Roa, el paso del tiempo y los recuerdos (¡ay! colegiata, -ex)

Plaza Mayor de Roa, con la colegiata.

Plaza Mayor de Roa, con la colegiata.

Si te olvidas que el culpable de tan singular escenario es el Río Duero, cuando te aproximas a Roa por la carretera de Aranda tal parece que la villa encaramada en lo alto surgió al mismo tiempo que el propio cerro cuando este fue creado. O que del cerro brotaron con naturalidad las casas al modo que en el terreno llano circundante crecen vides y espigas. Está claro que si no estás atento, la imaginación puede trastocarlo todo. Igual que si a remolque de tus recuerdos pretendes que en sesenta y cinco años no haya pasado nada en Roa.

Desde 1954, cuando mi familia dejó de vivir en Roa, yo había vuelto en dos ocasiones. Siempre de paso y sin la calma suficiente para anotar el desajuste que el tiempo estaba introduciendo entre la Roa real y la que yo prefería mantener en mis recuerdos según he descrito en Primeros tiempos en Roa, Últimos años en Roa y Juegos y cantinelas en Roa. Los cambios eran evidentes pero la prisa de mis visitas y lo a gusto que uno se encuentra con sus remembranzas, me hacían más cómodo pasar por alto el paso del tiempo y así seguir sintiendo Roa con ojos de niño.

El 7 y 8 de Agosto de 2019 he vuelto a Roa con la pausa necesaria y, efectivamente, he visto que hay cosas que han cambiado, como no podía ser de otra forma.

Comenzando por el principio, el casino donde mi padre acudía cada tarde ya no existe. En su lugar está el bar Transilvania, nombre que sugiere que a los castellanos de Roa de toda la vida se han debido añadir gentes de todas partes, como en el resto del país. En la plazuela tampoco está la fuente donde las mujeres llenaban los cántaros de barro que surtían de agua a las casas y en cuyo pilón bebían los abundantes machos de aquella población esencialmente agrícola (luego comprobaré que el pilón de la entrada de La Cava ha corrido la misma suerte). Qué tontería, pero también eché de menos los sones de trompeta que venían de las primeras casas sobre El Espolón y que tantas veces oí al pasar por allí. Nunca puse cara al desinhibido trompetista que no parecía preocupado porque todo el pueblo fuera participe de sus progresos y desafinos. Lo que sí consiguió fue que todos supiéramos de la potencia de sus pulmones.

La tierra que entonces pisábamos en todas las calles del pueblo, ha sido sepultada bajo asfalto y adoquines o el embaldosado. Hay que mirar en los jardines o en los abundantes solares sin edificar y en el descascarillado de las fachadas por donde asoman los adobes, para encontrar  algún vestigio de tierra. Incluso la calle de El Resbalón (hoy Cardenal Cisneros) que era como el lecho de un arroyo entre dos estrechas aceras, está hoy tan finamente pavimentada que resultaría difícil romperse algún hueso salvo tropiezo fortuito con algún gato de los que viven en los ventanucos enrejados a ras de suelo que me hacían pensar entonces en mazmorras y prisioneros. Ya ni en la enorme Cava donde entonces jugábamos mayores y pequeños, debe quedar una brizna de tierra donde jugar a la tarusa de tan colmatada como está con la plaza de toros, el enorme polideportivo y algunas edificaciones más.

Aunque la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción sea el mejor símbolo de permanencia de la ciudad, entré con algo de aprensión preocupado por lo que podría haber ocurrido para que ya solo fuera ex-colegiata. La percibí sólida y luminosa como entonces pero me sentí desorientado, algo no encajaba y dudé si debía fiarme de mis recuerdos que me avisaban de que allí faltaba algo importante que no supe concretar. Caminaba por la nave izquierda mirándolo todo con atención por si descubría el motivo de mi desasosiego, cuando vi a una mujer que cuidaba las flores de los altares. Resultó ser una joven de ochenta y cinco años, más que contemporánea mía, que con seguridad podría resolver mis dudas con solvencia. Me explicó que el templo perdió el rango de colegiata cuando dejó de contar con los tres canónigos requeridos. Me enumeró los nombres de los ensotanados que yo veía deambular por el atrio y a los que tantas veces debí cumplimentar con mi besamanos, pero solo me sonó el nombre de don Bonifacio. Me tranquilizó saber que lo de ex-colegiata se trataba de una minucia canónica o administrativa que en nada disminuía la calidad artística y simbólica de aquel templo tan importante en mis recuerdos. Al instante decidí prescindir del prefijo ex- y sus connotaciones negativas. Mientras hablaba con la mujer vi en los laterales del altar mayor unos retales de madera que rompían con toda armonía y que parecían haber pertenecido a un coro. Solo entonces me atreví a preguntar por el coro donde recordaba haber estado acompañando a mi padre. La amable mujer me dijo, creo que con un cierto tono de rencor, que un cura caprichoso había desmontado el coro, el órgano y el enrejado en contra de la voluntad del pueblo. Menos mal que no desmontó los arcos, remachó mientras miraba a los dos arcos transversales que unen las cuatro últimas columnas de la nave central. Entonces entendí la causa de mi desazón. El malhadado cura, merecedor de la excomunión si de mí hubiera dependido, había despojado a la colegiata del empaque que los coros dan a catedrales y grandes iglesias y rebajado la grandiosa nave central a la categoría de iglesia moderna de barrio obrero. No había sido el tiempo el causante de tal estropicio sino un cura poco respetuoso. Cuando le conté que habíamos vivido en la casa de Correos que estaba en la esquina de la calle de El Resbalón, me dijo que recordaba perfectamente a mi padre.

Roa de Duero. Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, ya sin coro.

Roa de Duero. Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, ya sin coro.

Se me quedó en el tintero preguntarle por las letras doradas de la fachada que yo recordaba mencionaban a los caídos por Dios y por España, los caídos buenos por supuesto, y que habían desaparecido. Me quedé con las ganas de saber si la culpa era de la ley de Memoria Histórica, del cura revisionista o simplemente de mi memoria desajustada.

El paseo de El Espolón lucía espléndido y a resguardo del sol por unos plátanos de sombra vigorosos y sanos bajo los que el cardenal Cisneros otea impasible el horizonte. Unos jubilados nos dijeron que debíamos tocar el talón del cardenal que sobresale del pedestal de cemento para no sé qué. Creo que nos estaban tomando el pelo. Las vistas son impresionantes y la primera intención es asomarse a la baranda, pero yo aconsejaría mirar a lo lejos y pasar por alto el basurero en que se ha convertido la ladera donde los críos jugábamos a deslizarnos por las baturras, una especie de canalillos en la tierra que formaban las zapatillas al deslizarse sobre el barrillo que se formaba cuando todos los participantes orinábamos en la parte alta de la baturra. Poco más allá de  las escaleras que dan a las antiguas escuelas, descubrí los arcos del restaurante El Chuleta con unas vistas extraordinarias y muy bonito por dentro.

Bajando desde las antiguas escuelas hasta La Cava, salvo unos pocos comercios todo son bares, terrazas y restaurantes. Si no hubiera visto que el campo circundante rebosa de vides, campos de cereal y girasoles o maizales, habría concluido que la villa que yo conocí bulliciosa de actividad y esencialmente dedicada a la labranza, se había convertido en un parque temático para visitantes. No pude pasar por alto que de los soportales de la plaza habían desaparecido las lisas columnas metálicas donde los críos nos graduábamos de chavales, tan pronto conseguíamos llegar trepando hasta su parte más alta.

Estaba alarmado tras todo un día anotando qué cambios tendría que sobre escribir encima de mis recuerdos que habían permanecido invariables durante sesenta y cinco años, pues no sabía cómo un cerebro ya desgastado manejaría la situación.

Menos mal que por la noche todo pareció volver a su ser. Cenamos sentados en una terraza de la Plaza Mayor, con la colegiata muy bien iluminada que me pareció y sentí era la de siempre. Bien plantada y sin arrugas a pesar de los siglos y de que un cura malandrín la hubiera despojado del coro. No sé si ayudó a poner orden entre mis recuerdos y la realidad el magnífico picoteo en la terraza del Portalón, lo cierto es que hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto y en un sitio tan evocador y extraordinario. El tiempo y las gentes introducen cambios, pero lo fundamental permanece y creo que la iglesia de Roa da buen ejemplo de ello. En la colegiata primero fue  el románico, luego el gótico, más tarde lo renacentista, una superposición arquitectónica que sintetiza cómo adaptarse a los cambios y seguir siendo la misma. Primero colegiata y luego rebajada con un insultante ex- a parroquia rasa, pero ahí seguía tersa y señorial. Tomé buena nota de que el tiempo y sus avatares no tienen por qué cambiar la esencia.

Agosto de 2019. Plaza Mayor de Roa.

Agosto de 2019. Plaza Mayor de Roa.

Me fui de Roa satisfecho pensando que bien están los recuerdos en un cajón para abrirlo cuando lo necesites, como bien está disfrutar lo que de bueno tiene la Roa actual y la de siempre. Y si quieres que todo fluya acompasado, sin estridencias, nada mejor que una noche de Agosto, a ser posible en vísperas de San Roque, en el escenario magnífico de la plaza mayor de Roa con su colegiata eterna al fondo y los niños proyectando sobre su fachada sombras chinescas al corretear por el atrio, tal como hacía yo hace sesenta y cinco años. Hasta siempre Roa, sé cómo se te ve ahora pero me vuelvo con mis recuerdos intactos.

Por supuesto, no olvidé llevarme una torta de aceite bajo el brazo. ¿Se puede pedir más a un viaje al pasado?

Imágenes tomadas de: todocoleccion.net, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los primos de Guinea (los buenos tiempos perdidos)

Carmencita, Federe y Piluca.

Carmencita, Federe y Piluca.

De la familia de mi padre que conocí, sin duda la persona más vitalista era la tía Epi. Pelirroja y pecosa como mi padre y la tía Ante, siempre la recuerdo risueña o con una franca sonrisa en la cara. Al verla nada hacía pensar que Epi hubiera vivido los trágicos hechos familiares que sumergieron en una profunda tristeza y actitud de dignidad herida sin solución a sus hermanas Ante e Ita (ver Mi otra Familia). Aparte de su vitalidad innata, algo tendría que ver en la superación de aquel revés de fortuna familiar su marido, el tío Federico, que según la prima Mariera una de las personas más graciosas que he conocido”, al que tía Epi conoció “….en tiempo de guerra. Ella estaba de voluntaria haciendo de enfermera y él llegó herido“. Una historia realmente romántica y casi de película. De nuestro álbum familiar siempre me llamó la atención una foto de ellos dos en una actitud parecida a la que solían presentar los protagonistas de las películas de la época en los carteles anunciadores de los cines, quizá por la muestra de cariño que manifiestan y que tan poco usual era en las fotos familiares de entonces.

Tía Epi era la segunda de siete hermanos y mi padre el más pequeño, pero creo que a pesar de la diferencia de edad los dos congeniaban hasta el punto que mientras vivimos en Roa de Duero creo que nos visitaron todos los veranos. Para nosotros recibir a tres primos mayores que nosotros representaba una revolución, sobre todo el primo Federe que era dos años mayor que yo y que enseguida se constituía en líder natural de la patulea constituida por mis hermanos y yo mismo. Carmencita era la mayor y no recuerdo que participara en nuestras travesuras pues tenía unos años más que sus hermanos y la considerábamos casi una señorita. A Federe y Piluca les rodeaba un aura de distinción por el simple hecho de ser gemelos, algo tan inusual que nos tenía permanentemente asombrados y yo al menos les consideraba antes gemelos que niños, una categoría especial. A esta admiración propia de los pequeñajos hacía la soltura con que se manifestaban aquellos primos un poco mayores, se añadía la fantasía de que ellos estaban o habían estado en Guinea Ecuatorial, con todas las connotaciones que tenía vivir en el África negra al estilo, suponíamos, de lo que leíamos y veíamos en las películas de aventuras con exploradores con salacot y fusil y porteadores negros en mitad de la selva, pues el tío Federico trabajaba o tenía allí una empresa maderera.

Federe y Piluca eran divertidos y bulliciosos, con nueve o diez años plenos de energía que necesitaba liberase. A la plenitud física de Federe se unía un espíritu muy competitivo y cierta tendencia al desafío que a veces nos hacía ser a los más pequeños un poco temerarios al intentar emularle, como se verá. El excusado en la casa de Roa, sería hacía 1952, era un cuartucho en el que había una especie de banco de mampostería con una tabla por asiento provista de un anatómico agujero en el centro, bajo el que había tres o cuatro metros hasta el suelo de la planta baja. Un día Federe descubrió que era excitante saltar por encima del negro agujero y así estuvo un buen rato con mirada retadora a los primos que le observábamos entre admirados y temerosos pues sabíamos que al poco nos diría algo así como, “¿a que no os atrevéis?“.

Escenario del desafio.

Expresado el inevitable desafío, yo que era el mayor me subí a la tabla con tanta aprensión como miedo y con mucho cuidado salté por encima del boquete. Detrás fueron Loli y Fernando que también superaron la prueba bajándose aliviados al suelo. Federe no se rendía fácilmente y reaccionó subiéndose de un salto al rudimentario váter y comenzó a saltar por encima del agujero a la pata coja, retándonos con una sonrisa burlona mientras a los tres hermanos se nos encogía el alma imaginándonos ahogados en el montón de mierda que había bajo la tabla. Se bajó de un salto y dándome con el codo me espetó “me juego lo que quieras a que a esto no te atreves“. Yo era un corre calles y sabía que aquello no era más difícil que saltar entre dos bancos próximos de la plaza de la iglesia como hacía frecuentemente, pero mientras entre los bancos solo había tierra y un fallo se saldaba con un despelleje de rodillas, aquí me esperaba un colchón tan movedizo como nauseabundo y no se me ocurría cómo iban a sacarme de allí. Pero estaba el honor familiar por medio así que me santigüé y salté por encima del redondel sin más problemas. Loli, acostumbrada a jugar a la rayuela, también superó la prueba sin dificultad. Solo quedaba Fernando que tendría escasamente cinco años y que, por tanto, era menos consciente del riesgo que aquello tenía, además de no tener el grado de habilidad de Loli y mío. Loli y yo debimos impedirle probar, pero la afrenta era tan grande que le dejamos subirse a la tabla confiando en que no le sucedería nada. Pero no fue así. En el primer salto sólo alcanzó el borde del redondel con la puntera del pie y vimos cómo giraba el cuerpo hacia nosotros y se precipitaba por el agujero con cara de terror. Cuando todos nos abalanzábamos para mirar por el agujero a ver qué le pasaría, vimos que su cabeza no desaparecía de nuestra vista porque tuvo la suerte de poder agarrarse con las manos al borde de la tabla mientras lloraba asustado. Le agarramos como pudimos y le devolvimos al mundo de esta parte de la tabla, que sin duda era más sólido de lo que le hubiera esperado allá abajo aunque no sé si menos peligroso pues volvió a la compañía de cuatro descerebrados incapaces de protegerle. Solo fui consciente de lo que pudo haberle pasado a Fernando cuando meses más adelante vi lo que los poceros sacaban de aquel excusado donde toda la familia depositaba sus excedentes.

Aparte de los continuos desafíos de Federe que siempre ponían a prueba nuestro valor y sentido común, la visita de los primos a Roa era una fiesta para nosotros y frecuentemente nos íbamos las dos familias de excursión a pescar cangrejos al río Duero o por las eras que rodeaban Roa. Recuerdo las incursiones de tía Epi por las viñas, agachada como un indio, en busca de racimos que comíamos sin más o acompañados con el pan sobrante de la merienda. También solía caer en sus manos algún melón cuyas semillas rociadas de sal y extendidas sobre una hoja de periódico secábamos al sol en el balcón de casa y que en nada tenían que envidiar a las pipas que comprábamos los domingos en la plaza de la iglesia.

En una de estas visitas se decidió que yo les acompañaría a León para pasar con ellos todo el curso. Fue la primera ocasión en que uno de los hermanos dejaba la casa paterna por una larga temporada para vivir con alguien de la familia. Supongo que representaba un alivio para mi madre, que ya tenía cinco arrapiezos a su cargo, y que también sucedió más tarde con otros hermanos para vivir todo un curso con los abuelos en Vegarienza o en otros destinos familiares. Vivían en un piso alquilado del barrio de El Crucero, en la carretera de Trobajo del Camino a unos cientos de metros del puente de San Marcos, una carretera sin aceras bordeada de casas típicas de la época que exhibían en sus fachadas la ropa puesta a secar. Asistí allí a la escuela y secundé al hiperactivo Federe en correrías por los huertos que había entre las casas y la vía del tren, que sin barreras de separación ni otra defensa nos avisaba de su paso con un estridente silbido escasos segundos antes de echársenos encima. Dos años de diferencia cuando yo tenía seis o siete años eran muchos y seguir a Federe no siempre era sencillo. En una ocasión en que tuvimos que salir pitando por alguna trastada, comprobé que intentar correr tanto como mi primo y al mismo tiempo mirar donde ponía los pies no era fácil y lo pagué con un paleto roto y el tabique nasal desviado. Con el tiempo el paleto salió atravesado, siendo un rasgo peculiar de mi fisonomía (ver Valor se le supone), y mi nariz empezó a parecerse a la de un boxeador.

De esta etapa recuerdo las películas en el cercano cine Crucero de las que salíamos en invierno bien arropados con la bufanda hasta los ojos y sorprendidos por el vaho que expulsábamos por la boca, los caballitos de Papalaguinda y los cucuruchos de castañas calientes o las bolsitas de almendras garrapiñadas. Todo aquello representaba para mí actividades que no eran posibles en Roa de Duero, un pueblecito sin esa variada oferta de ocio y que por otra parte las estrecheces económicas de una familia ya bastante numerosa no permitían. De esta etapa recuerdo especialmente la Nochebuena que pasamos en casa de las tías y la abuela con el correspondiente pavo, creo que el único pavo navideño que he comido en mi vida, y que los Reyes me dejaron una escopeta que disparaba un tapón de corcho, también la única escopeta que tuve. Al terminar el curso me reincorporé a la disciplina familiar en Vegarienza y al final del verano retornamos todos para Roa.

Cuando les visité por segunda vez para estar con ellos una temporada, se habían construido un chalet en la carretera de Alfageme que arrancaba a la izquierda de la carretera a la Virgen del Camino. Era una casita de una sola planta en mitad del campo, de la que recuerdo los elefantes de ébano y algunas figuritas de marfil propias de la artesanía africana o quizá más especificamente guineana. Cerca de la casa había unas vallas metálicas y casetas restos de lo que debió ser una granja, un negocio familiar con poco éxito y por donde recuerdo merodeábamos. Vivir en mitad del campo, con pocos chicos alrededor, no proporcionaba demasiadas emociones y había que fabricárselas. Desde allí nos íbamos caminando hasta la zona del río Bernesga, entre el puente de San Marcos y el de la estación, con la intención de pescar en un cauce con abundancia de cantos rodados y escaso caudal. Yo seguía siempre a Federe a ojos cerrados a cualquier aventura por descabellada que fuera, pero poner como cebo unas bolitas de pan, creo recordar que condimentadas con algo de pimentón o con trazas de chorizo, siempre me pareció un empeño imposible, acostumbrado como estaba a la sofisticada pesca de la trucha omañesa que requería de cebos más aparentes. Saltábamos de un canto rodado a otro recorriendo todos los remansos, más bien charcos estivales, echando la miguita de pan que se desmigajaba por si a algún barbo despistado y con hambre le convencían nuestras artes de pesca. Para mi aquello era un poco frustrante pues sabía que por muy tontos que fueran los barbos el pan, aún sabiendo a chorizo, no les atraería demasiado. Solíamos volvernos para casa apesadumbrados bajo el peso del fracaso y la expectativa de una larga caminata por el borde de la carretera, con las manos vacías.

Hubo un momento en que toda la familia se fue a vivir a Guinea y aunque ellos venían de vez en cuando a León, solo nos vimos esporadicamente. Cuando yo estudiaba preuniversitario en León, coincidiendo con una de sus visitas, una tarde estuve paseando con Piluca en la inevitable procesión dominical por Ordoño II, con la misma sensación de camaradería y cariño con que nos relacionábamos de niños. En otra ocasión Carmencita, ya casada y creo que con niños, nos visitó un verano en Vegarienza. Solo fueron ramalazos de la antigua convivencia que tan grata había sido para mí.

Tras el proceso de descolonización de Guinea que finalizó con la independencia en 1968, el creciente clima de inseguridad obligó a los españoles a dejar el país precipitadamente abandonando todo lo que habían conseguido tras muchos años de trabajo. La familia Andaluz García al completo regresó a la Península donde se les ofreció algún tipo de trabajo, no sé si a modo de compensación por tener que abandonar sus negocios en la colonia. Se afincaron en la costa levantina y nos vimos en contadas ocasiones. El primo Federe sé que estuvo alguna vez por casa de mis padres, cuando yo trabajaba fuera de Madrid y no le vi. Años más tarde, con motivo de la boda de mi hermana Julia en Murcia, vi por última vez a la tía Epi y a Piluca, hará de esto más de treinta años.

Aunque de vez en cuando he sabido algo de ellos por mi madre, los afanes de cada cual y la vida, que a cada uno nos lleva por un lado, no han facilitado que nos viéramos. Ahora que me he puesto a escribir sobre lo que recuerdo y tras haber intercambiado información y algunas fotos con la prima Mari, con la que afortunadamente he podido contactar a través del blog y telefónicamente, he sentido la necesidad de hablar con ellos para comentar cosas sobre la familia que no tengo claras y que probablemente ellos, que eran los mayores de la generación de los primos, podrían aportar nueva información sobre esta parte de mi familia paterna para aliviar tanto desconocimiento. Solo tengo dos números de teléfono a los que no se pone nadie. Dos familias que inicialmente se mantuvieron en estrecho contacto durante años, nos hemos perdido la pista, al parecer, definitivamente. Sin duda, hemos sido poco cuidadosos de estos antiguos quereres.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

1953 León. Primera comunión de Federe y Piluca.
El autor y su hermana Loli lucieron con orgullo esos mismos trajes en su primera comunión (ver Sensación de importancia).

Agradecimientos: a María Guadalupe García López por sus comentarios esclarecedores y fotografías familiares.

Imagen tomada de: ANAGarciaSandoval.Twiter

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Cuatro estrellas (agua domesticada)

Balde de zinc para baño.

Balde de zinc para baño.

Salvo estancias esporádicas en la casa familiar de León capital, hasta que en 1954 llegamos a Villablino todas las casas en que vivió mi familia no tenían grifos. No hacían falta pues el agua o bien llegaba en cántaros de barro acarreados desde la fuente pública en Roa de Duero o en calderos que traíamos del río Omaña cuando veraneábamos en Vegarienza. Era un bien que había que dosificar con cuidado, no porque fuera escaso sino porque había que transportarlo a mano. En las casas se usaba un tanque, que el hojalatero fabricaba colocando un asa a un bote alargado de tomate, para extraer agua en pequeñas dosis de la tinaja de barro o de los calderos y del depósito de agua caliente de la cocina de leña, para cocinar, fregar y lavarse. Lavarse a diario significaba quitarse las legañas por la mañana, ir bien peinados a la escuela y lavarse las manos antes de comer, asuntó este último al que los chavales no éramos demasiado aficionados contribuyendo con ello al ahorro. En Roa el sábado tocaba bañarse, para lo que mi madre calentaba agua en el depósito de la cocina con la que llenaba un balde de zinc por donde pasábamos todos los hermanos, utilizando el mismo agua con algunos añadidos de agua caliente entre niño y niño. Ni que decir tiene que el retrete era bastante rudimentario y su uso hasta peligroso pues uno de nosotros a punto estuvo de morir ahogado de la forma más afrentosa que se pueda imaginar (ver Primeros tiempos en Roa), en los subproductos que se acumulaban debajo de la tabla con agujero que servía de asiento hasta que unos obreros vaciaban el receptáculo cada unos cuantos meses. Partiendo de esta situación la casa de Correos de Villablino, en pleno barrio de Pérez Vega, nos pareció un hotel de cuatro estrellas. Las esquinas eran de mampostería de piedra vista que también enmarcaba puertas y ventanas y el tejado de pizarra bastante pendiente para evacuar la nieve antes de que cayera la nevada siguiente. Tenía tres plantas y las esquinas que daban a la calle principal que bajaba hasta El Cruce estaban achaflanadas. La planta baja estaba dedicada a oficina de Correos y la tercera tenía dos pisos en alquiler, donde vivieron entre otros don José Boves que me dio clases en el Instituto Laboral y Salvadorel Rubio” maestro de pescadores. Antes de nuestra llegada mi padre había negociado con el dueño, don Paulino el primer hombre que vi ataviado con boina y corbata, que uniera los dos pisos de la segunda planta para dar cabida a la ya numerosa familia. Teníamos cuatro habitaciones dedicadas a dormitorios, un cuarto de estar, un comedor, una despensa grande, un cuartito trastero, la cocina, el baño y un recibidor muy grande. Desde las ventanas dominábamos las cuatro fachadas de la casa que daban a cuatro calles diferentes, teniendo en la que daba al bar Cadenas un mástil para izar la bandera en las fiestas señaladas. Eran unas ventanas de madera reseca por el sol, ya sin rastro de barniz y agrietada por la intemperie, con cristales más bien delgados y clavados a los junquillos con puntas sin cabeza que no impedían que traqueteasen bajo el impulso del viento que se colaba por todas partes. A pesar de estas ventanas tan poco aislantes, nunca pasamos frío. A diferencia de Roa donde el calor lo producían la cocina y una estufa que alimentábamos con tizos de leña que tenía que serrar mi padre, en Villablino la carbonera siempre estaba repleta del carbón que nos traía Ferreras en su isocarro (ver Ferreras el transportista). Además de la amplitud de la casa lo que realmente marcaba la diferencia con nuestras viviendas anteriores, era que disponía de grifos de los que hasta salía agua caliente gracias a un calderín de unos cincuenta litros que caldeaba la cocina. Agua a tutiplén sin más que girar el grifo. Aquí ya no había disculpa, el que no andaba limpio no era por economizar agua, simplemente era por ser un guarro redomado. Pudimos prescindir del balde de zinc, en el que ya con diez años había que bañarse encogido, pues en el cuarto de baño había una magnífica bañera en la que se cabía tendido. Siguió instituido el baño obligatorio semanal, aunque siendo tantos no era posible que cada niño dispusiera de una bañera de agua caliente y limpia para él solo, por lo que unos cuantos hermanos usábamos el mismo agua para el baño. Como nuestra vida en la calle no era especialmente cuidadosa con el barro y la tierra, a medida que pasaban hermanos por la bañera la capa blanquecina de roña y jabón que quedaba en la superficie del agua iba en aumento y recuerdo que había que apartarla del cuerpo antes de salir de la bañera. Además de la bañera y el lavabo en el cuarto de baño disfrutamos por primera vez de un váter, un elemento sin el que hoy día nadie sería capaz de vivir y que las últimas generaciones ven natural disponer de él en las casas. Para nosotros después de tanto tiempo jugándonos la vida usando el retrete de Roa o acuclillados en el Salgueral de Vegarienza, era un placer sentarse en la taza del váter. Hasta entonces yo había tenido totalmente separadas la actividad de descomer y la lectura, pero aquello era tan confortable y privado que enseguida convertí el cuarto de baño en salón de lectura y rara vez entraba allí sin un tebeo o algo para leer. Si la lectura era más o menos prohibida o de mayores, aprovechaba la abertura que había en el pié del lavabo por detrás para guardarla de una vez para la siguiente y así tenerla bien a mano a cubierto de olvidos. Se estaba tan a gusto leyendo, que solo era consciente de que había que levantarse cuando ya las piernas estaban dormidas y acalambradas. Y entonces, era muy difícil levantarse. Acorde con tanto dispositivo novedoso comenzamos a usar papel higiénico El Elefante, que hoy no usaría nadie por rasposo, y que para nosotros era un auténtico lujo viniendo de utilizar papel de periódico arrugado o piedras de río. Desde luego se podía considerar que aquella era una vida de lujo comparada con la que tuvimos en la mesetaria Roa de Duero. Y detrás de todo ello estaba algo tan simple como que de los grifos saliera agua que, en vez de ir a buscarla al río o a la fuente pública, había sido domesticada y discurría por conductos de hierro hasta las casas desde la ladera del Muxivén o la fuente de Riospino. Indudablemente la introducción de la penicilina en el siglo veinte fue trascendental, pero creo que para muchos de mi generación la aparición de los inodoros Roca en nuestras vidas no lo fue menos. Los paréntesis veraniegos en Vegarienza siguieron siendo tan rústicos como siempre, hasta qué en el pozo se instaló una bomba sumergible Vibroberta que llevaba el agua hasta la cocina y a dos cuartos de baño que mandó construir el abuelo. Adiós a los palanganeros y jarrones de porcelana que pasaron a ser puramente ornamentales. El sistema se completaba con una fosa séptica que era incapaz de contener tanto volumen de desecho como se producía en aquella casa, con varias familias de las de antes, de ahí que unos cuantos siguiéramos visitando el Salgueral asiduamente. No hace tanto que se produjo el milagro del agua en los grifos que, además, no costaba ni un duro y de hecho en las casas no había contadores. Del baño semanal hemos pasado a la ducha diaria, al desodorante, a las cremas y no sé cuántas cosas más. Ahora que el agua vale casi tanto como la leche y ya se han fijado en el negocio los mismos que han hecho el agosto con las autopistas, la enseñanza privada, los hospitales y tantas otras áreas de servicios esenciales, poco faltará para que tengamos que volver al balde de zinc y al tanque dosificador. Hasta que el fracking lo estropee todo y ni siquiera haya agua para llenar el balde y el agua pura pase de medirse en litros a hacerlo por lingotes.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: tallerdebelenismo.forocreacion.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Juegos y cantinelas en Roa (ejercicio de nostalgia)

JuegoElCordon

Haciendo figuras con un cordón

En Roa de Duero, allá por 1950, nuestra vida transcurría principalmente en la escuela y en la calle. En la escuela nos organizaban lo que teníamos que hacer, pero en la calle éramos nosotros los que organizábamos nuestra vida. Como entonces no había parques con toboganes, ni ordenadores o consolas, ni televisión (a Dios gracias), a lo largo de los tiempos se habían inventado innumerables juegos cuya simple relación ocuparía un montón de páginas. Y normalmente a cada juego le correspondía una cantinela o retahíla de palabras sin sentido, pero que servía para gobernar la secuencia y el ritmo de la acción. Tantas veces las habré dicho, que sesenta años después y con muy poco esfuerzo las he recordado completas. La diversión nos la fabricábamos nosotros mismos sin más recursos que lo que llevábamos puesto, cromos y canicas aparte, y nuestra hiperactividad.

Cada día al salir de la escuela íbamos corriendo a casa a coger la merienda y nos bajábamos a la calle, dándole mordiscos al pan y lo poco de relleno que tocara ese día, para no perdernos cualquier acontecimiento o diversión. Un escenario habitual era la plaza triangular cuyo vértice era las escaleras de las escuelas públicas y la base la fachada de la casa de Correos donde vivíamos. Era un espacio amplio con cuatro bocacalles que confluían allí (la actual calle Los Balcones, la calle de El Resbalón que bajaba a la plaza de la Iglesia y la que llevaba al Espolón) y con numerosos puntos donde esconderse. Observando desde un balcón lo que pasaba en esa plaza hasta que tuve edad de ir a la escuela, yo había aprendido la mayor parte de las canciones y juegos de niñas y niños cuando salían al recreo. Las mismas que luego pondría en práctica cuando fui un poco mayor.

Jugábamos con cualquier cosa. Con un simple cordón anudado en las dos puntas jugábamos entre dos de nosotros a formar figuras tridimensionales, ayudándonos con todos los dedos de las dos manos. Uno formaba una figura y el otro recogía tú figura con unas posiciones increíbles de sus dedos y el cordón adoptaba otra forma que tú transformabas en la siguiente secuencia, hasta que ya no había más inventadas. Y si no teníamos cordón lo fabricábamos a partir de un hilo, tal como nos había enseñado mi madre, retorciéndolo y doblándolo hasta conseguir el grosor adecuado.

Con ese mismo cordón pasado por dos agujeros de un botón grande, construíamos lo que denominábamos un “bufón” por como bufaba al hacerlo girar a toda velocidad. Poníamos cada extremo del bucle del cordón en un dedo corazón y, con el botón en el centro, hacíamos que el cordón se retorciese volteando el botón de forma giratoria. Cuando el cordón estaba retorcido, estirábamos y encogíamos el cordón imprimiendo al botón un giro muy rápido que hacía que bufase. Sencillo y divertido. Una variante era sustituir el botón por una madera plana, con dos agujeros y pintada de colores de forma que simulaba círculos concéntricos de colores variados.

En Roa un juego muy habitual entre las chicas era el de Las Tabas, unos huesecillos de las patas de los corderos, que había que recoger o recolocar en distintas posiciones, de una en una o de dos en dos, antes que cayera al suelo el pitón, que era una canica de cristal, que se había lanzado al aire antes de iniciar los movimientos. Era un juego de habilidad y orientación pues había que manejar las tabas al tacto mientras se seguía con los ojos la trayectoria del pitón que había que recoger en el aire con la mano. Las tabas estaban pintadas de colores llamativos. En cualquier rincón abrigado del viento, al lado de las escuelas o en el Espolón, había grupos de chicas sentadas en el suelo moviendo las tabas con habilidad.

Un juego muy inocente al que solíamos jugar en casa, consistía en que uno de nosotros se agachaba poniendo su cabeza en el regazo de otro que estaba sentado y se denominaba “madre”, por ser el encargado de decidir lo que era cierto. Otro de nosotros golpeaba suavemente en la espalda del que “la quedaba” alternativamente con el codo y con los nudillos mientras la madre recitaba

De codín, de codera, que te majo la mollera,
adivina, adivina, cuantas dedos tienes encima

Al terminar la cantinela, el que golpeaba ponía varios dedos de punta encima de la espalda del que la quedaba. Él tenía que averiguar la suma de dedos que presionaban, muy ligeramente para no dar pistas, su espalda. Si acertaba, se intercambiaban los papeles.

Aunque no se entienda muy bien por qué nos sentíamos tan felices siendo poseedores de gran cantidad de alfileres doblados o de un buen mazo de mamarrachos cochambrosos, había otros juegos que buscaban el beneficio de ganárselos al contrario. En Roa era frecuente ver a varios en un rincón, sentados o en cuclillas, jugando compulsivamente a los alfileres. Cada uno ponía en el centro del corro el número de alfileres estipulado, que previamente habíamos obtenido esquilmando los acericos de nuestras madres, y que se tapaban con tierra. Por turno se golpeaba con una piedra sobre el montón de tierra y se ganaban los alfileres que quedaban al aire. Era un juego más bien tonto, pero que ponía en evidencia lo que más adelante seríamos capaces de hacer con dinero.

Con los cromos y con los mamarrachos, que eran las tapas de las cajas de cerillas, que arrancábamos en casa sin esperar a que se terminaran los fósforos, jugábamos  “al embruño” (se describe en el post Primeros tiempos en Roa) donde poníamos empeño en engañar al contrario sobre el número de ellos que encerrábamos entre las manos.

Con los cromos también jugábamos a “la pared”. Se trataba de dejarlos caer al suelo por turno, desde una raya que hacíamos en la pared. Los cromos descendían planeando y se extendían por el suelo, ganando todos los cromos el primer jugador cuyo cromo “montaba” (quedaba encima de) uno de los que ya estaba en el suelo. Había que calcular como el viento afectaba al vuelo del cromo, que a veces abarquillábamos un poco para facilitar el planeo si se tiraba el cromo horizontalmente. Si querías que el cromo se alejase de la pared, se dejaba caer verticalmente y pegado a la pared, con lo que el cromo en vez de planear daba volteretas alejándose. Recorríamos el pueblo desafiantes con nuestro mazo de cromos buscando a quién esquilmar. Aunque, a veces, salíamos trasquilados. Este juego les encantó a mis hijos cuando se lo enseñé y el mayor esquilmaba a sus dos hermanos.

Los mamarrachos sustituían a las monedas en algunos juegos como La Tarusa, a la que solíamos jugar en La Cava, la explanada donde estaba el frontón y se colocaba la plaza de toros en las fiestas. Los mayores jugaban con monedas de verdad y nosotros con mamarrachos. La tarusa era un una especie de bolo pequeño, de unos quince centímetros y cilíndrico aunque solía tener una especie de cintura más estrecha o alguna filigrana, que se colocaba en el suelo verticalmente y sobre el que cada jugador ponía los mamarrachos estipulados. A una distancia marcada por una raya en el suelo, a ocho o diez metros de la tarusa, los jugadores tiraban por turno y raseando por el suelo discos de hierro, que recuerdo muy pesados, con el objeto de tirar la tarusa y los mamarrachos que tenía encima. El que derribaba la tarusa ganaba los mamarrachos que quedaban más cerca de su disco de hierro que de la tarusa. El resto de mamarrachos se añadían a la puesta de mamarrachos de la tirada siguiente. La Cava era un hervidero de grupos de hombres y chavales jugando a la tarusa y a las chapas. Las chapas era un juego muy sencillo consistente en una raya pintada en el suelo a la que los jugadores intentaban aproximarse lo más posible lanzando una moneda de cobre desde tres o cuatro metros. Ganaba el que más cerca quedaba de la raya.

Un buen día, sin acuerdo previo y como obedeciendo a las mismas pulsiones que hacen que todos los árboles empiecen a echar hojas al mismo tiempo o que todas las mariposas inicien sus vuelos el mismo día de primavera, aparecíamos con las peonzas y todo el pueblo se llenaba de corros de chavales bailando las peonzas, luciendo sus habilidades y haciéndolas chocar contra las de los rivales. Las canicas las llevábamos siempre en el bolsillo y en cualquier momento del año podíamos iniciar una partida de gua. La Vuelta Ciclista nos marcaba cuando había que comenzar a preparar las chapas y llenábamos las aceras del pueblo con pistas ciclistas, pintadas con tiza o trozos de yeso, donde demostrábamos nuestra habilidad afrontando mil curvas antes de llegar a la meta y que nos mantenía en cuclillas tanto tiempo que nos costaba levantarnos de agarrotadas que se nos quedaban las piernas.

Pero los juegos a los que dedicábamos más tiempo y entusiasmo eran los que implicaban un cierto cuerpo a cuerpo. Juegos con un gran derroche de esfuerzo físico y habilidad, que servían para ganarse la admiración de los demás por la rapidez o la destreza y que proporcionaban infinidad de ocasiones para festejar las situaciones que se presentaban en los distintos lances y que también servían para reírse de los torpes y hacer escarnio de los menos amigos.

Una de las primeras cosas a dilucidar eran los componentes de cada equipo en contienda o quién la “hincaba”, es decir, quién era el pobrecillo sufridor si se trataba de un juego en el que todos demostraban sus habilidades menos uno, que era el que las soportaba. Y para todo ello había sus procedimientos.

En el caso de juego con burro, nos poníamos todos en corro y había uno encargado de ir liberando sucesivamente a los jugadores, según la suerte, hasta que el último se convertía en el sufridor. Para determinar la suerte había varios sistemas. El más usado en Roa era aquel en el que el líder sacudía arriba y abajo la mano con la que luego nos iría señalando sucesivamente mientras recitaba la salmodia

Plon, chiviricú, chiviricá,
chiviri, curi, curi, fá,
chiviri, curi, curi, fero,
chiviri, curi, curi, fá

Cuando alguien del corro decía “Basta”, la mano detenía sus sacudidas y con el índice empezaba a señalarnos sucesivamente a cada golpe de voz, de forma que el señalado con el último “” de la salmodia quedaba liberado. Y así se seguía hasta que solo quedaba uno que era el que la “hincaba”.

Si en el momento de echar suerte te entraban ganas de orinar o de cualquier otra urgencia, le decías a un amigo que te representara “poniéndote una mano” mientras te acercabas a la esquina más próxima para aliviarte. El elegido levantaba una mano y el dedo señalador la tenía en cuenta como si fuera tu misma cara. Dependiendo de la suerte, cuando volvías lo hacías ya con carácter de liberado o de burro.

Otra cantinela muy utilizada, esta sin meneo de mano, era la que contaba nuestras caras, a una cara por palabra, así

“Una, dola, tela, catola, quila, quilete,
estaba, la reina, en su, gabinete,
vino el, civil, apagó el, candil,
candil, candilón, justicia, y ladrón”

Si el juego era el de policías y ladrones, los grupos se formaban con aquellos a los que les tocaba la palabra “justicia”, eran los buenos, y los señalados como “ladrón” eran los que los policías tenían que detener.

Otra de las innumerables cantinelas, con la misma mecánica de ir señalando a cada uno de los del corro, era

En un café, se rifa un gato,
al que le toque el número cuatro,
un, dos, tres y cuatro.

Había una cantinela para cada cosa. No significaban nada o eran rimas sin sentido, pero que todos nos sabíamos y aceptábamos como procedimiento indiscutible para marcar el orden de los jugadores.

Cuando nos sentábamos alrededor de la mesa camilla para una sesión de Juegos Reunidos, un invento extraordinario que rellenó tantas y tantas horas de nuestra niñez, cada uno de nosotros ponía una mano encima de la mesa para dilucidar quién era el primero en salir en La Oca o El Parchís. Uno de nosotros empezaba a pellizcar ligeramente en cada mano mientras recitaba

Pim, pim, zarramacutín, la ceca, la meca, pasó por allí,
vendiendo sal, sal menuda, pide para la cuba,
cuba de barro, pide para el caballo,
caballo morisco, pide para el obispo,
obispo de Roma, tápate la corona,
que no te la vea la gata rabona.

El dueño de la mano pellizcada con la “gata rabona“, era el primero en mover el cubilete con el dado.

Cuando eran dos los equipos contendientes, siempre había un par de chavales considerados como líderes que se encargaban de escoger los componentes de su equipo, “echándolo a pies“. Se distanciaban unos metros y, como si fuera un duelo entre dos pistoleros, avanzaban el uno hacía el otro con pasos del tamaño del pie, poniendo el talón de un pie a continuación de la puntera del otro. Cuando uno de ellos ya no podía colocar el pié sin pisar el de su rival, probaba a ver si le cabía el pie transversalmente entre los dos pies y, si era así, decía “Monta y cabe” y él era el primero en escoger entre todos los participantes. Si el pie no cabía, había que reiniciar el duelo de pies. La elección de participantes seguía criterios de amistad o de habilidad y rapidez. Ni que decir tiene que los que corrían menos o eran poco habilidosos iban quedando para el final.

Cuando en el juego era de todos contra uno, entre cada participante y el que la quedaba se establecían diferentes formas de jugar que ponían de manifiesto el nivel de amistad o enemistad que les unía y también había espacio para que el espíritu sádico de algunos se pusiera en evidencia. Un ejemplo muy claro de esto era el juego de “A la una, anda la mula“. Era el juego más común con el que rellenábamos muy buenos ratos tan pronto nos reuníamos unos cuantos. El que le tocaba hacer de burro, arqueaba la espalda y se apoyaba con las manos en las rodillas, metiendo la cabeza todo lo que podía debajo del pecho y mirando de reojo quién era el que se le venía encima, para relajarse o ponerse en guardia. Los demás saltaban sobre él apoyando las manos en su espalda, recitando las frases establecidas y haciendo los gestos o acciones aludidas ya que, de no hacerlo bien, se pasaba a ser el nuevo burro:

· “A la una, anda la mula“. Simplemente se saltaba por encima del burro, pasando una pierna por el lado de la cabeza y otra por el culo y apoyándose con las manos en su espalda. Los amigos, a menos que fueran torpes o gordos, eran ligeros como plumas y casi no notabas su peso en la espalda. Los había “mala idea” que se apoyaban con los nudillos y te sacaban la asadura por la boca.

· “A las dos, la coz“. Al tiempo de saltar, se le daba un toque al burro en el culo con el talón. Aquí los sádicos, o “dañinos” como les decíamos, propinaban una buena coz que si el burro no era experto o estaba desprevenido, le hacía dar unos traspiés y hasta podía caer de bruces.

· “A las tres, almirez“. Se saltaba golpeando ligeramente con los nudillos, como llamando a la puerta, en la espalda del burro. Lo de ligeramente no era interpretado de igual forma por todos, según fueras amigo o tuvieras alguna cuenta pendiente con el burro.

· “A las cuatro, culada que te parto“. Los amigos resbalaban sobre tu espalda y los “mala leche” se dejaban caer con todo su peso intentando que el burro se desplomase, con el consiguiente jolgorio de los demás y detrimento de tus riñones.

· “A las cinco, salto y dejo mi cinto“. En vez del cinturón, se dejaba encima de la espalda del burro el pañuelo o moquero. Y efectivamente, unos eran pañuelos y otros un trapo de color indefinido en el que solía predominar el amarillo verdoso. Había que esmerarse en la colocación, porque en la pasada siguiente había que ser capaz de recogerlo sin incidentes. Si eras amigo del burro, podías colocar tu pañuelo de forma que en el salto siguiente, alguien se viera obligado a tirar alguno de los pañuelos.

· “A las seis, salto y lo vuelvo a recoger“. Mientras se saltaba, había que recoger tu prenda sin que se cayese ninguna de las demás. Si lo conseguías, te lo guardabas en el bolso aliviado, pero con cierta aprensión por su contacto con los mocos de los demás, salvo que fueras uno de los de moquero. Si tirabas alguno de los pañuelos, eras el nuevo burro.

· “A las siete, planto mi carapuchete“. Se repetía la misma secuencia anterior, pero dejando ahora un objeto que podía ser una piedrecita o algo similar.

· “A las ocho, un bizcocho“. Se saltaba haciendo ademán de comer y aquí cada uno intentábamos poner de manifiesto la expresividad y capacidad de provocar la risa de los demás.

· “A las nueve, saca la bota y bebe“. Gesto de empinar la bota de vino mientras se saltaba, haciéndose el borracho al llegar al suelo.

· “A las diez, otra vez“. El que había logrado éxito en la pantomima anterior se esforzaba ahora en reforzar la gracia.

· “A las once, llamé al conde“…….
· “A las doce, me responde“……
· “A las trece, ya amanece“…….
· “A las catorce, ya te lo diré“…..
· “A las quince, el estrinque“……

· “A las dieciséis, espolique inglés“. Nueva coz y a salir corriendo para que el burro no te pillara pues te convertías en el nuevo burro. Podéis imaginaros las ganas con que corría el burro detrás de los que más le habían zaherido aunque, si eran más veloces que él, solía pagarlo el gordito o el que menos corría.

La verdad es que era un juego que dejaba mucho espacio a la expresividad y permitía reafirmar las relaciones de amistad u odio entre los miembros de la pandilla.

En Roa aprendí a construir algunos juguetes como las jeringas, tiravetes, muñecos saltimbanquis, culebras de madera, juegos “mágicos” consistentes en dos piezas de alambre separadas y cerradas que podían introducirse una en otra sin romperlas. Era un juego del que casi siempre había que explicar el truco, que era facilísimo, porque pocos conseguían engarzar las dos piezas.

La culebra se hacía a partir de una vara de madera que se partía en pequeños cilindros, con grosor en disminución simulando el cuerpo de las culebras. Se partían longitudinalmente en dos y se volvían a juntar pegándolos dos a dos sobre una tela que hacía de armazón o columna vertebral. Se remataba con una cabeza también de madera en la que se ponía una lengua bífida y dos ojos formados por alfileres con cabeza de vidrio. Se pintaba el cuerpo con color verde oscuro y la boca de rojo intenso. Al poner la culebra horizontalmente y ladearla ligeramente con los dedos, se movía como si fuera una culebra de verdad causando gran impresión a algunos.

Esta relación de juegos es necesariamente reducida y seguramente no los he descrito con suficiente claridad o extensión. Podría haber hablado del Escondite o La Maya, del Pañuelo, de Tres Navíos en el Mar (“Tres navíos en el mar” decían los que se escondían y “Otros tres en busca van” respondían los que iban a buscarles), de Pies Quietos, etcétera, etcétera, pero no acabaría nunca.

Aunque no me resisto a incluir la última cantinela que, de vez en cuando, me viene a la memoria y que era la que entonaba la “madre” como si fuera un muecín, mientras tapaba los ojos al que la ligaba y los demás salíamos corriendo a escondernos

Ore, ore, churrúscamele
Orales, orales, churrúscame los costales
Troncho, berzas, orejas para venir
Una
Ore, ore, churrúscamele………orejas para venir,
Dos
Ore, ore, churrúscamele………orejas para venir,
y Tres

A la de tres, el que la ligaba salía a buscarnos y nos traía por una oreja hasta donde estaba la madre, tal como anunciaba la salmodia.

Aún no se habían inventado los 40 Principales, pero nosotros teníamos más de cuarenta cantinelas para gobernarnos en el día a día de los juegos.

Había un juego que no consigo recordar de forma completa. Lo jugábamos cuando en la calle había un montón de arena de una obra. Se hincaba un palito en la arena y se escarbaba con la punta de los dedos en la base del palito, con cuidado para que no se cayera, mientras se decía “perrito no me muerdas, te daré pan y gerdas, …..“. Pero no se en que más consistía el juego ni como se acababa. Si alguno de los que lea este post lo recuerda, le agradecería me lo explicara en el área de comentarios.

Lo que sí es cierto es que no conocíamos el aburrimiento y éramos cualquier cosa menos sedentarios. Con estos juegos y sus correspondientes cantinelas nos desfogábamos a diario en las plazuelas de Roa. Sin coches, las calles y plazas eran completamente nuestras. Benditos juegos de entonces que nos enseñaban a entonar y convivir, esto último según y cómo y con quien.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Travesía al paraíso (¿legaterna o lagartija?)

Vagón de madera, habitual allá por 1950

Al final del curso escolar en Roa de Duero, llegaba el momento de irse de veraneo a Vegarienza, en León, y la excitación se apoderaba de nosotros desde unos cuantos días antes. La perspectiva de vivir tres meses sin ir a la escuela, comer razonablemente bien y vivir medio salvajes, nos ponía a cien. También influían los preparativos del equipaje, sabíamos que nos comprarían algo de ropa o calzado a cada uno de nosotros y el viaje en si mismo, una novedad en casi un año de no movernos del mismo sitio.

Hacíamos el viaje los cinco o seis hermanos a cargo de mi madre, pues mi padre seguiría trabajando en Correos hasta sus vacaciones, allá para Julio, en plena siega de la hierba en Vegarienza. Íbamos a la estación, que distaba unos kilómetros del pueblo, en el coche que llevaba las sacas de correo. Era un coche alargado, con puertas de madera que por su estética decían que era una “rubia“. No sé cómo mi madre era capaz de pastorear a tanta chiquillería y que no se despistase ningún hermano ni el equipaje.

En el tren viajábamos en vagones de madera con asientos corridos de tiras del mismo material y ventanas que se subían y bajaban mediante una correa de cuero, sujeta a la parte inferior del marco. El equipaje iba encima de nuestras cabezas, sobre un estante de madera y sin sujeción de ningún tipo, moviéndose inquietantemente al compás de los traqueteos del tren. Nos estaba prohibido asomarnos a la ventana, pues mi madre decía que nos podía cortar el cuello una señal o la barandilla de un puente. Íbamos como hipnotizados siguiendo con la vista los postes que pasaban a toda prisa por la ventanilla y con la sensación de que los que realmente viajaban eran ellos. Al rato, me dolían los ojos y el cuello de seguir con la vista los postes. En las curvas podíamos ver por la ventanilla como la máquina de vapor lo expulsaba fatigosa pero incesantemente por la chimenea, lo que hacía necesario recargar agua en la máquina en alguna estación intermedia para poder continuar viaje. Había estaciones en las que no se detenía el tren, pero allí estaba en el andén el jefe de estación en posición de firmes y con el brazo en ángulo recto, sujetando un banderín de tela roja para indicar que todo estaba en orden. En las estaciones donde el tren se detenía unos minutos, se acercaban a las ventanillas vendedores con bocadillos y refrescos que observábamos con ojos golosos, pero a ninguno se nos ocurría pedir nada pues sabíamos que nuestra comida saldría de la fiambrera que había preparado mi madre. Filetes empanados y tortilla de patata con abundante pan.

Aguantábamos todo lo que podíamos antes de ir al aseo, pues la cosa se las traía. Estaba situado en el exterior del vagón, en la plataforma por la que cada vagón se unía a su contiguo, donde el ruido y el traqueteo de las ruedas sobre los raíles era ensordecedor y el miedo a caer hacía que nos agarráramos a las barandillas con toda la fuerza. Era un cubículo de menos de un metro, con una taza minúscula a través de cuyo agujero se veía pasar las piedras de la vía a toda velocidad y como tu pis las iba mojando. Era irremediable pensar en los regalitos que se encontrarían los operarios que arreglaban las vías.

Por la noche era complicado dormir en aquellos bancos de madera tan incómodos y seguíamos mirando a través de la ventanilla intentando adivinar lo que había al lado de la vía, pero era como viajar a través de un inmenso túnel que solo se interrumpía de estación en estación. En alguna de ellas, contemplábamos con curiosidad y algo de inquietud como operarios de Renfe, vestidos con uniforme azul oscuro, casi negro de tan sobado, y alumbrándose con un farol de aceite, golpeaban con un martillo los bujes de los vagones para verificar el buen estado del tren de rodadura y los frenos.

Había que hacer transbordo en Valladolid, donde pasábamos casi toda la noche. Nos daba tiempo a dar un paseo por el parque próximo, del que recuerdo unos soberbios pavos reales con sus colas desplegadas de coloridos inimaginables. Era una cita obligada en cada viaje. Viaje que no dejaba de tener un poco de aventura, sobre todo para mi madre que tenía que controlar a aquella numerosa troupe con su equipaje, y que podía tomarnos casi un día completo para cubrir poco más de trescientos kilómetros. No sabría decir cuántas veces le preguntábamos a mi madre en el transcurso del viaje si aún faltaba mucho.

Ya en León, bajábamos del tren muertos de sueño y llenos de trastos. Caminábamos como una pequeña tribu hasta las cocheras de donde salía el autobús de Beltrán que nos llevaría a Vegarienza. Si era de día y aún no era la hora de coger el autobús, hacíamos un alto en el camino para tomar un helado en la Coyantina, mientras admirábamos al fiero Guzmán El Bueno señalando el camino de la estación a quien no estuviera a gusto en la ciudad. Ya desde aquí la ansiedad de llegar a Vega iba en aumento y en el renqueante autobús no dejábamos de preguntar si faltaba mucho para llegar.

Al poco de salir de León, entrábamos en una carretera flanqueada por chopos a ambos lados que le daban aspecto de túnel vegetal interminable, que anunciaba que habíamos llegado a un territorio en el que el color predominante sería el verde, en su infinidad de tonalidades, y que dejábamos atrás el color terroso de la meseta. Enseguida aparecían las primeras estribaciones montañosas donde era difícil encontrar alguna extensión de terreno llano. Entrábamos en la montaña leonesa.

La llegada a Vega era indescriptible. La primera impresión que recuerdo era que la cuesta de la Era Vieja me parecía menos alta que el año anterior. Nunca entendí como unos pocos centímetros más de mi estatura podían surtir aquel efecto tan espectacular de reducir la altura de los montes y de los árboles. Debía ser que además de crecer unos centímetros, teníamos una sensación mayor de seguridad en nuestra capacidad de escalarlos. Esa era la mejor evidencia de que crecíamos.

Después de dar los apresurados besos de ritual, salíamos escopetados hasta el río a tirar piedras y pescar los primeros renacuajos, hasta que nos llamaban para la comida. Y enseguida, a ver cómo iban las manzanas de tía Blanca para saber cuando les podríamos hincar el diente y asegurarnos que el guindal venía cargado y que aún los tordos no se habían comido todas las guindas. Visita rápida a la cuadra para ver si la Garbosa tenía el mismo aura de vaca guerrera y moscadora de otros años, que nos aseguraría ratos muy complicados cuando apretara el sol, y ver si la burra daba signos de reconocerme. Con algunas reservas sobre los disgustos que los animales de mi abuelo nos proporcionarían, comprobábamos que nada había cambiado en el paraíso que disfrutaríamos durante meses. El Pol y el Jay nos seguían de un lado a otro moviendo el rabo felices, esperando algún currusco de nuestras meriendas.

Solo faltaba adaptarse rapidamente al nuevo hábitat y a sus gentes, para lo que había que cambiar algunos aspectos del esquema mental que regía en Roa. A las legaternas había que llamarles lagartijas y entender que cuando alguien decía “chito” había que entender perro o estar siempre ojo avizor para no pisar una boñiga o abrasarse con una ortiga. Que en los árboles ya no había que buscar “cagao de puta”, sino el brillo de las guindas, ciruelas o manzanas que ya empezaban a madurar. Que ya no estaba prohibido acercarse al río, pero que había que estar atento al guardarríos; que además de la misa semanal aparecía el rosario diario y que había que ponerse a las órdenes del abuelo para lo que hubiera menester, que solía ser mucho.

Demasiadas cosas a tener en cuenta, pero seguro que merecería la pena como en años anteriores. Los primos de tía Blanca también habían crecido lo suyo y ya habíamos quedado con ellos para vernos esa misma tarde en las llamas de Castriello, con nuestras respectivas vacas, y reeditar andanzas conjuntas de años anteriores. En el bolsillo ya teníamos la navaja con la que untaríamos la mantequilla en el trozo de pan de centeno de nuestra merienda y estábamos convencidos que este año la Garbosa no iba a tener tan fácil escapar de nosotros cuando moscase. No en vano habíamos estado todo el curso entrenado a recorrer las calles de Roa detrás del aro, para estar a la altura de estos desafíos.

Automóvil "rubia", estación de Roa en 2006, estatua de Guzmán El Bueno de León.

Automóvil “rubia”, estación de Roa en 2006, estatua de Guzmán El Bueno de León.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: blogs.elcorreoweb.com, escuderia.com, elleoncurioso.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Últimos años en Roa (el aprendizaje de la calle)

Gesto supremo de camaradería en Roa de Duero, allá por 1952 o 1953

Con siete u ocho años ya me daban permiso para ir más allá de la plazoleta de mi casa, hablo de la casa de Correos de Roa de Duero donde trabajaba mi padre como administrador, y empezó un tiempo de experiencias en que raro era el día que no aprendía algún sitio nuevo donde ir o alguna cosa excitante que hacer. Éramos como una página en blanco en la que solo estaba escrita la palabra inocencia, pero no con tinta indeleble, y que cada día se desvanecía más a medida que aprendíamos cosas, oíamos lo que los chavales mayores nos transmitían o visitábamos nuevos lugares. Era el aprendizaje de la vida.

Yo era bastante tontorrón y recuerdo cómo caía una y otra vez en las bromas de los más mayores. Cuando volvíamos a la calle nada más parar de llover, siempre había alguno que me gastaba la misma inocentada. Se acercaba a un árbol pequeño y me gritaba “¡Corre, corre! Mira, un nido”. Yo acudía corriendo donde estaba él y me ponía a mirar hacia arriba como un tonto, momento que aprovechaba el bromista para sacudir el árbol y empaparme con las gotas que aún estaban sobre las hojas. Era tal el entusiasmo que ponía en seguir a los mayores, que aquella broma me la pudieron hacer cuarenta o cincuenta veces. Hasta que fui capaz de pensar un poco antes de seguir alocadamente a los mayores, y entonces me convertí yo en embromador de los más pequeños, disfrutando del placer de sentirte menos tonto que el que habías empapado y de subir un escalón en el escalafón de la calle.

La sensación de peligro no existía en la calle pues casi no había vehículos. Había un autobús que venía de Aranda todos los días, algunos camiones desvencijados y un par de coches en todo el pueblo, que iban tan despacio que, cuando oías el ruido del motor, te daba tiempo a atarte los cordones de las dos botas en mitad de la calle antes de que los vieras aparecer. Cómo serían de rápidos, que uno de los deportes favoritos era subirse a la trasera de los coches, agarrados a la rueda de repuesto que llevaban detrás y con los pies sobre el parachoques. Solo había que tener la precaución de tirarse antes de que empezaran a bajar una cuesta ya que allí se embalaban. Subirse al coche era sencillo y el conductor no se daba ni cuenta, pero bajarse era algo más complicado pues había que seguir corriendo a la misma velocidad del coche y, a veces, se pagaba con un buen desconchón en las rodillas. Está claro que esto solo lo pude hacer después de haberme curtido en otras peripecias menores.

Pero la ausencia de sensación de peligro era cierta. No más peligro que el que podías tener en la plazoleta de delante de casa. En una ocasión estaba sentado en una piedra, a modo de mojón, que había en la esquina de casa y que daba a la calle de El Resbalón. Sin saber ni por qué ni de dónde vino, me pegaron un cantazo en la cabeza que me hizo una brecha. Y es que en Roa las pedreas estaban a la orden del día. Se montaban tan pronto como nos encontrábamos dos grupos de distintos barrios y solo se terminaban cuando en tu bando había muchos afectados por las piedras y había que salir corriendo o cuando se acababan las piedras. Y solíamos tener buena puntería. Nos entrenábamos tirándoles a las ratas que había en la salida de las tuberías de los desagües que estaban al lado de las escaleras que bajaban desde el Espolón hasta el río. Nos pasábamos allí horas sacudiéndoles a los roedores.

Y cuando no había pedrea, organizábamos batallas a espada en las eras que estaban cerca de la Cruz de San Pelayo. Un buen día desaparecían de todas las casas los mangos de las escobas, que eran de madera, y se convertían en espadas que esgrimíamos con ardor, influenciados por lo que leíamos en los tebeos del Guerrero del Antifaz, “novelas” les llamábamos allí, y la película de Robín de los Bosques. Nos juntábamos un montón de chavales y allí nos pasábamos la tarde dándonos mandobles, conquistando posiciones y muriendo en combate. Siempre era un problema decidir quién había ganado la batalla, pues en el recuento de muertos no siempre había consenso.

Viendo a los mayores, aprendí a trepar por las columnas cilíndricas de hierro de los soportales de la plaza, que estaban pulidas como el cristal, poniéndome un cinturón a la altura de los tobillos y reptando columna arriba. También dominaba el uso del aro con el que recorría todas las calles del pueblo a todo correr. A deslizarme en invierno cuando había hielo en la calle y hacíamos los resbalitos. A jugar al frontón, al balón, a la tarusa en La Cava. A comer la capa verde y dulce que tenían en su interior el “cagao de puta” que era como llamábamos a las vainas del algarrobo. Lo de cagao era por el color marrón que tenían las vainas cuando estaban maduras. El genitivo ya no se a que obedecía.

Y a deslizarme por las baturras. Las baturras eran un canalillo que hacíamos en la tierra arcillosa en la pendiente que bajaba desde el paseo de El Espolón a la carretera que subía del río. Podía ser una distancia de entre ochenta y cien metros. Todos los del grupo nos poníamos en la parte de arriba de la baturra y meábamos en la canal, con lo que conseguíamos que se formara una película de barrillo superficial sobre la que resbalábamos. Nos poníamos con un pie en la baturra y, doblando esa pierna mientras estirábamos por delante la otra, empezábamos a bajar a toda velocidad manteniendo el equilibrio con una mano a cada lado de la baturra. Normalmente no pasaba nada y el juego se acababa cuando ya no podíamos mear más y la baturra se secaba. Un día de mala suerte me rompí la pierna derecha y un vecino mayor que yo que me vio, me llevo a casa arrujas mientras yo lloraba a voz en grito. Los cuarenta días de escayola fueron un suplicio por el picor y, sobre todo, por lo que me estaba perdiendo en la calle. Mi hermano Fernando me dice que el día de la rotura de pata, en un “más difícil todavía” a que nos tenían acostumbrados los titiriteros que de vez en cuando llegaban a Roa, yo le llevaba a él sobre la espalda mientras bajábamos por la baturra. Demasiados kilos para tan poco hueso.

No sé si con conocimiento de mi madre o en su completa ignorancia, nos acercábamos hasta la ribera del río Duero que pasaba por allí con un caudal respetable, color barro. En primavera, cuando el fruto de los almendros estaba en leche, bajábamos como una bandada de langostas desde el Espolón a las tierras de labranza que estaban al lado del río y nos hartábamos de almendrucos. Además de hartarnos a pié de almendro, nos remetíamos los jerséis debajo de los pantalones, a modo de barriga suplementaria, y los llenábamos de almendrucos hasta que parecíamos embarazadas y emprendíamos el camino de regreso a casa. Ahora me imagino la gracia que les haría a los dueños de los almendros.

Aprendí a hacer cosas completamente inútiles, pero necesarias si querías mantener un cierto estatus dentro del grupo. Como restallar los dedos tirando de ellos hasta que se descoyuntaban o eructar adrede encogiendo y estirando la tráquea como si fueras un pavo, hasta que se te irritaba la garganta y no podías más. Imitar el ruido que hace un corcho cuando salta de la botella, metiendo un dedo en un carrillo de la boca y sacándolo haciendo palanca. A tirar sonoros pedos apretando con el brazo la mano ahuecada colocada en el sobaco para regular la salida del aire, haciendo el pedo más o menos sonoro y largo. Todos estos ruidos, era un recurso muy socorrido en las situaciones solemnes o cuando había que estar en silencio. Era el caso de cuando se hacía cargo de la clase de don Leandro un profesor medio sordo o que no se enteraba de nada. Tan pronto el profesor se volvía de espaldas para llenar la pizarra de trazos blancos, se levantaba un guirigay de eructos artificiales, pedos sin olor y taponazos que provocaban un alud de risas y miradas cómplices, mientras el profesor seguía a lo suyo explicándonos la regla de tres, no enterándose del barullo que inundaba toda la clase o haciéndose el tonto mientras nosotros seguíamos simulando escribir en los cuadernos sus doctas enseñanzas. Un auténtico diálogo para besugos. Había algún chaval que añadía a aquel repertorio de tonterías darse la vuelta al párpado, mientras seguía como si tal cosa hablando y mirándote con el borde del ojo sanguinolento. Por más que lo intenté no lo conseguí, pues no tenía el valor suficiente. Y otras cuantas cosas más, gansadas más bien, que te permitían seguir el ritmo de la pandilla.

La pandilla era importante, pero los más amigos no pasaban de dos o tres. Entre fechoría y fechoría, caminábamos por la calle en línea con los brazos sobre los hombros de los que iban a tu lado. Era con los que compartías un trozo de bocadillo o a los que dejabas dar un mordisco en la pastilla de chocolate de tu merienda. Eso si, bien marcado con los dedos el límite de donde sus dientes no podían pasar. Cuando uno de ellos te traicionaba o no te dejaba morder de su merienda, surgía el mayor de los reproches, que se materializaba en la frase “Ya no te ajunto”. Y durante unos días o unas horas o solo unos instantes, dejaba de formar parte de tu círculo de los más queridos y ya no le pasabas el brazo por el hombro. Hasta que hacía méritos, se mostraba compungido por su comportamiento y terminaba por decir la frase ritual “¿Me ajuntas?”. Tu, que en el fondo te sentías peor que él, decías que si le ajuntabas y todo volvía a la normalidad, a compartir juegos, pertenencias, meriendas y confidencias.

La indumentaria habitual eran unas sandalias de cuero con hebilla, calcetines, pantalones cortos y, en invierno, jersey y medias de hilo hasta la rodilla sujetas con ligas, alrededor de las que enrollábamos lo que sobraba de las medias. En invierno solía hacer mucho frío y un aire tan fuerte que lanzaba las piedrecillas contra las pantorrillas a una fuerza tal que parecían picotazos. En una ocasión me compraron unas zapatillas de esparto que no pesaban nada en comparación con las sandalias. Fue tal la sensación de ligereza que cogí el aro y me recorrí el pueblo varias veces a toda mecha. Todavía no se había inventado el marquismo. Me imagino a mis hijos con unas medias con ligas y sandalias con hebillas o zapatillas de esparto que no decían que eran Nike.

Debido a todas aquellas travesuras, conocí varias veces el efecto de la suela de goma de la zapatilla de mi madre en el culo y, sobre todo, como escocía en la parte de atrás de los muslos, que el pantalón corto dejaba al aire. Si tengo que ser justo, siempre tuve el convencimiento que me merecía los zapatillazos. Y, aunque a mamá no le temblaba la mano al impartir justicia, yo veía la angustia que tenía encima al tener que aplicar la ley casi sagrada del castigo. Estaba claro, el que la hacía la pagaba.

Otro atractivo eran los titiriteros y los húngaros que de vez en cuando aparecían por el pueblo. Pasaban por la calle tocando la trompeta y el tambor, llevando con ellos un mono o una cabra a la que hacían subir por una escalera con un escalón final mínimo, donde le cabían las cuatro patas a duras penas y allí la obligaban a girar sobre si misma.

Titiriteros.

Los húngaros (ninguno sabíamos que el nombre hacía referencia a su lugar de origen) solían traer un oso atado con una cadena de hierro que hacían bailar cada poco, mientras anunciaban la hora de la función. Al oír la música acudíamos en tropel a la esquina donde estaban parados y observábamos el desganado bamboleo del oso mientras uno de los húngaros le tironeaba de la cadena para animarle, al tiempo que nosotros, al ritmo de la música, cantábamos “Baila baila Nicolás, Nicolás de la Rusía, baila baila Nicolás, Nicolás de la Risión”. Les seguíamos alborozados por todo el pueblo, de esquina en esquina, contoneándonos para imitar al oso mientras pensábamos como dar la noticia en casa para que nos dejaran asistir a la función. Normalmente actuaban en la misma plaza donde hacíamos las compras del mes, detrás de la iglesia. Allí vi los títeres, los malabaristas, los que escupían fuego y a los equilibristas sobre rodillo, que luego imitábamos en casa con el rodillo de las empanadillas con el que yo conseguí una cierta habilidad, o eso creía.

“Húngaros” con osos danzantes.

Los domingos nos daban una peseta, en Roa le llamábamos “la propina“, que nos gastábamos en regaliz, del normal y del de palo, o en caramelos o pipas en los puestos de la plaza de la iglesia, que nos terminábamos en un santiamén. A veces nos arriesgábamos a probar suerte en el barquillero, con un nudo en la garganta mientras daba vueltas la ruleta que indicaba cuantos barquillos te tocarían. Al lado de la iglesia había una señora que por una peseta te daba un cubilete lleno de piñones, que abríamos con una chapita aprovechando una raja longitudinal que tenían en la cáscara. Y así hasta la semana siguiente, salvo que mi madre nos hiciera caramelo casero. Ponía en una sartén con un poco de aceite en el fondo, unas cucharadas de azúcar y todos nosotros observábamos como el azúcar empezaba a fundirse y tornarse color caramelo. Cuando lo retiraba del fuego y, antes de que se enfriase, con un cuchillo lo marcaba en cuadraditos formando caramelos que luego nos tomábamos nosotros. El caramelo del pobre, pero que estaba riquísimo.

Cuando empezaba el calor, los domingos aparecía en la plaza un hombre vestido de blanco que empujaba un carrito pintado del mismo color, colmado de cucuruchos y con dos tapaderas de metal relucientes que escondían la golosina que más apreciábamos: el helado. Había dos formas de comerse el helado: en cucurucho o lo que denominábamos “el corte”, ya que el heladero lo obtenía cortando transversalmente con un cuchillo una loncha de una barra cuadrada de helado y que servía entre dos galletas de hojaldre. Al heladero lo teníamos conceptuado como la persona más roñosa y tramposa de todos nuestros proveedores de golosinas. Al llenar los cucuruchos tenía mil trucos para hacer que pareciera que estaba bien cargado de helado, cuando, en realidad, había puesto una media bola insignificante. Era decepcionante lo poco que daban de si los cucuruchos de helado servidos por aquel tramposo, a pesar de que nuestras chupadas eran delicadas y superficiales, intentando prolongar aquel placer de sorbetear hasta lo indecible, mientras vigilábamos que ni una sola gota de helado derretido pudiera caer al suelo. También es cierto que nuestra exigua peseta semanal solo alcanzaba para comprar el cucurucho más raquítico de todos. Con una peseta también se podía tomar un corte de helado. Con que envidia mirábamos a algunos niños que pedían cortes dobles y hasta triples. El heladero marcaba con una plantilla sobre la barra de helado las divisiones transversales que le señalaban el grosor de los cortes, pero su inclinación a estafarnos hacía que el cuchillo se torciera a su favor y así obtenía, a costa de acortar nuestro placer semanal, un corte más en cada barra. A veces, solo cuando tenía prisa porque había mucha clientela esperando, podía suceder que no calculara bien sus cortes fraudulentos y la última porción no le permitía sacar dos cortes simples y se veía obligado, muy a su pesar, a entregar un corte de tamaño algo superior a lo normal. Una vez descubierto que este fenómeno se producía de vez en cuando, era frecuente dedicar un buen rato a observar como avanzaba el proceso de despachar la barra de helado, intentando calcular en que momento ponerse en la cola para obtener la última porción. Más de una vez, después de interpretar el estado de humor del heladero, abandoné la cola en el último instante, musitando alguna disculpa incongruente, al estar seguro de que el maldito heladero partiría el último corte en dos exiguas raciones. Gastar adecuadamente la única peseta semanal, merecía todo tipo de cálculos y desvelos. Si las ruedas del carro de los helados no hubieran sido de madera, seguro que se las habría pinchado más de una vez, por roñica.

Empecé a leer todo lo que caía en mis manos, que no era mucho. Recuerdo que estaba siempre pendiente de que mi madre me mandase a por algo a la droguería que había en la plaza de la iglesia, pues según el importe de la compra nos daban unos cuentos pequeñitos de la colección Cuentos de Calleja, que leíamos con auténtico ansia y cambiábamos con otros chavales.

Pero el auténtico vicio a partir de los ocho años, fueron los tebeos. Había infinidad de ellos, pero El Guerrero del Antifaz, cuyas aventuras contra los moros de la media luna continuaban de una semana para otra, nos mantenían en vilo. A partir de este momento abandoné las golosinas, muy a mi pesar, y el dinero semanal tenía este destino prioritario y único. A mi hermana Loli también le gustaba leer, pero las chicas leían los cuentos denominados “de hadas” y que los chicos despreciábamos por su insulsez.

El día de los Reyes Magos era un acontecimiento muy esperado. Lo primero que hacíamos, nada más empezar las vacaciones, era escribir la carta a los Reyes con una fe inquebrantable, a pesar de los escasos resultados de los años anteriores. Durante las vacaciones nos manteníamos lo más contenidos posible para no echarlo todo a perder y hacernos merecedores del temido carbón con que los mayores nos amenazaban durante todo el año. El día cinco por la noche todos poníamos las sandalias bien lustradas con betún, le insistíamos a mi madre para que les dejara alguna golosina a los Reyes y nos asegurábamos que la falleba de la ventana quedara abierta para que pudieran entrar. Aquella noche estábamos pendientes de oír algún ruido sospechoso, hasta que nos dormíamos con un sueño inquieto. No recuerdo que los Reyes nos trajeran nunca un juguete para uno de nosotros en particular, que ya éramos unos cuantos hermanos y la economía flaqueaba . Siempre eran juguetes para compartir entre todos. Podía ser un tambor de hojalata o un camión del mismo material. Recuerdo el tobogán Payá que nos trajeron un año y que nos mantuvo embobados durante unos cuantos días. Consistía en un fleje que golpeaba una bolita de corcho impulsándola hacia arriba mientras otra bola bajaba por el tobogán. Y así de forma interminable. Nuestra única implicación en el juego era darle cuerda al resorte, cosa que hacíamos por riguroso turno. Cuando fuimos algo mayores, la caja de Juegos Reunidos nos tuvo entretenidos horas y horas alrededor de la mesa camilla.

Esta escasez de juguetes la suplíamos con nuestra propia industriosidad, aprovechando los materiales más inverosímiles. Ya he hablado de las peleas con espadas hechas con el palo de la escoba y es que el tema bélico daba mucho de sí. Con una simple goma de sujetar billetes puesta entre los dedos pulgar e índice, y unos trocitos de papel doblados en forma de V como proyectiles, montábamos unas peleas tremendas entre los hermanos. Hay que ver como escocía un buen disparo en las pantorrillas o en el cogote del que huía, y como les sacudíamos a las moscas paradas en el techo, dejando muestras de nuestra puntería en forma de manchitas de mosca por toda la casa. Nos fabricábamos nuestros propios tiragomas (“tiravete” le decíamos en Roa, en vez de tirabeque) con horquillas de madera o alambre retorcido si lo teníamos a mano y que usábamos en las peleas callejeras entre barrios, disparando a las jícaras de los postes de la luz, intentando atinar a los pájaros en los hilos de la electricidad o haciendo campeonatos para ver que piedra llegaba más alto. De vez en cuando, el ruido de cristales rotos ponía de manifiesto que, a veces, nuestra puntería dejaba mucho que desear. Cuando en una obra encontrábamos tiras de cañizo del que se usaba para sujetar la escayola de los falsos techos, nos hacíamos unos arcos que eran un poco endebles, pero nos permitían lanzar una flecha a dos o tres metros de distancia.

Lo más sofisticado eran las pistolas que nos fabricábamos a partir de una tabla de madera, sobre la que dibujábamos el perfil del arma según el dibujo de los tebeos de Hazañas Bélicas y que dábamos forma a fuerza de horas de trabajo, con un cuchillo de cocina que era la única herramienta que teníamos a mano. Luego le cogíamos a mi madre goma de la que se usaba para hacer ligas para los calcetines o ponerla en los pantalones de los pijamas, y hacíamos un aro que poníamos entre la punta del cañón y la parte de atrás de la pistola. Empujábamos la goma con la uña del dedo gordo hasta que se salía de la madera y la goma salía disparada hacía adelante, como si de una bala se tratase. Esto nos permitía entablar encarnizadas batallas entre nosotros o hacer concursos de puntería, disparando sobre lapiceros puestos de pie o contra siluetas de papel que poníamos en el borde de un taburete. Eran juguetes que no se rompían casi nunca, que no necesitaban pilas de recambio y que nos permitían escenificar las peleas que habíamos leído en los tebeos. La falta de generosidad de los Reyes, la suplíamos con ingenio y entusiasmo.

Una callejuela que bajando desde nuestra calle, hoy Los Balcones, daba a la plaza de la iglesia, fue el escenario de mi primera pesadilla recurrente que recuerdo. No se si en aquella calle me pasó algo o vi alguna cosa que me impresionara. El caso es que siempre que pasaba por aquel lugar lo hacía deprisa y mirando de reojo. La pesadilla consistía en que, cuando soñaba pasar por allí, miraba a la callejuela con desconfianza y veía algo, una sombra que no se si era una bruja o algo parecido, que tenía en las manos un cesto de mimbre de metro y medio de alto como los que se usaban para la recolección de las uvas. Yo echaba a correr muy rápido y aquel ser salía detrás de mí, hasta que tiraba el cesto al aire para intentar cazarme, momento en el que yo hacía esfuerzos por ir más deprisa, pero había algo que me mantenía sin desplazarme en el mismo sitio en que estaba, de forma que el cesto me caía encima y yo me quedaba a oscuras, esperando asustado a que me atrapara mi perseguidor. Cuando veía que se levantaba un poco el cesto y una mano asquerosa con largas uñas se me acercaba, era el momento en que me despertaba. Las más de las veces totalmente orinado.

Así como los Reyes Magos eran sinónimo de juguetes, la Semana Santa era tiempo de jolgorio, aunque parezca mentira. Como según el rito no se podían tocar las campanas hasta el Sábado de Gloria, se anunciaban las procesiones y actos religiosos yendo por las calles los chavales haciendo un ruido estruendoso con carracas y matracas de madera, siendo la única ocasión del año que hacer ruido estaba bien visto y a ello nos dedicábamos con verdadero ardor. De los actos religiosos recuerdo principalmente cuando el cura lavaba los pies a varios hombres y había que ver como los tenían algunos de roña, como correspondía a aquella tierra de secano.

En Roa tuvimos nuestra primera bicicleta que, como no podía ser de otra manera, también era colectiva. Como éramos varios chicos y chicas, la bicicleta de segunda mano que compró mi padre, en un comercio que había al principio de la misma calle que vendía cosas diversas y que creo también era cristalería, era de mujer, con unas preciosas mallas en los guardabarros para que las faldas de mis hermanas no se metieran entre los radios. Los domingos nos íbamos todos a la plaza de la iglesia y allí nos poníamos en fila, como si estuviéramos esperando el autobús, hasta que nos llegaba el turno para dar una vuelta a la plaza. Los que sabíamos montar mejor, nos poníamos nerviosos viendo como las vueltas de los que estaban aprendiendo se eternizaban y solíamos dar la vuelta a la plaza corriendo detrás del que iba en bici dándole consejos, más que buscando perfecionasen su técnica, intentando que no se demorasen tanto. A partir del momento de aparición de la bicicleta, el peor castigo posible era no poder montar en bicicleta, lo que no evitaba ir a la plaza con todos los demás y sufrir la espera de un turno que ese día no llegaba nunca.

El último año en Roa, yo no fui a la escuela. Tenía nueve años y al final de curso tenía que examinarme de ingreso. Todo ese año, estudié en casa bajo la supervisión de mi padre. En la habitación grande, había una salita lateral con un jergón en el suelo que estaba relleno de hojas de panocha de maíz y, allí tumbado o reclinado, preparé mi ingreso. Recuerdo especialmente el estudio de Geografía en un gran atlas, en blanco y negro, que debió ser el que mi padre utilizó para preparar su ingreso en Correos. Me aprendí todo lo que era posible aprender. Países y sus capitales, ríos y sus afluentes, penínsulas, cabos, montes y estrechos de todo el mundo que me han servido hasta que el mundo se ha vuelto loco y los países o las capitales han cambiado de nombre. “Obi, Yenesei, Lena, Kolima, Amur, Oango, Yantse Kiang, Sikiang …..” era una de las cantinelas que colmataron mi memoria y que, inconscientemente, me han hecho odiar a partir de entonces todo ejercicio memorístico pero que, indudablemente, tenían su utilidad. Era conocimiento enlatado. Y no había forma de librarse porque mi padre era un verdadero especialista.

El escribir sin faltas de ortografía era fundamental, no solo para superar el examen sino para llegar a ser un hombre de provecho. Y a ello le dediqué grandes esfuerzos de la mano de un libro de Miranda Podadera, que estaba lleno de reglas y excepciones para acertar en los dictados si burro era con b o con v y bajo la estricta vigilancia de mi padre. Recuerdo la regla nemotécnica que permitía saber las palabras que se escribían con b según fuera su primera sílaba. Decía, más o menos así: “Se escriben con b todas las palabras que empiezan por tri tur nu su cu ca ra ri tre gu lo ru so la car ta ro sa te tra ce a e i o u” y que todos los hermanos que pasamos por la academia paterna, donde Miranda Podadera era un clásico, pronunciábamos de carrerilla como si fuera una sola palabra, “triturnusucucararitregulorusolacartarosatetraceaeiou” que le daba cien vueltas en longitud a la de otorrinolaringólogo. Lo malo era que detrás de cada sílaba arrancaba una retahíla de excepciones: “Tri, menos trivial y trivio”, “Tur, menos ……… “. En aquellos momentos en que estaba yo tan enfrascado en las reglas y las excepciones y sin tiempo para ir al diccionario a ver el significado de trivial y trivio, me quedó una cierta resonancia de que las dos palabras se debían referir a útiles de labranza, acaso por su parecido con trillar y trillo. Y menos mal que no tiré de diccionario para encontrarme que el significado de trivio era: “En la Edad Media, conjunto de las tres artes liberales relativas a la elocuencia (gramática, retórica y dialéctica) que, junto con el cuadrivio, constituía los estudios que impartían las universidades”, con lo que mi ánimo hubiera quedado bajo mínimos. O se moría de empacho de reglas nemotécnicas, o sepultado bajo significados incomprensibles. Y luego, en los dictados, había que estar atento a lo que decía el profesor, a procesar cada palabra desconocida por los vericuetos de las reglas y excepciones de Miranda Podadera, mientras rezabas para que la pluma no soltara un borrón encima de la v con la que acababas de escribir trivio, que tanta dedicación me había costado y que la mala leche del profesor seguro que contaría como falta, por guarro.

El estudio de las Matemáticas en soledad, me ocupaba mucho tiempo y me procuraba no pocos disgustos. En el post “El Burro de tío Baldomino”, se ilustra mis dificultades con el concepto de magnitud y el método tan poco científico con que yo afrontaba esta asignatura.

Yo empezaba la sesión de estudio en solitario, después que todos los hermanos se habían ido a la escuela, mi padre a trabajar y mi madre estaba ocupada en las tareas de la casa. Eran demasiadas horas dedicadas al estudio en solitario y yo me proveía de alguna lectura que aliviase tanta entrega a la ciencia. Me acostumbré a leer con los ojos y la cabeza, mientras el oído estaba pendiente de los pasos de mi madre, para poder esconder el material no didáctico debajo del jergón y desplegar el atlas o lo que tocase. La habitación tenía balcones a dos calles, y allí también me desentumecía con frecuencia de mi profunda inmersión en el conocimiento. Especialmente usaba el balcón que daba al recreo de la escuela nacional, que añoraba de años anteriores como un escenario de libertad vigilada, pero libertad al fin y al cabo. Cuando llegó Junio, me examiné en el instituto Padre Isla de León y gracias a Miranda Podadera, el atlas de mi padre y las matemáticas de Bruño, me colgué mi primera medalla de estudiante.

En el post “Primeros tiempos en Roa” menciono que en el portal de la casa de Correos había una trampilla de madera que daba acceso a lo que debio ser las bodegas de la casa. Una tarde la levantamos entre varios tirando de las dos argollas de hierro y, alumbrándonos con velas, bajamos por las escaleras a aquella especie de catacumbas que eran las bodegas. Todo el suelo de Roa debía estar minado. A lo que se podía acceder desde la casa, tenía el aspecto de estar abandonado y había trozos de cántaras de barro y hoyos en los que aún había restos de hollejos de uva y charcos. Era bastante extenso y con recovecos. Nos dio bastante impresión y, apoyándose en esa sensación, a alguno se nos ocurrió que sería divertido traer a otros chavales y asustarles al pasar por algún sitio donde alguno de nosotros se habría escondido previamente. Y así los hicimos. Cuando el grupo de incautos apareció, los que estaban escondidos rompieron un trozo de cántara haciendo todo el ruido posible. Hubo una estampida general, con la suerte de que los que acompañábamos a los incautos y que no sabíamos dónde se iba a producir el susto, también nos asustamos y salimos a toda pastilla delante del grupo de fugitivos, alumbrándonos minimamente con las velas que llevábamos. Cuando luego he vuelto a pensar en ello, se me ponen los pelos de punta. Podría haber habido monóxido de carbono y habernos quedado todos allí. Se pudo perder alguien o caer en uno de los charcos que no se si eran profundos o no. Una locura que salió bien.

Podría contar más peripecias y juegos peligrosos, pero creo que es suficiente para ilustrar la desinhibición con la que actuábamos y la poca sensación de riesgo que acompañaba nuestras andanzas. Y nuestras madres, inocentes y bienpensantes, en casa sin imaginarse lo que sus angelitos eran capaces de protagonizar a lo largo y ancho del territorio.

En Junio de 1954, con diez años recién cumplidos, mi padre devolvíó la bibicleta a la tienda y toda la familia dijimos adiós a Roa donde yo había vivido unos años muy intensos y excitantes, camino de Villablino (León), el nuevo destino de mi padre. Llegué a Roa siendo un crío cogido a las faldas de mi madre y me marché convertido en un perillán que no había dejado un rincón por explorar ni una travesura por hacer.

Automóvil de la época, carrito helados, juego tarusa, juego aro, tobogán. Juegos Reunidos, cuento de Calleja, El Guerrero del antifaz, Hazañas Bélicas, tiragomas.

Automóvil de la época, carrito helados, juego tarusa, juego aro, tobogán.
Juegos Reunidos, cuento de Calleja, El Guerrero del antifaz, Hazañas Bélicas, tiragomas.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: internet, farm8.staticflicker.com, venvir.net, leonoticias.com, tuche.es, nostalgia80.com, 2.bp.blogspot.com, marianobayona.com, nosolocomics.com, caminhosciganos.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Primeros tiempos en Roa (cuando el racionamiento)

Cartilla de racionamiento, balanza de pesas, dispensador de aceite, dispensadores de legumbres

Siguiendo a mi padre en su segundo o tercer traslado como Administrador de Correos, llegamos a Roa de Duero cuando yo tenía cuatro años allá por 1948 o 1949 y allí vivimos hasta 1954, año en que le trasladaron a Villablino (León). Ya habían nacido mis hermanos Loli y Fernando. En Roa nacieron Eduardo, Mari y Fede. También Julia es de este período, pero nació en verano, lo que quiere decir que nació en Vegarienza (León) el pueblo de mis abuelos maternos y lugar habitual donde pasábamos todo el verano intentando olvidar las penurias alimenticias de Roa.

Roa estaba en plena llanura castellana, en la provincia de Burgos, subida en un alto que arrancaba desde la ribera del río Duero. Se llegaba desde la estación de ferrocarril por una carretera que, nada más cruzar el puente sobre el río, se dividía en dos ramales que ascendían haciendo curvas en ese hasta el pueblo. Desde la primera curva se podía llegar a pie hasta arriba por unas escaleras interminables que acababan en la esquina del Espolón, el paseo del pueblo con bancos, farolas y una barandilla que hacía que todo el paseo pareciese un balcón sobre el Duero.

Era una zona agrícola con cereales, vid y remolacha principalmente. Había muchas casas de adobe y nada más salir del pueblo empezaba el campo y la eras donde hacían la trilla. No había agua corriente, pero si dos grandes fuentes con pilón para el ganado, una cerca del casino y otra en la Cava. Practicamente todo el subsuelo estaba minado por bodegas donde se almacenaba el vino. La mecanización aún no había llegado y era común ver por las calles carros y arados de vertedera tirados por mulos que, cuando hacían un alto en el camino, eran alimentados con paja mediante unas bolsas que les colgaban del cuello. Antiguamente Roa debió estar fortificada pues se conservaban lienzos de muralla.

Roa era famosa por sus asados y, sobre todo, por la gente notable que se moría en el pueblo, como el cardenal Cisneros, o que “les morían” como El Empecinado. Como en muchas otras partes de España, la guerra debió hacer estragos como ponía de manifiesto una placa en la colegiata con los nombres de los caídos de uno de los bandos, los vencedores. No hace mucho nos hemos enterado de que las víctimas del otro bando aún están en las cunetas de La Horra, Gumiel de Izán, Aranda y otros pueblos de por allí.

La casa en que vivíamos estaba situada en la primera calle que se encontraba a la izquierda nada más pasar El Espolón, subiendo desde el río. Hoy creo que se llama calle de Los Balcones. Era un caserón en cuya planta baja estaba la oficina de Correos y nuestra vivienda en el primer piso. Se entraba de la calle por una gran puerta de madera a un portal donde estaba la ventanilla para el público. Al fondo del portal había una puerta que daba paso a un rellano por donde se entraba a la oficina y desde el que arrancaba una escalera con pasamanos y barrotes de madera que subía al primer piso. Al fondo del rellano había varias estancias y un patio al aire libre con muros de adobe y una higuera.

Con anterioridad debió ser almacén o casa de labradores, pues las estancias de la planta baja eran suficientemente espaciosas para almacenar aperos de labranza y posiblemente animales y el patio pudo ser corral de gallinas u otros bichos. La amplitud de la puerta de la calle, de dos hojas, era suficiente para el paso de carruajes y estaba dotada de un cerrojo de diente de lobo que solía cerrar yo por las noches, no sin esfuerzo y ayudándome de las dos manos.

La fachada a la calle era la base de una plaza irregular en forma de triángulo, que ascendía en plano inclinado hasta el vértice. El lado izquierdo estaba formado por una cantina y otra casa adosada y continuaba con una de las fachadas de las escuelas nacionales. El otro lado estaba formado por el comercio casa Vicente y otros caserones a continuación. Del vértice superior arrancaba una calle que pasaba por el patio de recreo de las escuelas y llevaba directamente al paseo de El Espolón, bajando unas escaleras. La plaza fue escenario de los primeros juegos y servía de patio de recreo de las escuelas.

La vivienda tenía varias habitaciones grandes, especialmente una de ellas en la que se podía andar en bicicleta y hasta jugábamos al frontón con mi padre. Había tres balcones a la calle desde los que observábamos todo lo que pasaba por la calle y en la plaza. Desde allí empecé a escuchar y aprender las canciones que cantaban las niñas en el recreo como Donde va la mi cojita, Soy la reina de los Mares, Mambrú se fue a la guerra, Donde están las llaves y muchas otras que aún no he olvidado.

Hacía el interior estaba la cocina, una despensa y un corredor que daba a una especie de corral con paredes de adobe donde había una higuera. En uno de los extremos del corredor estaba el váter. Lo de váter es un eufemismo. Era una especie de banco con tapa de madera y un redondel en el centro que daba a un hueco cerrado que bajaba hasta el suelo de la planta de abajo. Te sentabas sobre el redondel y el regalito caía al piso de abajo de forma que no hacía falta tirar de la inexistente cadena. Cuando aquello se llenaba de porquería, venían unos obreros que lo vaciaban, tapiaban el recinto y a empezar otra vez. En una ocasión tuvimos que ayudar a mi hermano Fernando que se había escurrido por el agujero y estaba agarrado a la tabla de forma que solo se le veía la cabeza y las manos. Que cada cual se imagine lo que podría haberle pasado si se hubiese caído.

Váter rudimentario.

El agua nos la traía de la fuente de cerca de casa una mujer, llamada Águeda, con unos cántaros de barro que apoyaba en la cadera y con los que llenaba unas tinajas también de barro. Era de una edad que no puedo precisar e iba siempre vestida de negro y peinada con un moño en el que se colocaba todas las horquillas que encontraba por la calle. Águeda y Mariano Pililón, grandote y colorado, fueron objeto de alguna de nuestras burlas desvergonzadas. Vaya desde aquí mis disculpas, tan sinceras como inútiles y tardías. De las tinajas se cogía el agua con un tanque de lata, tanto para hacer la comida y beber como para lavarse. Seguramente nos lavábamos lo imprescindible. Recuerdo los baños en la cocina, en un balde de cinc que mi madre llenaba con agua que se calentaba en la caldera de la cocina y que seguramente servía para que nos bañáramos más de uno sin cambiar el agua.

En la parte de abajo que pudo ser un almacén, guardábamos la leña o tizos que había que cortar con una sierra para que cupieran en el hogar de la cocina. También teníamos allí alguna gallina ponedora y recuerdo a mi padre hacer anotaciones, con un lápiz rojo, en los huevos que luego ponía a que incubaran las gallinas.

La escalera y, sobre todo la barandilla era un lugar de juego así como el portal. En el suelo del portal había una trampilla de madera muy grande con dos anillas de hierro que me tuvo intrigado durante mucho tiempo, hasta que, por asociación con las que vi abiertas en otras casas, supe que debajo de la casa había o había habido una bajada a las bodegas subterráneas. Desde entonces, tuve claro que algún día habría que explorar aquella parte de la casa.

De vez en cuando, una mula de las que pasaban por la calle se caía aparatosamente, y sin explicación aparente, al pisar la tapa metálica de una alcantarilla. El misterio era que mi padre, para rebajar la factura de la luz, había colocado un aparato que denominaba “cangrejo” en la instalación eléctrica, que hacía que el contador diera vueltas al revés, descontando kilovatios. Picardías para subsistir en épocas difíciles.

Por la edad que yo tenía, ya podía empezar a salir a la calle a hacer algún recado, era el momento de ir a la escuela, empezar a jugar en la calle y explorar el terreno que estaba más allá de las cuatro esquinas de la casa. Lo recuerdo como una época excitante y feliz.

Loli, Fernando y yo comenzamos a ir a un colegio de monjas que había en la Cava. No recuerdo nada en absoluto de lo que me pasó allí, salvo que llevábamos bata y a alguno de los tres nos llamaban Cabecita de Ajo. Más tarde pasé a la escuela nacional que había en la plaza de al lado de casa. Allí si recuerdo como formábamos en el patio al estilo militar y con la voz de “A cubrirse” tocábamos con el brazo el hombro del que estaba delante para ajustar las distancias en la fila y cómo cantábamos el “Cara al sol” falangista.

Recuerdo a don Leandro el maestro y los capones que pegaba en la cabeza para poner orden, hasta que un compañero, al cubrirse la cabeza instintivamente, no soltó la pluma con la que estaba escribiendo y que se clavó en la mano del maestro con gran regocijo de todos. Aprendimos la lección y, aunque no tuviéramos la pluma en la mano en el momento del castigo, siempre la cogíamos antes de taparnos la cabeza. Aquella treta se generalizó y el maestro tenía que contener su primer impulso de sacudirnos y nos obligaba a que dejáramos la pluma sobre el pupitre y a continuación nos arreaba con la mano o usaba directamente la regla de madera.

En los recreos aprendí a jugar a las canicas, a la peonza y a los mamarrachos que eran las tapas de cartón de las cajas de cerillas y que hacían las veces de cromos. Con los cromos jugábamos al “embruño”. Consistía en poner unos cromos en la palma de la mano tapados con la otra mano. Se decía en tono desafiante al contrario “Al embruño”. El otro contestaba “Alza el puño”. Se levantaba la mano que tapaba los cromos con un gesto rápido para que el otro no pudiera percatarse bien de cuantos cromos podía haber. El contrario decía un número y, si acertaba se llevaba los cromos. Si no acertaba, entregaba la diferencia. Ahora le tocaba al contrario hacer de “embruñador”. También aprendí a hacer las chapas con tapas de cerveza, un cristal que redondeábamos a fuerza de roerlo con una piedra y que rematábamos con jabón, para jugar a la carrera ciclista. Aunque para ello teníamos que ir a la plaza de la iglesia donde el suelo era de cemento. Aunque era juego de chicas, aprendí también a jugar a las tabas y a los alfileres enterrados que había que desenterrar golpeando con una piedra. Muchos de estos juegos, nunca más volví a jugarlos cuando nos fuimos de Roa.

Aprendí a hacer chiflos (silbatos) limando contra las paredes el pipo de los melocotones hasta que se le hacía un agujero. Sacando la semilla teníamos un silbato que funcionaba soplando en el agujero con el borde del labio inferior. También aprendí a hacer silbatos con un trozo de rama de chopo al que se le quitaba la monda con cuidado y se daba forma a la madera como si fuera una flauta con un solo agujero. Y las jeringas de saúco, “tiratacos” las llamábamos, con las que hacíamos ruido de taponazos hundiéndonos el émbolo en la barriga para apretar los tapones de estopa. Los juegos en grupo como La una anda la mula, El cinto, El pañuelo, Las cuatro esquinas, Diez navíos en el mar y otros cuantos llenaban el tiempo de los recreos y a los que, después de salir de la escuela, seguíamos jugando en la plazoleta.

Ya éramos unos cuantos en casa y los tiempos eran difíciles para llenar los platos todos los días. Además estaba el racionamiento de alimentos que se impuso después de la guerra, por el que tenías derecho a una cantidad determinada de alimentos básicos de la que no te podías pasar. Recuerdo ir con la cartilla de los cupones a casa Vicente para comprar el aceite y el azúcar. El aceite salía de un bidón que estaba debajo del mostrador, a un cilindro de cristal graduado aspirándolo con una manivela. Cuando el aceite había llegado a la raya de la cantidad pedida, se giraba la manivela en sentido contrario con lo que al aceite pasaba a la botella que habíamos llevado de casa. El azúcar lo sacaban de un saco de tela con un recogedor cilíndrico de latón que terminaba en cuña, vertiéndola en una bolsa de papel gris colocada en un platillo de la balanza hasta que se equilibraba con las pesas del otro platillo. Había que estar muy pendiente de que el aceite llegara a la raya justa y que no nos engañaran en el peso del azúcar o de los garbanzos. Además del dinero que había que pagar, te recortaban los cupones correspondientes de la cartilla. Cuando se acababan los cupones, a esperar hasta el mes siguiente.

Me llamaba la atención como partían en trozos el bacalao en salazón con una guillotina y el ruido seco que hacía. En el camino de vuelta cogía una tirita del bacalao y lo iba masticando. Era como si te hubieras echado un puñado de sal a la boca.

Una vez al mes íbamos a una tienda que estaba un poco más allá de la iglesia a hacer la compra gorda. Recuerdo especialmente las cajas grandes de galletas, una para todo el mes, la lata de anchoas, el chocolate El Mago. La lata grande de mejillones que estaban colocados por capas separadas por un papel semitransparente, de forma que cada capa que desaparecía suponía un suspiro colectivo de pena de todos los hermanos que esperábamos ansiosos el bocadillo de mejillones. El primer día había un poco de manga ancha, para pasar enseguida a la medida necesaria que permitía llegar hasta la compra del mes siguiente.

Los plátanos eran una golosina que estaba reservada al más pequeño de la familia, que se lo tomaba en forma de puré después de aplastarlo con un tenedor y mezclarlo con un poco de azúcar y galletas desmenuzadas. Para mayor INRI, a los mayores nos tocaba a veces realizar el puré y dárselo al enano. Al menos estaba el consuelo de olerlo. La leche condensada era otra golosina anhelada y escasa.

Entre tanta escasez y con el férreo control de existencias que llevaba mi madre, era difícil obtener alguna ración adicional, salvo empleando el ingenio y siendo algo insolidario. El azúcar lo almacenaba mi madre un una bolsa de tela de donde iba sacando para un bote vacío de Pelargón que hacía las veces de azucarero. En alguna visita clandestina que yo hacía a la despensa, chupaba de una de las esquinas de la bolsa que contenía el azúcar como si de una teta se tratara y conseguía diluir algo de azúcar que me endulzaba la saliva. Todo ello sin mover la bolsa de sitio y así no delatar la presencia de ladrones. El problema era que, al secarse, la zona de bolsa chupada quedaba tiesa como un cuerno, señal inequívoca del latrocinio.

Menos mal que había huevos y patatas fritas. Recuerdo que la mayor parte de las noches era nuestra cena. O lo que mi madre llamaba “el arrozacho” que era una sopa de arroz condimentado con una hoja de laurel, pimentón, una fritada de ajos y una cucharada de aceite que añadía al caldo unos ojitos de grasa como si se hubiera hecho con abundante carne y otros sabrosos ingredientes. Odié el arroz hasta muy mayor, cuando conocí la paella y otras variantes menos espartanas de cocinarla.

En la calle que iba de la iglesia a la Cava, había una pastelería a cuyo cristal me quedaba adherido un buen rato cada vez que pasaba por allí. Todavía recuerdo el olor al merengue tostado. También recuerdo una fiesta con don Isaac el médico, que era amigo de mi padre, en la que hicieron helado con una heladera giratoria y lo rico que estaba. Un sabor que se me ha quedado asociado a Roa es el de un orejón que un día me dieron en la frutería. He recordado el sabor durante mucho tiempo, pero sin asociarlo a ningún alimento en particular. Ha sido después de cuarenta o cuarenta y cinco años cuando, en unas Navidades, he sabido que aquél sabor era de los melocotones secos.

Con motivo de las visitas que nos hacía la tía Epi y los primos de León, recuerdo los paseos a las afueras por la carretera de Pedrosa o la de Mambrilla, y las incursiones que hacían a los viñedos y los melones. Esos días había fruta en abundancia y entretenimiento. Después de comernos el melón, separábamos las pipas de la melaza, las lavábamos bien, les echábamos sal y las poníamos al sol a secar sobre papel de periódico para luego darnos un festín. A veces íbamos a pescar cangrejos al río y ese día nos poníamos morados de cangrejos con patatas que a mi madre le salían muy ricos.

La lucha por la subsistencia en aquella familia que empezaba a ser numerosa, se libraba a diario y en todos los frentes. Raro era el día que yo no me acordara de la tierra de promisión: Vegarienza. Los tres o cuatro meses de verano que pasábamos allí, con abundancia de patatas, legumbres, embutidos del samartino, la leche y mantequilla de cinco o seis vacas y abundantes huevos, eran un remanso en tanta necesidad como se pasaba en Roa. Mis abuelos se pasaban el resto del año trabajando y almacenando lo que nosotros devoraríamos cual plaga de langosta.

En el post Últimos años en Roa se habla de los siguientes años que vivimos en Roa.

2006 Casa que fue Correos, cántaras de agua, 2006 colegio de religiosas en La Cava, 2006 confitería. Cerrojo puerta, sierra tizos, carro con toldo tirado por mulos, heladera, niños cantando “El cara al sol”.

2006 Casa que fue Correos, cántaras de agua, 2006 colegio de religiosas en LaCava, 2006 confitería.
Cerrojo puerta, sierra tizos, carro con toldo tirado por mulos, heladera, niños cantando “El cara al sol”.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: mundoanuncio.net, navarchivo.com, apuntes-de-viaje.blogspot.com, todocoleccion.net, ANAGarcíaSandoval.Twitter…., laalcazaba.com, …. , milrecuerdosdelpasado.wordpress.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada