Cerrando el círculo – Rutas del pasado (recorridos con encanto)

2008 Convento de Santa María de Nájera. Esquema con los sepulcros de los reyes del reino de Nájera-Pamplona en el Panteón Real. Escudo de armas de Sancho Abarca (fachada).

Tras una vida profesional de no parar, el primer desafío que plantea la jubilación es no aburrirse. Se empieza por ordenar aquellas cosas que desde hace mucho se tenían abandonadas, como los miles de fotografías y diapositivas que dormían el sueño de los justos en las mismas cajitas y carpetas en que te las había entregado la tienda de revelado. Es una tarea que sin darte cuenta te adentra en los recuerdos de lo que ha sido tu vida y que se superponen a la melancolía de sentirte por primera vez un poco inútil. Cuando te das cuenta, te rebelas por semejante rendición anímica y decides que hay que imprimir mayor energía al porvenir. Por ejemplo, preparando como nunca el próximo viaje familiar. Los nietos cumplían cuatro, cinco y seis años y ya iba siendo hora de que se enterasen de los orígenes familiares y de cuan diferente era su mundo del que había vivido su abuelo hacía sesenta años.

Eufórico, me puse manos a la obra haciendo una especie de guión con lo más esencial que les quería contar. La energía de que me había imbuido y mi ánimo perfeccionista me llevó a desarrollarlo un poco más y al cabo de un mes tenía unas cien páginas repletas de recuerdos, con algunas fotografías intercaladas, que fue el germen de lo que hoy se puede leer en el blog Lembranzas. Ya tenía preparado todo el material necesario para el viaje familiar a León que haríamos a finales del verano de 2006. Visitaríamos Vegarienza, Sosas del Cumbral y Posada (origen de los de la Calzada) en el Valle Gordo, además del propio León y una visita rápida a El Bierzo. Hice un planing de actividades principales, hechos relacionados con cada lugar, cosas que ver y comer y una profusa lista de fotos que necesitaba para incorporar al escrito. Contenía actividades como “clases de tirar piedras al río“, ver y tocar todo animal doméstico que se nos pusiera por delante, montar en burro, contemplar la explosión de estrellas de la noche omañesa o excursión al campanario de Vegarienza, que me parecían sugerentes para niños que nunca habían estado cerca de un animal o tenido una piedra o un palo en su mano. La cecina, los fisuelos, empanadas y otras exquisiteces también tenían su hueco en los planes. Alquilamos un monovolumen para siete personas y allá nos fuimos a la espera de que los tres miembros restantes de la familia se reunieran con nosotros.

Mi madre sabía que Dolsé en Sosas del Cumbral aún tenía un burro, sin duda el plato fuerte del viaje, y le anunció nuestra visita. Cuando llegamos a Sosas engolé la voz y comencé a explicar cómo se herraban las vacas en el potro de herrar y cómo los chavales lo usábamos de aparato de gimnasia. Enseguida fui consciente de lo difícil que era explicar lo que era un pujavante y la complejidad de describir una herradura de vaca. Demasiados ademanes y circunloquios para niños acostumbrados a la inmediatez de los dibujos animados. Al poco mis nietos estaban tirando palos al río, observando excitados cómo pasaban flotando de un lado al otro del puente, mientras yo me preguntaba qué había fallado en mi exposición. Menos mal que el paseo en el burro Cubano fue todo un éxito y recuerdo la juerga de los adultos cuando el nieto mayor dijo señalando entre las patas traseras del burro los dos bultos negros que le colgaban, “Mirar, las tetas de Cubano“. A grandes expectativas, parejas decepciones y enseguida me di cuenta de que aún no era el momento para contarles a aquellas tiernas criaturas cómo había sido la infancia de su abuelo. A partir de ahí, escribir sobre mis recuerdos fue un vicio solitario sin más pretensiones que entretener el tiempo.

Sosas del Cumbral, Septiembre de 2006. Alex, Paquito y Diego montados en Cubano, el burro de Dolsé.

En cambio, cuando me interesé por la historia familiar de mi mujer, de la que apenas sabía nada, y propuse conocer sus lugares de origen, estuve siempre bien acompañado por ella, obviamente, y por una pareja de amigos, Antonio y Conchita muy viajeros ellos y él un enfermo de la historia de España, que siempre oficiaba de documentalista, guía y animador de cada una de las excursiones que hicimos hacía los lugares de los Vidal-Abarca, Servet, Rodero y Castel.

Empezamos en 2008 por La Rioja donde nos dimos un baño sobre los disputados orígenes del castellano. Del pretendido antepasado de mi mujer Sancho Abarca (ver Los Sánchez y Vidal-Abarca), lo más interesante fue visitar el monasterio de Santa María de Nájera apoyados en la profusa documentación y esquemas preparados por Antonio y atentos a sus explicaciones. Allí estaba la tumba del rey Abarca y su mujer Clara Urraca que figuraban en la base del árbol genealógico de la familia de mi mujer (ver Los `papeles de Blesa). No menos interesantes fueron las experiencias gastronómicas en casi todos los lugares como Haro y el tapeo en los alrededores de la Calle del Laurel de Logroño.

2008. Introducción histórica de la visita a La Rioja.Cuando en 2009 estuvimos por la provincia de Salamanca aprovechamos para acercarnos a San Felices de los Gallegos, lugar de origen de los Rodero (ver Los Rodero y los Castel). En los libros del ayuntamiento no encontramos ni rastro de los Rodero, quizá porque según nos dijeron pudieron inscribirse en Salamanca. Nos dijeron que en el cementerio había muchas lápidas con el apellido Rodero y allá nos fuimos por si podíamos concretar algunas fechas. Había varias lápidas con el apellido Rodero que la madre de mi mujer no reconocía. Su abuelo Emilio Rodero Lacalle firmaba como interventor general los billetes que emitía el Banco de España. Muy interesante la visita al castillo. En la vertiente gastronómica recuerdo las patatas revolconas y el cocido pantagruélico en Tamames, solo para gente recia y con ropa poco ajustada a la cintura.

A Cáceres, donde entroncaron los Rodero y los Castel y aún tiene familia mi mujer, hemos ido varias veces y siempre con muy buenas sensaciones. En la Plaza Mayor aún se encuentra la Farmacia Castel, que ya no es de la familia y que en 2012 todavía conservaba el aire de farmacia antigua. Imprescindible la visita al espectacular y bien conservado casco histórico y no pasar por alto las migas, las roscas de alfajores y la torta del Casar entre otras exquisiteces.

En 2015 estuvimos en la región de Murcia, tierra a la que llegó una rama de los Abarca, estando probado que los Vidal-Abarca ya vivían en 1578 en Alhama de Murcia. A primeros del siglo diecinueve llegaron a Murcia desde Cataluña los Servet, comerciantes en tejidos que se convirtieron en potentados y que fueron coetáneos de los Vidal-Abarca. De la tercera generación de Servet murcianos nace Ana Servet que casó con un Vidal-Abarca aunque ya solo fuera Sánchez de primer apellido. Lío de apellidos aparte, fue muy interesante la visita a Alhama de Murcia. Vimos la casa donde murió el último Vidal-Abarca, bisabuelo de mi mujer, y la finca Torre de la Paz, escenario del impagable relato Mis Recuerdos de Maruja Sánchez Servet, tía de mi mujer, sobre las peripecias familiares durante la guerra civil. Muy entretenida la visita al museo marítimo de Cartagena y constatación del poderío de los Servet ante La Casa del Reloj de San pedro del Pinatar, entonces su residencia de verano y hoy restaurante.

Para este año de 2018 ya tenemos esbozada una excursión que promete ser muy interesante a Aragón. Aprovecharemos para visitar Villanueva de Sigena donde nació Miguel Servet, otro de los pretendidos ilustres familiares de mi mujer (ver Miguel Servet) y está casi decidido que no iremos a Chía, en Huesca y origen de los Castel, por quedar un poco a trasmano y saber a través del libro Joaquín Castel-La burguesía emprendedora en Extremadura de Pilar Bacas, pariente de mi mujer, que en 2012 solo quedaba en el pueblo un biznieto, ya sin el apellido Castel, de una hermana del antepasado José Castel.

Y allá, más al fondo, quedaría la visita a Castelltersol, cerca de Barcelona, de dónde eran originarios los Servet, laneros de oficio y que transmutaron en magnates murcianos. Espero tener tiempo para esta visita, antes que yo mismo me haya convertido en historia y de que sea necesario cruzar una frontera con el pasaporte en la mano.

De estos viajes no obtuve casi ningún dato familiar nuevo aunque si algunas fotos interesantes y fue emocionante visitar lugares conectados con la familia de mi mujer, desconocidos para mí pero que había imaginado muchas veces mientras escribí las distintas piezas de Cerrando el círculo familiar. Fueron pequeños viajes de tres o cuatro días, organizados a nuestra conveniencia y sin prisa para nada, que no llegan a cansar y que dan lugar a infinidad de anécdotas, recuerdos, alguna que otra satisfacción gastronómica y también sentir, en mayor o menor medida, las vibraciones de los antepasados de mi mujer en los lugares en que vivieron. Por si alguno de las generaciones actuales, que algo tendréis de Abarcas, Servet, Rodero y Castel, queréis repetir la experiencia, tengo guardados todos los mapas, esquemas, folletos, fotografías, etc. Puedo aseguraros que todos fueron viajes interesantes, aunque mi opinión pueda no ser objetiva pues habiendo dedicado tanto tiempo a descubrir lo que no sabía de la familia de mi mujer, vuestra madre, abuela, tía, hermana, prima, etc, he podido terminar algo influenciado y confieso que había un cierto morbo por conocer los lugares de tanto antepasado ilustre con los que un simple García había emparentado sin ser consciente de ello. Dios, ¡tanta gloria pasada me abrumaba! (ver De García arriba, nadie diga). Ahora que ya no queda en la familia ni un Vidal-Abarca ni un Servet ni un Rodero ni un Castel, quizá sea el momento de que os animéis a visitar estos lugares y sentir las vibraciones telúricas que inevitablemente surgirán de los lugares donde vivieron. No olvidéis llevar en vuestros móviles el ePub de Cerrando el círculo familiar, la mejor guía conocida de la historia familiar. Y si las vibraciones no son muy perceptibles, seguro que las tortas de alfajores y las patatas revolconas dejarán en vuestro espíritu el aroma de aquellos lugares y de vuestros antepasados. Amén.

Autor de los esquemas: Antonio Jiménez Salido.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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El tío Pepe (en un rincón de tu memoria)

El Jay observa atento el más mínimo ademán de tío Pepe, impaciente por obedecer sus órdenes.

Esta foto me encanta pues creo transmite de forma genuina cómo éramos entonces en Omaña. El tío Pepe con un atuendo que un cursi podría calificar de informal, en realidad representa la forma en que se vestía por allí, ropa que resguardaba del frío y apropiada para caminar por el monte, siempre a riesgo de sufrir algún desgarrón que rápidamente repasaría la abuela, la boina muy usada y bien calada y el bolso de la chaqueta repleto de cartuchos que él mismo habría recargado una y cien veces. Se apoya en la escopeta calibre 12 de la familia, que siempre estuvo colgada del perchero de la entrada principal de la casa y que de vez en cuando acariciábamos los chicos imaginando cuando seríamos lo suficientemente mayores para que nos dejaran utilizarla. Recuerdo que nunca percibí como algo peligroso que la escopeta estuviera al alcance de los niños. Era un elemento más del ajuar de la casa, tan útil e inofensivo como la máquina de coser o el molinillo de café. Aunque no se ve en la foto, debajo de la chaqueta y bien sujeto al cinto, el tío Pepe llevaba un manojo de tiras de cuero rematadas con una anilla que servían para colgar por el cuello las perdices abatidas al vuelo o las tórtolas cazadas al acecho. Las piezas cobradas colgaban a lo largo del muslo bamboleándose al ritmo de la marcha, punteando de sangre el pantalón y hubo veces que algunas eran tan pesadas que se le perdieron al tronchase el cuello. El escenario podría ser el alto que hay entre las Llamas de Castriello de Vegarienza y Garueña. El perro Jay era de Paco el de tío Baldomino y hasta muy viejo siempre estuvo dispuesto a acompañar a cualquiera de mis tíos en sus cacerías.

En todas las casas solía haber una escopeta y la caza era consustancial con la vida en el campo. Era útil para las batidas al lobo cada vez que había una matanza de ovejas (ver El lobo) o cuando se le intentaba cazar al acecho en invierno ya que el número de aquel implacable depredador y protagonista de casi todos los cuentos infantiles debía mantenerse a raya, aunque también servía para algo más lúdico como la caza de perdices, codornices y palomas torcaces. Cuando el tío Pepe había juntado unos cuantos cartucho vacíos, bajaba a la cocina la lata de galletas maría con la pólvora, los perdigones, los tacos separadores y la rebordeadora que fijaba a la mesa con un tornillo cuidando no estropear el hule a cuadros que hacía las veces de mantel. Una vez relleno cada cartucho con las dosis adecuadas de pólvora y perdigones y debidamente señalado el calibre de los mismos, recuerdo eran del 10 para las codornices del 6 para perdices y torcaces y postas para el lobo, me lo pasaba a mí para colocarlo en la rebordeadora que los dejaba tan bien cerrados como los que se compraban en las armerías de León. Aquellos preparativos se desarrollaban con toda normalidad en la cocina, mientras la abuela trajinaba con las nateras junto al fregadero o repasaba unos calcetines cerca de la ventana y el abuelo releía un periódico atrasado o pensaba en que había que bajar los piértigos del desván porque el centeno ya estaba granado y la maja era inminente. Quizá esta normalidad explicara por qué no se consideraba peligroso que la escopeta colgara de una percha a la vista de todos.

Claro que el sentido común de los mayores pudo pasar por alto que la atracción o curiosidad por las armas de alguno de los chavales que veíamos a diario aquella preciosa escopeta de dos cañones y perrillos a la vista podría provocar alguna travesura más o menos peligrosa (ver Asustando grajos) que tuvo en vilo a todo el pueblo durante días al escuchar disparos a deshora y por doquier. También recuerdo que cuando tío Pepe vino de permiso de las prácticas de milicias, en la mesa de su habitación, que como todas estaba siempre con la puerta abierta y que periódicamente yo visitaba ya fuera para realizar el encargo de recoger algo o por mera “curiosidad“, me sorprendió ver una pistola Luger sobre el libraco Los cipreses creen en Dios, dos objetos que miraba con respeto. La pistola por precaución, pues no conocía su mecanismo ni sabía si estaba cargada y el libro porque su tamaño sugería indigestión segura. Hay una foto mía con catorce o quince años en que se me ve simulando encañonar con la escopeta a un grupo de gitanos mayores y niños que pasaban por la carretera que, para colmo, parecen divertidos con la broma que fue consentida, lo cual no es óbice para que me avergüence cada vez que la veo pues refleja la consideración que entonces teníamos de los gitanos y lo poco gracioso de la broma. Si, las armas me atraían, pero tras los primeros tiros con la escopeta familiar en el monte al filo de los diecisiete o dieciocho años, jamás he vuelto a participar en ninguna cacería.

Cada vez que veo la foto de tío Pepe cazando no puedo por menos que reparar en el contraste entre su indumentaria de cazador omañés y el elegante terno con que se casó con tía Vilma en Perú, otra foto familiar que constituyó por mucho tiempo el disparador de las añoranzas sobre el tío al que de pronto dejamos de ver siendo unos críos, pero del que ya atesorábamos buenos recuerdos. Como era usual en aquella época, Sudamérica era tierra de emigración para muchos españoles y en la familia de mi madre hubo al menos cuatro miembros que formaron parte de ella. El primero fue el tío Federico, fraile agustino hermano de mi abuelo, que emigró a Perú donde murió (ver El tío fraile) y le siguió la tía María que trabajó durante muchos años en Brasil como enfermera. El tío Pepe debió irse hacia 1956 y tras una estancia de meses en Brasil sin encontrar trabajo, siguiendo las indicaciones de tío Federico recaló en Perú donde se estableció y formó su familia, regresando en contadas ocasiones en viaje de visita familiar. Desde hace unos años esta corriente migratoria ha cambiado de sentido y algunas de sus hijas se han establecido con sus familias en España. Es el vaivén de la historia y de las familias. Aunque quizá no pueda considerarse en sentido estricto como emigrante, la cuarta persona de la familia que se fue a Sudamérica fue la tía Tere que vivió unos cuantos años en Ecuador.

Como sus otros nueve hermanos, tío Pepe nació en Sosas del Cumbral y allí sucedió la primera historia que me llega de él. Parece que los hermanos habían estado tirando un nido de pájaro ayudándose de un varal (palo largo) de los que se usaban para colgar los chorizos y morcillas al humo en la cocina vieja. Estos varales, si se utilizaban para remover las brasas del horno donde se cocían las hogazas de centeno y las empanadas, a fuerza de quemarse tenían el extremo aguzado como una lanza. El caso es que después de tirar el nido mandaron a Pepe, como era el menor de los varones tenía que hacer todos los recados, que devolviera el varal a su sitio y parece que iba tan a prisa para volver rápido y no perderse lo que hacían sus hermanos con los pajarillos, que la mala fortuna hizo que pinchara con el varal el pellejo en el que el abuelo guardaba el vino que se sacaba a diario para las comidas y rellenar la bota que llevaba al campo. Empezó a manar vino como si fuera una fuente y la abuela y las hermanas no daban abasto a poner cacharros para evitar que se desperdiciara aquel preciado líquido (de primera necesidad podría decirse) mientras se devanaban los sesos sobre cómo decírselo al abuelo para dejar a salvo a Pepe, sin incurrir en mentira.

Creo que hasta que me casé he pasado todos los veranos en Omaña, los primeros en Sosas donde debí encariñarme con todos los tíos pero especialmente con Pepe. En uno de sus viajes a España me contó que en una de sus vacaciones de estudiante, yo tendría unos dos años y él quince o dieciséis, cuando yo me despertaba y no le encontraba por casa me ponía a gritar a todo pulmón, “Pepeee, Pepeee, ….“. Debía ser muy niñero y los sobrinos siempre andábamos a su alrededor pues nos dejaba acompañarle incluso cuando podíamos ser un estorbo, como en la perpetración de “delitos” tan serios por aquellas latitudes como quitar el agua a un vecino para regar los prados propios. Lo he contado en El fin del mundo y no me resisto a transcribirlo:

“En una ocasión el tío Pepe nos llevó a los pequeños con él para que le avisáramos si aparecía el Tremoriego, porque él iba a quitarle el agua que le correspondía y así regar el prado de La Tablada, que era del abuelo. Nos quedamos jugando en el camino, pero vigilando. Yo no era consciente de ser cómplice de un ‘delito’ y que, por tanto, era exigible una cierta discreción. Cuando vi venir al Tremoriego, siguiendo las órdenes recibidas dije a grandes voces ‘Pepeeee…, ¡que viene el Tremorieeeego!’. El Tremoriego me oyó y, cuando estuvo a nuestro lado, me dijo muy enfadado ‘Oye chaval, yo me llamo Joaquín. ¿Es esa la educación que te están dando en tu casa?’ y con toda la intención pues, no en vano, yo era nieto del señor maestro. Yo me quedé todo corrido y, a partir de entonces, daba grandes rodeos para no cruzarme con él.”

Hasta hace poco que vi una foto con la leyenda San Miguel de Escalada donde se ve a Pepe y otros dos compañeros con sotana, no supe que estuvo en el seminario bastantes años, no sé si con la intención de ser cura lo que hubiera sido todo un acontecimiento en una familia tan pía o simplemente para estudiar a expensas de la Iglesia. Estudió veterinaria en León y estudioso e inteligente como era acabó número uno de su promoción y fue alumno interno del decano Ovejero, que venía a ser como ayudante de cátedra. Terminada la carrera, las milicias y no encontrar trabajo, algo incomprensible con su expediente académico en una provincia con ganadería tan abundante, estuvo una temporada en Vega ayudando a los abuelos y haciendo sus primeros pinitos como veterinario. Creo que cobraba una pequeña cantidad (iguala le decían a aquella modalidad de contraprestación) a los que tenían ganado, lo que les daba derecho a que atendiera a sus animales ya fuera para un parto o cuando las vacas entelaban (el vientre hinchado por los gases a consecuencia de una ingesta abundante de hierba tierna o alfalfa) o cualquier otro percance de salud. Parece que tenía la vista puesta en una plaza de veterinario en la Diputación que se iba a convocar de forma inminente, pero la impaciencia, el ímpetu juvenil y quizá el sentimiento que entonces se tenía de Sudamérica cómo tierra de oportunidades con extensas haciendas ganaderas le hizo tomar la decisión de emigrar. Paradójicamente, al poco tiempo de irse a América salió convocada la plaza de la diputación que probablemente hubiera obtenido y su vida habría sido radicalmente distinta.

Su oficio de veterinario autónomo en Vegarienza, antes sus tíos los doctores Paco y Bernardino González habían hecho lo propio con las dolencias de los paisanos de la comarca, fue el causante involuntario de que por primera vez yo tomara consciencia de que hasta los más valientes tienen sus momentos malos. La Montañesa era una magüeta (vaca joven) del abuelo a la que le había salido un bulto enorme en el anca derecha y después de un tiempo tratándola con antibióticos sin que la hinchazón bajara, Pepe decidió sajarle el absceso. Era un día de bastante calor cuando llevamos a la Montañesa al potro que usaba el herrero para herrar vacas y caballos, donde una vez inmovilizada le hizo una raja con el bisturí en la hinchazón por donde empezó a salir a presión un chorro purulento como si fuera un surtidor. Se me aflojaron la piernas al instante y, aunque me senté, empecé a sentir un vacío en el estómago mientras observaba aquel surtidor infecto que no cesaba. A punto de perder la conciencia y a pesar de lo interesante del momento, me tuve que alejar despacito del chorro amarillento y, como flotando, me llegue hasta casa para intentar recuperarme a la sombra reparadora del nogal. El mismo fenómeno de flojera me ha ocurrido luego en alguna visita al hospital cuando veo tubos saliendo y entrando en bolsas vertiendo líquidos extraños.

Creo que el desempeño como veterinario le ocupaba tan poco tiempo que le permitía ayudar en las tareas del campo y los cuidados ordinarios de los animales de casa. En una ocasión en que el tío Pepe estaba limpiando la cuadra de las vacas y sacando el estiércol al corral, al pisar el garabato (pala de pinchos curvos) se hizo un agujero en el pie y recuerdo como gritaba del dolor mientras se limpiaba y vendaba la herida él mismo. También había tiempo de sobra para la caza y la pesca que practicaba de forma muy original con un arco hecho con ballenas de paraguas y usando como flecha una ballena afilada en el asperón y atada al arco con un bramante. Se le podía ver a menudo pescando bajo los salgueros de la huerta donde las truchas acostumbraban a posarse a mediodía a la sombra de palos y piedras, acompañado de su amigo Genarín de Santibáñez, el médico.

En Perú se casó con la tía Vilma y trabajó en una hacienda ganadera. Creo que luego tuvo su propia ganadería, pero los vaivenes económicos y la inestabilidad del país debió hacerla inviable. Desde su marcha ha venido tres o cuatro veces a España y siempre tiene la amabilidad de vernos, o cuando menos llamarnos, a los sobrinos que dejamos de convivir con él cuando yo debía tener doce años. Por teléfono su forma de hablar me recuerda a Vargas Llosa, pues el deje peruano ha vencido al del castellano de Omaña. Siempre me ha parecido juicioso y cuando habla tengo la sensación de que tiene las ideas y las opiniones bastante bien elaboradas. Revisando documentos de mi madre he sabido que su nombre completo era José Joaquín, el segundo nombre supongo que por su abuelo paterno de Posada.

En plena canícula madrileña de 2017 le he visto por última vez en casa de sus hermanas Pili y Tere donde nos juntamos varios sobrinos con algunos hijos y, a la vieja usanza, compartimos una tarta, pastas y algún refresco bajo conversaciones entrecruzadas que hacían difícil entenderse. El tiempo que a ninguno perdona ha hecho de aquel mocetón de las fotos bien parecido, abundante pelo negro muy peinado hacia atrás, sonrisa franca y contagiosa, cuya fortaleza física contrastaba con mi endeblez de crio hasta el punto que me tenía doblando mis brazos cada poco intentando adivinar si mis bíceps podrían parecerse alguna vez a los suyos, se ha convertido en un viejecito de 87 años, no muchos más que yo que también voy para viejito, que se ayuda de un bastón para caminar y con algunas vacilaciones de memoria que requieren de la ayuda de tía Vilma. Aquellos brazos que amenazaban romper las costuras de las recias camisas verde caqui que trajo del servicio militar, y que durante décadas formaron parte de nuestra indumentaria para las labores del campo, hoy parecían los de un niño de pura delgadez. Apenas pudimos hablar en aquella concurrida reunión sobrinesca y mi familia fue la primera en despedirse. Cuando estábamos esperando el ascensor acompañados por tía Tere, vi que se acercaba a nosotros despacio y muy erguido por el pasillo de la casa y me dijo, creo que algo emocionado, “Yo te llevé a Sosas” refiriéndose al viaje que hacíamos desde Vegarienza hasta Sosas cuando llegábamos de León para pasar el verano, subidos en el carro de las vacas que rebosaba de equipaje, padres y gente menuda con la emoción desbordada por la añoranza de colores, olores, sabores y cariños ausentes. Las vacas con su insufrible parsimonia ponían a prueba nuestra paciencia y nos hacían dudar si alguna vez llegaríamos a aquel pueblecito cerca del fin del mundo, donde nos esperaban abuelos y tíos sonrientes y con los brazos extendidos, el perro que nos cubriría de lametones, la mantequilla untada en pan de centeno, los renacuajos en la presa de al lado del camino y el permanente olor a boñiga que hacía tiempo había dejado de ser incómodo y era más bien como un aroma que nos confirmaba que estábamos en Omaña, el paraíso de nuestra infancia. Yo fui el primer sobrino que hubo en la familia y el tío Pepe, a pesar de su memoria menguante, aún recordaba aquel episodio de setenta y tantos años atrás. Para mí fue una muestra impagable de ese cariño que la distancia impide que sea cotidiano, que casi no se ha desgastado y que permanece ahí agazapado esperando la ocasión de manifestarse aunque sea muy de tarde en tarde con motivo de una visita, alguna noticia o una foto que llega en el correo. Reviviendo luego la escena, yo también me he emocionado. Gracias, tío Pepe, por mantenerme en ese rinconcito de tu memoria y larga vida. Seguramente, lo que se olvida es porque realmente no fue tan importante y uno puede desprenderse de ello para ir más ligero a medida que pasan los años.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El gran salto (hombre rico, hombre pobre)

En Vegarienza, coche de línea parado ante la plazoleta de la casa de los bisabuelos maternos del autor, Bernardino y Ana, que aparecen en primer plano junto a dos nietos. Detrás la casa de Nela y, al final de la cuesta, la Era Vieja.

En Vegarienza, coche de línea parado ante la plazoleta de la casa de los bisabuelos maternos del autor, Bernardino y Ana, que aparecen en primer plano junto a dos nietos. Detrás la casa de Nela y, al final de la cuesta, la Era Vieja.

La vida con mis abuelos en Vegarienza se desenvolvía bajo los usos y costumbres habituales de la mayoría de los vecinos del pueblo, nada diferente a lo que también yo conocía de la etapa en Sosas del Cumbral y que me parecía común con los demás pueblos de la comarca. Era una vida centrada en el cuidado de los animales que aportaban elementos básicos del sustento diario y que ayudaban en la ardua tarea de mantener productivos los prados y las tierras que con sus productos completaban las necesidades de aquella vida sencilla, gobernada por una tradición y técnicas de labranza y pastoreo que venían de muy antiguo.

Los días se sucedían de forma rutinaria solo alterada por la sucesión de estaciones que imponían tareas diferentes. Poco después de la llegada de las golondrinas, a la rutina veraniega se superponía la llegada de los hijos que vivían fuera, algunos con numerosa prole, y todos nos poníamos a las órdenes de los abuelos incorporándonos con naturalidad a las tareas del campo. Éramos una segunda y tercera generación que estábamos ausentes la mayor parte del año pero que nos sentíamos muy próximos a aquella forma de vida.

De vez en cuando aparecían por allí los hermanos de mi abuela en visitas fugaces de pocas horas. Lo suficiente para ponerse al día de las novedades familiares y disfrutar del refrigerio con lo mejor de la matanza con que la abuela les obsequiaba. Por allí pasaba Heliodoro cuando bajaba a León desde El Villar de Santiago, Bernardino con tía Evelia desplazándose desde León donde vivía, y Paco que casi siempre lo hacía acompañado de alguno de sus hijos que aprovechaban para ir de caza con mi tío Pepe y el primo Paco. Heliodoro era el único que aún mantenía la boina en su indumentaria, pero todos vestían con traje y zapatos al modo ciudadano y llegaban en sus propios coches, signo entonces de cierta holgura económica.

Para los que habíamos llegado montados en el autobús de Beltrán acarreando nuestro equipaje al único sitio donde podíamos permitirnos veranear al amparo de la despensa de los abuelos, aquellas visitas familiares nos traían el aroma de la gente importante, de la gente rica. Está sensación se reforzaba cuando contemplábamos pasar por delante de la casa los rebaños de ovejas, flanqueados por “encarrancados” mastines y seguidos por varios pastores y yeguas percheronas que acarreaban la impedimenta, propiedad de los tíos Paco y Bernardino. Yo me preguntaba cómo era posible que aquellos hombres desenvueltos, con pinta de ricos y que parecían disfrutar de gran desahogo económico fueran hermanos de mi abuela que no había dejado de trabajar ni un solo día de su vida para tener justo lo necesario para vivir. Cómo podían proceder de la misma familia.

Mis noticias sobre la familia de mi madre comienzan con los bisabuelos Bernardino y Ana viviendo en Sosas del Cumbral en una casa cerca del puente, contigua a la de Don Restituto el cura, con un amplio corral que al fondo terminaba en las peñas y al frente daba al camino. Recuerdo una enorme galería de madera que recorría casi toda la fachada. Bernardino debía pensar en algo más que en sus vacas y sus fincas y algún tiempo debió dedicar a atisbar el futuro, concluyendo que el arado y el ordeño solo conducían a una vida trabajosa y esclava. Lo compaginó con una incipiente actividad comercial que se desarrollaba en una estancia en la planta baja que debió ser cantina y tienda donde se vendían ultramarinos y otros enseres. En una visita a Sosas con trece o catorce años, Almudenina nos enseñó la casa y en los cajones de lo que fue cantina encontré cartas de la época de las que arrasé todos los sellos y seguramente perdí la ocasión de conocer noticias ciertas sobre la familia y su actividad comercial, algo imperdonable y solo achacable a la inconsciencia.

Cuando al bisabuelo Bernardino se le quedó pequeño Sosas, el pueblecito que yo siempre asimilé al fin del mundo, se fueron a vivir a Vegarienza al pie de la carretera de Villablino a León, justo donde desembocaba el camino de Sosas y se juntaban los ríos Omaña y Baltaín. Por aquel cruce de caminos pasaban los habitantes de los pueblos del valle del Baltaín, del Valle Gordo y pueblos del río Omaña arriba camino de los mercados de ganado. A partir de una casa tradicional de renegrida cocina con sus correspondientes trébedes y pregancias, edificó una casa grande con trece o catorce estancias, cuadras para más de una docena de vacas, amplio corral rodeado de diversas cortes y de una zona porticada comunicado con la huerta que lindaba con los dos ríos. Se decía que “el buen paño en el arca se vende“, pero el bisabuelo debió pensar que era conveniente acercar al arca al lugar por donde transitan los compradores. Era el sitio ideal para que un comerciante avispado pusiera su tienda. Dedicó más de la mitad de la planta baja, dotada de amplias estanterías, a comercio donde despachaban comestibles, útiles y herramientas y todo lo que solía ser habitual en la época, que reponía yéndolo a buscar carretera abajo con un carro tirado por bueyes con el que llegaba incluso hasta Astorga (ver El bisabuelo Bernardino).

No se si antes alguien de la familia se dedicó al comercio o fue el bisabuelo Bernardino el primero en dedicarse a ello, el caso es que debió ser un hombre hábil para los negocios. Parece ser que iba por los pueblos comprando ganado que después de tenerlo pastando en prados y montes vendía. En la foto de cabecera está ataviado con un guardapolvo parecido al que usaban los tratantes de ganado que yo conocí en los mercados de Riello y El Castillo. Probablemente se dedicará a otras actividades comerciales pues uno de sus nietos, mi tío Emilio, se refería a él como el “abuelo cambalache” aludiendo a su habilidad para comprar, vender y cambiar. Entretanto seguía pendiente de la marcha de las fincas y cuidado de los animales pero las tareas del día a día las tenía encomendadas a varios criados.

Seguramente la bonanza de los negocios reforzó su antiguo convencimiento de que la vida de agricultor que había llevado anteriormente no era lo más adecuado para alguno de sus hijos que apuntaban espabilados y los mandó fuera a estudiar con acuerdo del mayor, Heliodoro, que se hizo cargo de las obligaciones en la casa que hubieran correspondido a sus dos hermanos. Paco y Bernardino volvieron con su título de doctores y ejercieron de médicos en la zona, pasando a ser don Paco y don Bernardino. Paco debía ser un buen otorrino y enseguida dispuso de clínica en León y Madrid donde pasaba consulta y operaba. Con facilidad para relacionarse, fue diputado a Cortes por Zamora y se decía que tenía acceso a determinados círculos de influencia lo que le permitió conseguir que el camino de Sosas, su pueblo natal, se convirtiera en carretera. Cuando yo conocí a tío Bernardino vivía en León y creo que ya no ejercía de médico, ocupándose de la fundación Carballo, de la gasolinera de San Marcos y de una ganadería en Mansilla de las Mulas, negocios que creo compartía con su hermano Paco. Heliodoro también dejó Vegarienza estableciéndose en El Villar de Santiago donde se dedicaba a la industria del carbón. Desde entonces, a ellos y a sus hijos solo les vimos en Vega en visitas fugaces.

Concha se casó y vivía en León aunque nunca percibí en ella el aura de gente rica que acompañaba a sus tres hermanos. Entretanto mi abuela y el tío Baldomino, el menor de los hermanos, siguieron la tradición campesina en Sosas del Cumbral y Vegarienza respectivamente donde sacaron adelante con mucho trabajo a sus abundantes proles de diez y trece hijos. No se sí también ellos tuvieron la oportunidad de estudiar y la actitud necesaria para cambiar de vida, pero está claro que la familia se partió en un bloque continuista que se mantuvo en el mismo lugar donde habían vivido sus antepasados por siglos y otro más osado que tuvo que aprender a bandearse en un entorno desconocido hasta entonces para ellos y en el que parece ser que triunfaron. A mí me correspondió descender de la rama tradicional, lo que me ha permitido conocer a fondo como se vivía en Omaña y que intento contar en este blog.

No deja de asombrarme que un hombre de pueblo entendiera con tanta clarividencia que seguir apegado al terruño y las costumbres no era el único camino y empujó a parte de la familia a dar el gran salto. El resultado fue que tres de sus hijos gozaron de una buena posición económica y social que de alguna forma influyó en los padres que quedaron en el pueblo. Lo efectos más vistosos que conozco de la transición del campesinado a hijos bien situados y con costumbres más mundanas, es un busto del bisabuelo Bernardino que replica sus acentuados rasgos, impensable en un campesino de Vegarienza, y que a la muerte de la bisabuela Ana (García González) se publicaran esquelas en ABC y PROA avisando de las indulgencias concedidas por el obispo de León y un obituario del corresponsal de PROA en Murias de Paredes refiriéndose a ella como Ana García de Cumbral González. Se había iniciado el salto del anonimato omañés a la sofisticación mundana. El resto de la familia, seguramente menos osados, seguimos la trillada senda de la sencillez y la intrascendencia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Caminito de Sosas (antes polvo, ahora, como todos)

Placa del camino de Vegarienza a Sosas del Cumbral.

Placa del camino de Vegarienza a Sosas del Cumbral.

Seguramente algunos de los que viven en Vegarienza, de fijo o solo durante el verano, nunca hayan reparado en una placa de mármol colocada en la fachada del Centro de Salud que da al camino de Sosas con la inscripción “CALLE Y CAMINO DEL Dr Fco GONZALEZ GARCIA” agradeciendo a don Paco, así se conocía al hermano de mi abuela, su intermediación para la mejora del camino. Esta placa se colocó inicialmente en la fachada de la escuela y cuando se derribó para edificar en el solar el consultorio médico pues en el pueblo ya no quedaban niños que desborricar, se ha repuesto recientemente tras muchos años de estar extraviada en el ayuntamiento de Riello. Creo que es la única placa en Vegarienza que da nombre a una calle, un pueblo constituido por casas que bordean este camino y la carretera de la Magdalena a Villablino. Aunque no lo parezca, esa cinta de asfalto de seis kilómetros que va de Vega a Sosas pasando por Garueña, antes fue un rústico camino de tierra donde las pisadas se amortiguaban por una fina capa de polvo. Ahora sigue siendo calle y carretera, pero no camino.

Si prescindo de tareas tan anodinas por repetitivas como ir al trabajo o a clase, creo que no hay camino que haya pisado tantas veces en mi vida como el de Sosas del Cumbral. Allá, allá se irá con el camino de las llamas de Castriello a donde íbamos tarde tras tarde con las vacas. La primera vez lo recorrí con poco más de un mes, montado en el carro de las vacas con el que mi abuelo vino a buscarnos al autobús a mis padres y a mí en el primer verano de mi vida en Sosas. Y así sucedió en los cinco o seis veranos siguientes en que cada vez íbamos más apretujados en el carro, pues cada año éramos más en una carrera descontrolada hacia la familia numerosísima. Con seis años acompañé a mis abuelos camino abajo cuando se trasladaron a vivir a Vegarienza al dejar él de ser maestro de Sosas, montado también en el carro de las vacas en el poco espacio que dejaban los enseres domésticos y rumiando cómo iba yo a vivir sin los amigos que dejaba atrás y sin los rincones del pueblo que me gustaba frecuentar.

Ya en Vega recorrí muchas veces el tramo inicial del camino acompañando a mi abuelo a segar verde en el prado de El Valle. Iba caballero de la burra y quedaba encargado de hacerla pasar el río mientras mi abuelo afilaba el guadaño. Hubo veces que fue imposible hacer que la burra se mojara los cascos y era mi abuelo con cerca de setenta años quien tenía que cruzar el río por las pasaderas con el saco de verde al hombro. A la vuelta iba correteando al lado de la burra, agarrado una esquina del saco de verde y maquinando como vengarme del jumento que, como tantas otras veces, me había dejado en evidencia. Este trayecto se repetía a diario en otoño cuando las vacas pastaban la hierba del prado durante varias semanas. Allí iba también con mi abuelo a regar y a colocar trampas para los topos, que tenían el prado tan minado que la escasa agua de riego disponible se colaba por las topineras.

Hasta llegar a casa de “el Asturiano”, el camino era calle del pueblo y lo recorrí en innumerables idas y venidas para ir a la iglesia por la mañana y por la tarde durante años. O a echar un vistazo a los guindales de al lado del río, pasada la iglesia, para que no se pasasen las cerezas y se las comiesen los pájaros.

Era un camino de tierra en suave ascenso hasta Sosas, emparejado en muchos tramos con el río Baltaín. El pausado caminar del carro, animales y vacas hacía que el polvo no molestase. Ni siquiera la moto de Antonio el guardamontes con su rodar tranquilo, hacía que el polvo se alborotase. Solo se evidenciaba cuando algún caminante con prisa por llegar al autobús veía como se había depositado sobre sus zapatos y las vueltas del pantalón. Por eso algunas mujeres más coquetas y previsoras, hacían el camino en alpargatas y solo se ponían los zapatos al llegar a Vega. Fue con la llegada de los primeros coches, como el Land Rover de Angelín que acarreaba la leche del valle del Baltaín al camión lechera, cuando nos percatamos que había polvo en cantidad por la polvareda que nos ahogaba cada vez que nos cruzábamos con un vehículo.

Cuando ya no había carreteras en el país donde emplear el asfalto, alguien tuvo la genial idea de sepultar el polvo del camino bajo una capa negra de aglomerado. Aquí ya no fue necesaria la intervención de don Paco, era el signo de los tiempos que aconsejaba este método para desembarazarse de los excedentes de aglomerado. Desapareció el polvo, las boñigas y el encanto de pisar por aquel mullido camino de siglos.

En los últimos veranos que he estado por allí, día si y día no me iba caminando hasta Sosas. Era un paseo muy entretenido pues cada curva, camperita o tramo del río Baltaín me traía algún recuerdo. En el tramo hasta Garueña recordaba las veces que lo recorrí con mi primo Jose a ver a su abuela o a comprar huevos (ver Guardianes del camino) y pude constatar que ya no había que preocuparse por los aguerridos perros guardianes, pues ya no había ovejas ni vacas que guardar. En el tramo de río por encima de Garueña me costó trabajo ver por entré los árboles los pozos en la roca donde alguna vez intentamos pescar truchas. Poco antes de llegar al arroyo Rugís me detenía ante la peña en la que la intervención divina (ver El milagro) evitó que las malas artes de la burra de mi abuelo destruyera definitivamente la confianza que él había depositado en mí, cuando me envió con siete años a cobrar unos cuartales de centeno en pago de la renta de algunas tierras arrendadas en Sosas. Pasado Rugís enseguida intentaba reconocer cual era la campera en que los lobos habían comido la burra de Benedito, pero eran todas muy parecidas y no conseguía decidirme por ninguna pues no vi por lado alguno los huesos del jumento que señalaron durante años el incidente y que seguramente habían sido consumidos por el sol. O cual era el prado de La Tablada donde mis tíos le dieron un gran susto a Joaquínel Tremoriego” fingiendo que eran huidos de la guerra, para que se fuera a casa y les dejará regar a ellos. O cuidando que no me pasase inadvertida la escombrera de carbón, que siempre me hizo preguntarme cómo era posible que allí hubiera carbón y que la gente siguiera cocinando con madera de roble.

Con unas cosas y otras, impaciente en cada curva por divisar las casas del pueblo, entraba en Sosas y en las primeras casas me encontraba con Elpidio al que reconocí al instante y con Benilde que tienen las casas frente por frente. Ellos a mi no me reconocían pues delante tenían a un hombre ya mayor, al que no veían desde que yo tenía seis años. Me plantaba un buen rato delante de la que fue casa de mis abuelos, en el puente rememoraba la pesca de renacuajos y sastres a la orilla del río y recordaba el olor a jabón casero que desprendía la ropa que las mujeres aporreaban sobre las tablas de lavar. Subía hacía la iglesia y releía en su fachada la placa del centenario de Bernardino, el otro médico de la familia, y me detenía viendo evolucionar a los peces de colores en la fuente del barrio de La Villa antes de acercarme al cementerio y constatar que allí había muchos Calzada, González y García, responsables en parte de que yo esté aquí haciendo este ejercicio nostálgico y muestra de la endogamia que durante generaciones se producía en aquellos enclaves. En breves instantes pasaba por delante de mí, todos los recuerdos de infancia en aquel rincón del fin del mundo donde todo parece mantenerse igual, menos la vida, la actividad incesante de otros tiempos.

La última vez que lo caminé hace poco más de un año, ya con la pata quebrada que me impedía hacer la caminata hasta Sosas, fue una noche despejada de Julio, en compañía de mi hija Eva, mi nieta Lola de escasos dos meses y mi suegra María Paz, muy andarina a pesar de sus noventa años. Todas ellas poco pueblerinas, se asombraron del cielo incendiado de estrellas acentuado por la ausencia casi completa de luz artificial. Acostumbradas a los cielos de Madrid, no creían el espectáculo que veían y no se cansaban de mirar hacia arriba. Nos cruzamos con Fuencisla que había llegado hasta Garueña y con una pareja que luego Corsino, su mujer y Matilde me dijeron que era Tomasín y su mujer y nos aclararon que al camino de Sosas se le conoce ahora como “el camino del colesterol“. El colesterol que criamos lejos de allí, intentamos que se quede prendido en las cunetas y arbustos que orillan el camino, ahora carretera, donde antes se asentaba el polvo. El colesterol aún no me ha afectado gravemente la parte de la memoria que almacena los recuerdos, que a medida que me hago mayor se me escapan con más facilidad como aquí queda demostrado.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Autora de la fotografía: Estela García Carro

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Por aquí no pasó la guerra (el burro comunista)

BurroRojo

Retrospectivamente, me llama la atención que habiendo nacido solo cinco años después de terminar la Guerra Civil española y viviendo inmerso toda mi infancia en las penurias que acarreó, nunca oyera hablar de lo que sucedió durante la contienda, de los muertos y de las represalias posteriores. Una foto de mi padre en al álbum familiar junto a otros dos compañeros de armas vestidos de soldado, deja constancia de que la guerra sucedió e involucró a alguien de mi familia. Sé que su hermano Asterio estuvo en Asturias peleando, posiblemente en el bando republicano, que nunca regresó a casa ni se sabe donde están sus restos y que mis tíos Aecio y María también participaron, no sé ni cómo ni donde ni contra quien. Y nada más. Un hecho tan grave y ni una sola mención, tanto en el ámbito familiar como entre las personas que yo frecuentaba, sobre lo que había pasado.

Ni “El cara al sol” que cantábamos todos los días en la escuela de Roa de Duero ni la larga lista de nombres bajo el epígrafe “Caídos por Dios y por España” que figuraba en el muro de su colegiata, me dieron pistas de lo que había pasado unos pocos años antes. En la escuela y el bachillerato la Historia terminaba con los Reyes Católicos, la “conquista” de América o Carlos V y a partir de ahí había que saltar al NODO, que transmitía con tono grandilocuente la euforia de un pueblo vigoroso y triunfante que compartía una “unidad de destino en lo universal“. Pero de los que habían perdido la guerra, que al parecer no debían ser españoles y además fueron malísimos, no había ni rastro por ninguna parte. Por mi tío Emilio que escuchaba la emisora Pirenaica, supe que alguno de los malísimos estaban fuera de España intentando volver.

Si recuerdo que en mis primeros años en Sosas del Cumbral oí alguna vez hablar que habían visto por el monte a gente desconocida, que debían ser huidos o estraperlistas, conceptos que entonces no tenía claros y que anoté en la memoria por el tono de intranquilidad que percibía en estas conversaciones.

Seguramente en estos pueblos de Omaña cada cual tendría sus viejos rencores y simpatías en su almario, pero aquello era una balsa de aceite donde todos parecían bien avenidos desde siempre. Las únicas voces que se oían, era cuando alguien se saltaba el turno de riego y “robaba el agua” que correspondía a su vecino. Todo parecía normal, como si hubiera sido así toda la vida. No sé si la presencia de la Guardia Civil en Vegarienza, Murias y Riello había “serenado” tanto las cosas como para aparentar paz donde poco antes había habido conflicto entre vecinos.

Mi madre tenía catorce años cuando empezó la guerra, que pasó casi entera en Sosas del Cumbral, y cuando le he preguntado el por qué de que no se hablase del conflicto, me dice que hasta allí apenas llegaban noticias. Solo recuerda algún comentario y las bromas de Higinio que, al cruzarse con ella cuando llevaba las vacas, le decía “Dolorines, cuidame bien esas vacas que ya sabes que son medio mías” en alusión a la filosofía socializante de uno de los bandos. También recuerda que alguna vez aparecieron por Sosas algunos falangistas de Vegarienza que buscaban a alguien y que les vio deshacer unas facinas porque estaban seguros que se escondía entre los haces de centeno. Recuerda también que se habló de un hecho truculento que le ocurrió a Heliodoro, un vecino de Sosas que trabajaba en Villaseca de Laciana, al que acusaron de rojo y apresaron en San Miguel esposándolo con otro prisionero. Decían que para escapar se cortó la muñeca con un hacha.

Salvo en la escuela donde los retratos de Franco y José Antonio eran obligatorios, no recuerdo haber visto por allí los yugos y flechas tan habituales en otras partes del país. Recuerdo vagamente en Vegarienza que Pedro vestía camisa azul aunque, como también me sucede con el alcalde de Villablino que lucía camisa del mismo color, soy incapaz de asegurar si era camisa azul de falangista o morada de penitente.

Mi madre recuerda que se decía que en Vega, con motivo del paso por el pueblo de Dolores Ibarruri la Pasionaria” que iba camino de Madrid, los falangistas del pueblo estaban muy alterados y decían que “Había que ‘prapetarse‘ “, aunque cuando lo he comentado con otras personas me dicen que eran los del otro bando los que hablaban de montar parapetos. Esto parece lo único claro, se hablaba de hacer parapetos no se si para impedir el paso a “la Pasionaria” o para protegerla de los falangistas.

Ya algo mayor si oí decir en Vega que algunos vecinos eran o habían sido rojos. No estoy seguro que ninguno de ellos hubiera tomado este partido en la guerra, pues de haber sido así seguro que no les habrían dado la oportunidad de que yo les conociera. Estarían bien muertos. Probablemente les asignaban ese color ideológico por el simple hecho de que no iban a Misa o puede que, efectivamente, como habían sido rojos mata curas no pisaban la iglesia.

Mientras los demás cumplíamos con el precepto en la iglesia los domingos por la mañana, Manolón y Celestoel Asturiano” conversaban sentados en el muro de la huerta de Nela, a la sombra del enorme negrillo que había al borde de la carretera, a la salida del puente del río Baltaín. Creo que no había gente más calmada y pacífica en todo el pueblo que aquellos dos hombres, pero les habían asignado la etiqueta de rojos por estas tertulias en hora de estar en Misa. Celestoel Asturiano” tenía su casa enfrente de la iglesia y se decía que había enseñado al burro para que ronase (rebuznase) justo cuando el cura elevaba la Hostia consagrada. No se me alcanza como el burro controlaba la duración del sermón de don Eloy que a veces, de tan encendido, se extendía hablando escandalizado de como chicos y chicas del pueblo nos bañábamos juntos en el río como si fuéramos ranas y ranos, para rebuznar justo en el momento de la elevación. Quizá los cánticos le daban la pista al burro de por dónde iba el cura o que fuera el tintineo de las campanillas con las que el monaguillo pedía recogimiento para el momento culminante del rito. Y claro, con un burro tan irreverente, el dueño no podía por menos que ser un comunista redomado. Lógica aplastante. Y durante toda la misa, los parroquianos más pendientes del quejío del burro que del sermón.

Manolón pasaba por ser el rojazo mayor del pueblo. Decían que cuando llegó el momento de cobrar la pensión de jubilación, la rechazó por ser consecuente con su ideología que le impedía tomar nada que viniera de Franco. Otros me han dicho que no era rojo, sino que tenía un rencor enorme hacía los vencedores de la contienda porque habían fusilado a un hermano suyo. Y que su hermano Utavio, que no se sabía cuando había hecho un saludo con el puño en alto, se salvó de milagro escondiéndose en el pajar de Urbano donde le buscaron clavando bayonetas en la yerba para que saliese. El pobre Utavio, que era un alma de Dios.

De todo lo anterior, que más parece las historietas que protagonizaban el cura don Camilo y el alcalde comunista don Pepone de la novela de Guareschi, no se puede deducir como fueron las cosas durante la Guerra Civil en estos pueblos omañeses. El tiempo y la larga convivencia posterior hace que setenta y cinco años después, todo esté difuminado y pueda afirmarse tanto una cosa como la contraria. Lo único evidente es que la gente de mi edad vivíamos en la mayor ignorancia de lo que había pasado muy pocos años antes de nacer.

Estas son las anécdotas, pero la realidad debió ser mucho más cruda. Algo he leído que apunta a que, como en otros muchos lugares de León, también en las cunetas de por allí hay cuerpos de personas que murieron antes de tiempo y de forma violenta a causa de sus ideas, esperando que alguien los rescate para ser enterrados por sus familias. El paraíso que para mi supuso aquella zona de Omaña cuando era niño, probablemente solo unos años antes era una tierra tan áspera que las ideas resultaban mortales.

Ya mayor, cada vez que familiares de desaparecidos reclaman algo de ayuda para recuperar sus restos, he visto que se monta la gran algarabía de los que argumentan que no deben abrirse de nuevo las viejas heridas, cuando lo único que se pretende es abrir las cunetas para zanjar un asunto tan antiguo. Debemos ser el único país que, en vez de levantar la tierra de las fosas de los fusilados, prefiere echarla sobre un asunto tan turbio. Ojalá que la jueza argentina María Servini que está investigando lo sucedido, supla la desidia e hipocresía de nuestros políticos y la inhibición de tantos jueces que deberían estar más atentos a las numerosas peticiones de los familiares de personas desaparecidas.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: cafepress.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La hora de las ovejas (el tiempo que nos rodea)

La frase que más repetía mi madre cuando nos veía distraídos durante el tiempo de estudio era “El tiempo es oro…” y tras una pausa añadía con contundencia y mirándonos preocupada “ …y el que lo desperdicia es un tonto”. A veces remataba con otra sentencia no menos efectiva “El tiempo que se pierde, nunca se recupera”. Aquellas frases me daban mucho que pensar aún teniendo entonces la sensación de que los días y años que tenía por delante eran casi infinitos. Qué importancia podía tener distraerse un momento con alguna ensoñación o recuerdo, mientras las jóvenes neuronas se reponían del esfuerzo que suponía memorizar todos los ríos de Asia o cuestiones similares o casi tan inútiles.

Entonces yo tenía la percepción de estar quieto y que era el tiempo el que se deslizaba lentamente hacía mi espalda, como los postes cuando se viaja en tren o como el agua del río que te sobrepasa y se aleja de ti sin pausa mientras estás parado en medio de la corriente.

Mí tiempo tenía una corporeidad transparente como el aire o el agua pero más consistente. Lo percibía como si fuera una barra de gelatina extremadamente larga, cortada en rebanadas como el pan de molde, en cuyo interior yo vivía y que alguien empujaba hacía mí sin descanso desde su extremo final. Sin rozarme, la gelatina me bordeaba alejando de mí su extremo inicial, de forma que cada día me sobrepasaba una rebanada de tiempo. Aún hoy tengo esa misma sensación en relación con el tiempo, pero ha cambiado algo mi percepción. Antes ni siquiera pensaba que aquel discurrir tuviera final. Ahora si percibo, lejos aún, esa última rebanada acercándose a mi lenta pero inexorablemente.

No supe dividir con precisión mi rebanada diaria de tiempo hasta los doce o trece años en que mi tío Baldomino me regaló su reloj de muñeca, que seguramente antes había pertenecido a otros miembros de la familia a juzgar por lo desgastado de las partes doradas de tanto rozar con las mangas de la ropa y por lo amarillento que estaba el plástico que protegía la esfera. Claro que como veréis, el entorno no nos exigía mucha fineza a la hora de precisar cuándo habían sucedido o sucederían los acontecimientos.

Mi madre ha tenido once hijos. Jamás fue al ginecólogo y, salvo Isa y Olga, todos nacimos en casa. Yo soy el mayor y había nacido hacía poco más de un año cuando mi madre estaba de nuevo embarazada de mi hermana Loli. Sabía que estaba embarazada, pero no tenía ni idea de cuándo daría a luz ni si sería chico o chica. Así eran las cosas antes, sin ecografías en tres dimensiones. Coincidiendo que mi padre había pedido permiso para estudiar las oposiciones a técnico de Correos y que los abuelos estaban viviendo en León, nos establecimos en Sosas del Cumbral aquel verano mis padres y yo.

Las necesidades alimenticias más perentorias estaban aseguradas gracias a unas gallinas, una vaca de nombre “La Italiana” a la que mi madre ordeñaba con Loli en la barriga y supongo que algún resto de la última matanza colgando de los varales de la cocina vieja, así como un montón de patatas viejas de la última cosecha. Mi padre compartía sus estudios con la sustitución como maestro en la escuela a mi abuelo Emilio de la Calzada. Dudo que alguna embarazada de hoy día se aventurara a dar a luz en semejante confín del mundo, con la única ayuda de su marido y teniendo que estar todo el día pendiente de un mequetrefe de poco más de un año.

El veintiséis de Junio de 1945 se iniciaba la siega de la yerba en el Valle del Cumbral y mi padre había ido con Máximo para ayudarle. El Valle del Cumbral es una zona de pradera que Sosas compartía con Villadepán y que distaba de Sosas unos cinco kilómetros monte arriba. El inicio de la siega en este valle era todo un acontecimiento, hasta el punto que ese día todas las mujeres estrenaban delantal para ir a llevar la comida a los segadores. A media tarde de un día tan señalado, Loli dio muestras de querer salir a la luz en ausencia de padre, abuelos y demás parentela.

A falta de la abuela, experta en partos propios y ajenos, Benilde y la madre de Almudenina oficiaron de comadronas. No sé si lo habían hecho antes, pero habían visto parir a vacas y otros animales domésticos tantas veces que alguna idea tendrían de cómo sacar a la luz lo que viniera, mientras luchaban por apartarme a mí de la cama a la que pretendía subirme a toda costa para estar presente en el acontecimiento que estaba teniendo lugar y que parecía ser interesante, a juzgar por los gritos de mi madre y las carreras y el alboroto de las dos ayudantes.

A nadie se le ocurrió mandar recado a mi padre pues tardaría más de dos horas en presentarse en casa cuando ya sería tarde y, probablemente, no quedaba nadie disponible en el pueblo que pudiera hacer de mensajero. Mi padre llegó cuando todo había terminado y yo ya no estaba en casa, pues Benilde me había llevado con ella para que esa noche no diera la lata. Cuando mi padre le preguntó a mi madre a que hora había nacido Loli, la respuesta fue: “A la hora de las ovejas”, refiriéndose a esa hora imprecisa pero que a todos nos sugería un momento inequívoco del día, que siempre sucedía a la misma hora. Era el instante en que las ovejas entraban en el pueblo impacientes, precedidas de un rumor de balidos y esquilas después de todo un día pastando en el monte. Alguien que se hubiera situado con su reloj a la entrada del pueblo cuando aparecían las ovejas, habría constatado que las agujas del voluble artefacto cada día marcaban una hora distinta. Todos los demás tendríamos claro que las ovejas llegaban siempre a su hora, como sucedía todos los días desde tiempo inmemorial.

Ahora todo el mundo tiene reloj, puede ver la hora en el móvil o en el ordenador o en cualquiera de las pantallas distribuidas por la casa y la ciudad. Así es fácil acordar una cita a las cuatro de la tarde, una hora tan precisa como aséptica. Todos los relojes marcan la misma hora en el mismo instante, siendo el reloj el que determina cada momento del día.

En la época a que me refiero eran los acontecimientos repetidos desde tiempo ancestral por la comunidad, los que marcaban la hora del día con la misma determinación que ahora lo hacen los relojes. La hora de las ovejas era, ni más segundos ni menos, cuando las ovejas aparecían en la cimera del pueblo entre una nubecilla de polvo y dejando el camino sembrado de bolitas negras, con prisa por amamantar al corderillo que había quedado en el corral todo el día.

Con la misma precisa imprecisión con que mi madre fijó la hora en que nació mi hermana, a lo largo de siglos de rutina se había dividido el día en momentos singulares que, sin reloj de por medio, todos sabíamos cuando acontecían. La costumbre y pequeños indicios nos hacían prepararnos con antelación para estar listos si era nuestra responsabilidad estar presentes o simplemente como mirones. Recuerdo varios ejemplos.

Uno de estos momentos era “Las Diez“. Casi siempre sin haber desayunado, los segadores de la yerba o del pan salían al amanecer hacía los prados o las tierras del centeno. A fuerza de riñones iban echando abajo con el guadaño la yerba en marallos paralelos o agrupando en haces las espigas que habían cortado con sus hoces, encorvados como si fueran animales de cuatro patas. De cuando en cuando un descanso para estirar la espalda mientras afilaban el guadaño o echar un trago de la bota de vino, para continuar con la interminable faena mientras las tripas empezaban a reclamar algo con que reponer las fuerzas consumidas en cada golpe de guadaño o de hoz. A eso de las diez de la mañana alguien de la casa aparecía trayendo “Las Diez“, la primera comida del día. Podía ser una marmita con leche fresca, pan, mantequilla o queso, chorizo, algo de jamón o cecina, amén de un botijo con agua recién traída de la fuente y otra bota de vino o un poco de cuajada para apagar el ardor que producía el vino por la pez de los pellejos. Los segadores dejaban la tarea, se erguían con dificultad y acudían renqueando a la sombra del chopo o rebollo más cercano donde el portador de “Las Diez” había extendido las viandas. Era momento de reponer fuerzas y dar un descanso a los riñones, mientras se escrutaba el cielo por si aparecía alguna alarmante nubecilla. Entretanto ellos comían, el portador de “Las Diez” se dedicaba a deshacer los marallos extendiendo la hierba para que se secara al sol. La importancia de “Las Diez” hacía que solo se confiase como porteador a personas con juicio suficiente para no derramar la leche o romper el botijo en recorridos casi siempre dificultosos, monte arriba y abajo o cruzando el río como un equilibrista sobre las piedras pasaderas. La hora de las diez, dijera lo que dijera el reloj, era cuando llegaba la comida denominada “Las Diez“, que debía su nombre a que solía aproximarse a cuando el reloj marcaba esa hora. Terminado el refrigerio, los segadores liaban un cigarrillo que fumaban pausadamente antes de enderezarse con trabajo para continuar con la faena hasta el mediodía.

Cuando se preguntaba la hora a los pocos poseedores de reloj y te respondían, se les repreguntaba si la hora que te daban era “solar” u “oficial”. Estas disquisiciones solo se presentaban cuando había un reloj de por medio, ya que todos los demás nos regíamos por el ritmo que marcaba el Sol, mientras los relojes se empecinaban en marcar una hora no recuerdo bien si de más o de menos. El mediodía solar, que se asociaba con el momento de arrear las vacas para salir del prado y llevarlas a casa, era cuando el palo que todos los pastores llevábamos no arrojaba sombra al ponerlo vertical sobre el suelo. El resto de las horas del día venía fijado, más o menos, por la longitud de la sombra de los árboles, de las casas o de cualquier otro objeto.

El mediodía marcaba también la hora del Ángelus. El abuelo era de una religiosidad acendrada, de misa y rosario diarios, amén de infinidad de rezos al levantarse, al acostarse y antes de las comidas. Por si el mediodía le cogía arando o en cualquier otra tarea que le hiciera olvidarse del rezo del Ángelus, todos los días antes de levantarse lo rezaba: “El Ángel del Señor anunció a María” y le contestábamos la abuela y yo “Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo”…… . Aun habiendo hecho este rezo tempranero, si al mediodía se acordaba dejaba el arado o el hacha o lo que estuviera haciendo, se quitaba su descolorida boina que comenzaba a girar lentamente con las dos manos mientras se concentraba en el rezo, al que contestábamos todos los presentes al unísono. Toda una vida rezando no podía terminar de otra manera: murió en la iglesia de Vega después de haber tomado la Comunión. Fue una muerte tranquila y desde luego inesperada ya que él debía sentirse bien, pues al ir hacia la iglesia le dijo al primo Julio que estaba reparando una pared de piedra “A la vuelta te echaré una mano y así acabarás antes”. A lo largo de su vida había construido muchos metros de pared para cerrar las fincas,  pero fue incapaz de ver que a su última rebanada de tiempo le faltaba menos de media hora para rebasarle definitivamente e impedirle levantar un último tramo de muro.

En Sosas y también relacionado con la religión, no sé si solo en Semana Santa o durante toda la Cuaresma, antes de ir a trabajar había otra hora con la que cumplir. Era la hora más temprana de todas, la del Calvario. Al amanecer todo el pueblo iba a la iglesia con prisa esperando que don Restituto no les entretuviera demasiado con los rezos y poder volver a sus tareas que no daban tregua.

Esta mención a don Restituto me recuerda que aún queda por rematar lo del nacimiento de mi hermana Loli. A los cuarenta días de dar a luz, don Restituto recibió a la puerta de la iglesia a Loli y a mi madre, que portaba una vela con un lacito azul solicitando su purificación. Las parturientas eran consideradas impuras (siempre dándole vueltas al Sexto Mandamiento) y no podían salir a la calle ni entrar en la iglesia hasta pasada la cuarentena. Ni siquiera podían asistir al bautizo de los hijos, que solía suceder al cabo de la semana de vida. En el caso de Loli, la llevaron a bautizar actuando como padrinos tía Milce y el abuelo, que gracias a ello abandonó su exilio en la capital. El cura hacía con el hisopo un aspergis de agua bendita sobre la madre y el pequeño mientras pronunciaba unos latinajos, con lo que la madre recién parida volvía a ser pura y podía entrar en la iglesia reintegrándose así a la comunidad de feligreses. Hasta once veces fue sometida mi madre a este rito que más parecía un exorcismo para traerla al buen camino de la decencia y que, con la distancia que da el tiempo, me parece que era totalmente humillante. Por hacer lo que se esperaba que hiciera toda mujer joven (aquello de “Crecer y multiplicaos” que dicen que dijo Dios) tenía que aguantar, delante de toda la comunidad que observaba maliciosamente la ceremonia, que el cura la purificara. Las mujeres corrientes no estaban protegidas como la Virgen María por el dogma: “Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo“. Este dogma se lo inventaron en no sé qué concilio o sínodo los Padres de la Iglesia, para dignificar el único embarazo en el que no participó un hombre y, de paso, convertir a todas las demás mujeres en indignas por el hecho de parir. En su Catecismo el Padre Astete nos intentaba explicar el prodigio diciendo que La Virgen había dado a luz al modo en que un rayo de luz atraviesa un cristal “sin romperlo ni mancharlo“.

Algún anticuerpo contra la impureza debía tener el agua bendita en que mojaba el hisopo el cura o aquellos latines del rito debían afectar a las tiernas mentes de todas las criaturitas que éramos sometidas a aquel exorcismo, pues a todos nos quedaba fijado en el subconsciente que el sexo era intrinsecamente malo y sucio. Cuando íbamos a confesarnos, si habíamos incurrido en alguna actividad relacionada con el sexo (daba igual que fuese de pensamiento, palabra u obra) siempre nos referíamos a ello, contritos y con vergüenza, diciéndole al cura que habíamos hecho cochinadas o tenido pensamientos impuros. Pensamiento, palabra u obra. Como si ahora el juez nos abriera causa por pensar en robar un banco o comentárselo a un amigo. Después de esta digresión sobre las normas morales y ritos al uso entonces, volvamos al tema del tiempo.

Que yo recuerde, en casa de los abuelos solo había dos relojes. Uno era el de pared que había en el cuarto de los abuelos y que daba las horas golpeando una espiral metálica cuyo sonido reverberaba por toda la casa durante varios segundos. El otro era el de mi abuelo, un reloj de bolsillo que sujetaba con una cadena desgastada a un ojal de su inseparable chaleco. Pero todos sabíamos manejarnos perfectamente sin semejante artefacto. Además de los hechos rutinarios de que he hablado y que nos situaban perfectamente en los momentos singulares de cada jornada, teníamos mucha información que nos ayudaba a navegar por las veinticuatro horas del día sin despistarnos.

En Vegarienza había más acontecimientos que te ayudaban a situarte en el tiempo. Si oías pasar al Rápido (el autobús que iba a León), sabías que eran las ocho y había que prepararse para no llegar tarde a la escuela. Si lo que se oía era el traqueteo de las madreñas de Palmira que volvía de ordeñar, ya eran las ocho y media. Enseguida pasaría el pastor de las ovejas y habría que estar listo para entregarle las del abuelo y salir pitando para la escuela. Cuando la bocina del Correo (el autobús de León a Villablino) se oía al pasar por las curvas que bajaban de Pandorado a Guisatecha, sabías que iban a ser las diez y media y que tenías diez minutos escasos para llegar a la casa del cartero si tenías que viajar en él. También anunciaba que el maestro nos soltaría al recreo en unos minutos. El mismo autobús volvía a marcarnos las cinco y las ocho de la tarde. De la escuela se salía a la una y se entraba a las tres para volver a salir a las cinco. Había tiempo para merendar, hacer los deberes, ir a por agua a la fuente, cortar leña y demás cosas que te mandaran los abuelos antes de que llegara el pastor (a la mencionada hora de las ovejas) para estar dispuesto a separar del rebaño las ovejas del abuelo, contarlas y meterlas en la corte. Si faltaba alguna, había que apresurarse a encontrarlas en las cuadras de las demás casas del pueblo, para llegar a toda prisa al Rosario que ya anunciaban las campanas. En medio de todos estos momentos, había infinidad de segundos y minutos que solo servían para empalmar una obligación con otra. Tarea tras tarea, todo el día marcado por acontecimientos que sucedían indefectiblemente a “su hora“.

Las campanas eran otra forma de situarse en el tiempo. Avisaban a diario de la hora de la Misa y del Rosario. Yo mismo fui campanero durante mi etapa de monaguillo en Vega, siendo los abuelos los que se preocupaban de que saliera con tiempo hacia el campanario. El toque de la misa del Domingo te situaba en el mediodía, pero si ibas a comulgar tus tripas se convertían en el mejor reloj recordándote cada pocos minutos y desde muy temprano que la mañana iba a ser interminable. También nos avisaban las campanas que en medía hora había que reunirse en concejo para decidir cuando había que arreglar tal camino o cual puerto para sacar el agua del río a los prados. Un toque de campana atropellado era el toque “a rebato” anunciando no una hora del día sino un acontecimiento grave: una casa o pajar del pueblo estaba quemándose y había que acudir sin pérdida de tiempo con calderos para acarrear agua del río y con hachas para cortar vigas y evitar la propagación del fuego. Un toque lacónico y espaciado de campana, anunciaba que a alguien del pueblo se le había agotado todo su tiempo y había fallecido.

Esta forma de medir el tiempo en base a la rutina a través de generaciones, empezó a entrar en crisis en el entorno temporal de la muerte de los abuelos. Eran representantes de la última generación que vivió plenamente integrada en el campo como medio de vida y que con sus hábitos y rutinas diarios mantenían un perfecto equilibrio con la naturaleza y llenaban su tiempo en quehaceres campesinos y ganaderos, encaminados principalmente a la subsistencia de las familias. Pero cometieron un error, aunque es cierto que totalmente justificado. Se empeñaron en que sus hijos tuvieran una vida mejor, ya fuera estudiando o buscando un trabajo menos esclavo que el suyo. Y con gran esfuerzo y la constancia que les caracterizaba, lo consiguieron plenamente. Hoy todos llevamos reloj y corbata o mono de repartidor de algo, pero desconocemos aquellas rutinas de siempre que regían el tiempo y se traducían en, por ejemplo, disponer de mantequilla para untar el pan y que hoy obtenemos de los anaqueles de los supermercados sin siquiera saber cual ha sido el proceso de su obtención.

Con el fin de estas rutinas, la única forma que nos queda de medir el tiempo es el reloj. Antes se deseaba tener tiempo para completar las innumerables tareas que te permitían subsistir. Hoy reivindicamos tener tiempo libre para el ocio. Hasta que te quedas parado y el ocio es permanente.

Conocí aquel territorio pleno de actividad y cada vez que tengo ocasión de visitarlo es más evidente su decadencia y abandono. Los caminos han desparecido colonizados por robles y escobas y el río no tiene orillas, invadidas por alisos y salgueros. Siempre he oído que el tiempo lo cura todo, pero en este caso, ante la falta de actividad humana, es obvio que el tiempo empeora lo que no se cuida. También es cierto que el tiempo termina permitiendo que casi cualquier cosa pueda suceder: en casa de Selima he visto una enorme foto de un ufano Maxi junto a Joan Manuel Serrat que un día estuvo allí metiéndose entre pecho y espalda un cocido leonés. Quien iba a decir que con el tiempo hasta Serrat cenaría en un pueblín como Vega. El tiempo. Al tiempo se le puede achacar cualquier cosa. Incluso que a cada uno de nosotros nos vaya dejando sin tiempo.

Toda la vida he tenido relojes de medio pelo hasta que me jubilé y mis compañeros me regalaron un librito lleno de frases cariñosas y laudatorias (incluso he creído ver la dedicatoria de alguno que me había apuñalado cordialmente por la espalda meses atrás) y un excelente reloj TAG Heuer que marca los segundos implacablemente. A la vejez, viruelas.

Ahora que no tengo prisa para casi nada, dispongo por primera vez en mi vida de una herramienta muy precisa para medir el tiempo, mientras espero mi última rebanada de gelatina sin prisa. ¿Llegará a la hora de Las Diez o a la hora del Ángelus?  Puede que llegue a la hora de las ovejas. Pero, …… ¿qué ovejas?. Sea cual sea la hora, con mi TAG Heuer podré tomar nota de los segundos que me concede la señora de la guadaña, dueña absoluta del tiempo de todos nosotros, para tomar conciencia de que ya no seré.

Imagen tomada de: relojesdesolonubenses.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El vaciamiento de Omaña (del arado a la corbata)

Placa en la iglesia de Sosas del Cumbral conmemorativa del centenario del médico Bernardino González

Placa en la iglesia de Sosas del Cumbral conmemorativa del centenario del médico Bernardino González

Ya en la época en que el bisabuelo Bernardino González vivía en Sosas del Cumbral, empezó una tendencia que sería irreversible y que en unas cuantas décadas dejaría muchos pueblos de Omaña vacíos. Sus hijos Paco y Bernardino estudiaron Medicina (en el pueblo pasaron a ser don Paco y don Bernardino) que ejercieron en la zona durante un tiempo, se iniciaron en los negocios con la gasolinera que está junto a San Marcos en León y se instalaron definitivamente en Madrid y León respectivamente. Entre medias alguno tuvo tiempo de participar en la guerra de Cuba y en la del norte de África. Heliodoro se dedicó a negocios mineros y se estableció en el pueblo lacianiego de El Villar. Concha se casó y vivió en León. Solo Baldomino y mi abuela Honorina quedaron apegados al terruño siguiendo con la tradición campesina y ganadera que había caracterizado a Omaña durante los últimos siglos. Los otros cuatro solo volverían ocasionalmente de visita o a cazar o a pasar unos días.

En esa misma generación sucedió algo parecido en Posada de Omaña con la familia de mi abuelo Emilio de la Calzada, pues tío Federico después de estudiar con el domine de Vegarienza se ordenó agustino viviendo toda su vida en Perú (ver El tío fraile) y tío Gregorio vivió en Madrid y León ejerciendo como guardia de asalto y policía nacional. Tío Liezar se quedó regentando su cantina en Posada y juntamente con mi abuelo, que fue maestro en Sosas, fueron los únicos que continuaron dedicados a las labores tradicionales. Se había iniciado timidamente el vaciamiento de los pueblos de Omaña.

En la generación siguiente, la de mi madre, el proceso se acentuó hasta el punto que los diez hermanos pusieron el pie en la ciudad y al final del proceso que dio tres maestras, un médico, un veterinario, dos enfermeras, una costurera, un facultativo de minas y un funcionario, solo tía Milce volvió a la aldea donde acompañó a los abuelos en Sosas y Vegarienza hasta que dejaron su actividad campesina.

El proceso debió ser similar en muchas familias omañesas y voy a relatar someramente como se produjo en el caso de la de mi madre porque me parece ilustrativo de este fenómeno de abandono del campo. Interesante como todos los procesos de emigración, este al que me voy a referir acarreó no solo un cambio de territorio sino también de forma de vida. Piénsese en una familia cuyos miembros viven todos en el pueblo desarrollando una actividad agrícola y ganadera que les hace casi auto suficientes y que inician el movimiento hacía la capital donde no tienen casa ni trabajo de donde solo uno de ellos volverá.

Espero que la avalancha de nombres que forzosamente tendré que usar al ser una familia tan grande, no apabulle al lector. Podrá prescindir de los nombres y será suficiente con fijarse en las vicisitudes que entre todos pasaron.

Necesariamente este salto de la aldea a la ciudad se hizo de forma progresiva a medida que los hijos crecían y fueron muy importantes las relaciones familiares que dieron apoyo a esta diáspora que se complicó bastante por coincidir con la guerra civil. A medida que los hijos terminaban la escuela mis abuelos se planteaban la conveniencia de mandarlos a estudiar fuera. No sé si fueron conscientes que su ausencia estudiantil supondría el descuelgue definitivo del pueblo.

El acendrado sentimiento religioso de los abuelos marcó los inicios de alguno de los hijos que pasaron por colegios de frailes, seminarios e incluso conventos, algo que en la época era frecuente con los jóvenes de la zona, un vivero de curas, frailes, maestros, policías armados y guardias civiles. Como se puede ver, ocupaciones con vocación de poner orden en la vida de los demás.

Aecio el mayor, estudió con los agustinos y estuvo en el seminario de Valencia de Don Juan. Antes de la guerra estuvo junto con su hermana María en Madrid viviendo con el tío Gregorio, que era guardia de asalto, preparando unas oposiciones. En la guerra Aecio fue movilizado y anduvo pegando tiros por diversos sitios. Formó parte de los grupos de voluntarios que estuvieron dando clase por algunos pueblos de Asturias y finalmente opositó a Correos donde trabajó hasta su jubilación.

Milce estudió enfermería en León y finalmente regresó a Sosas y acompañó a sus padres hasta que murió el padre y ella junto con su madre se fueron a León a vivir con sus hermanas.

María estudió enfermería en Valladolid y durante la guerra estuvo de enfermera por la zona de La Robla. Terminada la guerra, cuando regresó temporalmente a Sosas llevaba un perro que le habían regalado y que tenía nombre ruso como Trosky o Lenin o algo parecido.

En Garueña, que estaba a mitad de camino entre Sosas y Vega, había unas costureras donde Honorina aprendió a coser y cortar (habilidades que se relatan en Aguja, hilo y un huevo duro) y allí conocería a Balbino, su futuro marido.

Al no disponer de vivienda en León algunos hermanos tuvieron que iniciar su etapa de estudiantes como pupilos en casa ajena. Fue el caso de mi madre y su hermano Emilio que durante la guerra vivieron en una casa de la calle La Torre regentada por Inés de Villar de Omaña, sobrina de su abuelo Bernardino, cuyo marido era carnicero y estaba en la cárcel; con muy mal carácter que no sabe precisar si era por esta circunstancia o por la lata que le daban ellos. Con ellos estaban también de alquiler otros dos estudiantes de Villar de Omaña hijos de Joaquínel Tremoriego” y de su primera mujer Doñaciana. Los cuatro, dos chicos y dos chicas, dormían en una habitación sin ventanas al exterior que solo recibía luz natural de una galería, donde solo había dos camas, una para los chicos y otra para las chicas. Esto de las camas biplaza lo he vivido yo en vacaciones en Vega donde los pequeños dormíamos de dos en dos, la cabeza de uno en la cabecera y la del otro en la piecera. El curso siguiente Emilio se fue a Tuy a un colegio de frailes y mi madre se cambió a otra casa, propiedad del capitán Lozano abuelo de Zapatero, donde su casera fue Trina de Cornombre, familia de los de la sierra de Vega, cuyo marido era camarero al que la guerra le había cogido en Madrid. Como se ve, en ambos casos eran alquileres destinados a sobrevivir ya que por vicisitudes de la guerra las caseras se habían quedado sin los ingresos de sus maridos. También se pone de manifiesto cómo se entretejían las relaciones con conocidos y parientes para suavizar las incertidumbres de aquel asalto a la ciudad.

María empezó a trabajar en la Fiscalía de Tasas en León, que era el organismo que vigilaba que los precios y movimientos de artículos de consumo eran los autorizados y perseguía a los estraperlistas que se movían en el mercado negro. Recuerdo que en los años cincuenta cuando llegábamos a León, el autobús se paraba en el fielato del puente de la estación donde controlaban todos los alimentos que llevaban los viajeros en sus cestas de mimbre. Era como una frontera interior antes de entrar en la ciudad.

Ya con un trabajo fijo, María alquiló un piso en la calle Ramiro Valbuena con seis dormitorios, suficiente para dar cobijo a todos los que estaban ya en León y los que se esperaban en oleadas sucesivas. Incluso sobraban habitaciones lo que permitió que tuvieran alquilados con derecho a comida. Esto suponía un salto cualitativo, pues habían pasado de pupilos a caseros. Mi madre que entonces estudiaba Magisterio en la Escuela Normal, recuerda que ella actuaba a veces de camarera llevando la comida a los huéspedes. Entre los huéspedes hubo alguien de la Fiscalía de Tasas y también dos muchachas bercianas de los Barrios de Salas. Una de ellas se casaría con tío Aecio convirtiéndose en la tía Jamina. Aecio y mi padre se hicieron amigos cuando ambos trabajaban en Correos y en una visita a la casa mi padre conoció a mi madre y terminaron casándose. Ambos matrimonios vivieron en la casa e incluso alguno de los hijos nacimos allí.

Con algún ahorro de los abuelos y en base a la experiencia familiar de comercios en Posada, Sosas y Vega (ver El bisabuelo Bernardino), decidieron poner una tienda en León en la misma calle de Ramiro Valbuena. Era una tienda pequeñita que no se si encajaba en lo que entonces era una mercería o vendían algo más. Yo recuerdo haber estado allí cuando tío Baldomino la regentaba y me llamaba la atención una mano y su antebrazo que había en el escaparate mostrando una delicada medía de cristal, tan de moda entonces. Creo que el negocio nunca fue bien, hasta el punto que el abuelo se lamentaba de que “si hubieran puesto una sombrerería los niños habrían empezado a nacer sin cabeza“. Cuando se convencieron de que era inviable la cerraron y aún recuerdo ver por la casa allá por 1962 una enorme caja de madera con imperdibles, cintas de colores, automáticos, cremalleras, carretes de hilo y la mano del escaparate. Lo que quedaba de la última experiencia comercial de la familia.

Tanta gente viviendo en la capital requería de un cierto apoyo de los padres que seguían en Sosas apegados al terreno, cuidando los animales y obteniendo las cosechas que permitía el sustento de los que aún vivían en casa y obteniendo algún excedente para ayudar a los expatriados. Cada poco la abuela aparejaba el caballo y se acercaba a Vegarienza con una cesta de viandas que enviaba a León con el autobús de Beltrán o con ocasión de las visitas a Vega de su hermano Bernardino que ya disponía de automóvil. Si en ese momento tenía en casa uno de los pequeños que aún no iba a la escuela, también lo subía en el caballo y la acompañaba en la expedición logística de más de doce kilómetros. Me imagino la impaciencia con que esperaban en la cochera de Beltrán los que ya vivían en León el envío que les traía el aroma del embutido y otros sabores del terruño.

Era un problema vivir a tanta distancia del medio de transporte a la capital que se ponía en evidencia cuando alguna de las nuevas familias que ya apuntaban a numerosas llegaba para pasar las vacaciones en Sosas. El abuelo tenía que bajar a Vega con el carro de las vacas donde nos subíamos grandes, pequeños y equipaje y nos consumíamos de impaciencia en las casi dos horas que tardábamos en llegar, pensando en los renacuajos que nos esperaban en los recodos del río. Evidentemente vivir en el fin del mundo tenía sus inconvenientes. Por eso cuando el abuelo se jubiló de maestro en Sosas, compró la casa de Vega del bisabuelo Bernardino para acercarse al autobús que acarreaba incansable aquel trasiego familiar tan intenso. A partir de ese momento, solo había que andar quinientos metros desde casa Selima hasta la casa de los abuelos y Vegarienza pasó a ser el punto de referencia familiar y lugar anhelado de vacaciones.

A medida que se alejaba el fin de la guerra, la situación comenzó a mejorar y se consolidaron las opciones profesionales de los de la Calzada González y surgieron las nuevas familias.

Aecio fue funcionario de Correos, se casó con la tía Jamina y vivieron muchos años en Ponferrada en cuya casa vivíamos un par de días al año todos los hermanos que tuvimos que demostrar nuestra sapiencia adquirida en la Academia Carrasconte de Villablino durante el bachillerato. Finalmente se fueron a vivir a Madrid y viví con ellos en mi primer curso en la universidad.

Cuando María dejó de trabajar en la Fiscalía de Tasas ella y Honorina trabajaron en la oficina de la gasolinera de San Marcos que como se ha dicho era de su tío Paco. Honorina se casó con tío Balbino de Garueña (la boda del siglo según glosa tío Aecio en Tío Aecio) y vivieron en Palencia y Madrid.

María vivió en Brasil durante bastantes años y a su regreso nos trajo algunos regalos artesanales en madera y en piel con la leyenda “Lembrança do Campos do Jordao” que me quedó grabada para siempre y justifica el nombre de este blog. Trabajó como enfermera en hospitales de Ponferrada y León y terminó siendo directora de la Escuela de Enfermeras de la capital.

Después de cerrar la tienda, Baldomino trabajó en la Fiscalía de Tasas simultaneándolo con el estudio de facultativo de minas y su vida profesional transcurrió en diversas obras del INI, principalmente en la zona del Bierzo y en Huesca. Ahora se dedica a cultivar su huerta, mimar sus barricas de vino en El Bierzo y partir nueces y almendras con la parsimonia que se pueden permitir los jubilados.

Mi madre estudió Magisterio de aquella manera en que se hacían las cosas al final de la guerra en que casi todo era improvisado, pero su casamiento temprano y la incesante llegada de los hijos la impidió ejercer. Vivimos en la casa familiar de León, en Gijón alquilados junto con otra pareja primos de mi madre y por fin con casa propia en Roa de Duero, Villablino y Madrid, lugares a los que corresponden los recuerdos que voy desgranando en el blog.

Emilio estudió Medicina y fue director del hospital de la Seguridad Social de Ponferrada trasladándose posteriormente a Madrid, el inmenso pozo donde terminaron varios de los hermanos.

Pepe era el menor de los varones y estudió en el seminario de León. Después hizo Veterinaria y tras un tiempo ocupándose de los animales de la zona de Vegarienza emigró a Perú donde se casó y allí sigue supongo que añorando las tierras de Omaña.

Las dos pequeñas, Pilar y Teresa, estudiaron Magisterio y ejercieron en infinidad de destinos dentro y fuera de Omaña. Teresa vivió varios años en Ecuador como profesora.

En todo el proceso la familia funcionó como una piña. Los mayores tiraban y cuidaban de los más pequeños, ayudándoles a abrirse camino con el mejor acomodo posible y todos ellos bajo el paraguas de los padres que aportaban el criterio y apoyo económico y logístico.

Como se puede ver casi todos terminaron ejerciendo profesionalmente en diversas áreas de actividad que nada tenía que ver con el campesinado de sus padres y antepasados. Salvo los que estaban en el extranjero, todos cumplían con la cita anual de visitar el pueblo en vacaciones donde se retomaba el contacto con las gentes, los sabores y olores de siempre y con la aspereza de las herramientas ayudando a los padres en las tareas del campo. Pero su vida había cambiado drasticamente, no solo por haber cambiado la boina por la corbata. Habían desligado su suerte del cielo, ya no dependían de que lloviera o no para cubrir el ciclo anual sin agobios, ahora sus destinos dependían de que alguien les pagara la soldada a fin de mes.

Entretanto los abuelos seguían dedicando sus esfuerzos a los animales de la casa, comiendo de lo que daban sus fincas y llenando la patatera y los varales de la cocina vieja con delicias de gocho para alimentar a la avalancha veraniega. Cuando la edad les obligó a dejar los animales y en la huerta ya no se plantaban ni fréjoles ni escarolas, solo les quedó morirse. De una familia con diez hijos que vivía autónomamente de su esfuerzo, a la vuelta de cincuenta o sesenta años solo quedaba una enorme casona cerrada la mayor parte del año y fincas vacas (sin uso).

En distintos lugares, casi doscientas personas surgidas de aquel asalto a la ciudad (solo mi madre tiene once hijos, veintinueve  nietos y dieciséis biznietos) se afanan por no llegar tarde a la oficina o al colegio o cavilan hasta cuando cobrarán la pensión. Alguno de los biznietos y tataranietos de aquella generación con la que se inició el tránsito de la aldea a la ciudad, están ahora de brazos cruzados, esperando que alguien quiera pagarles por su trabajo. ¿Habrá valido la pena?

Supongo que muchos de los que lean este post, nombres de personas y lugares aparte, reconocerán que en su casa sucedieron peripecias similares a las de mi familia. Era el signo de los tiempos. Ahora, aquellas casas de labradores que bullían de vida todo el año solo se abren en el verano, la leche viene en brics y las tierras de labranza solo sirven como coto de caza. Mientras aquella zona que fue sustento digno de mucha gente ahora es un baldío, en la ciudad algunos rebuscan comida en los contenedores. En general todos los emigrados creen vivir con más comodidades que en la aldea, a cambio de haber dejado de ser jefes de si mismos y en algunos casos dejándose la dignidad a jirones para que no les falte el sustento. En el pueblo se trabajaba duro, nadie era más que nadie y no había un año tan malo que no se pudiera subsistir. En la ciudad, te quedas sin trabajo y estás muerto. Debe ser el progreso.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada