminar jamás nada a nadie… Fue una aventura fundamental de supervivencia en condiciones excepcionales para una familia – similar a otras – cuyos límites de endeudamiento temporal, por ejemplo, no superaba el mes – Pan y Leche diarios a cuenta, con Libreta de apunte de deuda, anotado por el fiador a punta de lápiz de color carbón, y resuelta siempre en la primera semana de cada mes, de modo puntual y disciplinado, tras recibir en metálico la mensualidad arrancada, en el pozo Bolsada, en Orallo, por Pedrosa “El Barrenista”, de la M.S.P.

Pagos mensuales que recibía, Pedrosa – como el resto de sus compañeros en las Oficinas de la empresa – tras la entrega de un documento justificativo que se le denominaba “LIBRAMIENTO”. Palabrota, que en su día, me provocaba una mirada misteriosa, y también preocupación, por no entender la razón que justificara que aquel papel fuera tan importante, porque siempre se quedaba sobre la mesa del comedor, junto al sobre del dinero, mientras Ramón García Pedrosa, se duchaba por segunda vez, y poder comer, o merendar a continuación. Después… Sacar el dinero: siempre la madre; Isabel “La Andaluza”- algún billete verde, de los que, tenían grabado un dígito en singular “1”, más tres ceros, y otros varios de color marrón claro, de valor 100; alguno de color casi granate, de 50 pesetas, algunas pesetas y duros, que en ocasiones eran de papel y/o, de metal, con la cara machacada de un señor de cara de pan, mirando al vacío, sin sonreír, ni nada. En las monedas de metal, rubias o claras, se dejaba muy claro, que el tal Sr. Francisco Franco, estaba allá grabado por la “GRACIA DE DIOS”… Un dogma de fe grabado, cuyo fin ha sido legendario en muy cercanas fechas.

Contar los dineros. Comprobar que no faltara nada. Calcular gastos, lápiz en manos de Fede, era una función más que sagrada de “Isabel”. Los demás, menores y mayores, eran/éramos, auditores visuales de un ritual mensual, que si los accidentes habituales de trabajo – lo permitían – se volvería a repetir el mes siguiente, en las mismas condiciones y circunstancias. Nunca faltó, ni un duro, para el tabaco de cuarterón, que Ramón empleaba, para liarse un cigarro, de vez en cuando… el encargado de ir al Estanco en la Plaza, era Fede “El Rubiajo”, por orden de la administradora en persona, pero solo si el dinero llegaba. En ocasiones de fiesta, o domingo, podía ir a buscar en paquete de Ideales sin boquilla, pero solo en días muy señalados.

El tal “LIBRAMIENTO” era, sin más, el documento mensual de certificación y justificación de lo devengado al barrenista: “Pedrosa”. Documento realmente asombroso, por la rigurosidad de los conceptos y los criterios a considerar y aplicar a la hora de calcular, punto por punto, lo que se debía de abonar, al trabajador.

Vaya por delante, que al disponer – por casualidad – de varios ejemplares, en original de los citados “LIBRAMIENTOS” de Pedrosa “El Barrenista”, considero de interés, intentar darles de nuevo vida, como ejemplo práctico de unas realidades irrepetibles:

Ejemplo:

MINERO SIDERURGICA DE PONFERRADA, S.A.   SECCIÓN DE MINAS
Productor: RAMON GARCIA PEDROSA ………………………..                         Nº de orden: 154
CATEGORIA: BARRENISTA       ………………………………………….                        Jornal: 27………………………
Núm. De matricula: 23195………………………………………..                          Quinquenios…………. Total.
Núm. Afiliación a S.E. …. 31721 ……………………………… Entidad Colab. Seguro Enfermedad Núm: 194

El presente LIBRAMIENTO/¿Nómina?, de modo resumido, es el correspondiente al mes de Julio del año 1955, que supuso a la familia de Pedrosa “EL Barrenista”, unos ingresos brutos de 3.433, 13 pesetas, restando líquido a percibir la suma de 3.100 pesetas con 26 céntimos. Creo, que merece la pena desglosar el mismo:

ABONOS                                                           Nº   PRECIO IMPORTE
Jornales Ordinarios                                           8.-     21.-     168.-
Metros de Transversales y Galerías ………     16.- 120.-
         “                 “               “   ——                    5.-     139.-   808.-
Diferencia de jornal Art, 31 R.N.T.   ………                           180.-
½ hora de pago d haberes                “                                     63.-
20% trabajos nocturnos                   “                                      28.-
Días de fiesta no trabajados             “                                    42.-
Diferencia salario destajo o/, 24-5-54                                    22.-
25% Plus de carestía de vida            “                                 338,75
Prima de Asistencia 2,50                        “                             75,83
Plus Familiar                                   “                                   748,95
Subsidio Familiar                            “                                     90.-
Prima Asistencia Decreto 17/2/50    “                                  378.-
Premio Especial Decreto 22/1/54     “                                  446,60.-
                                  T O T A L G E N E R A L                 3.433,13
 

En lo relativo al apartado de los DESCUENTOS, creo, que también merece la pena el desglose:

D E T A L L E                                                    IMPORTE
5,70 % S.S. y C.S. (Cuota Sindical)         ……….    41,79.-
3% de PREVISION                                   “              53,08.-
RENTA DE CASA                                   “               230,00.-
AGUA                                            “                             8,00.-
T O T A L   A D E D U C I R                                     332,87.-
L I Q U I D O   A C O B R A R                               3.100,26.-
Mes de Julio 1955
Servicio:   ORALLO –BOLSADA
DUPLICADO PARA EL TRABAJADOR.
…/Notas Uno y Dos/…

En todo caso, y también, como curiosidad, merece la pena señalar, otros conceptos considerados a los efectos de posible abono, en los Libramientos:

A saber: Horas Extraordinarias incrementadas en un 30 y/o, 40%; Fiestas o domingos trabajados; Quinquenios; Jornales contrata; Horas Extra en 30% contrata; Horas extras contrata en 40%; Metros de Transversales y Galerías; Metros en Testeros; Metros en Coladeros; Conservación de Cuadros; Transporte de Vagones; ¾ de salario Accidente de Trabajo; Prestación de enfermedad art.68 L.C.T.; Asistencia a clase Frente de Juventudes; Diferencia de jornal art. 31 L.C.T; Bonificación Artilleros y Posteadores: Vacaciones; Sextos de Domingo; Casa, agua y Luz; Licencia de Matrimonio; Ausencias Art. 67 L.C.T; Salidas…

Respecto del apartado de DESCUENTOS, merece la pena, también, señalar las posibles y previsibles situaciones de descuento, aunque en el Libramiento anterior no haya sido necesario señalarlos por no haber sido objeto de descuento alguno:

A saber: 3% de enfermedad (más 30.000 ptas.): 1,20% S. Familiar(más 30.000 ptas.); Anticipos; Luz; Economato: Materiales almacén; Materiales repuestos en viviendas: C/c Anticipos Villablino: Multas Frente de Juventudes; Multas por Sanción; Hospitales Residencia Solteros; Retenciones Judiciales; Agua; Caja Auxilio familia víctima de accidentes mortales…

Ciertamente, a la vista de tan espectacular derroche de conceptos retributivos contemplados, así como los posibles descuentos objeto de retención en el llamado “LIBRAMIENTO”, no cabe duda, de que el documento en cuestión fuera necesariamente visado, leído y comprobado – casi siempre no comprendido del todo – por los titulares y beneficiarios del mismo.

Pedrosa “El Barrenista”, siempre tenía un pero al analizar línea a línea el Libramiento: un metro más o menos de galería avanzada… para ello llevaba una libreta donde día tras día anotaba los metros avanzados incluidos los centímetros, que en caso de error se los debían de abonar en el Libramiento del mes siguiente. En el caso de FEDE, me obligaba, lápiz en mano, a revisar las sumas de la nómina, por si hubiera habido algún error de cálculo… que no era habitual, pero: por si acaso, había que comprobarlo.

Nota UNO.- Las 3.100 pesetas y 26 céntimos netas, que Pedrosa “El Barrenista” aportó a la Unidad Convivencial, el mes de julio de 1955, mediante un trabajo realmente duro y peligroso, en el Pozo Bolsada-Orallo, al cambio en la actualidad – 2020 – supone apenas poco más de 300 euros. Sin embargo, esa aparente limitada capacidad de compra y supervivencia- se amplificaba– porque el horizonte de deuda temporal familiar no superaba el mes vencido – hoy, tal horizonte de deuda se mide en las familias por decenios, y, en algunos casos por vidas completas ¿…?
Nota DOS: Es curioso, como en el apartado de conceptos susceptibles de abono, aparece, el muy peculiar y llamativo: ¡Plus de Asistencia a clase del Frente de Juventudes…! que naturalmente, Pedrosa, jamás cobró.
También, sin ser sorprendente, aparecía camuflada una realidad llamativa: es la que aparece en el apartado de DESCUENTOS, como Cuota Forzosa de Cotización al Sindicato Vertical, disfrazada y semi-oculta en la cotización general a la Seguridad Social de: un 5,70% S.S, y C.S. : Total descuento conjunto: 41,79 pesetas. No hay duda que C.S. es el acrónimo de la forzosa Cuota Sindical al Sindicato Vertical de la Falange.
Otras realidades previstas de posible objeto de descuento: Multa o Multas del Frente de Juventudes, o, Multas por Sanción, y también: ¿Hospedaje de Residencia de Solteros…?

Sexto Curso – Bachiller Laboral Superior.

Pasado el verano; pasadas las fiestas de San Roque; pasado el viaje de Fin de Curso allá, en Santiago de Compostela; pasado otro viaje complementario a Avilés, donde residía un hermano de Pedrosa “El Barrenista”: “Juan García Pedrosa”, empleado de la empresa ENSIDESA, – recién puesta en marcha a través del I.N.I. (Instituto Nacional de Industria)-, y donde ya con una cierta autonomía de joven adolescente, Fede, todavía en pantalón corto , acompañado de un primo y algunos amigos de temporada, caminábamos hasta la playa de SALINAS, cerca de Avilés, para nadar un poco, jugar lo preciso y volver a la hora de la cena a casa de mis tíos.

De vuelta, en cualquier caso, lo inevitable ya había llegado: Volver a las aulas de Sexto de Bachiller: Primero del Superior: mismos colegas: Robus, Avilio, Nieto, Miguel Ángel…. Ismael, Octavio, Vázquez, Arias y otros, que el tiempo se ha encargado de desdibujar.

Al curso casi al completo, nos parecía que iba a ser insuperable la temporada septiembre/junio en cualquier aspecto; especialmente en las prácticas. Pongo como ejemplo, que entre el material de obligada adquisición se encontraba, el libro/consulta de Máquinas Herramientas de “VELASCO DE PANDO”, que contenía todo un arsenal de información básica en materias ya conocidas en anteriores cursos, pero que se anunciaban en términos – nos parecía – difíciles de superar.

Vaya por delante, que el tal citado libro trataba de: Generalidades sobre Máquinas Herramientas – Estudio general de cuchillas o herramientas cortantes simples El torno cilíndrico de puntas y el roscado en el torno – Tornos Revólveres y Automáticos – Fresas y fresadoras – El aparato divisor de las fresadoras Universales – Materiales: Volframio/metales de corte ultrarápido,   a base de carburo de volframio – esteatita, vidia, carboloy… etc.

Todo un vademécum ilustrado y con tapas de cartón duro, forradas con sobre cubierta de tejido color berenjena, aún en muy buen uso. Las clases empezaban a ser necesariamente más serias, más rotundas, más complejas. La carga efectiva del aprendizaje, me y nos parecía, muy superior a nuestras capacidades reales. Mi dorsal en el curso era el “CATORCE”, que me correspondía por orden numérico/alfabético, y que a efectos prácticos, no tenía más utilidad, que la de facilitar el control de faltas a clase del día en cuestión, o de la clase siguiente, situación resuelta por eliminación: Se cantaban los números, si el profe lo pedía al empezar la clase y por defecto, resultaba el control de los que faltaban… así de simple.

Fede García González
Autor: Fede García González

Historias inacabadas (tequilla quillo?)

Curso de inglés

Curso de inglés

Mi padre me decía de vez en cuando que yo era un indolente, no sé si porque realmente lo era y él creía que no me esforzaba en conseguir las cosas ordinarias o porque se había creado unas expectativas para mí de las que yo no era consciente o partícipe. Palabreja aparte, es posible que tuviera algo de razón aunque bien pudiera ser más culpable de mi poca iniciativa la gran timidez que me atenazaba de continuo y la sensación angustiosa de no saber que decir en los encuentros con otras personas. Lo cierto es que hay bastantes cosas en mi vida que no pasaron de la fase de proyecto y, en casi todos los casos, fue mi escasa habilidad para relacionarme con los demás la que dificultó llevarlos adelante.

Y es que los negocios no se realizan con uno mismo, hay que relacionarse con los demás y negociar cuál es tu parte en el asunto. O los idiomas que, salvo para leer un libro en soledad, sirven para comunicarse e interactuar con otras gentes. Claro que mal te vas a comunicar en inglés o ruso si no eres capaz de hacerlo en tu idioma materno porque tu inclinación natural es no gastar energía en parlotear. O el escaso resultado que da tener novia y que ella no lo sepa, porque no te atreves a decírselo.

El resultado de esta actitud tan poco facilitadora de las relaciones ha sido un cúmulo de planes inacabados e historias que no han llegado al final que me había propuesto.

Un ejemplo de ello ha sido el aprendizaje del inglés. Y no es que yo fuera un negado para los idiomas. A pesar de ser de ciencias, gracias a los sopapos de mi padre y de varios profesores de la Academia Carrasconte de Villablino, me defendía bastante bien con el latín después de tres años de darle a las conjugaciones, declinaciones, localizar ablativos absolutos y aprender algunas frases capciosas como “Mater tua mala burra est” o “Yovi flores secas” cuya primera traducción era siempre errónea o parecía innecesaria (ver Mater tua mala burra est). La cosa tenía su gracia pues no había que hablar con nadie en latín y, solo por eso, el latín me parecía interesante. Una vez hecho el examen de reválida, tiré el latín a una papelera y solo me sirvió en las visitas a algún monumento de la época romana para fardar ante mis hijos traduciendo lo que decían algunas inscripciones. A poco que se piense, impresiona ser capaz de entender frases que se habían grabado muchos siglos antes, igual que durante muchos siglos un clérigo o un simple bachiller pudiera viajar a cualquier europeo y entenderse con una buena parte de sus gentes en latín.

El idioma vivo que estudié hasta el ingreso en la universidad fue el francés, el lenguaje de la revolución y la ilustración, usado en aquella época por los diplomáticos y en todos los organismos internacionales. Bien pudo haber sido el inglés, pero era francés lo que habían estudiado los profesores de la Academia Carrasconte y que, sin ser especialistas en el idioma, nos empezaron a enseñar lo que hacía Voltaire con su chapeau mientras exclamaba “Au revoire”. La Academia Carrasconte era territorio francófono. Solo en preuniversitario, en el instituto de León, tuve un verdadero profesor de francés, irrespetuoso, insolente y déspota como ninguno, que consiguió que yo terminara con un conocimiento suficiente del francés. Pero ya el francés estaba en declive como idioma tecnológico y perdía terreno claramente ante el inglés. Jamás lo he utilizado salvo para olvidarlo o contestar a algún turista que siguiera a la main gauche o a la main droit. Otro esfuerzo en el área idiomática tirado a la misma papelera en la que ya estaba el latín.

Así me encontré a los dieciocho años en la universidad, viendo que lo que realmente necesitaba era conocer inglés si quería profundizar en la Física pues solo conocía palabras como rok-and-roll o aftershave, muy poco para mantener una conversación y poco útiles si quería optar al Nobel de Física. El inglés en la facultad tenía la misma categoría que la Educación Física, la Religión y la Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías les decíamos. Su calidad docente estaba a la altura de la exigencia y todos aprobábamos inglés simplemente con presentarnos. Un amigo y compañero de clase que había vivido en Estados Unidos, se ofreció a darnos clase a los cuatro o cinco del grupo de amigos y un día a la semana intentaba instruirnos en inglés agrupados en una ventana de los pasillos de la facultad entre clase y clase. Digo que intentaba, pues el pasillo estaba muy concurrido y entre interrupciones y chascarrillos aquello fue imposible. Al final de la carrera, a mi acervo previo había añadido tres o cuatro palabras más, lo que tampoco era gran cosa.

En 1968 encontré trabajo, no como físico sino como informático, y lo primero con que tropecé fue unos soberbios manuales de IBM en inglés. Volví a reactivar el plan de estudiar inglés y me apunté a las clases que daban en la empresa. Allí me encontré con el profesor Frechilla que ya me había llamado la atención al cruzarme con él por los pasillos llevando un libro de gran formato y pastas verdes en los brazos como si fuera un niño. Le reconocí de inmediato ya que fue el profesor del primer curso de inglés que yo recuerdo se dio en la televisión y había adquirido gran notoriedad por ello. Mi empresa no reparaba en gastos para llevar a cabo su política de expansión haciendo obras en el extranjero para lo que necesitaba gente conocedora del inglés. En televisión no trascendían las aprensiones y manías de Frechilla, que estaba exageradamente preocupado por su salud y temía morir de tétanos que creía le amenazaba de continuo. En concreto temía sentarse en una silla y que una punta saliente le provocara una muerte aterradora. Tan obsesionado estaba con ello, que iba a todas partes con su libro verde, grande y de pastas duras, que colocaba en la silla a modo de cojín. De ahí que el libro presentase un aspecto abarquillado y mugriento. Mis condiscípulos fueron mi amigo el filósofo Abelardo, insigne y contestado fotógrafo en mi boda (ver Jugando a la lotería), y dos secretarías que querían trabajar en las obras del exterior. Una de ellas debió aprender más inglés que yo, porque sé que estuvo en alguna obra del norte de África con una vida amorosa tan intensa que se pasó por la piedra a todo lo que se movía dentro de unos pantalones. Las clases del profesor Frechilla no me aprovecharon mucho y cuando la empresa trasladó sus oficinas a las afueras de Madrid dejamos de ver al profesor y su libro antitetánico.

Aunque el inglés me habría venido muy bien para desentrañar los numerosos manuales que necesitaba utilizar para mi nuevo oficio de informático, ciertamente la necesidad no era acuciante. Cuando me trasladaron a Sevilla, aparqué el inglés con la disculpa de que por el momento era más práctico y sencillo aprender andaluz. Aunque a veces no fuera tan sencillo descifrar alguna de las frases que te disparaban por allí como “tequilla quillo?”, que se empleaba para mandar callar a alguien pesado y cargante, inmejorable ejemplo de síntesis que en castellano hubiera precisado la parrafada ¿te quieres ir ya, chiquillo?. Economía de lenguaje a tope. Otra ocasión perdida para poder ser considerado políglota.

A la vuelta de mi periplo por Andalucía y Levante ayudando a la construcción de autopistas, el inglés seguía estando en mi lista de cosas por hacer. Ahora había un profesor que se dedicaba a tiempo completo a instruir a directivos y empleados en el inglés. Era un caballero de pelo blanco, muy educado, al que nunca vi enfadarse o perder la paciencia con sus poco aplicados alumnos. Llegábamos a clase apurados, yo al menos, dándole vueltas en la cabeza al trabajo que traíamos entre manos y el profesor era realmente condescendiente con nuestra falta de celo en hacer los ejercicios y prácticas de lenguaje. No había exámenes ni controles de progreso y la clase de inglés era lo primero que se sacrificaba si había un apretón de trabajo. Era un buen sistema para que los que ya sabían inglés mantuvieran frescos sus conocimientos y practicaran hablando con el profesor. El hecho de que las clases fueran continuas a lo largo de todo el año nos daba la sensación, al menos a mí, de que había tiempo más adelante para retomar el asunto con intensidad renovada. Error craso, pues saqué poco provecho de aquella magnífica ocasión.

No debí ser el único en sacar poco provecho de aquel sistema, pues la empresa empezó a ofrecernos clases en academias en Madrid. Era la época en que yo tuve una segunda ocupación por las tardes y el resultado fue que disponía de menos tiempo del necesario para dedicarme con seriedad al aprendizaje del inglés. Siempre llegaba tarde a clase y pensando en algún problema sin resolver. Fue una experiencia peor que la anterior. Mi inglés era suficiente para desenvolverme con la documentación en el trabajo y el problema seguía sin ser acuciante. Y yo, poco consecuente con mis planes de aprender inglés.

En todo este tiempo dupliqué compulsivamente todo curso de inglés que caía en mis manos, ya fuera casetes de audio o video, como si la posesión de tanto inglés enlatado me acercara más a su conocimiento. Solo me faltó ensayar con alguno de los métodos que garantizaba aprender sin esfuerzo durante el sueño. El timo de los charlatanes de feria con la grasa de serpiente curalotodo (ver Charlatanes), ahora maquillado con un soporte tecnológico y sofisticado como la bocina de almohada que publicita el anuncio de cabecera.

Cuando tuve que hacerme cargo de la informática de una empresa del grupo, empecé a ver los inconvenientes de mi falta de seriedad anterior. Era una empresa de ingeniería con mayoría de clientes extranjeros siendo el inglés la lengua habitual en los contratos y, casi sin excepción, todos los programas de cálculo y gestión procedían del área anglosajona. Recuerdo que cuando tuve que hacer el primer pedido de un programa para cálculos de tuberías, tuve que pedirle a un compañero que me pasara el fax a inglés. Qué vergüenza, menos mal que el compañero era buen amigo. Acosado por la necesidad enseguida pedí plaza en los cursos de inglés.

También aquí pude comprobar que los profesores de inglés o se pasaban de condescendientes o eran algo estrambóticos. Recuerdo un profesor muy joven que iba de colega y se quitaba los calcetines en clase para ponerlos a secar en la salida del aire acondicionado. Trabajé mucho con el inglés, vocabulario, estructuras, etc, hasta el punto que cuando salía en bicicleta escribía las palabras más rebeldes en una pegatina que fijaba en el manillar y que repetía durante horas. Los fines de semana cogía la magnífica columna de Manuel Vicent en El País y la pasaba a inglés para que el profesor lo corrigiera. Cuando alguna vez uno de mis hijos leía las traducciones me decía, Eso no es inglés, papá, cosa que el profesor no se atrevió nunca a decirme. Trabajé mucho pero me faltaba la actitud de soltarme a hablar a tumba abierta aunque cometiera fallos de pronunciación o composición por una excesiva autocensura o falta de seguridad. No me veía dominando suficientemente las estructuras del lenguaje y la pronunciación y no terminaba de aceptar que el aprendizaje de un idioma consiste basicamente en equivocarse y aprender precisamente cuando te corrigen.

Cuando una empresa de ingeniería alemana compró la mitad de la compañía, el inglés fue el lenguaje de comunicación con los informáticos alemanes que hacían una cierta supervisión. Todos los años había una especie de convención en Alemania de todas las empresas filiales y cada responsable tenía que exponer los planes anuales. Allí había indios, australianos, centroeuropeos, sudamericanos y yo era el único que hablaba inglés como indio de película del Oeste. El año anterior a mi primer percance de salud, fui capaz de hacer una presentación de quince minutos que parecieron entender los alemanes, quizá más por las explícitas imágenes de Powerpoint que había preparado que por mi inglés. Por fin parecía que entraría en el club de los que conseguían hacerse entender en inglés, aunque fuera macarrónico.

De haber gozado de mejor salud no sé si la persistencia y duro trabajo de los últimos años, a la fuerza ahorcan, habría permitido desenvolverme con el inglés sin tanto sufrimiento. Pero pronto me jubilé y comunicarme en inglés terminó siendo una de las más clamorosas historias inacabadas de mi vida. Hay más, pero creo que ninguna tan dolorosa. No cabe disculparse en la incapacidad hispana para los idiomas o los dudosos métodos de enseñanza, es que he sido un zoquete. Pero…. ¿ cómo habría cambiado esta historia si los profesores de la Academia Carrasconte hubieran sabido inglés? Mecachis!

Imagen tomada de: flicker

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Mis primeros vaqueros (piel de quita y pon)

1850 Anuncio de vaqueros Levi Strauss - 1919 Victoria Federica.

1850 Anuncio de vaqueros Levi Strauss – 1919 Victoria Federica.

Acabo de ver la imagen de una nieta del rey emérito con unos vaqueros largos que parecían diseñados, y seguramente tuneados, para exhibir la pierna al completo salvo una tira de tejido a mitad de muslo. Probablemente han costado una fortuna y no precisamente por su eficacia en proteger de la inclemencia climática, sino porque aseguran a su portadora ser el centro de atención y exhibirse estilosa y envidiable allá donde vaya. Y es que la vestimenta, esa segunda piel de quita y pon que, después de tantos siglos de perfeccionamiento y hasta refinamiento, ahora es para muchos vehículo de exhibición, un medio de llamar la atención. Irremediablemente recordé mis primeros vaqueros.

En el Valle de Laciana no nos distinguíamos precisamente por nuestro atildamiento en el vestir. Alguno había con más posibles que quizá les permitían ser algo más elegantes como Raúl el de El Barato o Román el de la zapatería, que no parecían del pueblo por cómo vestían. Los demás éramos de vestimenta anodina y poco llamativa, sin colores estridentes ya que las madres preferían los tonos oscuros, “más sufridos” decían, más compatibles con el uso diario y casi único de la misma ropa durante semanas, solo interrumpida brevemente por el domingo o por el cambio estacional cuando llegaba el invierno o el verano. Jerséis de lana tejidos en casa y pantalones que las propias madres confeccionaban o encargaban a una costurera amiga. Además de la ropa de los domingos, así considerada solamente porque era más nueva, solíamos tener al uso un solo pantalón y un par de jerséis, de forma que cada uno teníamos nuestro uniforme habitual por el que se nos podía reconocer desde lejos sin riesgo a equivocarse.

Pero algo comenzó a cambiar al final de la década de los cincuenta del siglo pasado y que alteraría casi todo, incluso nuestro anodino modo de vestir. Empezamos a oír hablar de una moda en el vestir, de los pantalones vaqueros. Hasta entonces la mayor prueba de profesionalidad de modistas y sastres era que no se notasen las puntadas de las prendas que confeccionaban y, de repente, llegaron los pantalones vaqueros haciendo ostentación de sus costuras. Más que ostentación, las costuras eran consecuencia de su rudimentaria elaboración, originariamente como prendas de trabajo para granjeros y mineros donde primaba la resistencia y durabilidad, con costuras recias rematadas en su terminación por remaches metálicos, hasta el punto que la publicidad y etiquetas de los Levi Strauss mostraban cómo dos caballos tiraban en sentido opuesto de un pantalón sin conseguir romperlo. Entonces los pantalones vaqueros debían ser de importación y no recuerdo que abundaran en Villablino aunque si recuerdo especialmente a Pepín Vaquero que los llevaba habitualmente.

Que el tejido original de algodón azul jaspeado de blanco no fuera fácil de obtener, no fue óbice para que los avispados fabricantes hispanos pusieran en el mercado algún sucedáneo con el que colmar las apetencias de los primeros tontos afectados por la moda. En vez de la recia y azulada de los blue jeans, mis primeros vaqueros fueron de tela negra muy fina que bien podrían haberse hecho con tela excedente de la confección de vestidos de señora mayor o delantales, de ese tejido que cuando se desgasta es muy propenso a romperse en forma de siete al más mínimo enganchón y con unas costuras blancas que resaltaban más que tiza en pizarra de escuela. Por si acaso no quedaba claro que aquel engendro de tela negra eran unos vaqueros, tenían un par de remaches en los bolsillos que no eran los de cobre genuinos sino los típicos y reconocibles de los cinturones y tirantes de cuero. No quitaban el frío y las perneras eran tan anchas como los pantalones ordinarios, de forma que al caminar la tela ondeaba al viento y pasé de bolsos amplios donde cabían peonzas, canicas, cromos y todo tipo de achiperres a unos bolsillos donde a duras penas entraban las manos, pero yo fui uno de los tontos felices porque tenía unos vaqueros que ponerme. Hasta que los reiterados sietes en las rodillas y en la culera hicieron imposible su disimulo a pesar de los concienzudos repasos a que los sometía mi madre.

No recuerdo haber tenido vergüenza por mis luctuosos pantalones vaqueros, pero hoy me cruje el intelecto al intentar recordarme con un jersey de lana gruesa con tiras verticales de aquellos ochos tan barrocos que nuestras madres dibujaban alternando sabiamente puntos del derecho y del revés, holgados vaqueros negros con llamativas costuras blancas y calzado con cualquier cosa. Nadie medianamente avisado habría intentado compararme por mi indumentaria con Beau Brummell, un dandy inglés cuya obsesión por la elegancia le llevó a la indigencia según conocimos en el cine por aquella época, sino más bien considerarme un pringadillo o, directamente, un hortera, términos aún no acuñados entonces. Hagan un esfuerzo e imagínenlo.

Era la época en que la ropa podía ser humilde y poco agraciada, pero siempre debía llevarse sin rotos ni descosidos. Jamás una madre de entonces habría dejado a su hija salir con un roto y menos alardeando de ello como Victoria Federica, a la que el pie de foto califica de muy moderna y súper molona. No cabe duda que el mundo ha cambiado muy deprisa y no sé si para mejor si exhibirse con rotos en los pantalones se considera signo de distinción. Cuántos zurcidos se habrían ahorrado nuestras madres si los rotos que casi surgían espontáneamente en nuestros pantalones se hubieran considerado modernos y molones.

Tras muchos años vistiendo ropa casi tan oscura como mis primeros vaqueros, he sido capaz de ponerme ropa de tonos más alegres llegando incluso a atreverme con un niqui color pistacho. Y aún más. Los últimos pantalones cortos con los que me he sentido a gusto son unos Springfield que me regalaron mis hijos allá por 1998. Luego a las tiendas empezaron a llegar pantalones de bolsillos por todas partes, con diseños y tejidos novedosos con los que me veía extraño. Total, que estoy alargando tanto la vida de mis Springfield que lucen casi como los de Victoria Federica, con gran vergüenza de mi familia aunque solo me los ponga durante el verano, lejos de la gente que me conoce. Y no sé qué imagen es más deplorable, si la actual con los rotos y desflecados Springfield o la de mis apócrifos pantalones vaqueros combinados con los jerséis de lana de entonces. Una cosa está clara, nunca supe acompasarme a las modas y jamás se me podrá considerar un influencer, aunque últimamente mi look se aproxime al súper moderno y molón de Victoria Federica. Algo no va bien si la realeza abandona sus oropeles y yo convivo con mis rotos. A la vejez, viruelas.

Imágenes tomadas de: guioteca.com, glamour.es/Getty Images

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los zapatos prodigiosos (ahora que todo es plástico)

Plástico.

Si vives en un pueblo, aunque sea grande y pujante como era Villablino, ir de compras a Ponferrada era una experiencia excitante, pero peligrosa si eras un poco palurdo. Cuando aún casi no habíamos oído hablar del plástico y el calzado era basicamente de cuero, recuerdo que el dependiente de una zapatería me mostró una especie de mocasines de cuero de becerro, tan peculiares que de la suela sobresalían un par de milímetros unos tacos circulares de un material desconocido para mí. El dependiente me explicó que entre la suela exterior y la interior había una lámina de nylon con tacos redondos, que era con los que se pisaba en el suelo y que aportaban un buen agarre y durabilidad. Para qué quería yo oír más. Cuando los probé y me sentí cómodo, dije que me los envolviera pensando ya en cómo aquellos mocasines con unos mini tacos parecidos a los de las botas de fútbol me harían sentir diferente entre los amigos.

Cuando se los enseñé todo ufano al zapatero Rouco, que había puesto muchas medias suelas de cuero a los zapatos de toda la familia, dijo que eran muy bonitos mientras esbozaba una enigmática sonrisa. Efectivamente eran muy ligeros y cómodos y con las primeras nieves me permitieron destacar como el patinador más rápido sobre los resbalitos que hacíamos en la nieve recién caída y ya helada. Cuando la nieve se convirtió en un bochinche de nieve y agua, mis zapatos, cumbre tecnológica zapateril, se convirtieron en barcas de tanta agua como traspasaba la suela a través de los orificios de los tacos. Al llegar a casa los puse a secar al lado de la estufa de carbón, convencido de que seguramente el vendedor olvidó advertirme que eran zapatos de secano. Un completo desastre en una época en que solo teníamos un par de zapatos. Cuando supuse que ya habrían secado me acerqué a la estufa con aprehensión y encontré dos cosas retorcidas y acartonadas, orladas de las manchas blancas que deja la humedad en el cuero, y no pude por menos que recordar la sonrisa de Rouco que seguramente fue más condescendiente que enigmática. Nunca más me senté en un corrillo de amigos mostrando, como sin querer, las suelas de aquellos zapatos vanguardistas que parecían anunciar que Rouco el zapatero tendría que sustituir el cuero de vaca por el plástico. Juré que en adelante sería más precavido con mi debilidad hacía las vanguardias tecnológicas, pero vez tras vez he sucumbido a la tentación con resultados tan desastrosos como los de estos zapatos innovadores a los que yo fiaba mi prestigio entre los amigos.

Yo, que voy para muy viejo, viví cuando aún no había plástico. Casi todo se construía con materiales tradicionales como madera, piedra, barro, cuero, esparto, mimbres, algodón, hojalata, hierro, vidrio y cosas parecidas que proporcionaba la naturaleza sin intervención de la química o la física cuántica. Tímidamente, en aquellos teléfonos negros de disco, empezó a usarse un material sintético, moldeable pero rígido y muy frágil, que se llamaba bakelita. De repente, en 1957, los satélites rusos Sputnik comenzaron a orbitar la Tierra, los americanos llegaron a la Luna y empezamos a oír hablar del silicio y de un sin número de materiales sintéticos que lo cambiarían todo. Como el plástico, que valía para casi todo y culpable en parte de mi desastrosa experiencia zapateril.

Menos de sesenta años después de aquellos minúsculos tacos de naylon de mis zapatos, todo el planeta está inundado de plástico. Muchas aves y especies marinas mueren al ingerir deshechos plásticos y mecido por las ondas del Pacífico hay un continente de plástico cuyos bordes, si no deja de crecer, llegarán pronto a las playas de California. Y ahora dicen que nos estamos bebiendo el plástico en forma de micro partículas en las más finas aguas de mesa, de manera que el plástico con el que lo hemos enmerdado todo comienza a colonizarnos por dentro. Lo más parecido a morir de éxito. El éxito del plástico. El mismo éxito del que mea más alto, aunque sea a costa de ensuciarse con su propia orina.

Si te compras un coche de cincuenta mil euros que conduce solo y donde todo es lujo y tecnología, lo primero que llama la atención entre tanto aparato sofisticado es alguna pequeña incrustación de un material precioso en el salpicadero o en los asideros de las puertas, que seguramente estarán forrados de cuero como signo de distinción. Son incrustaciones minúsculas, como las joyas, finamente pulidas y recubiertas de un barniz que parece ámbar y que realzan la sensación de exclusividad del vehículo. Es madera. Madera y cuero, el mismo cuero que Rouco el zapatero empleaba en sus reparaciones, símbolos de sofisticación. Pero ahora a precio de oro.

Imagen tomada de: cronista.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Una ventana en la memoria (viejas neuronas de juventud)

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Tras seis años exprimiendo una memoria ya exhausta y con miedo a repetirme, este blog había entrado en una etapa casi vegetativa con escasa publicación que, además, yo percibía cada vez menos original, menos intensa. Seguía habiendo visitas pero sin que yo tuviera constancia de si eran lectores ocasionales o visitantes con la intención expresa de buscar los contenidos del blog. De repente, en Marzo y Abril de 2019, he visto una actividad inusitada de lectores que recorrían de forma compulsiva una entrada tras otra los post de Villablino y de Omaña. Este autor del blog no cabía en sí de satisfacción, claro.

Durante la Semana Santa, la actividad lectora se incrementó aún más e incluso los visitantes empezaron a interactuar con sus comentarios, el summum. Primero fue Lucas Losada González, de Cuevas del Sil y condiscípulo mío en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte de Villablino, sorprendido de que le citase en Buscando a doña Urraca. Faltaba más Lucas, destacabas mucho sobre los demás. Luego fue Manuel Lema Pose que había estado recientemente en Villablino y me aclaró en un comentario los nombres del pie de foto de los alumnos de cuarto de bachillerato. Gracias Manolo. Estaba claro que eran mis contemporáneos.

Ayer, mientras estaba atento al debate de los candidatos a presidir España, me llegó un correo de Manuel Tercero, un nombre que no me decía nada. Abrí la primera foto anexa, con ese precioso tono sepia de las instantáneas antiguas, y quedé en shock, ajeno a las mentiras de nuestros próceres en televisión. Fue como abrir una ventana al pasado, al Villablino de alrededor de mil novecientos sesenta. Era el pasado que me interpelaba. Parece una cursilada, pero así fue.

Allí estaban Armando, Pose, Santiago el de La Moderna, Manso a los que conocí y reconocí de inmediato y también Tino y José Luis que me eran muy familiares aunque no recordaba ni su nombre ni mi relación con ellos. Seguramente Piti el fotógrafo pasó por allí y, como tantas veces, al grupo de reunidos le pareció oportuno hacerse una foto sin motivo alguno especial, solo por el placer que proporcionaba la espera para ver cómo de bien habían quedado en la foto, que pagarían a escote cuando Piti la hubiera revelado. Había que aprovechar que estaban vestidos de domingo y que no había mucho más que hacer, un día lluvioso de invierno, quizá reunidos allí sin más objetivo común que resguardarse de la lluvia o intentar adivinar de qué iba la película a partir de unos pocos fotogramas que se exponían protegidos por una tela metálica de gallinero, entre la tienda de periódicos de Baquero y la frutería de la madre de mi amigo Tinito. ¿Cuántas veces habría hecho yo lo mismo? Lo mismo era pedir a Piti que nos tirara una foto porque sí o preguntarse ante la cartelera si la película merecería la pena o ponerme a cubierto en aquellos tediosos y lluviosos días de invierno. Fue como verme a mí mismo en aquel mismo sitio sesenta años atrás, con vestimenta similar, peinado parecido e igual de desocupado que ellos. Vamos, como si me hubiera subido a la máquina del tiempo. En la imagen todos miran a cámara salvo Armando que parece ignorar al fotógrafo, pero no es casual. En todas las fotos suyas de la época que conozco adopta la misma posición ladeada para ofrecer su perfil más favorecedor. No en vano era el Danny Zuko del pueblo, el mejor tupé de la comarca y jefe de la cuadrilla T-Birds de Villablino. Si la historia de Grease hubiera transcurrido en Villablino, Armando le habría birlado la chica al mismísimo Travolta.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil. Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta. De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil.
Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta.
De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

La foto siguiente también me sacudió interiormente. Allí estaba la cara más que risueña del cura don Urbano, que tantas veces nos habló en la Academia Carrasconte de las fabulosas historias de la Biblia (ver Mane, Tecel, Fares), con un tono muy alejado del amenazante de don Gildo (ver Don Gildo y don Veribaldo), el interventor de nuestras almas que veía en cada uno de nosotros un firme candidato al Infierno. Sus sempiternas gafas oscuras, casi de ciego, no consiguen anular su aura optimista y de buena persona. Espero que me haya perdonado el calentón que le dimos a su moto (ver La Guzzi de don Urbano) en el campo de fútbol de Sierra Pambley intentando emular a Luisma el de la gasolinera. Si algún día me lo reprochara, diría en mi descargo que su hermano Mauro no nos lo puso nada difícil, más bien al contrario. Seguramente en la Guzzi se desplazaba a Villarino del Sil (creo que antes era del Escobio), escenario de la foto con el fondo del angosto valle del Sil tras haberse engullido las aguas del río de Los Bayos y Caboalles. Todas las caras me resultan familiares y reconocibles como los del curso siguiente, con un trato distante como correspondía al estatus que un año más aportaba. Algún percance académico de Felipe hizo que coincidiéramos en algún curso posterior. Con quien más me relacioné fue con Javier Martínez Cuadrado, el bailarín más estrambótico de nuestros guateques (ver Coplillas de ciego), sobre todo cuando los dos fuimos los únicos de la Academia Carrasconte en hacer Preuniversitario en León. Algunas tardes venía a estudiar conmigo a mi casa de Ramiro Valbuena. Luego le perdí la pista.

1959 Villablino, campo de fútbol de Sierra Pambley. Tradicional partido entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte el día de Santo Tomás de Aquino.
Equipo de la Academia. De pie por la izquierda: Conrado, Manolo “El Babiano”, Julio Martínez Pestaña, Manuel Lema Pose,  Ángel Valencia López y Alfredo González Chimeno.  Agachados: Tino, Quique Fdez Llanos, Armando López Suárez, Agustín Cosmen de Lama y ¿?.

El escenario de la última foto que Manuel Tercero sitúa en 1959 es el campo de fútbol de Sierra Pambley, el único que conozco con dos pendientes. Una transversal cayendo hacia el valle del Sil y otra longitudinal que descendía en dirección a Rioscuro, lo que seguramente hacía muy difícil discernir cuál de las dos porterías era más ventajosa. Pero con todo podía la juventud de aquellos futbolistas y la rivalidad entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte que alcanzaba su clímax cada festividad de Santo Tomás de Aquino. De la Academia son los aguerridos futbolistas de la foto, que pone en evidencia que el material deportivo era escaso pues no había camisetas para todos, los calzones se los había traído cada cual de su casa y Manolo, “El Babiano”, tuvo que oficiar de portero con su pantalón de pana de diario y jersey de lana. Unos con botas de fútbol, otros con zapatos normales y hasta con deportivas. Un revoltijo de futbolistas de varios cursos. De mi curso eran Conrado, Manolo, Armando con los que conviví largas horas en clase y Agustín que, además, era amigo de los de a todas horas. Con los de los otros cursos compartí aula forzosamente pues era usual que en la misma hubiera un curso con un profesor dando clase y vigilando al otro curso mientras estudiaba. Eran situaciones en las que la última fila del curso que daba clase era fronteriza con la primera del otro curso y propiciaba la confraternización entre distintos y a veces la aparición de conflictos. Recuerdo haber coincidido en ocasiones con Chimeno que me enseñaba orgulloso su reloj Bulova y algunas veces compartí con él largos castigos arrodillados en el pasillo central, casi en penumbra, de la planta alta, para purgar alguna indisciplina colectiva. Con nuestros culos jóvenes aposentados en las duras piedras de la tapia, esperábamos impacientes a que el fotógrafo disparase la foto, pero debía tener alguna dificultad con el encuadre porque Armando, que está encajado entre dos compañeros que le dificultan ponerse de perfil como en todas sus fotos, no para de forzar el cuello intentando salir por su lado bueno. El duro Danny Zuko no baja la guardia nunca.

Manuel Tercero resultó ser Manuel Lema Pose y sus tres magníficas fotos un formidable motivo para recordar cosas que aparentemente había olvidado, pero que alguna vieja neurona mantenía latentes a la espera del estímulo adecuado. Gracias Manuel por tus fotos, que resumen muy bien cómo éramos.

Imágenes gentileza de Manuel Lema Pose.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada