Una ventana en la memoria (viejas neuronas de juventud)

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Tras seis años exprimiendo una memoria ya exhausta y con miedo a repetirme, este blog había entrado en una etapa casi vegetativa con escasa publicación que, además, yo percibía cada vez menos original, menos intensa. Seguía habiendo visitas pero sin que yo tuviera constancia de si eran lectores ocasionales o visitantes con la intención expresa de buscar los contenidos del blog. De repente, en Marzo y Abril de 2019, he visto una actividad inusitada de lectores que recorrían de forma compulsiva una entrada tras otra los post de Villablino y de Omaña. Este autor del blog no cabía en sí de satisfacción, claro.

Durante la Semana Santa, la actividad lectora se incrementó aún más e incluso los visitantes empezaron a interactuar con sus comentarios, el summum. Primero fue Lucas Losada González, de Cuevas del Sil y condiscípulo mío en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte de Villablino, sorprendido de que le citase en Buscando a doña Urraca. Faltaba más Lucas, destacabas mucho sobre los demás. Luego fue Manuel Lema Pose que había estado recientemente en Villablino y me aclaró en un comentario los nombres del pie de foto de los alumnos de cuarto de bachillerato. Gracias Manolo. Estaba claro que eran mis contemporáneos.

Ayer, mientras estaba atento al debate de los candidatos a presidir España, me llegó un correo de Manuel Tercero, un nombre que no me decía nada. Abrí la primera foto anexa, con ese precioso tono sepia de las instantáneas antiguas, y quedé en shock, ajeno a las mentiras de nuestros próceres en televisión. Fue como abrir una ventana al pasado, al Villablino de alrededor de mil novecientos sesenta. Era el pasado que me interpelaba. Parece una cursilada, pero así fue.

Allí estaban Armando, Pose, Santiago el de La Moderna, Manso a los que conocí y reconocí de inmediato y también Tino y José Luis que me eran muy familiares aunque no recordaba ni su nombre ni mi relación con ellos. Seguramente Piti el fotógrafo pasó por allí y, como tantas veces, al grupo de reunidos le pareció oportuno hacerse una foto sin motivo alguno especial, solo por el placer que proporcionaba la espera para ver cómo de bien habían quedado en la foto, que pagarían a escote cuando Piti la hubiera revelado. Había que aprovechar que estaban vestidos de domingo y que no había mucho más que hacer, un día lluvioso de invierno, quizá reunidos allí sin más objetivo común que resguardarse de la lluvia o intentar adivinar de qué iba la película a partir de unos pocos fotogramas que se exponían protegidos por una tela metálica de gallinero, entre la tienda de periódicos de Baquero y la frutería de la madre de mi amigo Tinito. ¿Cuántas veces habría hecho yo lo mismo? Lo mismo era pedir a Piti que nos tirara una foto porque sí o preguntarse ante la cartelera si la película merecería la pena o ponerme a cubierto en aquellos tediosos y lluviosos días de invierno. Fue como verme a mí mismo en aquel mismo sitio sesenta años atrás, con vestimenta similar, peinado parecido e igual de desocupado que ellos. Vamos, como si me hubiera subido a la máquina del tiempo. En la imagen todos miran a cámara salvo Armando que parece ignorar al fotógrafo, pero no es casual. En todas las fotos suyas de la época que conozco adopta la misma posición ladeada para ofrecer su perfil más favorecedor. No en vano era el Danny Zuko del pueblo, el mejor tupé de la comarca y jefe de la cuadrilla T-Birds de Villablino. Si la historia de Grease hubiera transcurrido en Villablino, Armando le habría birlado la chica al mismísimo Travolta.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil. Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta. De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil.
Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta.
De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

La foto siguiente también me sacudió interiormente. Allí estaba la cara más que risueña del cura don Urbano, que tantas veces nos habló en la Academia Carrasconte de las fabulosas historias de la Biblia (ver Mane, Tecel, Fares), con un tono muy alejado del amenazante de don Gildo (ver Don Gildo y don Veribaldo), el interventor de nuestras almas que veía en cada uno de nosotros un firme candidato al Infierno. Sus sempiternas gafas oscuras, casi de ciego, no consiguen anular su aura optimista y de buena persona. Espero que me haya perdonado el calentón que le dimos a su moto (ver La Guzzi de don Urbano) en el campo de fútbol de Sierra Pambley intentando emular a Luisma el de la gasolinera. Si algún día me lo reprochara, diría en mi descargo que su hermano Mauro no nos lo puso nada difícil, más bien al contrario. Seguramente en la Guzzi se desplazaba a Villarino del Sil (creo que antes era del Escobio), escenario de la foto con el fondo del angosto valle del Sil tras haberse engullido las aguas del río de Los Bayos y Caboalles. Todas las caras me resultan familiares y reconocibles como los del curso siguiente, con un trato distante como correspondía al estatus que un año más aportaba. Algún percance académico de Felipe hizo que coincidiéramos en algún curso posterior. Con quien más me relacioné fue con Javier Martínez Cuadrado, el bailarín más estrambótico de nuestros guateques (ver Coplillas de ciego), sobre todo cuando los dos fuimos los únicos de la Academia Carrasconte en hacer Preuniversitario en León. Algunas tardes venía a estudiar conmigo a mi casa de Ramiro Valbuena. Luego le perdí la pista.

1959 Villablino, campo de fútbol de Sierra Pambley. Tradicional partido entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte el día de Santo Tomás de Aquino.
Equipo de la Academia. De pie por la izquierda: Conrado, Manolo “El Babiano”, Julio Martínez Pestaña, Manuel Lema Pose,  Ángel Valencia López y Alfredo González Chimeno.  Agachados: Tino, Quique Fdez Llanos, Armando López Suárez, Agustín Cosmen de Lama y ¿?.

El escenario de la última foto que Manuel Tercero sitúa en 1959 es el campo de fútbol de Sierra Pambley, el único que conozco con dos pendientes. Una transversal cayendo hacia el valle del Sil y otra longitudinal que descendía en dirección a Rioscuro, lo que seguramente hacía muy difícil discernir cuál de las dos porterías era más ventajosa. Pero con todo podía la juventud de aquellos futbolistas y la rivalidad entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte que alcanzaba su clímax cada festividad de Santo Tomás de Aquino. De la Academia son los aguerridos futbolistas de la foto, que pone en evidencia que el material deportivo era escaso pues no había camisetas para todos, los calzones se los había traído cada cual de su casa y Manolo, “El Babiano”, tuvo que oficiar de portero con su pantalón de pana de diario y jersey de lana. Unos con botas de fútbol, otros con zapatos normales y hasta con deportivas. Un revoltijo de futbolistas de varios cursos. De mi curso eran Conrado, Manolo, Armando con los que conviví largas horas en clase y Agustín que, además, era amigo de los de a todas horas. Con los de los otros cursos compartí aula forzosamente pues era usual que en la misma hubiera un curso con un profesor dando clase y vigilando al otro curso mientras estudiaba. Eran situaciones en las que la última fila del curso que daba clase era fronteriza con la primera del otro curso y propiciaba la confraternización entre distintos y a veces la aparición de conflictos. Recuerdo haber coincidido en ocasiones con Chimeno que me enseñaba orgulloso su reloj Bulova y algunas veces compartí con él largos castigos arrodillados en el pasillo central, casi en penumbra, de la planta alta, para purgar alguna indisciplina colectiva. Con nuestros culos jóvenes aposentados en las duras piedras de la tapia, esperábamos impacientes a que el fotógrafo disparase la foto, pero debía tener alguna dificultad con el encuadre porque Armando, que está encajado entre dos compañeros que le dificultan ponerse de perfil como en todas sus fotos, no para de forzar el cuello intentando salir por su lado bueno. El duro Danny Zuko no baja la guardia nunca.

Manuel Tercero resultó ser Manuel Lema Pose y sus tres magníficas fotos un formidable motivo para recordar cosas que aparentemente había olvidado, pero que alguna vieja neurona mantenía latentes a la espera del estímulo adecuado. Gracias Manuel por tus fotos, que resumen muy bien cómo éramos.

Imágenes gentileza de Manuel Lema Pose.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Apterigógenos, Arquípteros, Ortópteros…. (fin de curso)

Academia Carrasconte (Villablino). Foto fin de curso (1960 o 1961) realizada por Piti.

Ordenando las fotos de toda una vida, me he encontrado con esta de hace medio siglo. Es del curso de mi hermana Loli en la Academia Carrasconte (Villablino), allá por 1960 o 1961. Recuerdo como si fuera hoy todas las caras y sus peripecias vitales, pero solo algunos nombres: Armando, Emilita, Loli, Agustín, …. Costa, don Calixto, don Manuel el director. Al cabo de un par de días recordé otros: Lina La Babiana, la profesora Costa, Celita, Ildefonso en la última fila. No comprendo por qué después de tanto tiempo recuerdo al dedillo la ristra “apterigógenos, arquípteros, ortópteros, … y lepidópteros” y no soy capaz de recordar los nombres de gente con la que conviví durante años. Tres años después, en Febrero de 2009 con motivo de una cena de lacianegos que organizó Mercedes Cachafeiro en Madrid, Agustín me ayudó a completar los nombres que me faltaban: Avelino y Manolito Pol Vega. ¡Qué alivio!. Echo en falta a Katy, a Herminia “La Philips (mejores no hay)” y a otros. La foto es de Piti, el de Foto Piti, futbolista y cronista gráfico de entonces. El escenario, la casa de enfrente de la Academia Carrasconte, al otro lado de la carretera, donde vivían un par de familias que aguantaban estoicamente nuestras carreras y el bullicio que nos acompañaba al entrar y salir de clase y en el recreo. Se ve la escalera de la casa donde terminaban parándose los alumnos de los últimos cursos cuando esquiaban en el prado de detrás de la Academia. Si no conseguían frenar en la carretera, se subían con los esquíes hasta la escalera y alguno hubo que entró hasta la cocina de la planta baja. Todos miran a Piti, menos Armando y don Calixto. Armando mira no se sabe a dónde, pero seguro que intentando salir en la foto con el que consideraba su mejor ángulo. Don Calixto mira hacía Agustín, casi seguro que diciéndole que atienda a la foto y deje las bromas. Aunque la foto es en blanco y negro, recuerdo perfectamente el verde del musgo que colonizaba las paredes de la casa y el rojo intenso de los geranios, plantados en macetas de barro o en latas grandes de conserva. El cemento si que luce con el color sucio y carcomido que tenía en realidad. Salvo Ildefonso y los dos profesores, los chicos van despechugados y ellas, muy modositas con faldas tableadas y escotes hasta el cuello. Hoy llevarían un pantalón vaquero, bien ceñido y por debajo de las caderas, una camiseta que no les taparía el ombligo y mostrando un simulacro de bragas que ni tapan ni calientan. Y solo han pasado cincuenta años. Costa, algo vergonzosa, se esconde detrás de Celita (¿o se acerca a Don Calixto?). En clase de don Calixto, Costa recibía más capones y pellizcos que los demás y se decía que le gustaba don Calixto o que a don Calixto le gustaba ella. No sé cómo podíamos llegar a esa conclusión en base al reparto aleatorio de los capones de don Calixto. Pero debíamos estar en lo cierto, pues he sabido que se han casado. Me alegro por los dos, Costa siempre amable, risueña y buena amiga y don Calixto el mejor profesor que he tenido. Cada vez que me miro al espejo no veo nada que recuerde al muchacho que tenía la barriga salida para dentro. Me tranquilicé un poco en la cena de lacianiegos: entre los cincuenta y tantos que nos reunimos (de los de la foto, solo estaba Agustín), juntábamos un buen número de calvas y barrigas reglamentarias, tal como corresponde al medio siglo transcurrido. ¿Seguirá Armando teniendo ángulos buenos?

Alumnos de cuarto curso posando ante la fachada desconchada de la Academia Carrasconte de Villablino y las bicicletas con las que algunos llegaban a clase.
Desde la izquierda, chicos: Felipe Fernández Magadán de Villarino; Alfredo González Chimeno que tenía un reloj Bulova y era de San Miguel; Quique Fernández Llanos de Villager; Julio Martínez Pestaña de Caboalles; Manuel Lema Pose; Javier Martínez Cuadrado. Chicas: Luisa Ribera López, Emília y ¿Mercedes?
(Los nombres me los ha facilitado Manuel Lema Pose)

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Autor fotografía cabecera: Foto Piti. Fotografía de cierre gentileza de Luis Álvarez Pérez.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calza