Los zapatos prodigiosos (ahora que todo es plástico)

Plástico.

Si vives en un pueblo, aunque sea grande y pujante como era Villablino, ir de compras a Ponferrada era una experiencia excitante, pero peligrosa si eras un poco palurdo. Cuando aún casi no habíamos oído hablar del plástico y el calzado era basicamente de cuero, recuerdo que el dependiente de una zapatería me mostró una especie de mocasines de cuero de becerro, tan peculiares que de la suela sobresalían un par de milímetros unos tacos circulares de un material desconocido para mí. El dependiente me explicó que entre la suela exterior y la interior había una lámina de nylon con tacos redondos, que era con los que se pisaba en el suelo y que aportaban un buen agarre y durabilidad. Para qué quería yo oír más. Cuando los probé y me sentí cómodo, dije que me los envolviera pensando ya en cómo aquellos mocasines con unos mini tacos parecidos a los de las botas de fútbol me harían sentir diferente entre los amigos.

Cuando se los enseñé todo ufano al zapatero Rouco, que había puesto muchas medias suelas de cuero a los zapatos de toda la familia, dijo que eran muy bonitos mientras esbozaba una enigmática sonrisa. Efectivamente eran muy ligeros y cómodos y con las primeras nieves me permitieron destacar como el patinador más rápido sobre los resbalitos que hacíamos en la nieve recién caída y ya helada. Cuando la nieve se convirtió en un bochinche de nieve y agua, mis zapatos, cumbre tecnológica zapateril, se convirtieron en barcas de tanta agua como traspasaba la suela a través de los orificios de los tacos. Al llegar a casa los puse a secar al lado de la estufa de carbón, convencido de que seguramente el vendedor olvidó advertirme que eran zapatos de secano. Un completo desastre en una época en que solo teníamos un par de zapatos. Cuando supuse que ya habrían secado me acerqué a la estufa con aprehensión y encontré dos cosas retorcidas y acartonadas, orladas de las manchas blancas que deja la humedad en el cuero, y no pude por menos que recordar la sonrisa de Rouco que seguramente fue más condescendiente que enigmática. Nunca más me senté en un corrillo de amigos mostrando, como sin querer, las suelas de aquellos zapatos vanguardistas que parecían anunciar que Rouco el zapatero tendría que sustituir el cuero de vaca por el plástico. Juré que en adelante sería más precavido con mi debilidad hacía las vanguardias tecnológicas, pero vez tras vez he sucumbido a la tentación con resultados tan desastrosos como los de estos zapatos innovadores a los que yo fiaba mi prestigio entre los amigos.

Yo, que voy para muy viejo, viví cuando aún no había plástico. Casi todo se construía con materiales tradicionales como madera, piedra, barro, cuero, esparto, mimbres, algodón, hojalata, hierro, vidrio y cosas parecidas que proporcionaba la naturaleza sin intervención de la química o la física cuántica. Tímidamente, en aquellos teléfonos negros de disco, empezó a usarse un material sintético, moldeable pero rígido y muy frágil, que se llamaba bakelita. De repente, en 1957, los satélites rusos Sputnik comenzaron a orbitar la Tierra, los americanos llegaron a la Luna y empezamos a oír hablar del silicio y de un sin número de materiales sintéticos que lo cambiarían todo. Como el plástico, que valía para casi todo y culpable en parte de mi desastrosa experiencia zapateril.

Menos de sesenta años después de aquellos minúsculos tacos de naylon de mis zapatos, todo el planeta está inundado de plástico. Muchas aves y especies marinas mueren al ingerir deshechos plásticos y mecido por las ondas del Pacífico hay un continente de plástico cuyos bordes, si no deja de crecer, llegarán pronto a las playas de California. Y ahora dicen que nos estamos bebiendo el plástico en forma de micro partículas en las más finas aguas de mesa, de manera que el plástico con el que lo hemos enmerdado todo comienza a colonizarnos por dentro. Lo más parecido a morir de éxito. El éxito del plástico. El mismo éxito del que mea más alto, aunque sea a costa de ensuciarse con su propia orina.

Si te compras un coche de cincuenta mil euros que conduce solo y donde todo es lujo y tecnología, lo primero que llama la atención entre tanto aparato sofisticado es alguna pequeña incrustación de un material precioso en el salpicadero o en los asideros de las puertas, que seguramente estarán forrados de cuero como signo de distinción. Son incrustaciones minúsculas, como las joyas, finamente pulidas y recubiertas de un barniz que parece ámbar y que realzan la sensación de exclusividad del vehículo. Es madera. Madera y cuero, el mismo cuero que Rouco el zapatero empleaba en sus reparaciones, símbolos de sofisticación. Pero ahora a precio de oro.

Imagen tomada de: cronista.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Bien pagao (Internet, el túnel del tiempo)

blog512

La gran telaraña, puente entre nostalgias

Cuando decidí abrir este blog sobre mis recuerdos, solo trataba de hacer más accesible a mi familia algunas cosas que ya tenía escritas e ir añadiendo las nuevas que se me fueran ocurriendo. No descartaba que accidentalmente pudiera leerlo alguna persona que hubiera coincidido conmigo en los lugares y tiempos a que aludían mis escritos. Pasaron bastantes semanas sin evidencia de que algún contemporáneo, aludido o no en los escritos, hubiera encontrado mi blog a través del hilo conductor de los buscadores. Un buen día los nietos de Rouco el zapatero de Villablino se emocionaron al leer que yo recordaba a su abuelo y lo comentaron en el blog. A partir de aquí, no sé si por un efecto boca a boca o porque el tema había madurado, empezaron a surgir comentarios que de una u otra forma han animado mi experiencia de blogero. Voy a referir algunos de los que me han llegado especialmente y que me parecen ilustrativos de cómo funciona el mecanismo de recordar y la necesidad que casi todos tenemos de indagar sobre cosas pasadas. Como el entusiasmo de Gregorio Campelo cuando algo de lo que digo desencadena sus propios recuerdos y comenta “Dios¡¡¡, qué recuerdos; el olor a pino recién cortado en la carpintería de Gómez. Parece que lo estoy viendo y escuchando su nerviosa y atropellada conversación” o “Perfecta la descripción de Horacio. …… parece que lo estoy viendo” o “…. Rouco. Muy buena gente. Allí compraba yo las gomas y la badana, para hacer los tiradores“, así como precisiones sobre nombres y lugares que le agradezco y sus ganas de que haya más coetáneos que “salgan a la palestra” con sus comentarios para enriquecer los recuerdos apuntados y que entre todos los hacemos comunes. Otros me corrigen como Higinio Díaz, con buena vista y mejor memoria que yo, que duda que esté en lo cierto al situar una foto mía de escolar en la Academia Carrasconte “¿Seguro que la fotografía no es en el Instituto Laboral? Yo tengo una igual, la misma máquina, el mismo microscopio pero distinto fondo. Asistí al I.L. de 1953 a 1957” y que seguro está en lo cierto. En cambio, me tranquiliza cuando confirma que no estaba yo fabulando cuando hablaba de una imprenta en el Instituto Laboral “Si la recuerdo. El tipógrafo se llamaba Félix y acabó montando su propia imprenta en Villablino. También a mí me mandaba alguna vez colocar los tipos en su correspondiente casillero y colocar y retirar papel tal como tu cuentas” lo que le agradezco. Pili Cuadrado de la minúscula Librería Cuadrado estratégicamente ubicada en el camino a la Academia Carrasconte donde tantos cromos, cuadernos y estilográficas me proporcionó a lo largo de los años, que con cierta nostalgia dice “… haberte decidido a compartir tus recuerdos con todos. Has logrado rememorar aquellos años en los que incluso con dificultades todo era bonito y fácil ……” o recordando a Piti comenta “… era particular, muy vital, era como se dice aquí en Bilbao, el perejil de todas las salsas. Una persona entrañable. Sabes? le gustaba mucho leer El Capitán Trueno“, redondeando al personaje que yo esbozaba y que parece conocía muy bien, incluso su “vicio” de leer tebeos. A veces no son los aludidos los que conectan con el blog sino que son sus nietos como fue el caso de Julio Montero, compañero de pasos perdidos por Villablino y jugador de Laciana FC, que le informan de que había una foto suya en Internet lo que motiva un intercambio interesante de comentarios sobre lo que vivimos hace muchos años. También he sabido de familiares lejanos como Raquel de la Calzada de Sosas del Cumbral, que recuerda cosas que yo menciono y las amplía “….. palabras olvidadas, como la de ‘esponchao’, el miedo que se pasaba por el camino para ir a coger el rápido, yo recuerdo la cabra youca (lechuza) haciendo ajagüeiros, el pasar por Porquin siempre con historias de lobos, lo de colgarse en el potro para dar la voltereta, …….” y con la que debí coincidir en el pueblo con escasos años de diferencia. El comentario emocionado de Ángela, hija de Piti al que se refiere como “un pequeño gran hombre“. Ismael de Pedro recuerda a su maestro Piti “…….en su época de entrenador del equipo de Laciana C.F. yo fui discípulo suyo, no se me olvidará nunca, lo de la táctica del acordeón, ‘que tenemos el balón, todos al ataque, que el balón lo tiene el contrario, todos a defender’, tengo muy buen recuerdo suyo, una persona noble donde las haya…..”. Y ¿qué decir del chute de moral de mi “club de fans de Pérez Vega” que se confiesan impacientes de que llegue el viernes para leer el post semanal?, que aunque no fuera talmente así el subidón no hay quien me lo quite. Indescriptible la emoción de saber que mi viejo profesor don Calixto lee mis escritos y se acuerda de mi y cómo de chavales, él en Babia y yo en Omaña con algunos años de diferencia, gastábamos el ocio pastoril construyendo a navaja parecidos inventos aunque él se ayudaba de ciertos conocimientos mágicos ” …. sal, sal mi gaitina sal, que t’ey de dar una arroba de sal y otra de pimiento para tú guisar, sal, sal….” que le situaban en su faceta de fabricante de artilugios en la misma situación de preeminencia que cuando me enseñaba Química o Matemáticas en la Academia Carrasconte. ¿Y qué decir de los consejos de Costa para que no se grillen las patatas “El momento de dar la vuelta a las patatas ……. era el menguante de marzo …. pero en Babia he de esperar al mes de Abril……”? Magnífico. Por todos estos comentarios y los otros que no menciono, me siento como en la copla más que “bien pagao“. Los hilos de la gran telaraña que Google y otros buscadores ayudan a recorrer cada vez que alguien busca recuerdos y añoranzas de tiempos pasados o noticia de personas queridas, hacen el milagro de encontrar mis escritos. Los buscadores caen en la trampa de etiquetas como “Recuerdos de Villablino” o “Historias de Omaña” o “Academia Carrasconte” o “Cosas de Roa de Duero” y al otro extremo del hilo sus nostalgias se encuentran con las mías que disparan los recuerdos. Como decía mi abuela “siempre hay un roto para un descosido” aludiendo a que por muy extraña que sea una persona siempre habrá otra que congeniará con ella; si a un lado del hilo hay alguien con necesidad de contar algo, al otro lado casi siempre habrá quien desea leer algo en la misma onda. Internet hace de casamentero sin reparar en distancias ni en tiempos. No hay nada como ser viejo para regodearse con estos juegos nostálgicos que no llevan a ninguna parte pero que rejuvenecen el espíritu durante unos instantes. ¿Llegarán al blog algún día comentarios de Herminia la “Philips, mejores no hay” o Katy o Manoloel Babiano” o Parrilla?. Quién sabe, solo es cuestión de que ellos o sus nietos se acerquen a la gran telaraña que terminará uniéndolo todo. A una parte de mis contemporáneos la gran telaraña les intimida, mientras a otros nos hace osados y desinhibidos. !Ánimo vejestorios, compañeros de entonces, haced caso a Gregorio Campelo y “salid a la palestra“¡

Imagen tomada de: abcblogs.abc.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Rouco, el zapatero (cuestión de olfato)

Mesa de zapatero

Rouco el zapatero de Villablino, vivía cerca de Correos y tenía su taller al final de la cuesta que sube desde la estación de ferrocarril, un cuchitril de escasos cinco o seis metros cuadrados, donde pasaba todo el día con su mandil y manoplas de cuero, sentado casi en cuclillas delante de una mesita llena de herramientas (lezna, cuchilla, diversos martillos y limas, bigornia, ….) y mucho calzado, cortando el cuero, cosiendo y claveteando la ruina de zapatos y sandalias que le llevábamos a reparar. Entonces el calzado era de cuero y solo se desechaba cuando ya el pié no te cabía dentro y no había nadie en la familia a quien pudiera servirle. Entretanto, se reparaba tantas veces como fuera necesario y era Rouco el encargado de hacerlo, siempre con fecha de reparación indefinida. Normalmente era yo el encargado de llevar y recoger los zapatos averiados y tenía calculado que necesitaba ir a preguntar si ya estaban arreglados no menos de tres veces, para que Rouco se pusiera con ellos. A mí no me importaba tener que visitarle tantas veces, pues me encantaba observar como formaba los cabos retorciendo hilos de bramante, como los enceraba y como cosía el cuero usando simultaneamente los dos extremos del cabo, tirando de ellos en cada puntada y como escondía la costura debajo de un surco que hacía en la suela. Cuando yo llegaba al taller, siempre tenía algún parroquiano en la zapatería dándole palique, mientras él seguía claveteando la suela de un zapato sujetando entre los labios las docenas de puntas que iba a usar. Me quedaba muy quieto al lado del mostrador, recorriendo con los ojos aquel batiburrillo de zapatos que había por todas partes, con manchas blancas de humedad y bultos de juanetes o la suela descosida simulando bocas desdentadas, intentando descubrir si los zapatos por los que venía a preguntar todavía estaban donde los dejó el día que se los traje. Si los veía en el mismo lugar, podría haberme ido para casa sin preguntarle nada a Rouco pues ya sabía la respuesta, pero me quedaba allí observando cómo trabajaba hasta que, terminado lo que estaba haciendo, me miraba y decía “¡Qué quieres, chaval!”. Yo le preguntaba si los zapatos estaban reparados y, aunque ya sabía cuál sería la respuesta, le dejaba buscarlos entre aquella montonera, observándole atentamente por ver si descubría el secreto que le permitía encontrar los zapatos que llevaban tres semanas esperando su turno. Siempre daba con ellos y, con la misma cara de contrariedad de siempre, me contestaba, también como siempre, “Ven la próxima semana”. Yo me iba satisfecho por haber empujado hacia adelante la posición de mis zapatos en el turno de reparación y haciendo elucubraciones sobre si usaría el olfato para localizar los zapatos, aunque me parecía difícil que tuviera almacenado el olor de pies de miles de nosotros. Supe a ciencia cierta que encontraba los zapatos husmeando, un día que me lo encontré al doblar una esquina con sonrisa y mirada burlona, como si varios pasos atrás, aún sin haberme visto, ya supiera que era yo el que se aproximaba. La próxima vez que volviera a preguntar por los zapatos, ya estarían reparados y con el importe escrito con tiza en la suela. Llegué a saberme de memoria todas las operaciones que se hacían en aquella zapatería y me hubiera atrevido a realizarlas sin dudar, si hubiera sido su ayudante. De lo que no estaba seguro era que mi pituitaria estuviese a la altura olfativa de la de Rouco.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda)

Imagen tomada de: elcampoasturianu.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada